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 • HISTORICO

Cortala con la queja

Si observás, hoy ya seguro te quejaste por algo. No importa si es válido o injustificado, igual drena tu energía y te hace perder el tiempo. Comenzá el cambio.




¡Nada te viene bien!

¡Nada te viene bien! - Créditos: Paula Teller. Producción y realización de Maca y Xime Ibáñez


Por María Eugenia Castagnino
Para quienes estamos viviendo en este preciso momento histórico, quejarnos pareciera ser casi tan vital como respirar. Y, sí, podríamos decir que se siente en el aire: si prestás atención, está presente en cualquier diálogo trivial con el portero de tu casa ( "¿A usted le parece el frío polar que está haciendo hoy? Yo tendría que haber nacido en República Dominicana..." ), un taxista ( "Ok, están arreglando la calle y era necesario, pero estoy harta de que esté todo el microcentro cortado..." ), alguna amiga ( "No me tendría que haber comprado este pantalón... ¡me hace re caderona!" ) o incluso tu pareja ( "Gordiiiii... ¿otra vez vienen los chicos a jugar a la Play? ¿Ves? Parece que me casé con un nene de 8" ). Es increíble... pero real. Admitámoslo: vivimos quejándonos. Por lo que tenemos. Por lo que nos falta. Por lo que nos toca vivir. Por lo propio y por lo ajeno. ¡Y también incluso por aquello que alguna vez nosotras mismas elegimos! Eso mismo que te pasa a vos, con tus cosas cotidianas, multiplicalo por un millón y vas a tener, más o menos, un panorama de la sociedad actual. La queja no hace otra cosa que abrirles la puerta a la crítica y la preocupación. Por eso, te damos algunos conceptos y herramientas para que tomes conciencia de tus niveles de queja. Aprendé a mirarte en el espejo de la realidad -la queja te nubla la visión- y no te enganches con esos "espejitos de colores" que, lo sabemos bien, son mucho más brillantes y llaman la atención... pero no le suman nada a tu vida.

Aceptar nuestra realidad

Por un lado, hay cuestiones biológicas que nos vienen "de fábrica": nuestra mente mira hacia afuera y quiere copiar el disfrute ajeno. Sí, es tal como dice el refrán: el pasto siempre es más verde en el jardín del vecino. Nuestro sistema dopaminérgico -el responsable de que nuestro motorcito de búsqueda nunca se apague- nos empuja a buscar e ir por más; entonces, mientras estamos evaluando lo que hicimos (¡o lo que dejamos de hacer!), la queja encuentra SIEMPRE un resquicio para colarse. Y, por otra parte, el contexto también determina que, si vivimos en una sociedad en donde el progreso infinito es ley, la posibilidad de sentirnos satisfechos -en definitiva, felices- pareciera ser esa zanahoria que corremos por alcanzar, pero que cuando la tenemos ya no queremos tanto... porque se nos fue el hambre. O porque, allá a lo lejos, hay otra zanahoria, más anaranjada y más apetitosa. Nos cansamos de repetirlo: ¡a la ilusión no hay con qué darle!
Seguro te pasó mil veces: viste un vestido increíble en una revista. Pensás que es di-vi-no y que seguramente te verías impecable para ir al casamiento de tu amiga. Vas al local y te lo probás. "Genial, me queda genial" , pensás. Sentís que está hecho para vos. Hasta que salís del probador y te enfrentás al espejo. Claro, el espejo es la realidad. Y ahí nomás arrancás con el rosario de quejas: "Es que yo siempre me encapricho con cosas que no son para mí" o "Claro, si tuviera las piernas de Dolo Barreiro esto quedaría realmente bien, pero con las mías no va" , y otras tantas críticas por el estilo. Así como nos pasa con algo tan trivial como un vestido, este mecanismo se replica a la hora de pensarnos como mujeres, amigas, novias, madres o trabajadoras. Porque, en definitiva, la queja es una falla de la ilusión. Cuando nos quejamos, no nos estamos comparando con alguien de verdad, o con una situación concreta, sino con la ilusión que construye nuestra mente sobre eso. Sí, nuestro cerebro suele "estafarnos" a veces, haciéndonos desviar nuestra atención hacia lo irreal. El zoólogo Nikolaas Tinbergen estudió este mismo comportamiento en los animales, para teorizar sobre los instintos que los guían ante diferentes estímulos. Uno de sus experimentos consistió en colocar nidos con huevos de madera muy llamativos y coloridos al lado del nido real de las aves, donde reposaban sus huevos grisáceos y desabridos. Claramente, al regresar? ¡los pájaros fueron a empollar los huevos de madera en vez de los reales! Tan solo porque llamaban mucho más su atención. Y a nosotros nos pasa algo parecido. Nos quejamos cuando vemos el "huevo real" (nuestra vida), y no nos sentimos como creíamos mientras empollábamos el muy brillante. La dopamina tiñe con ese brillito extra a todo eso que no logramos, convirtiéndolo en esos huevos que morimos por empollar desde nuestro nido tan gris.
Por otra parte, la queja es la manera que encuentra nuestra mente para resistir a una realidad que no nos gusta, que no aceptamos, que nos hace sentir débiles, culpables o, en algunos casos, que llega a dolernos. La peculiaridad que tiene la queja es que nos conecta con lo que no podemos cambiar ahora: con lo que salió mal, con lo que no fue, con lo que no somos, no tenemos o no pudimos lograr. ¿De qué cosas te quejás? Hacé el ejercicio de escucharte: de ese noviazgo que fracasó, de haber postergado tanto algún proyecto, de no hacer la suficiente gimnasia para estar espléndida, de patinarte toda la plata en vez de ahorrar para las vacaciones, del malhumor de tu suegra, de esa arruguita que te salió, y así podríamos seguir horas enteras. En este sentido, cortar con la queja también implica conectar con el presente más puro. Porque, mientras estás enganchada con esa realidad ilusoria que se instala mientras te quejás, no vivís el hoy. ¿Y acaso no es eso lo importante?

