PALERMO.- No se trata de ciencia ficción ni de anticipaciones apocalípticas. Se trata de Sicilia, una de las islas más bellas de éste, nuestro planeta Tierra. Porque así la llamó Homero en su Odisea , el lugar donde el mundo termina. Esa fue la Sicilia que colonizaron todos los poderosos sucesivos del Mare Nostrum . Los griegos la hicieron parte de la Magna Grecia, luego llegaron los romanos y más tarde los árabes; unos siglos después, los normandos y finalmente los franceses y los españoles. Por último, y se puede decir que con Garibaldi, los sicilianos se hicieron decididamente italianos.
Será por esa yuxtaposición constante de culturas que los habitantes de la isla no se cansan de provocar sorpresas entre los visitantes desprevenidos, especialmente a los prejuiciosos, aquellos que se imaginan sólo un pueblo rústico, como infundadamente se califica a los del sur de Italia, colmado de fratelli celosos, de amantes trágicos, de hombres rápidos para la lupara , la escopeta recortada de los violentos de la Cosa Nostra.
Una piccola pizzería
Recuerdo que hace algunos años, sentado a la mesa de una piccola pizzería de playa, en Taormina, un matrimonio de suecos, un poco insulso por cierto, se asombraba ante la existencia de tantos sicilianos de tez y cabellos rubios. Carlo Cuccio, patrón del local, maestro pizzero y amigo, le preguntó a su cliente alto y nórdico: "¿Pero acaso usted no sabe que los normandos grandotes, los franceses, y por qué no miles y miles de españoles e italianos, que muchos son rubios, aquí dejaron y dejan su impronta?" Ya volveremos a Taormina y a la pizzería de Carlo Cuccio, pero mientras tanto demos una vuelta por el arte de Palermo, la ciudad más importante de la isla.
¿Qué hacen varias versiones de la Torre de Londres en un suburbio pintoresco de Palermo? Pues bien, cuando el normando duque Williams luchaba por la conquista de Inglaterra en el 1066, uno de sus allegados, el conde Roger, transitaba pretensiones similares en Sicilia. Por eso aún hoy existen castillos e iglesias palermitanas que ostentan ornamentos al mejor estilo de la Torre de Londres, aunque encubiertas detrás de los contundentes velos arquitectónicos del arte árabe y bizantino.
En realidad, en Palermo sobrevivieron tres de estos monumentos. El más grande es el edificio llamado Ziza, del árabe aziz , que en español significa espléndido. La de Ziza es una torre triangular con doce torretas construida en el siglo XII y reconstruida entre 1972 y 1989 por el arquitecto siciliano Giuseppe Caronia. Ofrece muestras del denominado arte mameluco, con expresiones similares a las mezquitas que se ven en la India y a las viejas construcciones que se encuentran en Granada.
Ziza funciona hoy como un museo de aquella época, en el que se puede apreciar el cosmopolitismo de los sicilianos de entonces. Una tumba de piedra, perteneciente a un cristiano, tiene su obvia cruz en el centro y sus inscripciones en latín. Sin embargo, y para que todos puedan identificar los restos de quien ahí descansa en paz, los constructores originales de la pieza funeraria esculpieron los dichos con traducciones al griego, árabe y hebreo.
Iglesias y palacios. Siempre iglesias y palacios. Dos de los monumentos religiosos más visitados de Palermo se encuentran en el centro de la ciudad, en Quattro Canti, casi frente a su calle principal, la via Maqueda, sobre la Piazza Bellini. Uno es la iglesia Matorana, que casi siempre está abierta y suele ser la preferida para las ceremonias matrimoniales; el otro es la San Cataldo, del mismo estilo que la anterior, con mucha presencia arquitectónica árabe, pero de más difícil acceso para los turistas. Casi siempre está cerrada.
Monumento de la cristiandad
El Palazzo Normandi, la sede del gobierno regional, es bello y merece ser visitado, aunque no hace honor a su nombre. Prácticamente no tiene huellas de la presencia normada, y la cúpula palatina es uno de los grandes exponentes que tiene Italia del arte iconográfico occidental. A pocos minutos de viaje desde Palermo se levanta otro de los grandes monumentos artísticos de la cristiandad: la catedral de Monreale.
