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 • HISTORICO

Tuve una cita por día durante un mes y esto fue lo que aprendí


Créditos: Ilustraciones de Ariel Escalante.



Una abogada que no quiso revelar su identidad nos cuenta lo que vivió durante un mes para descubrir lo que para ella es clave para trascender el primer encuentro. Mirá lo que descubrió.
Soy una mina muy activa. De esas que si van a un bar, hablan sin problema con gente, con la que la pasás bien, que sabés que no va a poner mala cara, que va a hacer chistes, que propone, levanta la noche, le mete garra. Tengo muchísimas amigas y siempre fui de salir mucho con pibes, pero siempre fallaba en las citas, fallaba olímpicamente. Cita, o mano a mano, con alguien que mássss o menos me resultaba apetecible, fallaba. En el encuentro parecía que estaba todo bien, nos reíamos, charlábamos, nos tomábamos más de un trago, chapábamos, yo era graciosa, él era gracioso, hablábamos de cosas en común, nos entendíamos. Pero después..., la quietud. ¿A vos te llamaban? Porque a mí no. Tal vez me mensajeaban a los dos o tres días, o reaparecían unos cuantos días después con alguna frase muy poco motivadora como "¿qué tal?". Quizá salíamos dos o tres veces más o me invitaban directo a su casa, sin demasiada cita, pero después..., después nada, la nada misma. Años así, AÑOS.

Los preliminares

Miraba a mis amigas a las que siempre amaban, esas que salían una vez y los tenían en la puerta de su casa con flores, todos querían ser sus novios, pero a mí me dejaban de llamar. No es que ellas eran más interesantes que yo, ni más divertidas, ni más nada, eran iguales, éramos lo mismo, éramos amigas, pero entonces, ¿qué fallaba? ¿Qué las hacía más girlfriend material que yo? Empecé a preguntar, a analizar, a ver qué hacían y cómo se comportaban cuando había varones de su gusto. Empecé muy de a poco, esto llevó aaaaños de investigación. Descubrí que lo que tenían todas en común era que eran las que menos hablaban en las reuniones de amigas, las que menos aportaban, las más calladas, en definitiva, las que generaban más intriga. Eran las que tenían una presencia tranquila, a veces, hasta un poco serias. Me costaba entender que eso era el diferencial, porque lo que yo siempre escuchaba de los varones era que querían una chica divertida, sin vueltas, que fuera de frente, que fuera copada, graciosa y extrovertida; lo que no entendía era que ellos querían descubrir eso y no que se lo pusieran en bandeja en la primera cita. Claro, yo soy todo eso, pero en la primera segunda, tercera, cuarta cita los abrumaba con chistes, me reía de toooodos sus chistes sin pensar si eran realmente graciosos o no. Solo quería agradar y ser copadísima, tener cosas en común y ser empática cuando me contaban algo medio triste. Me mostraba sexy pero contenedora, independiente pero con necesidad. Me mostraba como la "mujer perfecta" (vaya si era machista mi pensamiento) y no entendía por quéee no me llamaban al otro día.

Créditos: Ilustraciones de Ariel Escalante.

El experimento

Entonces, un día creí haber entendido un poco la mecánica, después de muchos años de investigación y de un despertar que tuve con una maestra que vino a aclararme varias cosas, decidí hacer un experimento que, aunque para muchas puede sonar rarísimo, a mí me funcionó. ¿Cuál era el plan? Abrir Tinder y Happn y salir con un chico por día durante un mes. Uno diferente, todos los días (cuando soltereás a los 30 y todas tus amigas están casadas y van por el segundo hijo, te aseguro que tenés unas cuantas noches libres). La clave era salir a modo de experimento, no involucrarme tanto ni intentar gustar, tampoco buscar al padre de mis hijos en esas citas, obvio. Iba a ir a probando diferentes técnicas en la búsqueda de un método para lograr trascender la primera cita.

