Las cataratas superan los límites y salpican de turistas

Cada orilla alardea de sus propias bellezas, pero los visitantes se empapan en la Argentina, se divierten en Brasil y gastan dinero en Paraguay.

Por Redacción OHLALÁ!

26 de septiembre de 1997, 03:00

Las cataratas superan los límites y salpican de turistas

PUERTO IGUAZU.- Les guste o no, la Argentina y Brasil están hermanados por las cataratas del Iguazú. Y, como buenos hermanos, se pasan la mayor parte del tiempo riñendo.

No importa que el monumento natural haya sido declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 1986 y sea una de la siete maravillas del planeta, ambos países lo sienten como propio y exclusivo y no desperdician oportunidad para compararse y rivalizar.

Mientras tanto, Paraguay comparte fronteras con los dos y, sin competir, les ofrece un mercado de baratijas con un mínimo control aduanero.

Más que el transporte público terrestre, no hay servicios compartidos entre los tres países, a pesar de que en algunos trechos tan sólo los separan unos metros de agua. Los barcos de la empresa fluvial brasileña recorren una vera del río Iguazú; los de la Argentina, la otra. Las pasarelas costean el acantilado brasileño o sortean los saltos del lado argentino, pero no se tocan jamás. La única manera de acceder al otro perfil de las cataratas es a través del puente Tancredo Neves, a quince kilómetros del centro turístico.

"No es falta de voluntad; son dos países y tienen que respetar sus trámites de migración", se dice para justificar la falta de trabajo en conjunto. Algo que a los locales les causa bastante gracia, porque conocen el cotidiano y descontrolado tráfico que cruza los ríos a lo largo de la frontera argentina con Brasil y Paraguay.

Las comparaciones, se sabe, son odiosas; pero en Iguazú son tan inevitables como las conversaciones sobre la temperatura o la foto posando frente a la Garganta del Diablo.

El ingreso en el Parque Nacional do Iguaçu, que ocupa 185.265 hectáreas del Estado do Parana, cuesta 6 reales (casi 6 pesos), mientras que en su sosia del lado argentino, las 67.000 hectáreas del Parque Nacional Iguazú, cuesta 5.

Los circuitos de pasarelas del lado brasileño son más cortos, sencillos y con una visión global de las cataratas. Del lado argentino se transita entre los propios saltos, palpando a pocos centímetros la fuerza de su caída, desde arriba y desde abajo. Es difícil saber de qué se tratan las cataratas sin deambular por el intrincado paseo argentino, lleno de recovecos bien señalizados. Uno jamás conocerá la dimensión y grandiosidad de esta maravilla natural si no se la observa completa desde el lado brasileño.

Para ver la Garganta del Diablo, desde el lado argentino uno se asoma a la boca del impresionante cañón de agua, mientras que del lado brasileño uno sólo se sumerge en una nube de gotas y lo más nítido que se lleva de la misma Garganta es un buen baldazo.

Del lado brasileño uno camina acosado por las manadas de confiados coatíes, que hociquean las manos y los bolsos buscando comida. Del lado argentino está penalizada su alimentación, así que la esporádica aparición de estos animales entre la gente es más bien tímida.

Los circuitos turísticos de ambas reservas se mantienen limpios, hay puestos de comidas y sanitarios sin pretensiones decorativas. Cada uno tiene su prestador exclusivo de servicios náuticos con precios equivalentes para excursiones similares.

En las tiendas del lado brasileño aceptan por igual reales, pesos y dólares y devuelven el cambio en la misma moneda, aun para gastos menores a un peso. A pesar de la pequeña diferencia a favor del peso y el dólar sobre el real, no hacen diferencia. Sí se paga en reales la entrada (6) y el ascensor desde las cataratas a la vía principal (0,50). La Jungle Explorer , en cambio, dueña exclusiva de los barcos en el lado argentino, cobra, para la imprescindible visita a la Garganta del Diablo 4 dólares, 4 pesos o 5 reales. Botón de muestra de la artillería de cerbatanas envidiosas que cruzan la frontera constantemente.

Ciudades al límite

Como apoyo logístico del lado brasileño está Foz de Iguazú, una ciudad de más de 140.000 almas, rica en restaurantes y calles comerciales, de arquitectura entre ecléctica y caótica. Tiene un centro de convenciones y varios hoteles monumentales destinados a ese fin. Cuenta con varios lugares de recreación, como el magnífico Parque das Aves, el Mineral Park, el Aqcuamanía, el Ecomuseo y la represa de Itaipú, además de un teatro y varios espectáculos de samba.

