V ALENCIA (El Mercurio, de Chile, Grupo de Diarios América).- En la medianoche del 19 de marzo próximo, esta ciudad se incendiará por los cuatro puntos cardinales. Como todos los años. Será un acto alevoso que, no en vano, sus ejecutores -los valencianos en pleno- tienen la osadía de preparar durante un año entero. Se trata de la nit de foc (noche de fuego, en lengua vernácula): uno de los más impresionantes espectáculos de los que se tenga noticia; las famosas, pero nunca bien comprendidas, fallas de Valencia.
Entiéndase bien: lo que arderá no es la ciudad en sí, sino cientos de gigantescos monigotes y escenificaciones (los ninots), obras de arte que han significado 365 días de esmerado trabajo a decenas de miles de valencianos.
Nunca estuvo mejor puesto el pocas veces oportuno adjetivo de dantesco. No se puede calificar de otro modo el calor infernal que se experimenta si se tiene la suerte de estar allí en esos instantes. Las fallas de Valencia no son una conmemoración lastimera que podría recordar la pecadora condición humana y, en consecuencia, el infierno que nos espera.
Todo lo contrario: se trata de una gran fiesta en homenaje a San José y que, de paso, celebra el fin del invierno europeo y la llegada del solsticio primaveral, símbolo del renacimiento de la fertilidad.
Será la culminación de una semana de juerga en donde todo gesto de algarabía está permitido. En lenguaje local, eso quiere decir bailes, mostos, desfiles, toros, borracheras y, por supuesto, paellas.
Una de carpinteros
Cuentan las crónicas que, en el siglo XVI, el gremio de carpinteros de Valencia, por algún motivo que aún se mantiene oculto, se cansó de su patrón habitual: San Lucas. Sin más, prefirieron apadrinarse por San José. Es probable que haya influido en ello el que la festividad de este último santo coincidiera con las fiestas paganas que saludaban el siempre auspicioso asomar de la primavera.
Del mismo modo, parece que durante los duros -y oscuros- inviernos levantinos los carpinteros iluminaban sus talleres con unos soportes de lámparas (los parots). Inservibles éstos a partir del solsticio -por el aumento de las horas de luz-, comenzaron a ser quemados junto con las maderas de desecho el día de la festividad de su patrono. Como tal empresa debía poseer algo de gracia, a alguien entonces se le ocurrió vestir con ropajes viejos al parot, y así, no de otro modo, con forma de espantapájaros nacería el primer ninot.
Como aquello tampoco les pareció muy gracioso, comenzaron a identificar al ninot con algún prohombre de Valencia merecedor de sátira, ironía o, por qué no, sencillamente de escarnio. Los carpinteros nunca se anduvieron con chiquitas: como buenos peninsulares, la irreverencia y el desdén del pueblo llano hacia la autoridad que lo mereciera tomaron la forma de monigotes.
Con el tiempo, ya no fue más uno sino varios los muñecos que empezaron a fabricarse para ser cremados. Y para que la dura sátira quedase completa, surgieron, aledaños, los llibrets: irónicos versos que, antes de la quema, no dejan títere con cabeza.
En el siglo XVIII, la cosa se institucionalizó y los ninots fueron subidos sobre un pedestal -el catafalc-, con lo que se establece ya ritualmente, y a la manera actual, lo que habría de llamarse ceremonia de las fallas, palabra que deriva del latín facula o fax, que significa antorcha o tea. Este sarcástico, trabajoso y bestial rito pirómano pronto dejó de ser exclusivo de los carpinteros: todos los ciudadanos lo hicieron suyo y así los barrios de Valencia se organizaron para preparar, durante un año, la gran noche del fuego. Y es todavía, precisamente, ese espíritu de barrio -tal como en el Carnaval de Río o en las murgas uruguayas- el fundamento de esta poco moderada quemazón.
Otra vista valenciana
La ciudad de tal espectáculo, hoy con cerca del millón de habitantes (la tercera de España), se fundó en el 137 a. de C. por los romanos. Fue musulmana -lo que puede verse en las callejuelas del Seo- y reconquistada por el Cid Campeador en 1094. La perdió su esposa Jimena ocho años después y sólo la recobró en 1238 Jaime I el Conquistador. Aragoneses y catalanes la repoblarían. Esa época sigue plasmada en las calles Serrano, Barcelona y la Plaza de la Reina, que el visitante hoy no puede dejar de visitar.
