Niña interior: cómo sanar las heridas de la infancia y construir una adultez más libre

Las experiencias de la infancia pueden influir en nuestros vínculos, miedos y decisiones de adultas. Cómo reconocer las heridas, recuperar la espontaneidad y construir una vida más libre.

Por Nathalie Jarast

14 de agosto de 2026, 14:50

madre juega con su hija
Niña interior: cómo sanar las heridas de la infancia y construir una adultez más libre - Getty

¿Por qué un comentario de tu jefa te duele como si tuvieras diez años? ¿Por qué te cuesta tanto decir que no, aunque el cuerpo te lo esté pidiendo a gritos? ¿Por qué elegís, una y otra vez, personas que no terminan de elegirte? No reaccionamos solo desde el presente. Muchas veces, la que responde no es la mujer que somos hoy, sino esa parte de nosotras que aprendió a sobrevivir en la infancia: a callarse para ser querida, a dar para ser vista, a achicarse para no molestar.

La niña que fuimos no desapareció. Sigue ahí, actuando desde el inconsciente, moldeando nuestros vínculos, nuestras decisiones y nuestros miedos más profundos. Reconocerla no es volver al pasado ni revivir el dolor: es el primer paso para dejar de repetirlo y empezar a construir una adultez más auténtica, más propia.

¿Mujer adulta?

Niña interior ilustracion
La niña que fuimos no desapareció: los desafíos de reconocerla. - Denise Mohamed (modificado con IA)

Hay un momento en que nos damos cuenta de que algo no cierra. Tenemos trabajo, amigas, proyectos, pero hay una voz interna que susurra que no somos suficiente. Ángela Sanutti es psicoterapeuta y autora de La última vez que fuimos niños (Koan). Ella plantea que gran parte del sufrimiento humano nace de un desconocimiento profundo de nuestra propia naturaleza: “Los discursos vigentes, de manera sutil o manifiesta, nos imparten lo que ‘deberíamos ser’, raramente nos alientan a ser nosotros mismos, a recorrer nuestro propio camino”. En ese contexto, muchas crecemos sin aprender a escucharnos, sin saber que detrás de cada síntoma, de cada malestar, hay una historia de dolor que pide ser comprendida.

Ese dolor se llama niña herida: la parte de nosotras que no terminó de crecer, que quedó atrapada en aquellos momentos en que tuvimos que adaptarnos para ser aceptadas, queridas, seguras. Esa niña no desaparece de nuestra vida adulta. Sigue actuando desde el inconsciente, a través de síntomas y malestares que vienen a contarnos todo aquello que tuvimos que ocultar de nosotras mismas para encajar en los moldes familiares, educativos, sociales. En pos de ser amadas, fuimos construyendo personajes, máscaras que en su momento nos permitieron sobrevivir pero que, con el tiempo, se convirtieron en corsés.

Sara Sarmiento, autora de De niña herida a mujer salvaje (Grijalbo), lo dice con claridad: tus fracasos amorosos, la forma en que te relacionás con los demás, la manera en que te limitás a la hora de tener éxito, el quererte o no quererte..., todo eso está influenciado por las experiencias que viviste en la infancia. Porque es durante ese período cuando se conforman las bases de tu identidad, tu personalidad, tu mente y tu cerebro. Es el pilar sobre el que se asentarán todas las vivencias de tu vida.

La niña esencial

Pero hay algo fundamental que aclarar: la niña herida no es toda la historia. Sanutti distingue entre dos dimensiones del mundo infantil que conviven en nosotras. Por un lado, está la niña herida: esa que actúa desde el miedo, la culpa y la desvalorización. Por el otro, está lo que ella llama el “niño primordial” o “niño esencial”: esa parte que conserva intacta su singularidad, que es pura curiosidad, espontaneidad, creatividad y apertura al mundo.

“Detrás de todos nuestros personajes, está intacta nuestra niña primordial, que conserva su singularidad y, como una semilla, solo busca ver la luz y manifestarse con todo su potencial”, explica Sanutti. Es nuestra esencia original, que busca su lugar en el mundo.

