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 • HISTORICO

El encanto de Bolivia

Te invitamos a un recorrido de altura: de los colores coloniales de Tarija y Potosí a la impresionante blancura de Uyuni





Por Nora Vera

Tarija

Para "empezar" a llegar a Bolivia, nada mejor que la provincia de Tarija, limítrofe con Salta y Jujuy. Es una transición ideal para adaptar cuerpo y alma a las diferencias geográficas y culturales del altiplano. Tené en cuenta que no es lo mismo llegar en avión a La Paz, a 3665 metros sobre el nivel del mar, que comenzar el derrotero boliviano por esta ciudad, ubicada a 1866 msnm y rodeada de un valle fértil surcado por cuatro ríos. En pocas palabras, Tarija no parece Bolivia.
Lo que más sorprende es la prolijidad urbana: un trazado colonial con calles empedradas en pendiente leve y casas de ladrillo de adobe con techos de paja. Nada de semáforos, ni ruidosos mercaditos al aire libre, ni caos vehicular. La ciudad está a orillas del río Guadalquivir, y en sus alrededores se extienden los viñedos en los que se producen los mejores vinos del país. Tarija parece más un pueblito andaluz que una típica ciudad del altiplano.
Claro, no tiene los lujos de Potosí ni de Sucre, pero sí varios atractivos para tener en cuenta. A saber: el símbolo arquitectónico de la ciudad es la Casa Dorada -de 1903-, una residencia que hoy funciona como Casa de la Cultura. De estilo art nouveau, con estatuas femeninas en su cornisa, despliega en sus interiores un collage artístico de la época: alfombras persas, mármoles de Carrara, espejos venecianos, estatuas y columnas de diferentes estilos, piedras de estilo mudéjar y decenas de objetos dorados.
Otros imperdibles tarijeños, o chapacos, son el convento de San Francisco (de 1606), la iglesia de San Roque (de 1632), la Catedral (de 1810), la Pinacoteca, el Observatorio Astronómico y el Museo Paleontológico, con setecientas piezas, de las cuales quinientas cinco fueron halladas en una cueva cuaternaria de la zona. Es que, además de viñedos y de buena pesca, Tarija es tierra de dinosaurios.
Más allá de la ciudad, lo más divertido es hacer trekking por el valle, visitas a bodegas o probar suerte con el pique en el río Pilcomayo.
En enero y febrero, época de carnaval, la música y los colores invaden cada rincón. De balcones y ventanas cuelgan serpentinas y globos, ramitas de albahaca son llevadas como pins en ropas de hombres y mujeres, erkes y cajas les dan ritmo a las chamuyadas (los bailes en las calles) y el Rey Momo tiene permiso para hacer de las suyas en tierra chapaca.

Potosí

Acá sí, aferrate al termo con té de coca o tomate la pastilla antisorojchi (mal de altura) que se vende en cualquier farmacia: Potosí está a ¡4200! msnm. Y se nota, especialmente al caminar sus laberínticas callecitas abarrotadas de reliquias coloniales. ¿Lo mejor? Tomarte tres o cuatro días para recorrerla sin apuro y detenerte ante cada detalle de este Patrimonio Cultural de la Humanidad que supo ser la ciudad más rica y poblada de América.
El pueblito minero que nació en 1545 al resguardo del cerro Rico se convirtió, para 1625, en una metrópoli de 160 mil personas, una ciudad mayor que la París de esa época. Todo era desmesurado alrededor del Sumaj Orcko ("cerro magnífico"). "El tesoro del mundo, el rey de las montañas, la envidia de los reyes", llamó Carlos V a este cerro del que se extrajeron sin parar, hasta 1820, 31 mil toneladas de plata. Y, claro, era previsible: el derroche agotó la riqueza de las entrañas del cerro. A fines del siglo XVIII, comenzó la decadencia. Hoy, sólo se extrae estaño y zinc.
Por suerte, todavía se mantienen las joyas arquitectónicas. El edificio más famoso es la Casa de la Moneda, de estilo barroco, donde se acuñaron las monedas que circulaban en España y sus colonias. Con 12 mil metros cuadrados, doscientos ambientes y cinco patios, hoy funciona como museo y conserva los tesoros de la ciudad. Además de platería, acá está lo mejor del arte, folclore, etnografía y arqueología de la llamada Villa Imperial.
Las iglesias son otro de los imanes de Potosí. Algunas tienen altares completamente grabados en plata, de estilo mudéjar (templo de Copacabana), con sincretismo religioso (como en el templo San Lorenzo, con imágenes de diosas que se transforman en plantas) o con colecciones de arte, como en la iglesia de Santa Teresa. Si pasás por la iglesia de San Francisco, tallada en piedra, subí al mirador panorámico que está en la parte de arriba.
Para sentir el pulso de la Potosí actual, nada mejor que una vuelta por el Mercado Central, lleno de aromas locales. Otra opción es mezclarte entre los potosinos en las ferias callejeras que exhiben mantas coloridas, instrumentos musicales, abrigos de alpaca y objetos de orfebrería, entre otras expresiones ancestrales. Imposible irte sin un recuerdo de la Villa Imperial.

Uyuni

Por algo el salar de Uyuni es uno de los lugares más visitados de Bolivia: 12 mil kilómetros cuadrados de blancura absoluta, rodeada de montañas. Un espacio mágico, que te transporta a una dimensión desconocida. Este mar interior que se secó hace diez mil años es hoy el salar más grande y más alto del mundo (está a 3660 msnm, igual que La Paz); un paisaje que es difícil sacarse de la retina.
Ojo, no podés andar por cuenta propia en el salar: es muy (pero muy) fácil perderse. Lo mejor es recorrerlo en 4x4 y con algún guía contratado en el pueblo de Uyuni, a media hora de ahí. Es indispensable llevar lentes de sol y protector solar: la llanura blanca refleja el sol como la nieve. Y no te olvides del abrigo, porque cuando baja el sol, la temperatura desciende a bajo cero. En verano, época de lluvias, el salar se inunda: el agua refleja las nubes y el efecto visual es onírico; la tierra y el cielo se unen.
Colchani, a orillas del salar, es el único pueblo que vive de la explotación de la sal. Sus habitantes, de origen aimara, la extraen con palas y arman montañitas para secarla. En el punto central está la isla Pescado o Incahuasi, una formación rocosa con un bosque de cactus de 10 metros de altura y 1200 años de antigüedad. Y desde la cima de la isla, tenés una vista panorámica del salar.
Si tu idea es prolongar la estadía en este desierto blanco, lo ideal es alojarte una noche en el Palacio de Sal, ubicado en Colchani. Las paredes, el piso, las mesas, las camas en habitaciones tipo iglú..., ¡todo está hecho con ladrillos de sal! La cocina ofrece platos autóctonos y carnes (de llama, de pollo). Obviamente, a la sal.
En plan más sencillo, también podés pasar la noche en algún refugio. Y por ninguna razón dejes de visitar las lagunas Verde y Colorada (con miles de flamencos), los géiseres, las aguas termales y las fumarolas volcánicas.
Cómo llegar
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