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Por Redacción OHLALÁ!

9 de septiembre de 2008, 13:35

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Ayer tuve mi primera clase de yoga. Yoga prenatal, claro; porque la gracia es prepararse para el parto. Habrá que decir que la clase no fue muy concurrida que digamos: éramos cinco en total, y esto contando a la profesora y a las criaturas alojadas en los respectivos vientres. O sea: si descartamos a la profesora, que no está embarazada, alumnas, lo que se dice alumnas, éramos dos. La otra, cuyo nombre olvidé al momento de escucharlo, tiene la misma fecha de parto que yo; una muy linda casualidad si no fuera por el hecho de que a la chica parece que ya le pasa todo, absolutamente todo. Que lo siente, que patea, que lo ve y hasta por poco me dice que lo escucha. -Viste cómo se mueve? No??? No sentís? Ay, yo siento a full; y mi marido está chocho... pone la mano y ya siente las patadas...Buéh. Yo en realidad creo que algo siento, pero andá a saber... Por ahí es hambre. Y además, la última vez que se me ocurrió decirle al hombre de esta casa que apoyara la mano en la panza para ver si sentía algo, me vino con que así no podía ver el partido en paz y que me cago en Tevez que otra vez lo expulsaron. O sea, mucho éxito que digamos no tuve...Volviendo a la clase: genial. Y un encanto la profesora, lástima que a mí no me salga casi ninguna postura. Es que me siento desbalanceada. Debe ser la panza, que hace un peso nuevo para mí. No sé, pero la cosa es que si hay que irse para la derecha, ñácate: me caigo para la derecha. Y si hay que irse para la izquierda, paf!, lo mismo. En donde sí me lucí fue al final, en relajación. Me quedé dormida. Sí, como un bebito.