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Migraron a la Patagonia y hoy hablan de por qué eligieron este lugar para quedarse

El sur de Argentina es un lugar especial. Después de la pandemia, muchas personas eligieron abrirse a la aventura y buscar una vida en la naturaleza. Una crónica de tres mujeres que migraron a San Martín de los Andes.


patagonia_1.jpg - Créditos: Lucía Tornero



Cuando era chica, yo misma había vivido en el sur, en San Martín de los Andes, en la Patagonia. Esa experiencia en la naturaleza cambió por completo mi perspectiva de todo. En mi inconsciente bastante consciente, siempre sentí que quería volver, que tenía que volver. Entonces lo dejaba en “algún día”, cuando estuviera con pareja y con hijos..., ese sería el momento.

Porque, ¿qué voy a hacer, si no, mudándome sola al interior? 37 años más tarde, soltera y sin ninguna atadura, me empezó a picar fuerte el bichito. Y un día, tuve una epifanía; mi cuerpo me empezó a pedir un cambio. Y le hice caso. Hace unos meses que estoy viviendo en el sur, yendo y viniendo por trabajo (soy licenciada en Comunicación) y también para respirar un poquito de esmog porque, aunque no lo parezca, Buenos Aires es una ciudad que me encanta. Tiene vida, propuestas que no paran y, además, están mi familia y muchos amigos.

patagonia_2.jpg - Créditos: Lucía Tornero

¿Por qué San Martín de los Andes?

En San Martín ya vivía mi hermana desde hacía varios años con su marido y sus hijas, y también me habían quedado algunas amigas de cuando era chica, quienes eventualmente hicieron su paso por Buenos Aires cuando fue momento de estudiar alguna carrera. También sabía que el pueblo (aunque ya más bien comienza a asemejarse a una ciudad, sin perder ese encanto de aldea de montaña) había crecido mucho en los últimos años.

El efecto pospandemia fue aún más impresionante: según la municipalidad local, en tan solo un año, unas 4000 personas se habían mudado allí para fines de 2021 (es más, la cifra podría ser mayor si se contempla los que no hicieron el trámite en el Registro Civil). Claramente, yo no era la única loca a la que le estaban pasando cosas. Y allá también me encontré con mujeres en situaciones similares. Con ganas de cambio, con ganas de verde, con ganas de conexión.

patagonia_4.jpg - Créditos: Lucía Tornero

“Quería una mejor calidad de vida”

Nombre: Tamara Castañera.

Edad y ocupación: 40, pastelera.

Ciudad natal: La Plata.

patagonia_6.jpg - Créditos: Lucía Tornero

Tamara tiene 40 y desde chica le encantaba el aroma a torta que había en su casa cuando su mamá cocinaba, además de amar la pastafrola que hacía su abuela. Por eso, no fue sorpresa que haya decidido la pastelería como rumbo. Tenía su negocio en su ciudad natal desde hacía siete años y hace uno se animó a dar el salto. “Tengo un amigo viviendo acá en el sur, que me contaba lo hermoso que era y siempre me decía que viniera. Un buen día, me animé.

Dejé la pastelería en manos de otro amigo, organicé la mudanza y me vine. Mis amigos y familiares, felices por mi decisión”, dice con una sonrisa que contagia. Tami siempre, siempre, trae alguna de sus delicias a las juntadas. Cheesecakes con frutos rojos locales o unas tortas espectaculares de varios pisos.

“Mucho de mi decisión tuvo que ver con tener una mejor calidad de vida en cuanto a la seguridad, el bullicio y el estrés de la ciudad. Desde enero de 2022 que estoy acá, disfrutando de este paraíso. Siempre me gustó el paisaje de montaña, el invierno y, por supuesto, los chocolates”, remata.

“Cuando salgo del trabajo me voy a la montaña”

Nombre: Naraline Luna.

Edad y ocupación: 33, médica.

Ciudad natal: Rosario (aunque nació en Brasil)

El caso de Naraline, de 33 años, fue un poco diferente. Hace 12 años que vive en Argentina, así que sabe de grandes cambios. Dejó su tierra natal brasileña para venir a estudiar medicina. Luego de un fugaz paso por Buenos Aires, se instaló en Rosario, en donde se recibió. Viviendo allá, hizo un viaje al sur con amigas para hacer trekking y la ruta de los 7 lagos. Ahí conoció la Patagonia y también San Martín. Tanto le gustó que volvió en dos oportunidades, a hacer andinismo y trekking.

Hoy, Nara cuenta que, en el sur, buscaba seguridad y naturaleza. “Lo que amo de acá es que, por ejemplo, un martes, salgo del trabajo y me voy a la montaña con un grupo de trekking. Estoy dos horas y cuando vuelvo, puedo seguir trabajando”, dice con un español impecable y con una suerte de asombro en su voz, dando cuenta del enorme privilegio. Además, no puede más de felicidad después de haberse mudado a una casita con vista a la montaña y haber logrado traerse a su perrita, Princesa, desde Rosario.

“Estoy probando cosas nuevas todo el tiempo y eso me encanta. Al salir de su zona de confort, una tiene que buscar y vincularse con otras personas. Se hace más fácil cuando compartís gustos y actividades en común”.

“Algo adentro de mí me dice que encontré mi lugar en el mundo”

Nombre: Rocío Gianetti.

Edad y ocupación: 30, ingeniera en materiales.

Ciudad natal: Mar del Plata.

patagonia_5.jpg - Créditos: Lucía Tornero

La marplatense Rocío Giannetti, de 30 años, es ingeniera en materiales. Ya tiene bien ensayado cómo describir su profesión porque nunca falta un “¿de qué se trata?”. Desde chica le interesaba saber de qué estaban hechas las cosas que usamos en lo cotidiano y por eso eligió ese rumbo. Ya recibida, se mudó a CABA por trabajo, donde estuvo viviendo casi tres años hasta que, básicamente, como dice, la pandemia la echó.

“Si bien me gustaba la vida en CABA, el encierro me afectó mucho. Me autorizaron a trabajar de forma remota y decidí volver a Mar del Plata. Junto al mar, la cuarentena se hizo más amena; sin embargo, algo internamente me decía que ya no era la misma. Estaba segura de que no quería volver a repetir mi vida en CABA cual máquina que solo trabajaba y dormía, pero tampoco estaba del todo conforme viviendo en Mardel”.

Al igual que muchos, Ro siente que la pandemia hizo un quiebre en ella y empezó a ver la vida diferente: “Me quise priorizar a mí misma, necesitaba un cambio urgente”. Su relato, con esa emoción tan vívida, se parece al de miles de personas.

“Justo unos días antes del encierro, hice la Ruta de los 7 Lagos en bici. En ese viaje conocí San Martín de los Andes, que, como dice la mayoría, es realmente salido de un cuento. Durante todo el año encerrada por el covid, empecé a soñar con vivir en la Patagonia. Sanma me encantaba, pero me daba un poco de miedo su fama de ‘pueblo’, por lo que opté en un principio por probar con Bariloche”.

Pero a los pocos meses, Ro se quebró la muñeca en un accidente mientras hacía trekking y, como estaba medio restringida en movimientos y no conocía mucha gente que la pudiera ayudar, decidió mudarse un par de meses a lo de su novio, que ya estaba viviendo en San Martín.

“Y así fue como, desde el momento en que llegué, me enamoré de ese famoso pueblo, de tener todo tan cerca, de los cerezos en la avenida, de las casitas de madera y la cantidad de montañas inexploradas alrededor. No sé cómo ni por qué, pero algo adentro de mí me decía que había encontrado mi lugar en el mundo”.

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