Es viernes a la noche, tenés el teléfono en la mano, deslizás hacia la izquierda, hacia la izquierda, hacia la izquierda. Nada. O peor: por fin algo, pero ahora ni ganas de escribirle. Cerrás la app, abrís Instagram, scrolleás veinte minutos sin ver nada y te dormís con la pantalla besándote la cara. Esta noche no vas a activar nada, ni las noches que siguen. Y no serás la única.
La recesión sexual es un fenómeno documentado con datos que respaldan las sospechas. Se trata de un comportamiento del universo heterosexual que está moviendo agujas en el marketing, la psicología ¡y hasta las elecciones! Pero ¿es una crisis de sexo o una nueva forma de vivir?
Antes de volver a lamentarte por tu doom scrolling de cada finde, tomate un tiempo para indagar el mundo en el que estás viviendo o, bueno, tal vez sobreviviendo. Estas son algunas claves.
¿Qué es una recesión sexual?
Nosotras, las argentinas, sabemos bien de qué se tratan las recesiones: baja de actividad, menos producción, menos exuberancia, menos bienestar, más ajuste, más especulación, más retracción y, sobre todo, prudencia. En el ámbito internacional, se le llama recesión sexual a un fenómeno documentado en varios países, especialmente en EE. UU., Japón, Corea del Sur y Europa (lugares que llevan un registro fuerte de datos), durante los últimos años: se descubrió que cada vez más personas heterosexuales, especialmente jóvenes, tienen menos sexo, menos relaciones románticas, se casan menos y se reproducen mucho menos que generaciones anteriores. Esta documentación incluye desde registros de natalidad y bodas hasta interacciones en apps de citas.
Algunas interpretaciones van más lejos y suman la venta de juguetes sexuales para uso solitario, las reservas de citas románticas que cada vez son menos y ni que hablar de los turnos en telos. Hay información suficiente proveniente de casi todas las industrias para sospechar que lo sexual y lo afectivo están moviendo mucho menos las agujas. Así como podés palpar una recesión económica caminando por una avenida que te gusta y viendo cómo cierran locales, la recesión sexual se siente, particularmente, en las apps de citas.
La búsqueda: una pereza
El problema arranca desde el momento en que hay que buscar con quién tener sexo. Es cierto, el circuito clásico y el encare inesperado murieron, pero no vayas a creer que las apps están tan vivas.
Según The Economist, desde 2020, su uso va en picada. La primera señal fuerte fue la pérdida de 15 millones de suscriptores de Tinder en 2024. Y no fue porque apareció una propuesta más prometedora: las descargas de apps de esta categoría han disminuido en 50 millones desde 2020 y lo vienen haciendo de forma sostenida desde entonces. Se suma gente nueva, sí, pero las dinámicas, lejos de mostrar entusiasmo, muestran cada vez más apatía, de ahí que los diseñadores se partan la cabeza pensando cómo obligar a la gente a que interactúe entre sí.
La llamada gamificación de las consignas con las que te hacen compartir tus datos a modo de “jueguito” son un intento de los diseñadores para despertar más reacciones en potenciales compañeros, pero algo ahí tampoco termina de funcionar. Y aunque lo des todo, seguro hay otra cosa que ya sabés.
Mucha gente que sí usa las apps y logra matches ¡después ni siquiera chatea! Si antes las personas atribuían sus desencuentros amorosos a la “mala suerte en el amor”, hoy hay información fehaciente para entender que esto va mucho más allá de karmas y sesiones de terapia: hay una cuestión estructural que es también una marca de la época.
El encuentro: un bardo
Según datos del mismo Tinder, se necesitan en promedio alrededor de 60 matches para concretar un encuentro en persona. Es decir, hay que remar. La app no especifica cuánto chateo, cuántas oportunidades ni cuánto tiempo de espera hay que dedicar para que algo florezca.