Puerto Iguazú, a 18 kilómetros del parque argentino es una ciudad cinco veces menor que su par brasileña, de agradables callecitas de tierra roja donde aún se vive a ritmo de pueblo. Hay tres buenos restaurantes y no tiene cines ni teatros, pero sí un flamante casino. Hay dos museos, uno de Imágenes de la Selva y otro Mbororé, de cultura aborigen, que encontramos cerrados sin excusas, horarios ni aviso alguno. En los alrededores hay varias aldeas de descendientes guaraníes y algunas minas donde se extraen piedras semipreciosas, especialmente la amatista.

En este momento, souvenirs, comida y alojamiento son más baratos del lado argentino (regla que fluctúa según los vaivenes de ambas economías).

Al este del Paraíso

Si hay algo que contrasta con el entorno casi prístino de las cataratas y la selva de Iguazú es Ciudad del Este, la localidad paraguaya que es un activo mercado donde más de la mitad de los productos es fruto del contrabando o falsificaciones ilegales de marcas conocidas.

La moneda es el dólar y las reglas son el regateo. Las diez cuadras a la redonda linderas con el Puente de la Amistad, que une Paraguay con Brasil, se tapizan de puestos callejeros de 9 a 18, hora brasileña o argentina (hay una hora menos en Paraguay), y en ese horario es posible estar con el auto detenido 90 minutos sólo por el tráfico.

Mientras tanto, una multitud camina, trota o corre hacia el territorio paraguayo y regresa al brasileño con unos típicos bolsos negros -que se venden por 2, 5, 10 y 15 pesos, según la cara del cliente-, llevados como mochilas en la espalda. Bolsos de paseros, los llaman.

La mayoría de los verdaderos paseros, que son contrabandistas tipo hormiga, no llega a cruzar de vuelta el puente, porque descarga su peso por la baranda hacia los barcos que esperan abajo el bulto que evitará los controles aduaneros. Así sucede todo el tiempo, todos los días frente a cientos de uniformados que miran impotentes la masa de autos y de gente. Se encuentran precios que son absurdamente baratos, es cierto, pero el aspecto de todo ese engañoso frenesí también lo es.

Hay otros puntos de interés en Paraguay, como los saltos del Monday, al sur, y el zoológico de Itaipú, hacia el norte de Ciudad del Este, pero los remiseros y guías se niegan a ir por temor a un asalto casi garantizado.

Por otra parte, no se puede evitar mencionar los helicópteros, que sobrevuelan el lado brasileño a 50 dólares los 7 minutos. Desde las 9.30 se pueden tomar del lado brasileño o sufrir su ensordecedor estrépito del lado argentino. Se han elevado sin éxito cuanta protesta y muestra de disgusto diplomático se ha podido a las autoridades brasileñas. El hecho es que afecta no sólo la paz sino también a varias especies de animales, pero es un excelente negocio que apoya cada cliente que abona el vuelo.

Del lado argentino están detenidas por pedido judicial las obras que había proyectado la Administración de Parques Nacionales para la explotación del área Cataratas. El plan incluía una nueva entrada cerca de donde estaba el antiguo aeropuerto, un centro de visitantes alejado de los saltos y un tren ecológico que recorrería el trayecto desde los circuitos turísticos hasta una nueva pasarela a la Garganta del Diablo. Por un conflicto entre los interesados en la concesión, una orden de no innovar de la justicia federal mantiene paralizadas las reformas. Del lado brasileño se están organizando los Juegos Mundiales de la Naturaleza, que empezarán a fines de este mes, de los que del lado argentino no tienen o no quieren tener noticias.

Mientras, el sector argentino tiene varios interesantes circuitos selváticos para recorrer a pie por propia cuenta, como el sendero Macuco, o acompañado por un guía, como el Yacaretía. También los guardaparques organizan caminatas nocturnas las noches de luna llena.

Ambos parques nacionales tienen cada uno su respectivo hotel, cada uno único dentro del perímetro. El argentino es blanco y de líneas rectas, se impone como un balcón hacia las cataratas de las que tiene una visión permanente a través de las paredes vidriadas. La atención es impecable, discreta, pero con la naturalidad del interior del país, y la comida es sabrosa, con tintes locales. El brasileño es de estilo colonial rosado y ha querido integrarse con elegancia a la selva, ya que las cataratas se ocultan tras la vegetación. Los ambiente son cálidos y los restaurantes muy recomendados.

