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Cumplir años hoy: Beta Suárez reflexiona sobre el valor de celebrar

En el aniversario de OHLALÁ!, Beta Suárez comparte una mirada personal sobre cómo cambian los cumpleaños con los años y por qué celebrar también puede ser una forma de hacer una pausa y valorar lo vivido.


Beta Suárez

Beta Suárez - Créditos: OHLALÁ!



En el cumple 18 de OHLALÁ!, invitamos a mujeres que son parte de nuestra comunidad a poner en palabras qué significa hoy el paso del tiempo. En este texto, Beta Suárez revisita sus cumpleaños —de la infancia a la adultez— para pensar cómo cambia la forma de celebrarlos y qué lugar ocupa hoy esa fecha: ya no como expectativa, sino como una pausa, un balance y, también, una manera de seguir brindando por la vida.

La medida del tiempo: cumplir con los años

Cuando era chica, mi cumpleaños empezaba mucho antes del cumpleaños. Empezaba con la cuenta regresiva. Faltaban veinte días, quince, diez. Lo decía en voz alta como si estuviera anunciando el despegue de un cohete a la Luna o como si pudiera apurar el tiempo. Y eso que cumplo el 1 de febrero, cambio de quincena y de mes, la mitad del verano, un día en el que los que no estaban llegando se estaban yendo. Recuerdo a mi madre caminando por la calle de tierra de la casa en la que vivíamos, en ese San Pedro de siestas y de un calor inefable, recolectando niños para que la piñata tuviera un puñado de manos debajo. 

Pero mi cumpleaños era mi día. No en un sentido filosófico: en un sentido literal. La casa giraba alrededor de eso. La torta casera con grana, los globos, el juego del paquete, las invitaciones a mano, el vestido planchado, las medias con puntilla, los zapatos de salir y la mesa servida que no se tocaba hasta que no llegaran los invitados. 

Cuando tenía 7 años nació mi hermana menor exactamente el mismo día que yo y aprendí que la vida no era perfecta, o bastante graciosa porque mirá que hay días, eh… Pero mi madre, otra vez, se ocupó de que, ya que compartimos la fecha, al menos no tuviéramos que compartir el protagonismo. Dificilísimo, pero hoy me encanta. 

Mientras escribo, pienso: no recuerdo casi ningún cumpleaños de mis padres durante mi infancia. Después crecí. Y en algún momento, no sabría decir exactamente cuándo, el cumpleaños, mejor dicho, el festejo, empezó a correrse de lugar. Primero fue apenas un corrimiento mínimo: la joda, un viaje, el trabajo, las responsabilidades, la promesa quimérica de “lo festejamos otro día”. Y después, cuando tuve hijas, directamente cambió de dueña. Y lo disfruté un montón, aunque reconozco que la cosa se complicó, la complicamos, bastante. Pasamos de las guirnaldas recicladas que sobrevivían a varios cumpleaños a la decoración temática y a una torta que, por supuesto, tenía que parecerse a un dinosaurio, a un unicornio o a algo que Pinterest aseguraba que era facilísimo de hacer y que después terminaba pareciendo un animal que la ciencia todavía no había clasificado.
Durante algunos años, mi cumpleaños fue apenas un pie de página entre los cumpleaños de mis hijas. Nada dramático, simplemente la vida, con su agenda y su presupuesto, ocupando su lugar.

Pero después pasaron los cuarenta. Y los cincuenta. Y algo me sucedió. No es que haya vuelto la ansiedad infantil ni que me despierte esperando globos pegados en la pared. Es otra cosa. Una especie de reconquista silenciosa. Como si de pronto me hubiera dado cuenta de que el cumpleaños no era tanto, o no era solo, una fiesta, sino una pausa. Un momento para mirar hacia atrás y también un poco hacia adelante. Si se te canta, claro, tampoco es que tenga presente todos mis cumpleaños, algunos pasaron casi como un suspiro. O como una angustia.

A los 18 creo que estaba borracha, de los 30 solo me queda la amnesia, a los 40 estaba muy triste y a los 50 muy ocupada. Me debo un fiestón. 

Pero a esta altura, cumplir años ya no tiene nada que ver con sumar velitas sino con otra matemática: la de todo lo vivido. Las cosas que aprendiste, las que perdiste, las que todavía te sorprenden. La conciencia, un poco incómoda y un poco hermosa, de que el tiempo no es infinito y que cumplir es, también, no tener ganas de volver a mirar atrás. La edad sigue siendo un tabú para las mujeres. Celebrar es otro modo de resistir. De revolucionar. 

Por eso ahora, cuando llega mi cumpleaños, repito mi mantra: a más velitas, más fuego. Y las enciendo.

Porque cuando sos chica, el cumpleaños es la ilusión de todo lo que viene. Cuando sos madre, puede que a veces solo sea una fecha en el calendario, pero cuando sos poscua, el cumpleaños se convierte en una forma de agradecer o de recordar que aunque haya días que parecieran indicar lo contrario, estás viva. 

Y también es una manera bastante elegante de recordarle al tiempo que, por ahora, seguimos empatados. Que no nos medimos como adversarios, sino como compañeros. No pienso correr, ni para adelante ni para atrás... ¿No ves que tengo una copa en la mano para brindar?

Por lo pronto, hoy no importa si hago una fiesta gigante, una cena con la familia o me voy sola a caminar por el barrio, pero ya no espero a que lleguen los convidados para probar el banquete: será que entendí que la principal invitada a la celebración de cumplir con mis años soy yo.

PD: Feliz mayoría de edad, mi querida OHLALÁ! La fiesta se puede poner rara, pero lo que seguro se pone es buenísima.

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