La relación con tu papá: 5 situaciones comunes y cómo atravesarlas de manera saludable

La relación con tu papá puede influir en la autoestima, los vínculos y la forma en que te relacionás con el mundo. Una especialista analiza cinco situaciones frecuentes y comparte herramientas para transitarlas de manera más saludable.

Por Lucila Longar

17 de junio de 2026, 15:49

padre e hija caminan en la playa

Día del Padre: algunos conflictos que surgen y cómo superarlos. - Getty

El vínculo con tu papá ocupa un lugar clave en tu vida. La figura paterna está relacionada con la autoridad y los límites. Es el lugar de las normas y también de la construcción —para bien o para mal— de nuestra autoestima. Todo esto que aprendemos desde chiquitas influye y forma parte de nuestra identidad como mujeres: cómo manejás tus relaciones, el lugar que te das, la confianza que tenés en vos misma.

Esa voz interna que valida o critica todo lo que hacés, de alguna manera, nace en el vínculo con tu papá. Hay situaciones que tenemos internalizadas, no conocemos otra forma de vincularnos con él, pero sí podemos darnos cuenta de que nos incomodan y que necesitamos revisarlas. Desarrollamos algunos de esos “temitas” que tenemos con papá y que a veces cuesta encarar. No buscamos darte soluciones mágicas, sino algunas claves que puedan ayudarte a construir una relación más amorosa con él y también con vos misma.

“Mi papá es sobreprotector”

Para él sos y serás una niña. En algún momento estuvo bien, pero ya se terminó. Te sentís insegura y limitada en tu independencia: no podés tomar una decisión sin que aparezca su opinión, su advertencia o directamente su desaprobación. ¿Querés irte de viaje con amigas? Drama. ¿Cambiarte de trabajo? Catástrofe. En cada paso que intentás dar te encontrás con cuestionamientos y trabas. Como afirma la psicóloga Flor Brunetto, muchas veces la sobreprotección está vinculada con una necesidad de control excesivo: tu papá interviene en tus decisiones y coarta tu posibilidad de resolver problemas por vos misma. Con el tiempo, empezás a dudar de tus propias capacidades. Esto surge del propio miedo paterno a que algo te salga mal; sin embargo, hay que bancar que la equivocación y la frustración son parte del crecimiento.

¿Qué hacer?

El trabajo interno es clave. Es fundamental aprender a soltar la validación constante y a distinguir entre cuidar y controlar, para no repetir el mismo patrón. Con tu papá, intentá poner límites claros, hablar desde tus necesidades y no echando culpas, validar que sus actos fueron desde el amor, pero que vos querés otra cosa. Compartí tus logros y mostrale todo lo que podés.

Ilustración: pare abraza a su hija

Denise Mohamed

“Mi papá no está deconstruido”

El choque generacional, el comentario machista sobre tu cuerpo, tu trabajo o el feminismo, la imposibilidad de expresar sentimientos... Tu papá es así y eso te cuesta, no lográs que te pase por el costado y en cada encuentro terminás discutiendo por alguna de estas cosas. No vamos a justificar nada, pero entender el contexto de su generación nos puede ayudar a no ser tan reactivas. Seguramente tu papá creció en un contexto en donde los hombres no lloraban, donde el varón proveía y mandaba y donde nadie le enseñó a hacer las cosas de otra manera. Esa forma de entender las cosas forma parte de su identidad, cuestionarlo puede hacerlo sentir amenazado.

¿Qué hacer?

El modelo de masculinidad en el que fueron criados no les permite entender otras formas de vincularse, esperar una transformación absoluta es poner la vara muy alta. Querer deconstruirlo solo genera desgaste en la relación. Tampoco podés dejarle pasar todo. Una buena estrategia es hablar desde vos: “Eso que decís me duele”, “eso me lastima”, sin que cada discusión termine en un debate sobre el patriarcado. Rescatá lugares comunes en los que sí se encuentran. Tus batallas tienen que ser tus convicciones y, si los tenés, la crianza de tus hijos para no repetir patrones.