Es más, si hoy leés el contenido de inspiración que las propias apps de citas publican en sus redes, como ejemplos aspiracionales y promoción de efectividad, vas a encontrar titulares como este: “Le hice ghosting durante 15 días y aun así, Tinder nos llevó a una verdadera historia de amor”.
Ni las nuevas generaciones, las que se estrenan en el mercado del deseo, miran estos riesgos como posibles aventuras. La viralización de citas catastróficas, e incluso de casos traumáticos con desconocidos, es parte de la conversación tiktokera: desde viudas negras que desvalijan hombres hasta mujeres filmadas sin su consentimiento o retenidas a la fuerza. Colectivamente, empezamos a comprender que salir con personas sin contexto no es tan liviano y fácil como lo vendieron.
Primero, lo urgente
Existen algunos problemas que coinciden tanto en los países desarrollados como en los que no: la precariedad laboral, el alto costo de la vivienda y vivir más tiempo con los padres o compartir casa dificultan la independencia. El hecho de concretar un encuentro se complica si no tenés tu propio espacio, si no hay plata para una cita, si no hay un cierto estatus ¡e incluso autoestima! para responder al llamado. Si tenés que apagar un incendio tras otro, viendo cómo vas a sustentarte, cómo vas a crecer como ser humano, probablemente termines agotada por el solo hecho de sobrevivir.
El desplazamiento de prioridades está intervenido además por el hecho de que nuestras aspiraciones son, también, cada vez más grandes. Tal vez no lleguemos al mínimo, pero tampoco queremos lo mínimo: queremos lo que vemos en redes. No nos alcanza con un viaje a la costa para el verano, queremos el viajecito en barco en Ibiza, la foto en la terraza de ese hotel donde la ciudad se ve tan genial.
Y esta fijación aspiracional es algo que también nos saca energía para concentrarnos en lo que necesitamos para tener sexo: el aquí, el ahora, lo que hay y no lo que falta.
Pareja..., ¿para qué?

Tal vez uno de los cambios más rotundos y radicales en el universo heterosexual haya sido el lugar que la familia, los hijos y la maternidad pasaron a ocupar en las últimas dos décadas.
La idea del clan como destino ideal fue una de las cosas que más se pusieron en jaque desde la existencia de las redes, al punto de que se vio una inversión de roles: los hombres defendiendo y deseando “la familia” como proyecto vital, y las mujeres preguntando por qué el 82% de los hogares monoparentales están a cargo de madres y no de padres. La idea de la maternidad como ticket a una relación consolidada y a un estilo de vida deseable es algo que simplemente perdió credibilidad y, aún más, generó desconfianza.
Muchas personas culpan al feminismo de haber “arruinado” las relaciones, y podemos tal vez darles la razón en algo: las expectativas sobre los vínculos, sobre todo de parte de las mujeres, son más altas y hay menos tolerancia a relaciones insatisfactorias. Esto se debe en gran parte a una nueva comprensión femenina de lo que significa meterse en una relación tradicional y arriesgarse a vivir maternidades donde las cargas están injustamente distribuidas.
Para sumar caos, el desplazamiento político de mujeres cada vez más a la izquierda y hombres cada vez más a la derecha hace que hablar de tus proyectos de vida con un desconocido se parezca más a un choque de cosmovisiones que a un intercambio de miradas.
El porno, ¿no es sexo?
No existe ni un indicador que muestre una caída en el consumo de porno. Ni uno. Es más: cada vez hay más personas mirando porno. Hoy se sabe, gracias a los datos revelados por la plataforma de material adulto más grande del mundo, Pornhub, que en países como Argentina las mujeres consumen más porno que los hombres.