Las hipótesis

  • Ni sí ni no, ni blanco ni negro
La primera cita iba a probar la técnica de no hablar del pasado ni del futuro, nada me apasionaba tanto ni odiaba mucho a nadie. ¿Por qué corté con mi ex? La vida... Fue una relación divina. Nada de andar contando intimidades ni cosas intensas. ¿Qué quiero para el futuro? Ser feliz, hacer lo que me gusta, ser libre. ¿Querés hijos? Depende, si me enamoro, puede ser, claro. Todo me venía bastante bien, no había coincidencias con él, pero tampoco diferencias tajantes. Era un neutro. Entonces, si él me preguntaba: "¿Te gusta la cerveza?". Mi respuesta era: "Sí, re, todo me gusta". Respondía en un tono tranquilo, en lugar de decir: "Ay, sí, soy RE de la birra, los tragos medio que mucho no me gustan, bah, ahora en estos bares de tragos de autor hay algunos que sí me gustan, ¿fuiste al speakeasy tal?, ah, si no fuiste, tenés que ir, te va a copar". Esa era mi vieja yo, pero en este experimento, me tenía que TRAGAR las palabras. Lo dejaba hablar más a él y si había silencios, decidía CALLAR, no llenarlos con chistes y cosas, solo callar y cuando él hablara, se la seguía tranqui, liviana, sin incomodidad por el silencio.
Resultado: terminé la primera cita y, en lugar de pensar: "¿Me llamará?", pensé: "Seguro me llama". Y PLING, mensaje a la media hora haciendo alusión a algo que habíamos hablado en la cita. BINGO. Y no es que yo no había sido yo, sino que no había estado intentando agradarle y ser una megacopada. En esos silencios, en ese dejarlo hablar, había logrado verlo a él y verme a mí. Era yo, más yo que nunca. Y funcionó.
  • Fuera de servicio
Esta vez, le sumé una actitud no servicial. Nada de "ay, te quedaste sin cerveza, dejame que te sirvo" o ni decirlo y directamente hacerlo para que notara el gesto sutil. Si él manifestaba algún tipo de disconformidad con su trago, ¿quién creen que iba y arreglaba el asunto con "ligereza"? YO. "Dejame que le pido a la camarera un poco más de hielo, no vas a tomarlo caliente". Todo eso, ANULADO. Yo tomaba mi trago feliz, y si el tenía algún problema, su tema. Duro, duríiiiisimo, pero me comí esas ganas y dejé que él solucionara, que él me preguntara qué quería tomar, que hiciera sus galas. O directamente pedía algo para mí, sin recomendarle nada para que él pidiera.
Resultado: tuvimos una cita linda y divertida. Ojo, no es que yo era un torre, solo evitaba algunas intensidades que siempre me habían tapado. Al día siguiente me habló, me invitó a una segunda cita y todo eso.
  • No a la empatía extrema
Si en la cita llegábamos al punto en que él me contaba alguna dificultad, por ejemplo, "mi jefe es un salame" o "termino súper cansado porque no sé qué", en lugar de decir "ay, síii, que horror tu jefe" o "qué bajón, síiiii, yo termino re re cansada también", le preguntaba cosas. "Ah, ¿y por qué tu jefe es un salame?, ¿qué hace?". Mostraba interés, pero no es que hacía ese circo de megaempatizar a lo loco. Lo dejaba un poco con la duda de si a mí también me parecía un salame
Resultado: me escribió al ratito y después me dijo de volver a vernos.
  • Hay que vislumbrar un futuro
Todo iba muy bien, nos veíamos varias veces, me hablaba, me mensajeaba, la pasábamos bomba, me hacía un megadesayuno, pero siempre me quedaba como con un sabor a "¿cuándo lo volveré a ver?". Me fijé, hurgué, hable con amigas y entendí: el problema era que no estaba proponiendo una siguiente salida. Que no me tiraba la frase de "la próxima tal cosa" o "tenemos que ir a ver tal película". Nada, no me decía nada y después del desayuno medio que se vestía como para salir. Me quedaba medio pintada, diciendo "pero ¿qué onda? Me unta la tostada y me hace el yogur con granola, pero se viste para salir disparado en cuanto puede". Alerta.
Después de varias veces, deslicé yo la frase vislumbradora y me fijé cómo reaccionaba, pero no reaccionaba. Es probable que él haya estado percibiendo una vibra medio amadora de mi parte, o tal vez era simplemente un Peter Pan, pero ese Peter Pan es típico que después resulta que se casa con otra y tiene hijos de propaganda y un golden retriever. Y esa otra no es que sea superior, nadie es superior, solo supo manejar un poco mejor la situación. Porque si ya llegué a la instancia del desayuno y las varias citas, es que le gusto, definitivamente le gusto, pero hay un manejo ahí que no está saliendo bien. ¿Le digo que sí siempre que dice de vernos? Mmmm... Alguna vez le voy a decir que no, pero con una excusa mala. Será un "uy, no, hoy no... Tengo ganas de quedarme en casa", o peor aún, cancelarle una cita ya agendada alegando "perdón, hoy no... Me enganché con una serie". La misma inseguridad que él me generaba espaciando TANTO los encuentros. O esa inseguridad que me generaba posdesayuno vistiéndose como para irse sin insinuar una próxima cita. Me toca a mí, es hora de que yo le genere la intriga, la duda, la necesidad de esforzarse un poco más por tenerme. Ahora los tiempos los pongo yo, no vos. No estoy tan disponible ni me muero tanto por verte. A pesar de que cuando le cancelás la cita tu mejor plan sea stalkear a Chiara Ferragni y probablemente otro poco a él.
Resultado: funcionó, al pelo. Me invitó a una megacomida.

Créditos: Ilustraciones de Ariel Escalante.

