Del amor romántico a las apps de citas: cómo cambiaron los vínculos en las últimas décadas

La historiadora e investigadora del CONICET Isabella Cosse analiza la idea de una crisis del amor, el impacto de las aplicaciones de citas, los cambios impulsados por el feminismo y las nuevas formas de construir vínculos.

Por Verónica Dema

16 de junio de 2026, 11:54

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Del amor romántico a las apps de citas: cómo cambiaron los vínculos en las últimas décadas - Getty

En tiempos en los que las aplicaciones de citas, los debates sobre responsabilidad afectiva y las nuevas formas de vincularse ocupan buena parte de la conversación pública, una pregunta vuelve una y otra vez: ¿está en crisis el amor? Para la historiadora e investigadora de CONICET y la UNSAM, Isabella Cosse, la respuesta requiere mirar más allá de los diagnósticos apurados. En su reciente libro Rotos corazones, la autora explora cómo cambiaron las ideas sobre el amor, la pareja y la sexualidad a lo largo del tiempo, y propone repensar cuánto hay de mito en aquello que solemos llamar "amor romántico".

Estas reflexiones también serán el eje de ¿Rotos corazones? Un curso de historia con Isabella Cosse. Conversaciones en torno al amor (y el desamor) en tiempos de incertidumbre, una propuesta que invita a analizar los vínculos desde una perspectiva histórica y social. En esta entrevista, Cosse reflexiona sobre las transformaciones impulsadas por el feminismo, el impacto de las tecnologías en las relaciones y los desafíos afectivos de una época atravesada por profundos cambios culturales. 

-En los últimos años se multiplicaron los diagnósticos sobre una supuesta "crisis del amor". Vos que estudiás la historia, ¿estamos atravesando algo excepcional o cada época sintió que el amor estaba en crisis?

-Estás tocando una cuestión muy importante. Antes que nada: ¿de qué amor hablamos? El amor es un sentimiento polivalente, con distintas implicaciones emocionales, según el contexto y el vínculo. Con frecuencia, olvidamos, esa polivalencia y lo difícil que resulta definirlo: no sólo está el amor pasional, libidinal-erótico. Pero, aún pensando en ese sentimiento, con su expresión física arrasadora en nuestras sociedades, está configurado social y políticamente. Y, por tanto, ha variado a lo largo del tiempo, es decir, han cambiado las formas de entenderlo, percibirlo, sentirlo. Estos cambios han estado, como sugerís, en el centro de profundas discusiones en cada época histórica. Esos cambios, sin embargo, no se dan de forma tajante, sino que los sentidos antiguos, muchas veces redefinidos en cada época, se superponen con los nuevos.  

Siempre, diría, esas elaboraciones (esas formas de pensar aquello supuestamente natural) en torno al amor, abrieron muchas discusiones y controversias. En especial, en épocas de grandes transformaciones sociales y culturales. Hace un siglo, en los llamados “locos años veinte”, un tiempo de migraciones, de aparición de nuevos medios de comunicación, que cierra con una gran crisis económica mundial, existieron muchas ansiedades en torno a los efectos de las mujeres más “libres”. Pensemos, por ejemplo, en las discusiones abiertas con el feminismo y el anarquismo en torno a la necesidad de cuestionar el orden patriarcal en los años veinte. Pero no sólo involucraban a esos ámbitos. Las preguntas sobre la pasión amorosa y la institución matrimonial, por ejemplo, eran centrales en las narraciones sentimentales semanales que leían las trabajadoras al ir al trabajo, como estudió Beatriz Sarlo.

-Hoy conviven discursos muy diferentes: quienes celebran vínculos más libres y quienes sienten que es cada vez más difícil construir relaciones duraderas. ¿Cómo se puede interpretar esta tensión?

En la actualidad estamos, justamente, frente a una profunda discusión social a escala global sobre los mandatos, aquellos que resultaban en el pasado supuestamente indiscutibles, aunque, como adelanté, hay que discutir tal hegemonía porque la contestación siempre existió de un modo u otro.

