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 • HISTORICO

Poder masculino




Ya tenía más de un año cuando decidieron destetarme. La anécdota familiar cuenta que en pleno colectivo yo usurpaba el corpiño de mi mamá sin aviso en mi primera manifestación del #tetazo. Era una beba intensa, así que hizo falta una estrategia para que yo me convenciera de que la lactancia había terminado para mí. Cada noche, cuando me despertaba llorando, voraz, demandante, mi papá se levantaba a hacerme dormir de vuelta. Me llevaba al living, me calmaba, construía un nuevo hábito nocturno: éramos él y yo en la oscuridad. Me cantaba, me mecía, caminaba, me esperaba, sabía de mi vacío, me entendía. Yo lloraba, sollozaba, suspiraba, lo miraba; “¿quién es él?”, me preguntaba. Y algunas veces antes que otras, me sumergía en el sueño acurrucada en su pecho. Esta historia me la contaron muchas veces, quizá porque fue para ellos una de sus primeras conquistas en el flamante mundo de ser padres, conmigo, su primera hija. Es la imagen que se me vino el otro día, perdida en Escobar, adonde se mudó María, mi hermana del medio, cuando Google Maps se quedó bloqueado en una calle. Llamé a mi papá, al borde del llanto, un poco abrumada por la mudanza de mi hermana que se fue –para mí– lejos y por estar sola en un lugar que no conocía. Él me dijo: “Tranquila, hija, yo te guío”. Se fue a la computadora y, con una paciencia infinita, me decía: “Seguí una cuadra más, se va a llamar Kennedy, OK, ahora te va a aparecer una plazoleta...”. Cuando en mi angustia perdía el foco y quería explicarle por qué me había perdido, él me frenaba suave: “Ya está, vamos, vamos, ya llegás”, me alentaba. El GPS paternal duró unos 15 minutos, incluso tuvo su momento más sublime cuando, en plena indicación, mi papá remató: “Yo te veo, vos seguí”. ¿”Yo te veo”, me dijo? En un momento, pensé que él, que es tan techie, tenía algún dispositivo que se conectaba a mi celular y me “veía” en mi recorrido. Pero al rato entendí que ese “yo te veo” era así, él podía verme, sentirme, y así se convertía en mi guía.
Sin embargo, siempre fui tan autosuficiente: pensaba que me las podía arreglar sola. Hija, nieta, sobrina, prima de un poderoso linaje femenino, mi fuerza siempre dejaba a los hombres afuera.
El problema de las mujeres líderes es que nadie piensa (empezando por nosotras mismas) que necesitamos ayuda: proactivas y decididas, vamos a una velocidad difícil de seguir. Por eso, en mi propio crecimiento en pareja fue todo un desafío correrme de lugares más masculinos, dejar de criticar o exigir, para darle al otro la posibilidad de ocupar su rol, simplemente dejarlo ser. Y así dejarme cuidar, en vez de mandar o maternar (dos cosas que me estarían saliendo bastante bien, pero que hay que saber cuándo aplicar).
Soy una mujer poderosa, lo sé; pero soy mucho más poderosa cuando honro a mis hombres. Ahí es donde se encuentran mi potencia con mi vulnerabilidad, y no hay nadie más ilimitado que el que sabe dejarse acompañar.
Entonces, en este último tiempo, aprendí a pedirles ayuda a mis cuñados, mis amigos varones me instruyeron en cuestiones de soltería, los novios de mis amigas se volvieron más cercanos; y así, con nuestros silencios, incluso con nuestras diferencias: reconocí que mi papá estaba siempre velando por mí, como cuando me aupaba a las 3 de la mañana para que yo me olvidara un rato de la teta. Esa imagen, cada vez que la convoco, me vuelve invencible.
En este número, hablamos de cómo arrasa nuestra energía en el mundo, es cierto, pero yo quiero hablar de quienes –cuando nos dejamos cuidar– nos abrazan y disuelven nuestra exigencia. Nos vuelven más poderosas.
Somos Mucha Mujer, pero ¿quiénes son tus Mucho Hombre? Para ellos, gracias.

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