¿Por qué nos quejamos?

¿No sentís que te quejás de todo?

¿No sentís que te quejás de todo? - Créditos: Paula Teller. Producción y realización de Maca y Xime Ibáñez


Ya dijimos que motivos hay miles y para enumerarlos no nos alcanzarían las páginas de esta revista. Pero ¿qué estamos queriendo decir cuando "internamos" a nuestra pareja con reproches? ¿O cuando vamos al psicólogo y profundizamos en todo aquello que no nos cierra de nuestra vida? Algunas emociones que se esconden detrás de las quejas son:
Insatisfacción: Si estás todo el tiempo decidiendo si tu vida es una "buena vida", se activa tu evaluador interno, ese insoportable que quiere cambiar TODO todo el tiempo y no deja espacio para que tu disfrutador saboree eso que tenés. Muchas veces tenemos la (falsa) idea de que la vida de esa amiga, o de una vecina, o de esa compañera de oficina, es más feliz y más exitosa que la nuestra. Pero si te ponés a analizarla detenidamente, vive en el mismo barrio que vos, tiene una familia bastante parecida a la tuya… y andan más o menos en la misma. ¿Entonces? Cuando te pasa eso, intentá relatar tu propia vida como si fuera la de un extraño. Hacé el ejercicio de hablar de vos en tercera persona y describir tu vida. No realices juicios de valor ni te critiques en ningún momento. "Ahhh, eso sí que es vida…" , vas a pensar seguramente. En realidad, esa especie de distanciamiento va a generarte mucha más satisfacción que todo tu rollo mental quejoso.
Voracidad: Engancharte con el "quiero todo, quiero más"te hace entrar en un loop voraz donde nunca nada es suficiente. Te quejás de que no ganás la suficiente plata, de que no tenés el suficiente tiempo, de que no compartís los suficientes momentos con tu pareja, tus hijos o tus amigas. ¿Y qué pasa cuando no tenés todo lo que querés? ¿O cuando el vaso está lleno tan solo por la mitad? ¡Nos quejamos, obvio! Y terminamos alienados, apurados y con esa sensación de estar pasados de rosca. La queja permanente nos convierte, casi sin quererlo, en autómatas. Para salir de esta, lo mejor es apagar un poco el deseo. ¿Cómo? Podés ayudarte con algunas técnicas de meditación o la práctica de mindfulness , que consiste simplemente en conectar -poniendo tu atención plena- con lo que estás haciendo, logrando que tu cabeza no se dispare y empiece a ver todas las imperfecciones.
Culpa: ¿no te pasa a veces que no te animás a sentirte una privilegiada o una ganadora? Entonces, ¿qué hacés? Escondés con quejas lo bueno que vos tenés por temor a la envidia, o a quedar como "creída" frente al resto. A veces solemos confundir satisfacción o felicidad con ostentación, y sentimos que no vamos a "pertenecer" si nos mostramos absolutamente satisfechas con lo que tenemos. ¡Entonces nos quejamos! Es bien sabido que el drama o la queja siempre "venden" más que los logros. Los logros son silenciosos; se saborean y no suelen ser los protagonistas de relatos interesantes. Cuándo contás algo bueno y lindo que te pasa, ¿no lo sentiste por momentos sin gusto y tuviste que agregarle tonos de exclamación o algunos detalles para poder transmitirlo?
