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 • HISTORIAS

Mariana Matija: quién es la activista colombiana que promueve una revolución en el cuidado ambiental


"Esta pandemia nos mostró la presión que generan nuestras actividades en los ecosistemas".

"Esta pandemia nos mostró la presión que generan nuestras actividades en los ecosistemas". - Créditos: Gentileza de Valeria Duque y Victoria Holguín.



En el perfil de Instagram de Mariana Matija (@marianamatija), lo primero que dice su biografía es "presidenta del club de fans del planeta Tierra". Y esta autodefinición, lejos de ser una metáfora, es lo que ella siente como su misión personal desde que tenía 7 u 8 años, cuando fundó –casi como un juego– su primer club ecológico, llamado "Club Petalitos". Desde ese espacio escribía comunicados, hacía manifiestos e invitaba a todos sus amigos y familiares para hablar del cuidado del planeta. Mariana creció, pero su convicción siguió intacta: hoy es el eje de su vida laboral, porque, a través de su comunidad online, las redes sociales, sus publicaciones (su primer libro se llama 10 pasos para alinear la cabeza y el corazón y salvar el planeta) y sus talleres presenciales y virtuales busca seguir aprendiendo y compartir ese proceso con otros, para generar la red del cambio. Nos juntamos con ella vía Zoom: en su casa de Medellín llena de plantas y luz, detrás de ella, se lee un letrero que reza "el cuidado es revolucionario". Quizá la síntesis perfecta de su filosofía y de nuestra elección para que ella sea una de las voces principales de nuestro green issue.
¿Cómo vivís la pandemia? ¿Qué aprendizajes sentís que nos trae este momento en el que todos somos uno?
A mí, por el tipo de trabajo que tengo y la manera en que vivo, el tema de las cuarentenas me afectó muy poco, alteró muy poco mi vida cotidiana. Me siento muy afortunada porque sé que esta situación ha llegado a cada persona de una manera muy distinta y a todos nos ha agarrado en situaciones muy diferentes. Y cuando empezó la cuarentena, todo el tiempo pensaba en lo agradecida que estoy de vivir en el lugar en el que vivo, de sentirme cómoda y segura en mi casa. Lo que sí sentí fue mucho interés y mucha curiosidad en observar cómo se estaba desarrollando esta situación. Porque, finalmente, es una situación rarísima que nosotros no habíamos vivido, de incertidumbre total o, más bien, de evidencia de la incertidumbre en la que siempre vivimos. No me siento capaz de afirmar qué hemos aprendido colectivamente. Creo que hay de todo. Es una situación que evidenció muchas cosas que muchas personas no habían querido ver, significó una reorganización de prioridades. Una cosa que me parece particularmente importante, aunque muy dolorosa, fue lo que sacó a la superficie con respecto a las injusticias y desigualdades en las que vive la humanidad.
Esta idea de "estamos en la misma tormenta, pero no estamos todos en el mismo barco".
Exacto. La humanidad ha cambiado mucho, pero en el momento prepandemia también vivíamos en un mundo completamente desigual e injusto. Lo que pasa es que la vida cotidiana lo ocultaba muy bien. Nos permitía olvidarnos del hecho de que, si bien todos nos estamos enfrentando a la misma tormenta, hablando de las múltiples crisis que estamos atravesando (el colapso ecológico, crisis económicas, crisis sociales), no todos lo estamos viendo del mismo lugar ni de la misma manera, ni equipados con las mismas herramientas. Esta situación trajo a la superficie la claridad sobre esas injusticias y para muchas personas se empezó a hacer evidente algo en lo que seguro antes no habían querido prestar tanta atención. Por eso, creo que ahora cambió la conversación en torno a distribución y acceso de recursos, de estabilidad económica, y esperaría que eso sea uno de los aprendizajes que colectivamente estamos sacando de esta pandemia, aunque todavía no lo hayamos logrado.
"Vivimos en sociedades construidas en torno a la idea de que la naturaleza es algo que está afuera. Pero no una cosa de la que formamos parte...".
"La explotación sin límites para el beneficio de una única especie es algo que no tiene sentido".

"La explotación sin límites para el beneficio de una única especie es algo que no tiene sentido". - Créditos: Gentileza de Valeria Duque y Victoria Holguín.