Diría que existen tres cuestiones en discusión en la actualidad:  las que involucran el lugar de la desigualdad, la violencia, contra la mujer y el reconocimiento de la diversidad sexual, las relativas a las formas de organizar una relación afectiva, amorosa o sexual (qué, quién, cómo participa) y las relaciones familiares de forma más amplia, junto con las profundas transformaciones económicas, sociales, políticas que han fragmentado nuestras relaciones cotidianas, afectivas, amorosas.

Estamos, de hecho, en un momento de profundas discusiones, con emergentes y expectativas diferentes y contradictorias. Las transformaciones -la puesta en discusión social- abren momentos de creatividad y exploración, pero, a la vez, diría, siempre generan tensiones.

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-Vos proponés preguntarse si se acabó el amor o solo el amor romántico. ¿Qué aspectos de ese modelo siguen vigentes, incluso entre quienes creen haberlo dejado atrás?

El amor romántico se ha constituido en una especie de mito. Ese mito implica creer que el pasado estaba dominado por un paradigma amoroso que unía, necesariamente, compromiso afectivo, deseo sexual y unión estable. Creo que ese paradigma operó mucho más como una fantasía, que organizaba guiones sociales, estructuraba deseos, que como una realidad que estructuró las trayectorias de las parejas en sí mismas. Siempre existieron muchos motivos para crear una unión estable, muchas relaciones pasionales fuera del matrimonio, mucha transitoriedad en los vínculos.

De allí que reconocer el amor romántico tiene que ir de la mano de reconocer sus limitaciones, la existencia de otros sentimientos, por ejemplo, la importancia de las razones pragmáticas (irse de la casa de los padres, por ejemplo, o sociales, como marcar un estatus social) para unirse en pareja o casarse. Creo que pensarlo de ese modo implica una desmitificación clave.

Diría, también, que el amor romántico fue, es todavía, quizás, una fantasía poderosa. Naturalizó jerarquías de género, aquellas que legitimaban que las mujeres eran puras si eran vírgenes y que de ello dependía su valor social, que, también, estaba unida a la valoración, la competencia, de y entre los varones. De allí que desarmar el amor romántico implica permitirse discutir esas jerarquías y a la vez abrir la pregunta sobre qué deseamos para nuestras relaciones afectivas, sexuales, familiares.

-Las aplicaciones de citas transformaron la forma de conocerse. ¿Cree que modificaron también nuestra manera de vincularnos o solo cambiaron los canales de encuentro?

Las aplicaciones de citas son una nueva tecnología del encuentro que están motorizadas por la obtención de ganancias, la reproducción del capital, implican, entonces, la mercantilización de la vida afectiva como han señalado diferentes autores. Esto es parte de un fenómeno mayor: la mediación tecnológica de la gestión cotidiana de las relaciones, el cuidado, la comunicación. No quisiera minimizar esas transformaciones, pero, mirar históricamente nos advierte sobre el fatalismo. La tecnología es parte de nuestro mundo desde siempre, aunque esto no signifique desconocer que el horizonte es inquietante, parece que la ciencia ficción se vuelve realidad, que es posible la sustitución de los humanos por los robots. De todas maneras, creo que estamos socialmente descubriendo las limitaciones de las promesas tecnológicas (pensemos en los celulares en las escuelas), a la vez que revalorizando los espacios reales de contacto cuerpo a cuerpo.

-¿Qué diferencias encuentra entre las preocupaciones amorosas de las generaciones más jóvenes y las de quienes fueron jóvenes hace 40 o 50 años?

En los años sesenta, cuando grandes contingentes juveniles -mujeres y varones- comenzaron a explorar nuevas formas amorosas, muy especialmente las chicas, se animaron a confrontar con la norma virginal que implicaba que su condición moral, que su valor social dependía de la contención del deseo sexual y que, por el contrario, la experiencia sexual fuera del matrimonio las colocaba, de un modo u otro, en la zona de la mujer impura. Y, en simultáneo, existieron nuevas expectativas sobre la pareja y lo amoroso, con nuevas expectativas sobre la autenticidad, la intensidad, que cobró mayor valor que la duración del vínculo. Me gusta decir que lo que estaba en crisis en aquella época era el matrimonio heterosexual, de por vida, con desigualdad de género, pero que paradójicamente esa crisis creó nuevas expectativas, de realización mutua, en torno a la pareja. Pero los cambios, que se expresaron en términos demográficos con un crecimiento de las uniones consensuales, eran emergentes en los años sesenta y son aún parte de muchas discusiones. Son fenómenos aún abiertos.