Dolor: A veces nos quejamos porque estamos heridas. Porque algo nos duele demasiado o nos está haciendo sufrir a tal punto, que es mejor quejarse ante la imposibilidad de transformar el sufrimiento en aprendizaje. Ya lo sabemos bien: es imposible extinguir el sufrimiento de la vida ( shit happens ), así que ¿de qué sirve quejarse tanto? Según los estudios de la psicóloga Shelley Taylor, quejarnos para nosotras forma parte del manejo de nuestros niveles de estrés; la experta apunta que, al comunicarnos y compartir nuestro sufrimiento, nos relajamos y aflojamos un poco el mal trago. Por su parte, los varones tienen una reacción más del tipo "ataque y fuga". Ok, ellos quizás se quejan menos pero, en cambio... ¡se borran! Igualmente, sepamos que cualquiera de las dos alternativas es una solución transitoria, porque es mucho más sano enfocarse en transitar ese dolor y manejar qué hacer con él, en vez de intentar canalizarlo a través de un combo de quejas que no termina nunca.

Tu queja es... ¿tramposa o auténtica?

Pueden distinguirse, al menos, dos tipos de quejas:
Tramposa: es esa que detrás de una excusa cualquiera esconde un ego abusador y bastante creído. En la raíz de este tipo de quejas siempre está la insatisfacción como un estado permanente, de base. Esta quejosa "barril sin fondo"siempre tiene la sensación de que se merece (o necesita) más de lo que tiene. La "trampa" muchas veces pasa porque eso no es real, sino que es una queja dictada tan solo por un ego muy vanidoso. ¿Te suena, no? Al quejarte, te ponés vos solita en la cola del recibir, y te quedás ahí, a la espera de que venga lo que -aunque nadie se esté dando cuenta- te merecés hace rato. Ojo, que esta actitud a veces es un buen negocio: primero, porque si te sintieras rica y satisfecha, también estarías perdiendo el derecho a pedir. Y, segundo, porque mantenerse en el nivel de ilusión que instala la queja a veces te hace sentir genial. Pero ¡cuidado! Porque los "quejosos crónicos"nos suelen quitar las ganas de darles lo que piden, a sabiendas de que les des lo que les des... ¡se van a quejar igual! Entonces, a esos los terminás sacando de tu vida.
Auténtica: existe otra forma de queja que podríamos llamar también "saludable" y que incluso se vuelve necesaria para evolucionar. Porque? ¿quién dijo que está bueno no quejarse nunca? Una vez que ya pasamos por el estado de satisfacción y de disfrute de lo que logramos, todos necesitamos que ese "bichito" nos pique un poco y nos moleste, para impulsarnos a superarnos e ir por más. Esta es una queja que mueve a la acción y que puede llegar a ponerte en marcha, sacándote de cierta inercia en tu vida. Por ejemplo, si te escuchás hace rato quejándote ante todos de lo extremadamente aburrido y repetitivo que se volvió tu trabajo...?¿no será hora de empezar a postularte para otro? Pensalo.

¿Cómo cortarla?