También fue impactante ver cómo bajaba la polución, los animales salvajes regresaban a las ciudades...
Fue como: "¡Ah!, los humanos estamos teniendo un impacto en los ecosistemas de los que somos parte y si nos retiramos, resulta que esos ecosistemas reaccionan de una determinada manera". No me atrevo a afirmar que esas sean cosas que vayamos a ver que generan cambios porque los humanos somos muy raros y hay sistemas muy complejos en movimiento. Particularmente creo que dos cosas que dejó muy evidentes esta pandemia fueron la presión que generan nuestras actividades en los ecosistemas y los temas de desigualdad y de distribución injusta de recursos y de acceso a temas básicos de bienestar cotidiano.
La nutricionista Nat Amengual nos cuenta en esta edición su experiencia de vivir en el monte, en Córdoba, y su propia revelación: "Nosotros somos los visitantes acá y nuestra voluntad se tiene que poner por debajo de la voluntad de la naturaleza y del clima".
Sí, total. Sin embargo, una parte importante de mi exploración personal con respecto a este tema, sobre todo en los últimos años, ha tenido mucho que ver con el lenguaje. Y con las frases, las palabras que elegimos usar para nombrar estas cosas, y me he vuelto muy quisquillosa. Por ejemplo, solo el hecho de hablar de la naturaleza como una cosa que está afuera, de la que nosotros no somos parte, ya es muy problemático. Es como que esa ha sido la estructura en la que hemos montado toda esta civilización. Nosotros vivimos en sociedades que han sido construidas en torno a la idea de que la naturaleza es algo que está afuera, algo a lo que vamos de vacaciones o que hay que explotar o que hay que aprovechar o que hay que proteger. Pero no una cosa de la que formamos parte y con la que estamos completamente integrados. Creo que esa es una ruptura muy problemática porque, por mucho que nos pongamos del lado de que la queremos proteger, también nos pone en esa situación de que estamos por encima y por fuera. Creo que es muy importante reconocer que somos parte de la naturaleza y que, como parte de ella, tenemos toda la capacidad de expresar todo lo maravilloso, todo lo atroz y todo lo que hay en el medio de esos extremos. Lo que necesitamos aprender es a integrarnos bien con esa naturaleza de la que somos parte. Entonces, la idea de esa frase me parece muy hermosa, pero en este momento de mi vida jamás diría que "nosotros somos visitantes" porque también nos pone en la idea de "aterrizamos acá en una nave a este planeta en donde todo era equilibrado, hermoso y pacífico...", y ese no es el caso. La naturaleza es lo que es, es salvaje, también existe el dolor, existe el miedo. Lo que no tiene sentido es la explotación sin límites para el beneficio de una única especie. Y eso está basado, en buena medida, en sentir que nosotros no somos de acá. Una de las decisiones del lenguaje que he tomado es dejar de referirme al planeta que "habitamos", porque este planeta no lo habitamos, nosotros somos parte del planeta. Creo que el ejercicio que necesitamos hacer es reconocernos como parte, por eso es imposible que existamos sin tener un impacto en lo demás. Por eso, nuestro principal interés tendría que ser permitir que todo el resto de la vida siga teniendo lugar, siga generando y siga sosteniéndose.
"Hasta acá llegaste", te dice la naturaleza, que sos vos misma. Nos cuesta incluso no abusar de nuestros recursos más inmediatos. Lo sentimos en nuestro cuerpo –tanta gente con insomnio, ataques de pánico, ansiedad, fatiga crónica, etc.–. Eso también es parte de una naturaleza abusada.