Segunda fase

Así seguí con muchos y mi experimento iba dando positivo. Uno me gustó en serio y quise seguir saliendo. Ahí ya era otro tema, cómo manejar WhatsApp, Instagram, los likes y las vistas de las historias. ¿Cómo seguir con este plan sin perderme? ¿Cómo lograr diferenciar cuándo hablarle o verlo era un deseo real o era mi ansiedad? ¿Cómo podía hacer para estar atenta y ser coherente conmigo?
Muchas veces me encontraba diciendo: "Le voy a hablar, si total es lo que quiero, es lo que deseo, tampoco andar reprimiéndome". Claro, pasa que a veces el deseo que una tiene no es lo que mejor hace. ¿De dónde vienen las ganas? ¿Es un deseo sano? ¿Es la ansiedad? ¿ Las inseguridades? ¿El hecho de no querer estar sola? ¿Por qué sentir que no estás bien si estás sola? Reconocer ese deseo, darte tiempo, pensar las consecuencias.

Estrategia en redes

  • Stories, likes, comentarios: me prohibí mirarles las stories, es más, los silencié. Y yo me ocupaba de subir cosas de mi vida, cosas divertidas, independientes y copadas. Nada falso, pero eligiendo bien los momentos y lugares.
  • Likes: cada 3 likes de él, un like mío. Nada de andar likeándole todo, poco like, cero comentario, nada de ser la que mira mucho Instagram.
  • ¿Por qué tantas reglas? Es como comer sano. La tendencia es querer comer pizza, ravioles, hamburguesas, helados con súper dulce de leche y crocantes varios, pero una no anda comiendo todo eso, porque el colesterol te daría por las nubes y tu energía sería nula. Es insalubre. Entonces, te esforzás por comer sano y hacerte bien. Bueno, esto es lo mismo, a la larga, hace bárbaro, porque, en definitiva, no es que vos no sos vos, no estás falseando tu personalidad, estás siendo más vos que nunca y te estás cuidando.
  • WhatsApp: basta de esperar cosas a cambio; esperemos, pero esperemos sorpresas, no respuestas. Es gratificante recibir de la nada un martes a la tarde un: "¿Mañana estás libre para un asado y vinos en casa?". ¿Qué hacés? Le dejás el mensaje sin leer unas horas (LAS HORAS MÁS LARGAS DE TU VIDA) y después respondés con un gif gracioso que dice que sí. Sin intensidad, sin "me parece un planazo, ¿qué llevo?". Ya no sos esa. Más tranquila, con calma.

Epílogo

Créditos: Ilustraciones de Ariel Escalante.

Así seguí, me dejé conocer, lo pude conocer a él. Nos vimos, no lo atosigué con mi ansiedad ni me llené de mi propia ansiedad. Dejé que las cosas fluyeran, dejando de lado ese atracón que me daba y que no me dejaba ser ni ver la realidad.
Me puse de novia y vivimos años de amor espectacular, viajes, convivencia y risas. Por otros motivos, nos separamos. Pero fuimos grandes compañeros y fue una pareja divina.
Ahora me cuido, me doy cuenta de que estoy atenta a ver qué dicen, qué hacen, cómo me siento. Por más que sea el candidato más perfecto que puede existir y él parezca espectacular, siempre me escucho a mí primero. Así que acá voy, a por nuevas aventuras, ¿qué me deparará el 2019?

Datefulness: citas más conscientes

Por Patricia Faur, psicóloga.
Primeras citas. Primeras ansiedades, primeras pruebas. ¿Cómo darte a conocer? ¿Cómo saber si estás dando demasiada información o no? Lo primero es bajar el nivel de expectativa. No vas a encontrarte con el hombre de tu vida, no se define el futuro amoroso en esa cita. O, al menos, no hay manera de saberlo. Lo único que sabés es que vas a encontrarte con alguien con el que se inició un juego de seducción.
Muchas mujeres, en el intento de agradar, se exceden en las primeras citas. En lugar de estar atentas a lo que ellas mismas quieren, se esfuerzan por "aprobar el examen" de lo que suponen es apreciado por un hombre.
No se trata de seguir un manual ni de utilizar estrategias de juegos de ajedrez ni de forzar una identidad que no se tiene. Lo que hay que recordar es que el otro es un desconocido sobre el que se proyectan un montón de aspectos que, quizá, no tiene. Se idealizan algunos de sus atributos, se niegan o se minimizan sus defectos y se hacen conclusiones apresuradas. Y el otro hace lo mismo.
¿Lo mejor? Ajustarse a la realidad, tomar conciencia de lo que estás viviendo, hacerte presente, estar tranquila, no abundar en información, escuchar, no ser invasiva, calmar la ansiedad y entender que no podés conocer a alguien en tres horas. Habrá que esperar el tiempo de cocción. Esa es, en definitiva, la magia del amor.

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