Al anochecer, el hotel Internacional Iguazú prende sus luces para ser fácilmente distinguible en el paisaje que se divisa desde el hotel Das Cataratas, su rival brasileño, el que a su vez se ilumina como un árbol de Navidad coronando el obligado panorama desde la Argentina.

Cortesías recíprocas de incómodos vecinos.

PUERTO IGUAZU.- Menos unos pocos días al año, en Iguazú siempre hace calor. En verano puede llegar a los cuarenta grados, mientras que en este momento está entre 23 y 27 grados, y hasta es posible después de la lluvia añorar un suéter.

Al margen de Semana Santa, vacaciones de invierno y los fines de semana largos del invierno, hay muchos otros días con temperaturas bastante agradables y con el aliciente de que en baja temporada los precios también están a tono.

De todas maneras nunca es necesario llevar más que un bolso chico (a menos que se tenga debilidad por las compras), donde no deben faltar un impermeable liviano y, en verano, protector solar. Cada noche se llegará con las zapatillas húmedas y teñidas de rojo por la tierra, así que es conveniente contar con otro par.

Una compañía útil y amena en esos lares es el libro Guía de las Cataratas del Iguazú, de Alberto Martínez Almar, editado e ilustrado por él mismo, que se vende en todos los puestos dentro y fuera de los parques por 15 pesos y tiene versiones en castellano, inglés y portugués.

El avión desde Buenos Aires hasta Puerto Iguazú tarda una hora y media y cuesta desde 79 pesos la ida por Aerolíneas Argentinas y LAPA, ambas comprando con un mes o 14 días de anticipación. En ómnibus, demora 19 horas y cuesta 35 pesos.

Las reglamentaciones exigen que los ciudadanos de los países limítrofes crucen las fronteras con la cédula de identidad, pero de hecho no se exige prácticamente ningún trámite más que un saludo y una sonrisa a los distraídos uniformados. Igual al cruzar de Brasil al Paraguay.

Al regresar a la Argentina, sí se revisan rápidamente los baúles, pero no se completa ningún formulario migratorio.

Una almohada frente al agua

No habrá problema con el cambio. Prácticamente se aceptan dólares, pesos y reales como valores equivalentes y, si no, es posible cambiar en cualquier quiosco o restaurante.

Los precios de los hoteles del lado argentino van desde 12 dólares un albergue hasta 50 la habitación doble en un tres estrellas, 110 en un cuatro estrellas o 200 la doble en el Internacional con vista a las cataratas. Mientras que del brasileño los precios oscilan también entre 12 el albergue hasta 136 dólares para un cinco estrellas fuera del parque, o 218, sin impuestos, para vivir dentro de la misma selva, en el Das Cataratas.

Comer en Puerto Iguazú cuesta 15 pesos con vino, y muy poco más del lado brasileño. Los restaurantes de los hoteles cinco estrellas son equivalentes de un lado u otro de la frontera y rondan los 34 pesos con menú completo a la carta.

Los taxis y remises tienen del lado argentino tarifas estipuladas por distancias o paseos. Del aeropuerto al Parque Nacional Iguazú cuesta 18 pesos, una visita del lado argentino al brasileño y a Paraguay, 80. Una vuelta por Puerto Iguazú y las minas de Wanda, alrededor de 30. El precio se arregla de antemano, varía según la cantidad de personas y el tiempo que se calcule demorar en cada parada.

El alquiler de un automóvil, sin IVA, es de 66 pesos por día en un Fiat Spacio, 115 un Peugeot 504 con aire acondicionado. El alquiler de una Trafic larga, también por un día, cuesta 150 pesos.

Para ir de un lado al otro

El transporte público de ómnibus es económico y sale con bastante frecuencia aunque no lleva una puntualidad estricta. El Práctico cobra dos pesos para el trayecto entre Puerto Iguazú y Cataratas y 50 centavos para recorrer desde el Centro de Visitantes del lado argentino hasta Puerto Canoas. Los ómnibus de Aristóbulo del Valle van hasta el aeropuerto por 3 pesos. Pluna, Itaipú y Tres Fronteras cubren la ruta entre Puerto Iguazú y Foz por 3 pesos y El Práctico y Nuestra Señora de Asunción viaja a Ciudad del Este por 2,50.

