Esta historia ocurrió hace más de veinte años. Y me parece importante decirlo porque, aunque el mundo cambió muchísimo y hoy hablamos más de emociones, diversidad y salud mental, todavía persisten algunos mandatos sobre cómo “debería” ser un varón.
Felipe estaba en quinto grado cuando fue con el colegio a ver Don Quijote al teatro. Cuando volvió a casa me contó que, durante un diálogo entre Don Quijote y Dulcinea, se había emocionado tanto que se le escaparon unas lágrimas.
Sin embargo, lo que más lo había impactado no era la escena. Era otra cosa: sus compañeros le habían preguntado si era gay.
Y llegó a casa con una duda que ningún chico debería tener que formular para explicar su sensibilidad:
—Mamá, ¿soy gay?
Recuerdo esa conversación con enorme claridad. Le expliqué que estaba emocionado. Que emocionarse es una de las expresiones más hermosas de nuestra humanidad. Que uno puede conmoverse con una obra de teatro, con una canción, con la inmensidad del mar, con la tristeza de otra persona o con un gesto de amor.
Llorar no habla de orientación sexual. Habla de la capacidad de sentir. Y, sin embargo, todavía hoy muchos varones aprenden desde muy temprano que hay emociones permitidas y emociones prohibidas.

Hijos varones: por qué es clave enseñarles a expresar sus emociones - Getty
Durante mucho tiempo confundimos fortaleza con dureza. Les enseñamos a muchos niños a tragarse las lágrimas, a esconder la ternura y a responder con enojo allí donde había tristeza o vergüenza. Como si endurecerse fuera un requisito para convertirse en hombres.
Criar hijos varones hoy implica revisar esos mandatos. Porque no se trata de criar varones perfectos ni incapaces de tolerar la frustración. Se trata de acompañar el crecimiento de seres humanos completos: hombres que puedan reconocer lo que sienten sin avergonzarse, pedir ayuda cuando la necesitan, cuidar y dejarse cuidar, poner límites sin recurrir a la violencia y comprender que la empatía no es una debilidad.
¿Cómo hacerlo en la vida cotidiana?
Primero, ayudándolos a ponerles nombre a las emociones. En lugar de minimizar lo que sienten o apresurarnos a tranquilizarlos, podemos preguntar: “¿Qué te pasó?”, “¿Te dio vergüenza?”, “¿Te emocionó?”, “¿Te sentiste confundido?”. Nombrar las emociones no las agranda; las vuelve más comprensibles.
Segundo, revisando nuestros propios mensajes. Muchas veces, sin darnos cuenta, seguimos transmitiendo frases como “hacete fuerte”, “no es para tanto” o “los hombres no lloran”. Vale la pena preguntarnos qué mandatos heredamos y cuáles queremos dejar de repetir.
Y tercero, recordando que los hijos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan. Observan cómo resolvemos los conflictos, cómo tratamos a quienes amamos, cómo expresamos nuestras emociones y cómo reparamos cuando nos equivocamos.
No estamos criando solamente hijos. Estamos acompañando la construcción de futuros amigos, compañeros, padres, jefes y vecinos. Los hombres que el mundo necesita mañana están creciendo hoy en nuestras casas.
Durante mucho tiempo creímos que nuestra tarea era endurecer a los hijos varones para que el mundo no los lastimara. Enseñarles a aguantar, a no llorar, a no mostrar miedo, a defenderse antes de ser heridos.
Tal vez el desafío hoy sea otro: ayudarlos a no renunciar a partes valiosas de sí mismos para poder pertenecer. Que no tengan que elegir entre ser aceptados y seguir siendo sensibles. Entre sentirse parte y emocionarse frente a la belleza. Entre ser queridos por sus amigos y expresar ternura. Entre ser varones y habitar plenamente su humanidad.
No se trata de criar hijos buenos a pesar de su sensibilidad. Se trata de ayudarlos a convertir esa sensibilidad en una de sus mayores fortalezas.
Porque tal vez no haya nada que corregir en la sensibilidad de nuestros hijos varones. Tal vez, simplemente, haya mucho que proteger.
Laura Krochik Licenciada en Ciencias de la Educación y puericultora especialista en crianza y vínculos. Es fundadora y presidenta de la Asociación Civil Argentina de Puericultura (ACADP).
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