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Diario de viaje de Beta Suárez: los 10 lugares recomendados de Nueva York

Diario de viaje a una de las ciudades más cliché del mundo. ¿Queda algo por descubrir y describir? Beta Suárez apuesta a que sí y en esta nota nos lo cuenta.




Si hace 8 años alguien me hubiera dicho que iba a visitar Nueva York varias veces, no le hubiera creído, y mirá que soy de las que tienen la esperanza fácil. Es que la vida, las prioridades, el bolsillo y un par de cosas más nunca me habían sellado pasaporte en la ciudad que más quería conocer. La de mis series favoritas, la de las obras de teatro que canto a los gritos, la de las películas inolvidables, la de la moda y la modernidad, la de la estatua, la de la música y el humito saliendo de las alcantarillas. La de los edificios y el parque, la de la 5a Avenida, en fin, Nueva York. Y para completar la ansiedad, no había ser humano que no me dijera: “A vos te va a encantar”.

Pero claro, corazón, ya sé, si me encantaba aun sin conocerla, no me digas... Y también sabía, antes de escribir esta nota, que escribir sobre Nueva York es casi tan difícil como escribir, no sé, sobre la Navidad. ¿Hay algo que no se haya dicho ya? ¿Existe una lista de lugares, un modo de recorrerla que no se pueda googlear muy fácilmente? Creo que no. Y el único modo de hacerlo, entiendo, es escribir desde la experiencia, desde lo que nos pasa en esos lugares, porque ahí es donde nos encontramos. Una se lleva puesta ahí a donde va, por eso cada viaje es, de algún modo, el primero. 

El primero

La primera vez que pisé esa tierra prometida (me la venía prometiendo a mí misma con bastante empeño), me sentí un personaje previsible, un estereotipo feliz al que le dolía el cuello de mirar para arriba. Una turista asombrada con el encanto de las primeras veces que se dedicó a tachar ítems de la lista que había completado durante años.

Mi pareja se sometió, con cierta resignación, al cronograma diario, intenso y detallado, para conocer la Gran Manzana. Si estábamos en la ciudad que nunca duerme, ¡tampoco teníamos necesidad de dormir nosotros! Con todo lo investigado y con las ganas intactas, caminamos por la 5a, comimos hots dogs y pretzles, nos quedamos ciegos en Times Square, fuimos al Museo de Ciencias Naturales, nos tomamos un taxi amarillo, pasamos por la puerta de la casa de Carrie y por la esquina del departamento de Friends, hicimos pícnic en el Bryant Park y en el Central Park, en donde dimos con el mosaico de “Imagine” y nos sacamos la foto corrspondiente. Recorrimos la High Line de punta a punta: desde el Chelsea Market hasta donde un año después iban a inaugurar el malogrado Vessel. Nos pusimos vintage y nos tomamos un tren hasta Coney Island, el parque de diversiones sobre la playa más pintoresco del condado. Caminamos con un café en la mano, esquivamos basura, vimos ratas y ardillas, fuimos a Katz’s a almorzar pastrón e identificamos la mesa del mítico orgasmo de Sally mientras almorzaba con Harry.

Rodeamos la Estatua de la Libertad en el catamarán gratuito que va a Staten Island; y morimos de amor con el skyline de edificios espejados mientras cruzábamos el puente de Brooklyn. Nos movimos en subte, con sus olores y su encanto, le tocamos las partes pudendas al toro, nos emocionamos con la vista desde el Empire State y nos quedamos, en silencio, en el Memorial del 11 de Septiembre. Nos hubiéramos quedado a vivir en la Estación Central, vimos dos obras en Broadway y después cenamos unas porciones de pizza enormes y finitas que necesitan doblarse sobre sí mismas. Después, agotados, felices, satisfechos y un poco aliviados, nos volvimos a casa. 

El puente de Brooklyn separa Manhattan de Brooklyn.

El puente de Brooklyn separa Manhattan de Brooklyn. - Créditos: Gentileza Beta Suárez

Los otros

En los años siguientes, por diferentes circunstancias, todas hermosas y algunas sorpresivas, tuve la suerte de volver varias veces a Nueva York. El viaje más preciado, precioso, fue el que hice con mis hijas para verlas ver la ciudad que me cautivaba siempre, y fui muy feliz. Con amigas, en diferentes grupos, fui a una Bresh y a otras fiestas en donde me sentí muy cerca de Sex & the City, pero sin los Louboutin de suela roja. Viajé por trabajo y por placer. 