En el Palazzo Abatellis, una joya de la arquitectura barroca catalana del siglo XV, se encuentran piezas del arte combinado entre influencias árabes y normandas y descansa también uno de los más grandes frescos de Antonello de Messina, El Triunfo de la Muerte . La casa de una de las familias más ricas del medioevo siciliano, el Pallazo de los Chiaramonte, donde hoy funciona una sede universitaria, y el Palazzo Butera, de otro clan noble del pasado, dan clara muestra del cosmopolitismo artístico que se cultivó en la isla italiana. Los antiguos establos de los Butera cobijan actualmente una de las galerías más interesantes de Palermo: se trata de lo que los guías y expertos denominan una muestra de lo que hace siglos fue el primer palacio inteligente .
La Taormina de Carlo Cuccio
Carlo Cuccio no es siciliano. Nació en Calabria y tiene unos 45 años. A los 20 emigró a Suiza. Se instaló solo en la ciudad de Ginebra y allí trabajó mucho tiempo como camarero en pizzerías y restaurantes italianos. Un día, de vacaciones en su pueblo, conoció a Ercola, una siciliana esbelta y tímida algunos abriles más joven que él. Volvieron juntos a la ciudad de la reforma calvinista y de los fríos pasillos de Naciones Unidas, pero al poco tiempo regresaron a la península para casarse.
Se hicieron marido y mujer en una iglesia de Palermo y se mudaron a Taormina, donde los padres de Ercola tenían una casa en la playa del Mediterráneo, pequeña y desocupada. En esa casa Carlo y Ercola abrieron su pequeña tavola calda , pizzería o ristorantino . Lo bautizaron Chez Cuccio porque ambos chapurrean el francés.
Carlo cocina y Ercola atiende el salón y la terraza, casi sobre la playa. Uno de los mejores platos de la casa es la sfinciuni , es decir una pizza a la siciliana, y todo con el debido perdón de los napolitanos, para quienes la verdadera pizza es sólo y únicamente la que se hacen Nápoles.
Una pizza con limón
La pasta de la sfinciuni es como la de cualquier pizza, pero lleva unas gotas de jugo de limón. Se cocina en un horno muy caliente y se cubre con una salsa también caliente de tomates frescos, cebollas, filetes de anchoa, perejil picado, aceite de oliva y quesos parmigiano y pecorino romano. Casi todos los comensales la acompañaban con un vino tinto siciliano que se llama Corvo Duca di Salaparutta .
Por esas cosas del oficio periodístico y sus viajes y del gusto por pasar horas en bares y restaurantes, el autor de esta historia conoció y se hizo amigo del matrimonio Cuccio. Un verano europeo, estando en el ristorantino de la siciliana y del calabrés, gastronómicos y periodista decidimos salir muy temprano a pescar. Abordamos la barca al amanecer y regresamos pasado el medio día, cuando el sol resquebrajaba las testas. La tarde fue de cocina marina y pizzas. Ellos enseñando y uno aprendiendo. El rito se repitió durante un par de semanas, las mejores vacaciones que pueda imaginarse todo aquel que disfrute de Sicilia, de su cocina y de su gente.
Víctor Ego Ducrot
Datos útiles
Cómo llegar
- El pasaje ida y vuelta de Buenos Aires a Palermo cuesta alrededor de 1000 dólares, con impuestos incluidos.
Alojamiento
- En Palermo la habitación doble cuesta aproximadamente 200 dólares, en un hotel 5 estrellas; entre 73 y 149, en un 4 estrellas; de 32 a 110 , en un 3 estrellas, y de 30 a 50, en un dos estrellas. Otra opción es alojarse en un residencial, desde alrededor de 12 dólares.
Dónde comer
- Luraleo, en el centro histórico, no puede dejar de visitarse. La comida cuesta aproximadamente 40 dólares por persona.
Más información
- ENIT (Ente Nacional Italiano de Turismo), Av. Córdoba 1345, 4311-3542.