Asimismo, dos grandes órdenes militares -los templarios y la del Hospital de San Juan- tuvieron significativo peso en la ciudad, lo que queda reflejado en la Plaza del Temple o en la calle de Bailía. Después, los gremios comerciales le darían la bella arquitectura medieval a la zona céntrica -calles de Sombrerería, Zurradores, Cerrajeros, Tundidores, Pescadería- construyendo la Lonja de Mercaderes (ahora Museo Fallero), la catedral (con su torre llamada Micalet o Miguelete) y otras fortificaciones, siempre orillando el río Turia.
De ese tiempo proviene el Tribunal de las Aguas, la institución jurídica de facto vigente más antigua que se conozca. Todos los jueves se reúnen, al mediodía, en la portada de los Apóstoles de la Catedral, campesinos regordetes y pequeños propietarios para dirimir problemas de derechos de aguas. Se elige un jurado y el más anciano de ellos dicta la sentencia, que es inapelable: todo funciona por acuerdo oral.
El siglo XVI fue el del apogeo, y los barrios del Mercado y del Carmen, donde se instala el gremio de carpinteros, son sus sitios emblemáticos. Pero es a comienzos del XX cuando se expande de manera definitiva: el modernismo irrumpe con fuerza (lo que evidencia la bella Estación del Norte y los mercados Central y Colón).
La ciudad da cuenta de una intrínseca preocupación por el diseño y la estética hasta hoy. Allí está emplazado el vanguardista Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), y algunos de sus contemporáneos, como el arquitecto Santiago Calatrava o el diseñador Javier Mariscal, indican que Valencia es más que tierra de las mejores paellas, naranjas y fallas.
Fuegos, truenos, juegos
Lo cierto es que los monigotes a cremar son obras de arte. En su confección intervienen, para cada escenificación, un artista y una comisión de falleros, que determina cada barrio de la ciudad. El primero dedica todo el año a finiquitar un proyecto exclusivo, que da cuenta de aspectos de la situación política o de otras temáticas de interés para la población. Para ello utiliza pasta de papel o cartón piedra sobre una armazón de madera.
Como si fuera una secta secreta, la comisión, en tanto, mantiene reuniones en un local llamado casal, diseñando la estrategia frente a las festividades. Será la Junta Central Fallera, que se reúne periódicamente en la Plaza del Mercado, la encargada de coordinar que todo esto se cumpla según las normas de hecho y de derecho, sin romper precepto alguno.
Los ninots son, en general, escenificaciones que reúnen a varios personajes, la mayoría políticos y hombres públicos, situados en algún hábitat sarcástico. Sus tamaños pueden llegar a los 15 o 20 metros de alto, ocupando una superficie que puede alcanzar un diámetro igual. En 1995 y 1996, el prohombre más reiterado en monigote fue Felipe González, seguido de ministros, autoridades locales, Aznar o gente de la farándula. Aunque también hay confecciones que representan diversidades como la historia del cine (que se salvó de la quema) o alegorías varias.
Ya en la semana de festividades se exhibirán por fin los ninots en la Lonja -bello edificio gótico del XV- y los visitantes, en riguroso sufragio libertario, elegirán el que consideran mejor. Este monigote será el indultado: el único que se salvará de perecer en la quema. Luego de una cabalgata por las calles de la ciudad, el electo será retirado de la esquina del barrio donde se ubica su falla, y se lo lleva al Museo Fallero, sitio en el que se congregan los monigotes indultados que lo precedieron. El resto comenzará a arder decenas de metros hacia arriba, en las esquinas de los cientos de barrios, apenas acabe el último segundo del día de San José. Los bomberos antes habrán rociado los edificios: y estarán manguera en mano atentos para evitar el incendio de la ciudad.
Diez horas antes, la ciudad habrá sufrido otro incendio, pero de ruido: las mascletas. Esto es una orgía de truenos y petardos que torturan los tímpanos durante varios minutos, dejando tras ello una sordera momentánea. No es nada de placentero experimentar ese ataque. Es probable que se trate del ruido intencionado y programado (se ejecuta, además, todos los días de fiesta, a la misma hora) más tremebundo del planeta.