Dentro de los parques se pueden hacer varias excursiones. Jungle Explorer, del lado argentino, ofrece excursiones de aventura náutica por 15 pesos; un día en una gran aventura náutica y terrestre, por 30; el programa Todo el día cataratas, por 25. Otros prestadores tienen paseos terrestres.

El transporte a la isla San Martín es gratuito y a la Garganta del Diablo, ahora que se han roto las pasarelas, cuesta 4 pesos.

Del lado brasileño, está el equivalente a la Gran Aventura, que ofrece la empresa Macuco, al mismo costo, aunque con diferente itinerario.

Las agencias de turismo ofrecen muy variados programas para fines de semana estirados, que pueden incluir o no las excursiones y que varían en la calidad de los hoteles. En sintonía, varían también los precios.

Las aguas grandes suman el caudal de nuevos encantos

PUERTO IGUAZU.- No importa cuántas veces se hayan visitado antes las cataratas, al enfrentarse nuevamente a su torrente furioso y la explosión permanente de su caída se vuelven a despejar de un saque los sentidos, como si, con el rugir del río, uno escuchara por primera vez; como si una brisa trajera de repente mil aromas desconocidos, y la piel recuperara, al empaparse, una frescura olvidada.

Es el primer impacto, inevitable y siempre sorpresivo, que reciben de un sopapo los cientos de miles de turistas que visitan la zona, tanto del lado argentino como del brasileño.

Llevan cámaras de videos y máquinas de fotos a cada cuál más sofisticada; pero no hay caso, no hay manera de atrapar el momento más que en el recuerdo y, si regresan años más tarde, no podrán evitar dejar nuevamente su alma expuesta al empellón de las aguas.

Es asombroso el efecto que produce en las personas el que, al fin y al cabo, no es más que un quiebro abrupto en la suave pendiente del río Iguazú, que viene descendiendo desde las entrañas brasileñas para encontrar su destino final en el río Paraná, al que empuja en su camino al Sur.

El desnivel que provoca la estampida de aguas, por ciento, alcanza nada menos que los 80 metros y su efecto ya había dejado boquiabiertos a los primeros excursionistas blancos que se plantaron frente a su imponente presencia desde el adelantado español Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en 1541.

No así a sus antiguos vecinos, los guaraníes, que convivían sin asombro con la desproporcionada geografía de estas latitudes y que, simplemente, llamaron a las cataratas I (agua) guazú (grande), definición tan cabal del entorno que ha perdurado hasta nuestros días.

Pero hubiesen quedado como enormes y maravillosas aguas ocultas tras una colorida selva si no fuese por aquella primera excursión que a principio de siglo llevó a un grupo de turistas avezados hasta semejante panorama e impulsó a Victoria Aguirre, que era de la partida, a donar los fondos necesarios para llegar por tierra hasta allí.

Menos de un siglo después, las cataratas del Iguazú están a un paso de hoteles, restaurantes, bares y tiendas de souvenirs, hay infraestructura como para sobrevivir en la selva sin saltear ningún hábito higiénico. Es más, han debido circundarlas por áreas protegidas por los Estados brasileño y argentino como única forma de preservar de alguna manera ese maravilloso desorden natural.

Es inútil sentirse pionero al recorrer el circuito de pasarelas que, tanto del dominio brasileño como del argentino, se asoman, se elevan, se cruzan y se duchan entre los múltiples saltos que forman las cataratas. Por ejemplo, un jueves posterior a un fin de semana largo, casi fin de mes y a menos de 30 días de las vacaciones de invierno -es decir, con la mayoría de los presupuestos familiares en 0, en el mejor de los casos- había, a las 9.30 de la mañana, 21 ómnibus detenidos en la playa de estacionamiento del Centro de Visitantes del lado argentino. En los picos de temporada puede triplicar su número.

Necesariamente, eso significa que el contenido de los tremendos transportes, más los que llegaron por su cuenta en automóvil o en colectivo de línea, compartirán codo a codo el paisaje y el asombro.

El precio de la fama

Hay que resignarse a que semejante aluvión humano no será ajeno a la experiencia del viaje y hasta puede enriquecerla.