Un poco de optimismo no le viene mal a nadie

Un poco de optimismo no le viene mal a nadie - Créditos: Paula Teller. Producción y realización de Maca y Xime Ibáñez


Buscá la aceptación y el disfrute de tus logros. Como ya vimos, desde la insatisfacción nada va a resultarte suficiente. Tomate el tiempo necesario para celebrar y no pasar enseguida al " modus quejosus ". Y tratá de identificar cuándo te estás quejando porque realmente hay algo detrás de eso o si sólo lo hacés porque estás cansada o de malhumor. ¿Viste que a los bebés les pasa? Lloran y se quejan solo de sueño, porque están tratando de luchar contra una realidad -¡están cansados!- que no van a cambiar, excepto que descansen y duerman. Por eso, en estos casos, lo mejor es dejar pasar un rato para tener una nueva mirada sobre el tema.
Observá tu queja y decidí qué podés hacer para cambiar lo que te molesta. Hay cosas que vas a poder cambiar fácilmente, otras más o menos, pero si eso de lo que te estás quejando es im-po-si-ble, lo mejor que podés hacer es desistir. Por ejemplo, no es lo mismo quejarte acerca de tus vecinos o del barrio en el que vivís (que podrías cambiar si lo quisieras) que hacerlo acerca del temperamento de tu mamá (¡ya mucho más complicado de modificar!) o de que los años pasan demasiado rápido y te ves cada vez más grande (¡ahí directamente no vale la pena gastarse!). En este último caso, son cosas que vas a tener que aceptar y encima, vas a dilapidar mucho tiempo estropeándote el presente con una queja muy inútil. Acordate: el hoy es lo único que tenemos.
Compartí tu queja con los que no piensan igual que vos. Por lo general, cuando nos quejamos lo hacemos frente a las mismas personas de confianza, pero quizá, cuando estás muy insistente con un tema, te convenga ampliar tus círculos y compartir tus sensaciones con gente que piensa diferente a vos. Por ejemplo, contale a un freelance todas esas quejas de tus últimos quince años en relación de dependencia. O compartí con esa amiga soltera que no encuentra pareja, todas esas críticas sobre la convivencia. Vas a ver que esas voces nuevas y esas miradas frescas te van a sacar de tu sentir, presentándote un panorama mucho más completo y real para que no veas todo tan negro.
Constatá que no estés dirigiendo tu queja hacia quien no corresponde. Quienes se quejan, también muchas veces lo hacen casi "por deporte". Porque sí. Y ante cualquier persona, que muchas veces se come el garrón de escuchar, pero que es incapaz de ayudar o brindar una solución. Podríamos decir que hay veces que "hacemos el trámite correcto, pero en la ventanilla equivocada". ¿Cuántas veces fuiste receptora de quejas de un taxista que tuvo un mal día? ¿O de una empleada de banco que se brotó apenas le dijiste "buen día"? ¿O de una hermana que está enojada con tu mamá y, en vez de hablar directamente con ella, te quema el bocho a vos por el celular? No hagamos lo mismo: aprendamos a canalizar con quien corresponde nuestras quejas y críticas. Si hay algo tuyo que no te bancás, trabajalo con vos misma (o a lo sumo, en terapia) y, si es una queja hacia tu jefe, un compañero de trabajo, tu pareja o la maestra de tu hijo, hablalo con cada uno de ellos. Es lo más saludable.

¿Querés quejarte? ¡Hacelo bien!

Para el que se queja:
- Pedí que te escuchen antes de empezar a quejarte; es necesario que estén de acuerdo ambas partes.
- No te quejes demasiado seguido (y acordate cuándo fue la última vez que lo hiciste).
- No hagas preguntas al que te está escuchando.

Para el que escucha:
- Escuchá mirando a los ojos y mostrate interesado.
- Tratá de empatizar con el dolor y la intención del que se está quejando.
- Dejá pasar entre 30 segundos y 1 minuto para retomar el diálogo.
- Pedile que clarifique todo lo que haya sido malinterpretado u omitido.
- Si también tenés la necesidad de quejarte de algo, este no es el momento adecuado. Buscá otro día, pero no apiles quejas.
¿Sos de quejarte mucho? ¿Conocés a alguien que no pare de quejarse?

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