-Hoy hablamos mucho de responsabilidad afectiva, consentimiento y límites. ¿Cómo impactaron las transformaciones feministas en la manera de pensar el amor?

El feminismo ha sido crucial porque ha permitido el reconocimiento de que las construcciones del amor romántico, como decía antes, o del amor maternal o, el amor a la familia, velaron la desigualdad, la violencia, la dominación de las mujeres. Las mujeres, de distinto según su clase, su ideología, su experiencia, han puesto, hemos puesto, bajo discusión el dominio masculino y, creo, debemos, con urgencia, seguir haciéndolo porque la violencia machista sigue cobrando vidas y siguen circulando comentarios que responsabilizan a las propias chicas, sobre el largo de la pollera, de sus asesinatos. De modo tal que el feminismo ha sido clave, pero, a la vez, tenemos un largo camino por delante. No es casual que haya discursos antifeministas, que denigran a las mujeres embanderadas con sus derechos, es una reacción política, defensiva, que intenta minimizar la enorme significación de pensar a las mujeres como sujetos de en las relaciones concretas y la organización cotidiana.

-En la presentación del curso aparece una pregunta muy sugerente: "¿Qué lugar ocupa el otro en nuestros corazones en el renacer neoliberal?". ¿Cómo influyen las condiciones económicas y culturales en la forma en que nos relacionamos?

El nudo central que propongo discutir implica pensar qué lugar tiene el “otro”, quien está excluido, sufre por falta de trabajo, de cuidados, de atención médica, en nuestras preocupaciones que hacen al amor, entendido, como conexión política y social. Una de las poderosas tradiciones en relación con el amor implica un horizonte emancipador, que supone desplazar el individualismo, pero, también, a las metáforas y las dinámicas económicas, para pensar las relaciones y discutir la supuesta felicidad personal sostenida en los bienes de consumo, en la afirmación propia, personal o grupal, en la descalificación del “otro”.

-Si el amor suele ocupar el centro de la escena, el desamor aparece como una experiencia igualmente universal. ¿Cambió la forma en que las sociedades procesan las rupturas?

La forma de pensar, procesar, organizar las rupturas hace parte de la experiencia amorosa. El fin de una relación tiene diferentes significaciones, implicancias, según el grado de institucionalización de la pareja, la existencia o no de hijos e hijas, que implican responsabilidades y requieren pensar la organización de los cuidados luego de esa ruptura. Es una de las grandes cuestiones en la mesa de discusión.

Recordemos que en la Argentina el divorcio recién se aprobó en 1987, en la transición democrática, lo que implicó un retraso inmenso, considerando que las uniones y desuniones eran tan frecuentes que muchas parejas iban a divorciarse o casarse en otros países. En estos años, los hogares con niños a cargo de mujeres pasaron del 18% en 1994 al 26% en 2005 y, en la actualidad, representan el 35% de los hogares urbanos. Estamos, entonces, en un momento clave para pensar qué sucede en los vínculos, las responsabilidades después de una ruptura, las formas de cuidar económica y afectivamente a esos niños y niñas. También, por cierto, en una etapa de redefinición y exploración, se abren posibilidades de mantener vínculos afectivos, de compromiso, más allá del fin de una unión.  

Curso de Isabella Cosse

Prensa

Isabella Cosse – Historiadora e investigadora de CONICET y de UNSAM, donde es profesora. Entre otros libros, es autora de Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta, Mafalda: historia social y política y de Rotos corazones. Amor y política en los setenta, recientemente publicado.

Verónica Dema

Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.