Llegar a un destino de vacaciones y twittearlo antes de salir del aeropuerto (luego de haber buscado desesperadamente conseguir la clave de wi-fi). Revisar a cada minuto cuantos likes, corazoncitos y retweets sumás. ¿Qué está pasando? Si ya eras ansiosa, las redes y la hiperconectividad te llevan al extremo y ahora vivís preocupada por el qué dirán (online).

Está claro que, a través de estas herramientas online, cada ocurrencia, cada outfit canchero o viaje de placer pueden ser transmitidos casi en vivo y en directo. Así, lo que en otras épocas se atesoraba en un álbum de fotos que mostrábamos a unos pocos, hoy –amplificado– merece una vidriera instantánea y masiva. La publicación en redes y el like de nuestros contactos completan una experiencia que de otro modo parece quedar renga.
También es cierto que, como seres sociales que somos, siempre nos gustó agradarles a otros. Lo que cambia en el mundo del pulgar arriba es aquello que sometemos a aprobación. En las redes, lo que espera un "me gusta" es, básicamente, un par de pies cruzados con el mar de fondo. ¿Te suena? Todo lo que tenga que ver con "mi vida es alucinante". Muchas veces, el compartir no tiene que ver con las ganas inevitables de gritarle al mundo lo felices que somos sino que está más vinculado con el demostrar, aparentar. Porque lo que exhibimos son siempre los aspectos propios que más nos gustan, construyendo una identidad que se pone a consideración de los demás. La intelectual, la madre perfecta (con el hijo perfecto) o la fashionista. El like llega para retroalimentar ese costado copado que queremos mostrar. Y, claramente, es una porción reducida de la realidad.

tecnoadicciones
Según un estudio de Harvard, divulgar información propia nos ofrece una recompensa simbólica al activar un área del cerebro llamada núcleo accumbens donde se procesan los sentimientos gratificantes de la comida, el sexo, el dinero y ciertas drogas. Y no es solamente postear en Facebook lo que genera adicción, sino recibir a cambio un feedback positivo.
Pero la contracara de este bienestar es poco agradable, porque cuando posteás algo y a cambio no recibís lo que esperabas, experimentás en mayor o menor medida sentimientos de tristeza, depresión y aislamiento. Incluso hay especialistas que ya hablan de "depresión Facebook", que empeora cuanto más tiempo pasás mirando las vidas "hermoseadas" de los demás.

Los terapeutas coinciden en señalar que las redes no producen per se estas conductas, sino que existe ya una identidad con alguna deficiencia que nos predispone a relacionarnos de este modo con ellas. En general, hay problemas de autoestima y una permanente búsqueda de aprobación. Pensá en la selfie, un fenómeno tan instalado que ya ni nos detenemos a reflexionar qué significa. ¿Cuántas veces te encontrás a vos misma o a tu mejor amiga exponiendo al límite –y más– sus vidas personales? El tomarse y compartir constantes autorretratos, para los especialistas, puede evidenciar falta de amor propio y necesidad de autoafirmación.
Hoy, los centros de tratamientos reciben un ¡50%! más de consultas por dependencia a las redes que el año pasado. Lo que comenzó como tecnoadicciones (adicción al smartphone, la tablet o los videojuegos), ahora se llama "nomofobia", que viene a ser el miedo y la ansiedad al quedarnos sin celular y/o el uso abusivo de las redes sociales.
Los pacientes –en un 70% mujeres– deciden consultar cuando se empiezan a sentir aislados, con problemas para relacionarse, dificultades para concentrarse en el trabajo o en la facu y cuestionamientos de sus parejas, amigos y familiares. Es probable que se encuentren mucho menos tolerantes a las críticas y se irriten por pequeñeces.