Los perros y gatos se vuelven locos aullando y maullando, y por eso hay quienes estiman que esta cantidad maldita de explosiones resulta un complemento dudoso al ya desmesurado asunto de las cremadas características. Es más: muchos españoles se niegan a asistir a las fallas precisamente para no experimentar este fusilamiento sonoro.
Pero aquello pasa, claro, y al final resulta un mero detalle. Habrá mucho más en las festividades: impresionantes fuegos artificiales en las noches, competencias y juegos de todo tipo, deliciosos y grasientos churros y buñuelos por doquier, corridas de toros y las falleras. ¡Ah, las falleras! Las más bellas chicas de cada comisión o barrio, que compiten en busca del título de Fallera Mayor. La que resulte agraciada tendrá el más grande premio al que una levantina puede aspirar: luciendo un lujoso traje de labradora, besará la imagen de la Virgen de los Desamparados, la patrona local, y tras ello se echará a llorar ante una multitud emocionada. Es verdad: dicen los cronistas vernáculos que nunca la Fallera Mayor ha dejado de llorar y, testigos en su momento, pudimos corroborarlo: lloró.
El fuego y la fiesta
Pasear por las calles de Valencia mirando los ninots es abrirse al asombro de esquina en esquina, aunque resulta casi imposible recorrerlos todos, más aún si se considera que además existen monigotes confeccionados por comisiones falleras de niños (impresionantes también). Al hacerlo uno se pregunta por el absurdo que parece ser el estar todo un año confeccionando estos monumentos para, sólo a tres días de ser mostrados, lisa y llanamente hacerlos cenizas con saña y alevosía.
Pero no hay absurdo alguno: es parte de la gratuidad del gesto, que es la esencia de toda fiesta, donde el valor del trabajo y del arte es retribuido con la dicha de un efímero momento. Una vez acabado éste, y tras los últimos minutos del día de San José, se vivirá otro laborioso año en función de volver a sentir otra vez lo mismo: el éxtasis del momento fugaz. El fuego rápido y total.
Marcelo Mendoza
Más allá del calor de las llamas
VALENCIA, (El Mercurio, de Chile, Grupo de Diarios América).- Equidistante de Madrid y de Barcelona unos 400 kilómetros, Valencia es la capital de la comunidad autónoma que lleva su nombre. Siendo puerto del Mediterráneo -centro de la Costa de Azar-, le resulta mucho más emblemático el río Turia que el mar, aunque los valencianos se bañan en la playa de la Malvarrosa, escenario de la última novela del escritor valenciano Manuel Vicent. La ciudad posee bastantes atractivos. Debe recorrerse bien el casco antiguo y visitar la Seo, la basílica de Nuestra Señora de los Desamparados, el Palacio de la Generalidad, la Lonja, la iglesia de San Nicolás, el mercado modernista y la catedral con su Miguelete.
En esta última, está la capilla del Santo Cáliz, que conserva el que la tradición autóctona venera como el famoso Santo Grial: el supuestamente auténtico cáliz de Cristo en la Ultima Cena. En todo caso, la documentación que allí existe para avalar la certidumbre de ese valioso trofeo es más voluminosa que la existente en cualquier otro lugar.
Qué comer
Valencia no es solamente paella, claro. Probablemente su mejor producción son las naranjas -quizá las mejores del mundo- y el aroma a azahar recorre la ciudad en primavera.
Platos interesantes son el arroz a banda, la fideua (en base de fideos gruesos), el all i piebre (el de anguila es el más frecuente) y el allioli (ajo y aceite).
También los caracoles y la sepia a la plancha.
Un excelente plato es la ración de negro y blanco (morcillas -negras- y butifarra blanca), pero no deben descuidarse los postres: calabaza asada, panellets (pastas de masa de almendras), buñuelos y churros. Para beber hay que probar la refrescante horchata, de chufa o almendra.
Las fallas
Las festividades de San José se inician el 12 y finalizan tras la nit de foc, del 19 de marzo. El programa del 19 incluye misa de honor al patriarca San José, ofrendas de flores por parte de las falleras mayores, mascletá en la Plaza del Ayuntamiento, quema de fallas infantiles, quema global y ramillete de fuegos artificiales.
Quien desee asistir a tan magna ceremonia debe prepararse: no hay que llevar cosas de valor porque los robos están a la orden del día; hay que procurar ir en grupo y, obvio, hay que hacer las reservas de hotel con anticipación.