Incluso hay indicadores que demuestran que actualmente se pasa más tiempo en estas plataformas: en los últimos años, los minutos de consumo se han ido alargando en casi todos los países. Ni hablar del éxito rotundo de plataformas como OnlyFans, que, a diferencia de las apps de citas, sí crecen, y lo hacen a un ritmo envidiado por cualquier otra industria, incluso la tech. En esta plataforma, personas que seguramente vos no sabés quiénes son tienen más seguidores que Taylor Swift. Son además seguidores que pagan para acceder a ese contenido y por chatear con ellas para obtener material exclusivo. Es justo entonces preguntarse si realmente es el sexo lo que está en baja o un modo de relacionarse con él.
¿Qué onda la salud mental?
El aumento de la ansiedad social, la depresión y la soledad crónica reduce el deseo y la capacidad de conectarse con otros. En este momento, es mucho más placentero quedarte scrolleando en tu cama que exponerte a la jungla de las citas. Paradójicamente, eso te llena de aún más mandatos sociales de éxito y de ideas preconcebidas sobre las citas y los vínculos que no hacen más fácil que salgas ahí afuera a buscar, a experimentar y a comerte el mundo. Hay muchas más chances de que te quedes pensando en todo lo que te falta para lograr todo lo que querés. Que tu casa es chica, que no tenés ropa copada, que no estás en tu mejor momento físico, que cuando estés mejor arrancás, que total el finde que viene también existe. Y mientras tanto, el scroll sigue, la ansiedad crece, la autoexigencia no afloja y la cama se vuelve el único lugar donde nadie te juzga ni te ghostea. Total, siempre podés intentarlo mañana. O la semana que viene. Y que termines mirando porno.
La crisis del deseo
El deseo sexual hipoactivo es un fenómeno documentado: la población de entre 16 y 24 años muestra una disminución del interés por el contacto físico con otros que, en algunos casos, equipara sus promedios a los de mayores de 65 años. Sí, leíste bien.
La principal causa suele ser la sobrecarga mental: la inmersión en redes y tecnología genera demasiado ruido para cabecitas que aún no están del todo desarrolladas. La apatía generalizada busca teorías rebuscadas en redes, como la que asegura que el problema es que los hombres tienen menos testosterona que antes (no hay ninguna prueba de esto). Mientras tanto, las mujeres reaccionan replegándose.
Para ambos sexos, no sentir es una solución: si no deseás, no te frustrás. Si no te frustrás, podés dedicar tu energía a conseguir otras cosas que rindan más: cosas que den plata para acceder a símbolos de statu quo y mostrarlos en las redes. Si llegaste hasta acá, ya lo sabés, el panorama es un bardo y no es culpa tuya, pero si estás pensando en entregarte al celibato voluntario porque no te queda otra, recordá que existe un superpoder: la creatividad. Si hay algo para lo que sirven las recesiones, es para dejar de obedecer reglas y pensar (sentir) todo desde otro lugar.
Experta consultada: Silvina Valente, sexóloga clínica. Ig: @consexuar.
En cifras
30%. El porcentaje de adultos que no tuvo sexo en el último año pasó del 19% en 2008 al 30% en 2018.
50 millones. Las descargas de apps de citas cayeron 50 millones desde 2020 y Tinder perdió más de 15 millones de usuarios mensuales activos.
16 a 24. Los jóvenes de 16 a 24 años reportan menos actividad sexual que los mayores de 65.
0,72. La tasa de fertilidad de Corea del Sur bajó a 0,72, la más baja del mundo.
25%. El 25% de los adultos japoneses de entre 18 y 34 años declara ser virgen.
48%. Los nacimientos en CABA cayeron un 43% entre 2016 y 2023, y la tendencia se profundizó al 48% en el primer semestre de 2024.
11,5. La tasa de fecundidad adolescente en Argentina fue de 11,5 en 2023, un 64% menor que en 2005.
Fuentes: General Social Survey de EE. UU., The Economist, National Survey of Sexual Attitudes and Lifestyles del Reino Unido, Statistics Korea, Agencia Nacional de Población de Japón, Registro Civil de la Ciudad de Buenos Aires, Ministerio de Salud de Argentina.


