Pensá en esa influencer que seguís hace años. La viste mudarse, enamorarse, separarse, tener hijos, cambiar de trabajo o volver a empezar. Sabés cómo se llama su perro, qué desayuna y hasta qué cara pone cuando algo le molesta. Ella no sabe nada de vos. Pero vos sentís que la conocés.
Una noche entrás a ver su última historia. Está abriendo una caja, mostrando un hotel o recomendando una crema que asegura usar todas las noches. La misma voz. La misma sonrisa. La misma intimidad de siempre. Sin embargo, esta vez no te preguntás cuánto sale esa crema ni dónde conseguirla. Pensás: ¿la usará de verdad?
Esa duda ayuda a entender una conversación que se volvió viral. En este tiempo, TikTok e Instagram se llenaron de videos sobre “la caída de los influencers”. El rechazo apuntó, sobre todo, a los grandes perfiles de lifestyle: vidas demasiado armadas, distancia con la realidad y cuentas en las que cada escena parecía esconder una publicidad. En una encuesta española de 2026, el 69,8 % de quienes seguían a influencers consideró que estos perfiles usaban o abusaban de la publicidad encubierta.
El nombre exagera. Los influencers no están desapareciendo. Lo que cae no es su alcance, sino la confianza que los convertía en una fuente de influencia.
La crema no cambió. Cambió el lugar que esa mujer ocupaba para vos. Ya no sabés si está mostrando algo que desea o convirtiendo en deseo algo que necesita vender. Y si durante años miraste su vida para imaginar la tuya, la duda ya no termina en esa crema.
Saber qué deseás no siempre es tan fácil como parece. El deseo no nace en soledad. Se arma con tu historia, tus vínculos y también con aquello que ves desear a otros. Mucho antes de las redes, una madre, una hermana, una amiga, una actriz o una revista podían hacer que algo empezara a parecerte deseable. Los influencers no inventaron ese mecanismo. Lo volvieron cotidiano, íntimo y visible.

Ahí, una influencer puede funcionar como un atajo. Frente a la pregunta “¿qué quiero?”, te ofrece una vida ya editada como respuesta: ese cuerpo, ese viaje, esa pareja, esa casa, esa maternidad, esa libertad, ese éxito. No elige por vos. Hace algo más sutil: vuelve imaginable una versión de vos.
A veces no querés solamente la cartera, la crema o el viaje. Querés también lo que prometen: acercarte a la mujer que te gustaría llegar a ser.
Tal vez la crisis de los influencers sea también una crisis de esos deseos prestados: no porque dejes de querer esas cosas, sino porque quererlas ya no alcanza para decirte quién querés ser.
Su lugar depende de una distancia exacta: tiene que despertar admiración, pero seguir lo bastante cerca como para mantener vivo el “podría ser yo”.
En el fondo, le exigimos lo mismo que muchas se exigen para estar a la altura de su propio ideal: tené éxito, pero no te alejes. Ganá dinero, pero que no parezca que estás vendiendo. Mostrá tu intimidad, pero no la uses demasiado. Sé impecable, pero natural. Sé vulnerable, pero no estratégica. Crecé, pero seguí siendo una de nosotras.
Ese es el pacto imposible. No solo queremos admirarla. Necesitamos que sea extraordinaria sin dejar de parecer alguien que podríamos llegar a ser.
Cuando la distancia se vuelve demasiado evidente, el “podría ser yo” deja de sostenerse. Esa mujer encarna un ideal al que le prestaste parte de tu deseo. Cuando deja de representarte, no solo cae ella. También tambalea algo de lo que vos creías querer.
El enojo no siempre es lo contrario de la fascinación. A veces es su continuación. Podés enojarte mucho con alguien que deja de sostener la fantasía que necesitabas. Primero aparece el “quiero ser como vos”. Después, el “me engañaste”. Pero entre ambas frases se esconde algo más difícil de admitir: “necesitaba que me mostraras cómo debía verse la vida que yo quería”.
Reducirlo a influencers que engañan y seguidoras que creen sería demasiado fácil. Ellas también quedan atrapadas en el lugar que su comunidad necesita que sostengan. Por eso, la caída nunca es solo de una persona: también deja al descubierto una ilusión compartida.
Lo propio no es lo que nació sin influencia. Es lo que hacés con aquello que recibiste.
Admirar no obliga a imitar. Podés mirar sin entregar el criterio. Y quizá la verdadera caída empiece ahí: cuando una vida ajena deja de funcionar como respuesta para la tuya.
Entonces queda la pregunta más difícil. También la más propia: ¿qué quiero yo cuando ya nadie me muestra qué debería querer?
Agustina Taquini Psicóloga especializada en desarrollo personal y bienestar emocional femenino.