La visité enseguida que terminó la pandemia, con algunos sitios aún cerrados y con barbijos obligatorios en otros, y me llamó mucho la atención el clima de poscatástrofe que se sentía. Nueva York había perdido algo de su soberbia y la gente se alegraba por poder entrar a comer a un restaurante (si tenías certificado de vacunas, claro). La atmósfera era esperanzadora, como quien sobrevive a una tragedia, como las primeras horas del amanecer después de una noche horrible. En ningún otro sitio sentí tan vívidamente ese ambiente. 

 

En cada nuevo viaje la lista de cosas a tachar se iba haciendo más exquisita, más precisa, más puntual y también más reducida. Empecé, también y de a poco, a disfrutar de los caminos no marcados y de los tiempos sin reloj. Es muy impactante cómo nos perdemos los detalles del camino cuando nos gana la planificación o la ansiedad por el objetivo. Y con los detalles me refiero a ese cantero de flores, a esa oferta imposible de zapatos o a ese local, precioso, de vajilla antigua y esa charla con la señora que, como una rareza, nació y aún vive en Nueva York. Fui aprendiendo y me sirvió para cualquier viaje, incluso para la ida al almacén a comprar un pan de manteca, claro. 

Un tiempo después, en el penúltimo viaje, me sucedió algo que jamás pensé que me podía ocurrir: Nueva York me dio tristeza. La ciudad estaba más sucia, mucho más sucia, con gente más rota deambulando por la calle, mucha gente mucho más rota, y la legalización de la marihuana para consumo recreativo en 2021 había provocado algo rarísimo que nada tiene que ver con la postura moral que cada uno tenga al respecto: la ciudad había cambiado su aroma de modo radical, y sabemos la importancia que tienen los aromas en los recuerdos. Es como volver a la casa de tu abuela y que te hayan cambiado el jazmín por plantas de orégano. Regresé a Buenos Aires con el corazón roto, para qué voy a mentir, y así me quedé un tiempo, pensando si había llegado al final de una relación o si aún merecía, merecíamos, la ciudad y yo, otra oportunidad. 

El último

Visitar la biblioteca de NY, un planazo.

Visitar la biblioteca de NY, un planazo. - Créditos: Gentileza Beta Suárez

El último, hace pocos meses, fue un viaje que pensamos en la facultad, cuando las cuentas bancarias en ese entonces se nos reían a carcajadas de la idea. Décadas después, pusimos fecha y sacamos pasajes. Éramos un trío variopinto: una que no conocía Nueva York; la otra que sí, pero que justo estaba en el medio de una mudanza entre países; y yo, que había tenido un curso acelerado de la Gran Manzana con Andy Clar (la fundadora de Chicas en Nueva York) y tenía datos poco conocidos y hermosos para hacerme la canchera. 

Arranqué como esa primera vez, queriendo recorrer los hitos para que a mi amiga, la virgen, no le quedara nada de lo imprescindible, y también con el temor de que ya no conociera la Nueva York de las pelis y se tuviera que conformar con la versión más ajada, de mi última experiencia.

Llegué, por primera vez, sola a la ciudad. Me fui en tren, pateando mis dudas, desconfiada, mirando por la ventana, cómo la ciudad me recibía. Éramos solo ella y yo ajustando cuentas. La belleza, dicen, está en el ojo del que ve. ¿Sos vos o soy yo?, le pregunté a Nueva York cuando salí del subte directo al hueso de la manzana, con sus ruidos y sus luces, y esa capacidad bestial de hacerme sentir una inocente campesina. Cuando nos encontramos con mis amigas, ocurrió lo que era previsible. Para los ojos de primera vez, la ciudad seguía sin defraudar, y para mí, fue otro modo de mirar: contando lo que sabía, aceptando las partes agrietadas y dejándome sorprender por lo nuevo. En mi top five de esta vez, hicimos un plan caro y otro gratis. ¿El caro? Desayunar en Tiffany, sobre la 5a Avenida: en el cuarto piso de la tienda insignia está el Blue Box Café. La ambientación es impecable y a puro Pantone Tiffany (1837 blue), el desayuno es rico y lindo y tenés una vista increíble. Eso sí: es indispensable reservar con tiempo. Luego vas bajando piso por piso y visitando una de las joyerías más importantes del mundo, así, sin apuro. No te vas a aburrir, hay mucho más que joyas. Hay menúes fijos, entre 50 y 120 dólares (podés gastar más, claro), y el precio incluye que te sientas, por un ratito, Audrey Hepburn. De hecho, si vas, no te pierdas la Audrey Experience, en donde vas a ver hasta una copia del icónico vestido negro.