Totalmente. Son un montón de hilitos que se empiezan a conectar. Pero con el tema de la salud, si una piensa en la salud del planeta como una entidad de la que somos parte, eso toma sentido y resuena mucho con la importancia de reconocernos como parte del planeta. Y es la misma visión que tenemos de la medicina moderna occidental, con todas las maravillas que tiene, que también tiene unos agujeros en la comprensión muy fuertes porque el enfoque es únicamente en el síntoma y en callarlo. A mí me duele algo y tenemos que callar el síntoma del dolor y no necesariamente mirar qué lo está generando. O entender qué limites me está poniendo ese dolor. Para mí eso ha sido un aprendizaje reciente y en este momento tengo una contractura en la espalda porque se me suelen olvidar mis propios límites, me paso más horas sentada en la computadora de lo que debería estar por mi propio bien y mi cuerpo me dice: "O paras o paras". Y claro, yo podría bombardearme de relajantes musculares, antiinflamatorios o hacer lo que he procurado hacer las últimas horas, que es decir: "Listo, este es mi cuerpo mostrándome mis límites, necesito hacerle caso, voy a parar, voy a hacer otras actividades, voy a dedicarles tiempo a otras cosas". Desde esa perspectiva, me costó mucho trabajo entender la importancia de agradecer el dolor. El dolor nos está diciendo algo importante. El dolor es una respuesta evolutiva para que sepamos que es necesario cambiar algo. Y el planeta nos está mostrando los límites, como un cuerpo que está enfermo. Nos está diciendo "basta" y nuestra respuesta está siendo muy de esa medicina moderna occidental reduccionista de "vamos a bombardear con cosas que nos quiten los síntomas", en vez de hacer esta observación más holística y entender que estos síntomas están aquí por algo. Están aquí porque necesitamos entender esos límites, porque necesitamos reajustar para poder vivir en una salud holística que no nos influya solamente a nosotros. Por ejemplo, hay mucha gente que está pensando solamente en cuándo va a salir la vacuna, la respuesta reduccionista de "vamos a quitar el síntoma", cuando deberíamos estar pensando como sociedad cuál es el origen de un virus con potencial pandémico. Tiene que ver con un exceso de movilidad humana, de comercio, de explotación de recursos, de reducción de ecosistemas, de interacción violenta con la biodiversidad. En lugar de estar tratando de callarlo, lo que necesitamos es prestarle atención a ver qué es lo que necesitamos ajustar.
"El dolor es una respuesta evolutiva para que sepamos que es necesario cambiar algo. Y el planeta nos está mostrando los límites, como un cuerpo que está enfermo".
Una ve tantas problemáticas que necesitan de nuestro accionar que a veces se sienten como inabarcables, sin embargo, vos tenés un concepto muy lindo, que es el del "activismo imperfecto", que es el único activismo posible...
Cuando una se empieza a interesar por el cuidado del planeta, se da cuenta de que, básicamente, está relacionado con todo. Todo está conectado con la huella que dejamos en el planeta porque aquí es donde sucede todo. Es un tema que se empieza a volver muy complejo, que se siente a veces muy grande, muy inabarcable, y sobre todo se siente muy inabarcable desde la perspectiva de la educación que la mayoría de nosotros ha recibido, que es una educación que está basada en separar, en identificar partes y luego no integrar esas partes. La experiencia de la educación que tenemos en el colegio es que nos enseñan matemáticas por un lado, biología por otro, ciencias sociales por otro y luego no nos dan herramientas para entender cómo todo esto se junta. Porque las matemáticas tienen que ver con la biología, las ciencias sociales tienen que ver con la biología y con la educación física y con la educación artística... Luego, entramos en la universidad, nos especializamos en un tipo de conocimiento, hacemos una maestría o un doctorado y nos especializamos más y quedamos, en general, con muy pocas herramientas para conectar esas partes. A mí me parece apenas natural que cuando nos enfrentamos a la complejidad de este tema nos agobie y digamos: "Uy, no, esto es demasiado grande", porque se sale de cualquier campo del conocimiento, ¡porque requiere todos los campos del conocimiento! Entonces, para mí, un recordatorio esencial en estos momentos de agobio es: "Bueno, esto requiere todos los campos del conocimiento, lo cual quiere decir que esto es algo imposible de hacer por mí misma y requiere colaboración y conexión con otras personas". Eso puede parecer un gran obstáculo, pero a mí me parece que puede ser muy esperanzador porque nos invita a lo que nos resulta más natural a nosotros los humanos, que somos animales sociales. Nos está diciendo que necesitamos conectarnos con otras personas para hacer esto que es tan importante para nosotros y que es esencial para nuestra vida. Vamos a hacer esto juntándonos con otras personas y entendiendo que nadie puede hacer todo, pero todos podemos hacer algo. Nadie se puede echar el peso de este tema a los hombros por su cuenta, sino que necesitamos compartir este peso. Con el tema del activismo imperfecto, es también esa invitación a reconocer que la naturaleza no es un producto terminado sino un proceso, al igual que la vida. Siempre va a ser necesario ajustar cosas. Así funciona la vida, la naturaleza, y nosotros, que somos parte de la naturaleza, funcionamos así. Podríamos decir que como nada es perfecto..., todo es perfecto.