Sin embargo, generalmente estamos detrás de tantas máscaras que, lejos de fomentar la creatividad y respetar nuestra manera de estar en la vida, nos uniforman y nos mimetizan con la reproducción de modelos empobrecedores que nos llevan a olvidar quiénes somos.

¿El resultado? Devenimos adultas que de grandes, y con suerte, terminamos haciendo cursos, talleres y terapias para recuperar aquello que ya traíamos con nosotras desde niñas. La paradoja es casi irónica: pasamos años intentando recuperar la espontaneidad, la alegría, la capacidad de asombro que ya teníamos y que la vida adulta fue apagando. Reconocer esta dimensión esencial (no solo la herida) es parte fundamental del proceso de sanación. Porque sanar no es solo cerrar viejas heridas: también es volver a conectarse con esa niña luminosa que nunca se fue del todo.

El miedo como raíz

Los niños pequeños son seres llenos de vida, de alegría y de espontaneidad, anclados en el presente, con una disponibilidad incondicional ante el mundo. ¿Cómo llegamos a convertirnos en adultas desconfiadas, con miedo al rechazo, a mostrar lo que realmente sentimos?

Para Sanutti, la respuesta es clara: “Una educación basada en el miedo, en la desconfianza, en el control y el desamor”. Y el miedo, dice, es la raíz de toda nuestra problemática humana. Vivimos a la defensiva, en un estado de supervivencia que nos lleva a luchar y competir.

El miedo más básico, desde el punto de vista psicológico, es el miedo a sentir. Lo primero que aprendemos es a reprimir nuestras emociones, los sentimientos que son nuestra primera brújula para estar en el mundo. Crecemos con desconfianza hacia nosotras mismas y terminamos siendo nuestras más feroces enemigas. El cambio empieza con tomar conciencia de todo el miedo que nos gobierna. Es el primer paso para empezar a ser verdaderamente humanas. No para erradicarlo de un día para el otro, sino para dejar de actuar desde él en automático. Si crecemos y nos tratamos a nosotras mismas con respeto, empatía y libertad, el miedo no encuentra tanto lugar.

Sanar no es volver atrás

Uno de los mayores malentendidos alrededor de la sanación de la niña interior es creer que implica revivir el pasado, encontrar culpables o esperar que alguien de afuera venga a reparar lo que faltó. No funciona así. Sanar es un proceso que ocurre en el presente, a través de decisiones cotidianas que van construyendo una nueva forma de relacionarnos con nosotras mismas. Sanutti lo explica con una imagen poderosa: vivimos exiliadas de nosotras mismas, dependiendo de voces ajenas y miradas que no nos autorizan a ser quienes somos. El coraje de mirar hacia adentro es primordial.

La herramienta más potente que tenemos para ese viaje interior es la autoobservación consciente: prestar atención y vernos tal como somos, sin juicio. Reconocer en qué tenemos que crecer, qué miedos nos limitan y cuáles son los dones que ya desarrollamos. No es un ejercicio de autocrítica feroz: es el opuesto. Es la disposición a ver, con compasión, quiénes somos realmente, más allá de las máscaras que construimos para sobrevivir.

Sarmiento suma otra perspectiva: sanar no significa esperar a estar “curada” para vivir la vida que deseás. Al contrario: empezar a vivir esa vida es lo que termina de sanar. Cada pequeña decisión que tomamos desde nuestra versión más auténtica crea nuevos caminos neuronales, nuevas formas de ser. Madurar, como dice nuestra experta consultada, es despertar a la vida. Integramos toda la riqueza que conlleva haber sido niñas, adolescentes, jóvenes y adultas, incorporando cada etapa.