Allí están los mochileros propios e importados que siempre sacan una fruta del fondo de sus bolsos, los niños en fila india tras un adulto cuya voz se ahoga bajo la cortina de agua, los mieleros más atentos a sí mismos que a los fútiles caprichos del paisaje, las señoras que diligentes ofrecen mate y masitas a sus maridos en cada parada fortuita como un inacabable milagro de sus canastas de paja, los porteños que cambiaron por dos días la cotidiana jungla de cemento para sobrevivir en esta selva tanto menos peligrosa, los extranjeros ya mayores que uno imaginaría entumecidos frente al televisor, pero que le sacan varias yardas de ventaja a cualquier joven en una caminata por los senderos de tierra roja. Y otros.

Pero lo más notable es que tan variada y cuantiosa fauna humana no logra opacar la singularidad de los verdaderos e irreemplazables habitantes del lugar. Ocasionales compañeros de las recorridas por el lugar serán los coatíes, un animalito bastante desenvuelto que circula en manadas, los monos, los tucanes, los picaflores y algunas víboras. Además de coloridas aves que el ojo inexperto tratará de identificar sin éxito.

Ahora, quien tenga la suerte de andar por estos lares junto a un guardaparque o un lugareño atento se verá pronto rodeado de misteriosas presencias que rara vez atisbará. Allí la huella de un yaguareté (tigre americano), dirá el experto, aquí el sonido de una corzuela (venado), más allá los signos de un yacaré (caimán). Bajo el dedo especialista, hasta el vistoso y aparentemente uniforme follaje se transformará de pronto en un imponente palo rosa, una orquídea peculiar, un ibapoy asfixiando a un tronco o uno de los pocos palmitos que han pasado inadvertidos a los depredadores comerciales.

Frutos todos de una temperatura que rara vez baja de los 16 grados y de una lluvia que nunca es menos de 1000 mm. al año.

Una vez que se empiezan a descifrar los códigos de la selva, su atracción compite con la de las cataratas, porque en ella están los sonidos extraños y los olores exóticos que tienen extasiados a los visitantes ya aclimatados.

Flores, ruidos, bestias y colores, en este lugar lo último que hace la humedad es matar.

Buena veta

La zona es conocida también por la extracción de piedras semipreciosas, entre la que es muy valorada la amatista. Una exhibición de cómo se explota esa industria está en Mineral Park, del lado brasileño, y en forma más casera, en las minas que se anuncian por la ruta 12 hacia el sur de Puerto Iguazú. Las visitas son gratuitas en uno y en las otras, pero hay tiendas de souvenirs a las que es difícil resistirse.

Un poco de sal al agua

PUERTO IGUAZU.- Entre algunos puntos de interés fuera de los parques están:

  • Punto tripartido: desde la explanada de cualquiera de los tres países se ven los otros dos. Del lado argentino, hay tiendas de souvenirs; del brasileño, están construyendo un centro de visitantes.
  • Parque das Aves: un fascinante muestrario vivo de las especies de la zona, de la vegetación. Imperdible. Está en el camino al parque brasileño. Cuesta 8 reales (u 8 pesos).
  • Aqcuamanía: un parque con toboganes y piletas. La entrada cuesta 15 dólares y un pasaporte para tres personas, 25, válidos para todo el día.
  • Ecomuseo: pertenece a Itaipú y es un prolijo recuentode la flora y fauna del lugar, con láminas explicativas y actividades para los niños. Es gratuito.
  • Itaipú: la usina derrama tanta agua como las cataratas del Iguazú multiplicadas por 30. Pertenece a Brasil y Paraguay. Se organizan visitas que se inician con la proyección de un documental y siguen con la recorrida. Son gratuitas. Lo mismo del lado paraguayo, pero no se puede cruzar por medio de la represa, sino que hay que dar la vuelta regresando por el puente.
  • Mezquita: en medio de un ambiente tropical se alza una mezquita inmaculada donde, los viernes, a las 12, se pueden juntar hasta 10.000 personas, las mujeres en el primer piso, los hombres abajo. Cinco veces al día se acercan algunos religiosos para sus oraciones. Es posible recorrerla y charlar con su cuidador, Sadi, un brasileño católico confeso.
  • Centros de espectáculos brasileños: hay varios de música y bailes de ese país. Cuestan 25 dólares por persona.
  • Orquideario: Matías Solís, con media ascendencia aborigen, se ha dedicado a cultivar orquídeas. Con orgullo muestra especies que han crecido un centímetro en los últimos 12 años.Vive de la venta de las plantas, que van desde los 50 pesos. La dirección es Jangadero 719, Puerto Iguazú.

Por Encarnación Ezcurra (Del suplemento Turismo)

Fotos: Alejandro Querol