“Mi papá se lleva mal con mi pareja”

Tu gran pesadilla se vuelve realidad, te resulta imposible tener un encuentro familiar armónico sin que tu papá encare a tu pareja con alguna ironía o destrato. Diferencias políticas, celos, tu pareja no es lo que él esperaba, personalidades antagónicas, pueden ser algunos de los motivos para que, cuando están juntos, el aire se corte con tijera. Más allá de estos disparadores, las relaciones de los hijos suponen algo mucho más profundo, como afirma Flor Brunetto; si estos vínculos llegan para quedarse, proponen un cambio en la dinámica familiar. Muchas veces, los papás lo viven como una amenaza porque probablemente esto suponga modificaciones en la vida de su hija: mudanza, viajes, inversiones, para las que no están preparados.

El problema, más allá de que entendamos todo, es que vos quedás en el medio, tironeada entre dos vínculos que amás y que no logran coexistir en paz. Eso agota y, con el tiempo, puede empezar a lastimar ambas relaciones.

¿Qué hacer?

Límites claros. Con tu pareja, sostener la seguridad de que su vínculo con vos no depende de la aprobación de tu papá. Con tu papá, ser directa: “Te pido que lo trates bien, no por él sino por mí”. No serán amigos, pero que haya respeto. Lo que sí es innegociable es que ninguno de los dos te ponga en el lugar de tener que elegir.

“Mi papá se puso grande”

Su respuesta física no es la misma, su lucidez tampoco y, de algún modo, tu rol de hija se reversiona y da la sensación de que los roles se invierten. Tenés que empezar a tomar decisiones, tener conversaciones difíciles sobre su cuidado, autonomía y dinero, sin ofenderlo. Por un lado, se juega cómo te pega a vos desde lo emocional ver a tu papá envejecer, y por el otro, cómo repercute en tu logística diaria tener que ocuparte de cosas que antes no hacías. Que nuestro papá se ponga grande nos pone frente a frente con el paso del tiempo, no solo el de él, sino también el propio, que tal vez tampoco cae bien. Y, además, evidencia la pérdida del vínculo tal y como lo conocíamos. A toda esta revolución emocional se suma lo práctico: la división de tareas, quién se ocupa de qué, cómo se organizan los hermanos, los gastos, etc.

¿Qué hacer?

Te toca acompañar y estar presente de otra forma, es parte de la transformación del vínculo. Adelantate a las conversaciones difíciles, cuando todavía hay calma, así él también es parte de las decisiones.

“Extraño a mi papá”

Nacemos sabiendo que va a pasar, nos dicen que es el ciclo de la vida, pero cuando llega, no es tan lineal.

El duelo no tiene una forma única ni un tiempo estipulado, y eso vale tanto para quien perdió a un papá presente y amoroso como para quien perdió a uno distante, ausente o con quien la relación fue difícil. En el primer caso, el dolor es esperado, casi socialmente validado. En el segundo, aparece algo más complejo: el duelo por lo que fue, pero también por lo que no fue. En ambas situaciones, la figura de “lo pendiente” tiene un lugar clave. Si la sensación de que no quedó nada por decir o hacer nos acompaña, el duelo va a ser más “fácil” de transitar que si la pérdida se dio en un contexto de pelea o distanciamiento, donde queda la idealización. El peso de los recuerdos durante el duelo suele ser contradictorio, la memoria se vuelve desordenada y no siempre amable. A veces aparecen los buenos momentos y la nostalgia te invade, otras aparecen los malos y la culpa te nubla el día. Las dos cosas pueden convivir. Idealizarlo todo no ayuda, pero tampoco acordarse solo de lo malo. Tu vínculo con tu papá seguro que fue todo eso junto, y el duelo también va a ser así.

¿Qué hacer?

El duelo a veces se disfraza de cansancio, de irritabilidad, de una tristeza que no sabés muy bien de dónde viene. No siempre es fácil reconocer cuando dejó de ser algo que podés transitar sola. ¿Sentís que no podés retomar tus actividades, el dolor no se aliviana con el tiempo, te aislás, el sentimiento de culpa no afloja? Si alguna de estas situaciones te resuena, capaz sea el momento de pedir ayuda profesional.

No hay una forma única ni correcta de transitar la pérdida, pero sí hay cosas que te pueden ayudar: hablar de él, contarles a otros cómo era, qué hacía, qué te hacía reír, compartir anécdotas, es una forma de mantenerlo presente sin que duela tanto. Escribir también puede ser una forma sanadora de registrar recuerdos. Lo importante es trabajar en la idea de que tenemos que convivir con que nuestro papá no está más en el terreno físico, pero está presente en lo emocional. Esa persona se fue, pero vive en nosotras.