"Hay una frase que a mí me gusta mucho y es: el primer paso no es el último y tampoco debería ser el único".

"Hay una frase que a mí me gusta mucho y es: el primer paso no es el último y tampoco debería ser el único". - Créditos: Gentileza de Valeria Duque y Victoria Holguín.

Algo que vos traés, que es una virtud ecológica también, es la compasión. Porque sería contradictorio ser compasivas con los animales pero darnos con un látigo a nosotras mismas.
Sí, yo creo que es necesario reconocer nuestros propios límites. Hablamos de la importancia de reconocer los límites del planeta y reconocer nuestros propios límites en nuestras acciones. Lo que pasa es que eso se volvió un poco tramposo también porque, según quién interprete eso y cómo lo quiera interpretar, puede ser: "Ay, bueno, mi participación es dejar de usar bolsas plásticas desechables y hasta ahí llego, ese es mi límite", y eso se puede volver una excusa para no participar y no dar más de uno mismo en este proceso. La magnitud del asunto al que nos estamos enfrentando requiere cambios muy profundos en la manera en que vemos la vida, en la manera en que abordamos la vida cotidiana, un reajuste de prioridades. Hay una frase que a mí me gusta mucho y es: "el primer paso no es el último y tampoco debería ser el único".
¿Cómo nos volvemos parte de la acción colectiva?
La acción colectiva implica reconocer que hay muchas acciones individuales que por sí mismas son insuficientes, pero que al juntarse con otras se convierten en algo que es más que la suma de sus partes. Creo que eso es lo más bonito y es lo que más necesitamos en este momento. Me parece importante todo este cambio que ha habido en el discurso en temas del cuidado del planeta, de pasar del enfoque en la acción individual de hace décadas: "Apaga las luces que no estás usando", "muévete en bicicleta", que es genial, sí, porque todas esas cosas hay que hacerlas..., al cambio que se ha dado actualmente: "Necesitamos acción colectiva, acción política, cambio sistémico". Pero también noto con mucha preocupación que eso se está convirtiendo en una excusa para salirse del asunto y decir que lo que se necesita es acción colectiva y si no hay acción colectiva, lo que yo haga no sirve para nada. ¿Y de dónde creemos que sale la acción colectiva? Sale también del compromiso de individuos que se suman a esa acción colectiva. Entonces, creo que hay que trascender esa discusión de si necesitamos acción individual o colectiva. Necesitamos las dos cosas, porque las dos cosas son, en el fondo, lo mismo. Todas las acciones individuales se terminan convirtiendo en otras cosas que les llegan a las personas y se suman a otros procesos colectivos y todos los procesos colectivos son, al final, la suma de individuos que deciden participar ahí y sumar su visión y su acción. Hay que tener una reacción que sea proporcional a lo que estamos enfrentando.
El reciclaje, en realidad, es un paño tibio para curar una enfermedad mortal, como que no alcanza, no va por ahí...
Sí. El reciclaje específicamente se volvió como la trampa para no hacernos cargo de un problema de fondo de nuestro modelo de consumo que es que pensamos de manera lineal y en cosas basadas en la lógica de la comodidad. En extraer recursos para usar una única vez y tirarlos a la basura. Y esperamos que el reciclaje nos salve de nuestras pésimas decisiones. Pero en este momento es el pañito de agua tibia. Es pensar: "No pasa nada con toda la basura que generamos porque el 4% se recicla". Siéntete muy bien por el proceso de reciclaje. Sin embargo, con estos porcentajes no podemos quedarnos tranquilos. El promedio varía mucho de país a país, pero en Colombia lo que se calcula que genera una persona de basura al año son 240 kilos. ¡Es una barbaridad! Si bien una dice "240 kilos no es tanto", pensemos, ¿querríamos guardar 240 kilos de basura en nuestra casa? No. ¿Qué hacemos con ella? Queremos que abran un agujero en otro lado, que la escondan para no tener que lidiar con nuestras pésimas decisiones como sociedad. Porque, además, no son solamente las decisiones individuales, hay mucho de decisión sistémica. Yo puedo elegir no pedir una bolsa desechable cada vez que voy a comprar mis alimentos, pero igual hay muchas cosas que están diseñadas para que el único acceso que tenga a ellas sea viniendo en un empaque que es desechable. Y que eso ya no depende de mí porque no tengo acceso a esa materia prima de otra forma. El reciclaje es muy tramposo en la promesa que hace y en la sensación de bienestar que genera.