De niña herida a mujer salvaje

Si la niña herida es la parte de nosotras que actúa desde el miedo, ¿quién es la mujer que podemos llegar a ser al otro lado de ese proceso? Sara Sarmiento tiene un nombre para ella: la mujer salvaje. No en el sentido de caótica o indómita, sino en el sentido más profundo: una mujer que ya no vive desde el miedo, sino desde la autenticidad, el deseo y la libertad interior. Es esa fuerza, esa llamada interna, ese rugido, tu parte más ancestral, que es capaz de transformar el dolor en poder.

La mujer salvaje no es un punto de llegada lejano. Es una forma de estar en el mundo que se va construyendo de a poco, con cada decisión que tomamos desde nuestra versión más verdadera. Es la mujer que puede descansar sin culpa, que se inspira en el éxito ajeno en lugar de sentir que le quita el suyo, que dice que no cuando necesita decirlo y que camina con la cabeza alta porque sabe de dónde viene y hacia dónde va. Una señal concreta de sanación, según Sarmiento, es la relación con el éxito y el descanso. Mientras que la niña herida siente que tiene que producir constantemente para validar su valor, la mujer salvaje puede vivir en modo slow sin sentir que algo anda mal. Puede disfrutar sin necesitar justificarlo. Y puede mirar el logro del otro sin que sea un espejo de su propia carencia, sino una posible fuente de inspiración.

El camino hacia la mujer salvaje también tiene una dimensión colectiva. También habla de buscar la tribu: rodearse de comunidades de mujeres que se apoyen y se inspiren mutuamente. Dejar de competir y empezar a compartir y a conectarse. Porque hay algo muy sanador en saber que no somos las únicas que cargamos con estas heridas, y también en celebrar juntas el proceso de soltar. La niña esencial no necesita ser rescatada: ya está ahí. Lo que necesita es permiso.

¿DESDE DÓNDE ACTUÁS?

¿Desde la mujer que querés ser o la niña que tiene miedo?

  • Elegís parejas que no corresponden con la misma intensidad, o sentís que tenés que “picar piedra” para que la relación funcione.
  • Mostrás una imagen de éxito hacia afuera, pero por dentro hay un vacío que no te animás a confesar.
  • Te cuesta mucho descansar sin sentir que tendrías que estar produciendo algo.
  • La envidia te aparece como un pinchazo de escasez, en lugar de como motor de inspiración.
  • Decís que sí a todo, por miedo a que dejen de quererte o te abandonen.
  • Tenés reacciones con intensidad: llorás o te enojás más de lo que “correspondería”.
  • Buscás aprobación constante, incluso en situaciones en las que ya tenés la capacidad de decidir sola.

RECUPERÁ a TU NIÑA

Algunas ideas para hacer con curiosidad y sin juicio

1. Animate a subirte a una hamaca.

2. Cantá aunque lo hagas mal.

3. Detenete a mirar una mariposa.

4. Juntá piedras en el camino sin una meta fija.

5. Bailá porque sí.

6. Reunite con amigas sin agenda. Solo vale disfrutar.

7. Hacé actividades placenteras simplemente porque te da la gana, sin importar si sos buena en eso.

Libros para seguir pensando este tema

De niña herida a mujer salvaje, de Sara Sarmiento

Un mapa de transformación desde las heridas de infancia hasta el despertar de la esencia más libre y auténtica, con ejercicios prácticos y un sistema basado en presencia.

La última vez que fuimos niños, de Ángela Sannuti

Desde una mirada psicológica ampliada, el libro que invita a reconocer la riqueza de nuestra naturaleza humana, nuestra niña primordial, y a liberarnos de lo que nos ata.

Curame, de Lorena Pronsky

Analiza cómo las heridas de la infancia se proyectan en los vínculos actuales y propone un camino para dejar de actuar el trauma en automático y no repetir el dolor.

Experta consultada: Ángela Sanutti. Psicoterapeuta y autora de La última vez que fuimos niños.

Nathalie Jarast

Nathalie Jarast Es periodista, licenciada en Letras y magíster en Gestión de Contenidos. Desde hace más de diez años escribe en diversos medios como La Nación, Brando, Maleva. Actualmente, es editora en Revista Ohlalá y asesora en comunicación de sellos literarios.