MENDOZA.- El caminar de don Juan es de lo más sereno y constante. Lleva en la mano derecha su montura y en la otra, una fusta marrón de cuero gastado. Pitando un cigarro que él mismo armó a la salida del establo, atraviesa pensativo un campo repleto de margaritas que no paran de mirarlo, acaricia las crines de su hermoso alazán e instantáneamente se le dibuja en la cara una sonrisa inalterable.
Antes de partir en busca de su ganado, don Juan se acomoda una vez más la boina color café y deja al descubierto el destello de sus ojos oscurísimos. Por último, se ajusta el pañuelo que lleva atado al cuello, sujeta bien firme las riendas y empieza a andar con la mirada atenta en las montañas que parecen esperarlo nuevamente.
Su caballo conoce el recorrido de memoria y ambos se van perdiendo entre los caminos de tierra con la tibia luz del sol que aparece por detrás de las montañas.
Ubicado a 55 kilómetros de la ciudad de Mendoza, Potrerillos se dibuja como una pequeña villa de corto vecindario que se levantaba sobre un terreno escabroso, rodeado de soberbias montañas cinceladas de infinitos colores.
Hacia la década del cincuenta, cuando la zona tomó notoriedad, se construyó la primera escuela que acompañó a la antigua parroquia y al destacamento policial. Desde ese entonces, el pueblo fue floreciendo gracias al incansable esfuerzo de su gente, que transformó un árido valle repleto de potreros en uno de los lugares más cálidos de la provincia de Mendoza. Con los años, la majestuosidad del entorno hizo que Potrerillos se convirtiera en uno de los asentamientos más importantes de la zona precordillerana. Recientemente se edificaron algunas casas de fin de semana, unos pocos restaurantes y un cálido hotel en plena villa.
Con la llegada del verano, el manto blanco de la nevada invernal se escurre bajo el sol dejando en su lugar un colorido escenario de vegetación que va encaramándose en las montañas. Con la nieve transformada en arroyos serpenteantes, los cerros van multiplicándose con incontables colores que se despliegan sobre las laderas.
La calle principal, que por supuesto es de tierra, se llama Las Condes, aunque ningún cartel lo indique. Cubierta de pinos y envuelta en el aroma suave de las jarillas, atraviesa el pueblo albergando algunas tiendas que auspician de almacén, quiosco, panadería y ramos generales en un mismo negocio. La calma del camino sólo se ve interrumpida de a ratos por el paso de los cuatriciclos o de alguna camioneta que deja la tierra suspendida en el aire.
Para cabalgatas
Para recorrer la zona, nada mejor que las cabalgatas. Los conocedores del lugar afirman que los mejores caballos son los que ofrece El Yiyo, que con sus ojos navegando en el vino tinto monta bien seguro y acerca alguno de sus pingos que arrea de la montaña. Las recomendaciones, por lo general, no las cobra y siempre es bueno tenerlas en cuenta.
Uno de los lugares más interesantes para conocer es el cerro El Cristo, que se levanta en uno de los extremos de la ciudad y que debe su nombre a una emotiva imagen de Jesús que descansa sobre su cima. Según las afirmaciones de los paisanos, estuvo desde siempre en ese lugar para vigilar y cuidar de la villa.
Desde allí, el valle de Potrerillos se muestra como una pequeña isla pintada de verde entre el árido suelo montañoso y desértico. Si bien un camino de ripio permite llegar hasta la cumbre en auto, se recomienda ir caminando o con el sereno andar de algún caballo para poder apreciar las bellezas naturales más de cerca.
Potrerillos se encuentra a casi 1000 metros por sobre el nivel del mar y, como consecuencia de la altura, se ha creado una suerte de microclima con temperaturas bastante más frías que las del llano. En las noches de invierno, el viento se hace muy fuerte, las heladas se tornan irremediables. En plena cordillera, a más de 5000 metros de altura, nace el río Mendoza, que provee de agua potable a todo el pueblo. Mientras el cauce baja las montañas, una parte del caudal se va filtrando y continúa su camino por adentro de la tierra hasta que, en el lugar menos pensado, emerge la vertiente formando pequeños ojos de agua de los que se puede beber sin inconvenientes.
A la hora de comer
Después de un día de largas caminatas y recorridas, nada mejor para reponer fuerzas que el cochinillo preparado en hornos de barro que cocinan en El Cortijo del Torreón. El lujoso restaurante está ubicado en la calle Las Condes, muy cerca de la comisaría. A sólo 8 kilómetros de Potrerillos, en el arroyo El Salto, se puede estacar la carpa y dormir con el sonido del agua que viene bajando las montañas, aunque muy cerca de allí, después de cruzar el río Blanco, la pequeña villa Manantiales también ofrece paisajes que son difíciles de olvidar.
A 20 kilómetros, el pintoresco poblado de Vallecitos cuenta con las mejores pistas para esquiar, algunos campings y un cálido hotel.
Por la noche, el pueblo descansa en el más absoluto silencio con la tenue luz de la luna alumbrando las montañas.
Así, la calma imperturbable invita a disfrutar contemplando las estrellas que, en plena oscuridad, parecen sembrar el cielo con su destello intermitente.
Jorge A. Benedetti