Es como la sensación de "como empecé el gimnasio, me como otra porción de torta".
Es como matar la eficiencia que se gana por un lado. Pero una empieza a hablar de esto y me ha pasado que mucha gente tiene una reacción como de "¡ay, no!, es todo muy difícil; si el reciclaje no sirve, ¡¿entonces qué?!, mejor no hago nada". A mí eso me llama mucho la atención porque siento que se deriva de una desnutrición de la curiosidad. Hay cosas que no sabemos cómo resolver, pero entonces preguntémonos, si no es así… ¡¿entonces cómo?! En lugar de decir: "Si así no es, ¡entonces no quiero!", muy al estilo de la pataleta de un niño chiquito. "Si no es así, ya no participo". Bueno, no es reciclando, entonces cómo es, ¿cómo participo de otra manera? No hay individuo que aguante el peso que implica este cambio, entonces –de nuevo–, cómo participo más y cómo me conecto más con otras personas.
"Creo que hay que trascender esa discusión de si necesitamos acción individual o colectiva. Necesitamos las dos cosas, porque las dos cosas son, en el fondo, lo mismo".
¿Hay algo que te saque de quicio, que te saque el costado de enojarte, o podés tener esta mirada holística en general?
¡Qué buena pregunta! A mí hay muchas cosas que me sacan de quicio. En mis momentos de desesperación es como que digo: "Listo, hay que vivirlo", porque el dolor existe y no puedo negar que estamos viviendo una crisis. Pero no me voy a poner a hacer una publicación en el blog del estilo "¡renuncio a todo!, ¡todo es una mierda!, ¡todo es insuficiente!". No. Digo: "Listo, voy a vivir este momento" y necesito esperar a ver cuánto me dura y después veo cómo esto lo convierto en algo que les sirva a otras personas para salir de este mismo agujero. Y, claro, hay muchas cosas a las que de entrada les huyo porque siento que ya no son necesarias para mi proceso de aprendizaje. Ver un video sobre el trato a los animales en estos centros de producción, eso a mí no me va a volver más vegana, no me va a convencer más y no necesito violentarme más emocionalmente viendo eso. Creo que es importante dentro de estos procesos aprender a cuidarnos y a cuidar a otros. Porque es un tema complejo, que nos confronta con cosas muy dolorosas. Tenemos que tener una buena red de apoyo de nosotras a nosotras mismas. Lo que más necesitamos es ayudarnos a salir del hoyo de la tristeza, de la rabia. Porque la rabia puede ser muy fértil al generar protestas y manifestaciones. Pero si una solo se queda con rabia en su casa, no es mucho lo que hace con ella. Las mejores cosas que he hecho de mi trabajo de compartir a otras personas, de las cosas que he escrito, han salido de la rabia. Han salido de cosas que me hierven la sangre. Entonces, a mí me gusta ver la rabia desde ese filtro también. Creo que también es necesario reconocer eso y no pensar que todo es sonrisas y flores. Pero procuro que antes de que llegue a mi trabajo y a mi comunicación con otras personas ya haya pasado por un filtro de cómo esto puede ser una herramienta para otras personas.
La rabia puede ser muy fértil al generar protestas y manifestaciones. Pero si una solo se queda con rabia en su casa, no es mucho lo que hace con ella".
Mucho de tu contenido en las redes se viraliza rápidamente y de repente se genera una especie de "clic-activismo". ¿Hacemos algo con eso en lo real?
