MOSCU.- Es sorprendente con qué pocos conocimientos de ruso se puede manejar en forma autónoma el visitante en Rusia. Es indudablemente muy conveniente, casi imprescindible, haber hecho un pequeño esfuerzo, antes del viaje, por adquirir algunas ideas básicas sobre el idioma, pero lo que se necesita saber para poder desenvolverse cabe incluso en una nota periodística como ésta.
La tarea, en cuyo transcurso uno se entera de algunas fascinantes particularidades, tiene tres partes.
La primera es aprender el alfabeto ruso o, por lo menos, practicarlo un poco y luego llevar siempre a mano una copia del mismo. Así, aunque sea lentamente, se pueden descifrar los nombres de las calles, etcétera.
Además, muchas palabras que a primera vista parecen sumamente foráneas en carteles, menús o anuncios, debido a sus letras cirílicas, al leerlas resultan ser de origen latino o griego o de otra fuente que nos resultará conocida: aeropórt, táksi, máfia, spórt. La palabra que en letras rusas leídas como si fueran castellanas parecería ser pectopah, resulta ser restorán.
El hecho de que en la práctica se la pronuncie más parecido a riestarán no impide que sea útil para el visitante poder leerla al verla.
La segunda parte es tomar conocimiento de los siguientes hechos esenciales y a veces curiosos.
El ruso se declina: las palabras cambian de forma según las circunstancias gramaticales en las que se encuentren, y así se oye Maskvá, Maskvié, Maskvú, Maskví, según si es Moscú, en Moscú, a Moscú, desde Moscú, etcétera.
A los rusos parece resultarles incómodo pronunciar algunas vocales sin intercalar primero una i. Incluso la anteponen en palabras preexistentes incorporadas desde otros idiomas; así, nuestro continente no es Amérika sino Amiérika.
Para hacer una pregunta se usa la misma oración afirmativa, pero dicha en tono de pregunta; la única diferencia es dicho tono interrogativo.
No hay artículos que aprender: esa parte de la oración no existe en ruso.
Una razón por la que es fácil lanzarse a hablar ruso es que muchas oraciones simples, aun dichas correctamente, son tarzanescas desde el vamos: se omite el verbo ser o estar. Al intercambio Ví atkúda? - Iá arguientíniets/arguientínka (¿Usted de dónde? - Yo argentino/argentina) no le faltan palabras; es así.
Después, si uno dice todos los verbos en infinitivo y todos los sustantivos en nominativo, porque no aprendió a conjugar ni a declinar, eso se le perdona. Pero uno no tiene por qué estar acomplejado por lo telegráfico de las oraciones que usa.
Cuestiones fonéticas
El ruso es casi fonético en su pronunciación, o sea, más fácil en ese sentido que el inglés, pero con una salvedad: el tema de la fatídica letra o. Si está acentuada se pronuncia o, pero si el acento cae en otra parte de la palabra se la pronuncia como a.
No sólo eso; hay diversas pronunciaciones de a, ¡y la a debe ser más abierta cuanto más lejos del acento esté esa o en cada palabra! Las tres o de zoológuia (zoología) tienen cada una una pronunciación distinta.
Esto implica que al leer una palabra que incluye esa vocal, no hay forma de saber cómo se pronuncia a menos que se sepa dónde cae el acento. Los que gustan del cine ruso habrán visto la palabra fin: se escribe konets, pero aun recordando que la e es ie, podría ser pronunciada kóniets o kaniéts, según la ubicación del énfasis. Es la segunda posibilidad.
Finalmente, hay que tener asumido que las preposiciones son un berenjenal, porque muchas no tienen traducciones unívocas: cada preposición castellana puede corresponder a varias distintas en ruso, según las circunstancias.
La tercera parte del trabajo mínimo es recordar, o mantener a mano, una breve lista de palabras y frases de uso frecuente.
La última salvedad es que eso no significa que uno entienda lo que le contestan, pero lo esencial es que al menos ellos comprendan lo que uno necesita o está preguntando. Los rusos suelen contestar preguntas donde alcanzarían una o dos palabras de respuesta, soltando largas parrafadas.
Por ejemplo uno inquiere, en tres o cuatro palabras, dónde está el museo (uno sabe que está cerca, pero no logra ubicarlo). Le contestan una larga historia, y uno se pregunta qué le estarán contando: ¿tal vez que el interlocutor solía ir allí cuando niño, que su abuela vivía a la vuelta, que no está seguro cuándo el museo está abierto al público?
Mientras tanto uno interpreta los gestos manuales del que habla, y pronto interrumpe con un gesto propio en una dirección posible y la pregunta: "¿Ahí?" (Tám?)