El plan gratuito fue entrar y recorrer la maravillosa Biblioteca pública de Nueva York. Es la segunda biblioteca más grande de EE. UU. y tiene más de 53 millones de ejemplares. Los dos leones que custodian su entrada se llaman Patience (paciencia) y Fortitude (fortaleza), que es lo que vas a necesitar para no arrasar en el shop más lindo que vi en toda la ciudad. 

El desayuno en Tiffany, hecho realidad en el Blue box café.

El desayuno en Tiffany, hecho realidad en el Blue box café. - Créditos: Gentileza Beta Suárez

Nueva York y yo

Beta Suárez en NY.

Beta Suárez en NY. - Créditos: Gentileza Beta Suárez

Volver a relatar esta ciudad me recordó que estaba enamorada. Ese es el poder de las palabras. Es que cuando se va el enamoramiento inicial, puede que llegue el amor, aunque esa espera sea solo para los más valientes. Y por eso creo que las ciudades que nos gustan, incluso si tenemos el privilegio de vivir en una de ellas, son un poco como las personas que también nos gustan: tienen sus momentos, les descubrimos cosas nuevas con los años y les tomamos cariño hasta a sus mañas, porque sabemos que vienen en el combo. 

En mi último viaje a Nueva York –el último tan solo por ahora–, reafirmé un poco todo esto. Y también me quedaron flotando estas preguntas: ¿qué capacidad tenemos, o tengo, de celebrar los deseos cumplidos? ¿A dónde van? ¿Qué hacemos con ellos?

10 hits de un primer viaje a Nueva York

Si sos fan de Friends, es imposible no pasar por esta esquina y sonreir.

Si sos fan de Friends, es imposible no pasar por esta esquina y sonreir. - Créditos: Gentileza Beta Suárez

  1. 1

    Caminar por la 5a Avenida.  Entrá a todos los negocios, aunque no puedas comprar ni una etiqueta. Llegá hasta el Central Park y buscá la estatua de San Martín (sí, nuestro San Martín). 

  2. 2

    Buscar los spots de tus series favoritas. Los dos más visitados son el departamento de Carrie y la esquina del depto de Friends.  

  3. 3

    Tomar el ferry gratuito a Staten Island. Saludá a la Estatua de la Libertad y, de paso, aprovechá el outlet gigante que hay en la isla, con muy buenos precios. 

  4. 4

    Visitar Little Island. Y descansar mirando el río; de ahí, caminar al Chelsea Maket y comer algo rico. Luego, subir a la High Line y recorrerla despacio.  

  5. 5

    Visitar algún museo. El Moma siempre es una buena opción (no te pierdas la belleza de su patio interno) y el de Ciencias Naturales es fabuloso para ir con niños. 

  6. 6

    Pasar por Times Square. Cada vez que se pueda, a pesar de todo, porque nada es más Nueva York que esa esquina. Comer cheesecake en Junior’s y, si se puede, ver un show de Broadway. 

  7. 7

    Hacer pícnic en Bryant Park. Sugiero seguir su cuenta en Instagram, hay clases de yoga, cine al aire libre, música y, en invierno, patinaje sobre hielo.

  8. 8

    Subir a un mirador. Si es la primera vez, por infinidad de razones, sugiero el Empire State. ¡Y me saludás a King Kong! 

  9. 9

    Ir a la Estación Central. Y jugar a recordar en cuántas películas la viste. Ahí hay de todo, pero recomiendo buscar el mercadillo gourmet y comer algo rico. 

  10. 10

    Visitar Dumbo. Es la parte más moderna, con más arte y diseño. Si calculás bien, para volver a Manhattan, cruzás el puente de Brooklyn al atardecer. 

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