El año pasado hice una publicación que estalló alrededor del tema de los incendios en el Amazonas y me dejó muy pensativa con eso. A mí me había pasado que hacía publicaciones y a la gente les gustaban mucho y las compartía y tal. Pero esta vez veía gente y gente compartiendo esto y yo pensaba: "¿Esto es una buena noticia o no? ¿Qué tanta de esta gente va a hacer algo más que compartir esto?". Eso venía muy de la mano de un proceso personal de cuestionamiento del uso de herramientas tecnológicas, porque, además, mi trabajo es superdependiente de estas herramientas, sobre todo en este momento que no puedo hacer talleres presenciales. Es importante la posibilidad de llegar a más personas, y al mismo tiempo, son un agujero de atención. Y cuando estamos muy distraídos –que es lo que suelen generar estas plataformas– scrolleando y scrolleando y viendo una foto de un incendio, inmediatamente después vemos una foto de alguien que compró una camiseta nueva y todo se empieza a mezclar de una manera en la que las cosas importantes pierden relevancia. Siento que se hace un mix muy extraño y todavía no podemos calcular el efecto que esto está teniendo en la manera en que vemos el mundo, en que vivimos las cosas. Entonces, creo que hay de las dos cosas un poco. No diría que no sirve para nada porque, finalmente, todo sirve para algo. Puede servir para convocar, para amplificar, para darles alcance a procesos de comunicación, pero creo que no puede parar ahí y que no se puede limitar a una cosa que sucede solamente en redes sociales. O que lo único que exija de las personas sea el like o el compartir. Eso está por fuera de las manos de una también. Yo puedo hacer una publicación que invite a la gente a hacer cosas por fuera de las pantallas, y luego la gente puede decidir no hacerlas. Pueden servir para amplificación de procesos de activismo, pero también pueden servir como distractoras. Puede tener el efecto contrario al que deseamos.
"Deberíamos pensar en los niños que están naciendo en estos momentos para que puedan vivir en un planeta que les sea amigable y que los acoja bien...".
En alguna entrevista dijiste que habías pensado en ligarte las trompas por una decisión de no tener hijos por una cuestión ecológica. ¿Seguís pensando lo mismo?
Richi, mi pareja, se hizo la vasectomía, así que ya no me voy a hacer la ligadura de trompas, pero no diría que la cuestión ecológica es el único motivo. Hace años tuve una conversación con una amiga sobre esto, y ella me decía que la gente siempre ha tenido incertidumbre por el futuro, ha habido guerras y crisis de muchos tipos. Y yo le decía: "Sí, pero en este momento estamos viviendo una crisis distinta que no habíamos vivido nunca antes: el colapso de los ecosistemas de los que somos parte". Creo que es un momento que requiere más reflexión en torno a esa decisión, por un lado, por el reconocimiento que implica más carga humana en el planeta, y por otro, por pensar cuál es el futuro que pueden llegar a vivir esas personas que van a nacer. Y también por otros aspectos de la sociedad, de lo que se espera de la crianza. Me encantaría que fuéramos capaces de tener esas conversaciones sin tanta prevención. Porque lo que suele pasar es que si una dice que es necesario cuestionar el crecimiento de la población, de inmediato se asume que a una no le gustan los niños o que culpabiliza a las personas que deciden tener hijos o que ellos tienen la culpa de cómo está el mundo y que la población es el único problema, como si cuestionar una sola cosa significara negar otras capas de complejidad de la misma crisis. Siento que genera unas reacciones muy viscerales que no permiten que la conversación fluya de una manera constructiva. Alguien me preguntaba el otro día si pienso que la gente debería o no tener hijos. Y yo pienso que la gente debería hacer lo quiera hacer, pero con suficiente información para hacerlo, y lamentablemente ese no es el contexto en el que estamos viviendo. Con suficiente información me refiero a temas relacionados con lo que implica el apoyo comunitario, gubernamental o social del proceso de crianza, qué implica eso en la salud y el bienestar de esas personas con el tipo de mundo en el que van a vivir. Creo que hace falta pensar en los niños que están naciendo en estos momentos, de manera que puedan vivir en un planeta que les sea amigable, que los acoja bien, que sea capaz de sostenerlos y donde ellos puedan relacionarse bien con todo lo que eso implica. Y si no tenemos esta conversación de manera tranquila y honesta, es muy difícil que eso pase. •

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