Si se agrava el cuadro, se puede perder vitalidad e interés por las cosas y puede producirse una inhibición social, entre otros síntomas. Las consecuencias físicas no están nada buenas tampoco: insomnio, problemas cervicales por mantener una mala postura frente a la pantalla, estrés visual y traumatismos en las manos por pasar horas tecleando en el móvil.
REINICIÁ Y RECONECTATE (CON VOS)
Están las hiperconectadas que se la pasan tanto tiempo posteando y likeando los estados de los demás que lo terminan haciendo en detrimento de lo likeable que se vuelve la experiencia vivida, porque se demoran para que su ensalada dé bien en fotos o recrean un DIY de Pinterest solo para mostrarlo. Son las que no pueden disfrutar de una salida con amigas porque en cuanto llega el trago de moda están por lo menos 15 minutos intentando sacarle una foto cool.
OK, esos son los extremos, pero ¿en qué lugar quedan las que chequean el timeline cada tres minutos, actualizan el Instagram en cada semáforo o se hacen una selfie cada vez que se suben al ascensor? Puede que en algunos casos el problema con relación a las redes no resulte evidente. Y el déficit afectivo que esconde, menos aún. Los expertos señalan que, al tratarse de una conducta que no está condenada socialmente, el panorama es más confuso.

Y aunque entre la hiperconectada y la unplugged hay todo un abanico de posibilidades, algo es seguro: hoy nadie puede ser indiferente a las redes sociales. Si te manejás en un grupo en el que todos las usan, ¿podés dejarlas como se deja el cigarrillo? ¿O te perdés de programas, comentarios, información valiosa en tu grupo? Si sucede lo segundo, la situación es más parecida a la comida: necesitás del objeto de adicción para sobrevivir..., en este caso, socialmente. Otra pregunta es: si no querés mostrar tus escenas felices y todos lo hacen, ¿al resto le parece que tu vida no es feliz?
¿Cómo hacer equilibrio sin caer? Una clave para calibrar el uso de las redes es preguntarte qué sentido le encontrás a tu presencia en ellas: ¿tienen para vos un sentido social complementario (como herramienta para estar informada de temas que te interesan) o un sentido social fundamental en la constitución de tu propia identidad? Animate a la pregunta.
Plan detox
-Separá un rato específico de tu día para chequear redes sociales.
-Identificá exactamente qué consumos online absorben tu energía y evitalos.
-En lugar de sacar una foto, disfrutá el momento y guardalo en tu memoria.
-Probá limitar tu acceso temporariamente (una semana, por ejemplo).
-Dale un descanso al mensaje y probá llamar a las personas.
Essena O’Neill: la modelo que renunció a Instagram

Para sus más de 70 mil seguidores, Essena O’Neill condensaba todo lo deseable: playas paradisíacas, una vida social agitada y un cuerpazo. Hasta que un día, con 19 años, esta modelo australiana no dio más. Retituló sus cientos de fotos contando la verdad detrás de esa fabulosa vida y reconoció la obsesión que padecía.

Relató que se conectaba entre cuatro y ocho horas por día (¡eso es unos cuatro meses al año!), que ponía toda su energía en hacer crecer el contador de seguidores y el número de likes al pie de cada foto, que llegaba a hacer cincuenta tomas hasta dar con la ideal y que hasta había contratado chicos atractivos para que parecieran sus amigos. "Me convertí en una adicta a las redes sociales y a la aprobación de la gente", dijo antes de abrir un sitio web llamado "Let’s be game changers" (Seamos modificadores del juego), en el que intenta ayudar a personas que, como ella, caen en la trampa de buscar validación en la mirada de los otros. Mirá su video donde cuenta "La verdadera razón por la que dejé las redes sociales".
¿Estás pendiente de tu impacto en las redes sociales? ¿Estarías dispuesta a reducir tu participación en ellas? Leé también ¿Vos también sufrís de FOMO? y Neutralizá el efecto techie
Cecilia Alemano Es graduada en Ciencias de la Comunicación y escribió en las principales revistas de Atlántida, Televisa, Perfil y La Nación. Desde 2010 da clases de periodismo narrativo y escritura creativa.
