Ni Una Menos: por qué la violencia sexual suele preceder a los femicidios

A 11 años de Ni Una Menos, una reflexión sobre la violencia sexual, los femicidios y las deudas pendientes de la sociedad.

Por Andrea Aghazarian

3 de junio de 2026, 11:41

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Agostina Vega fue abusada sexualmente y asesinada: Claudio Barrelier está detenido como autor material del crimen. - Archivo LN

La violencia sexual, en la mayoría de los casos, es previa a los femicidios. No responde al deseo sexual, sino a una dinámica de ejercicio extremo del poder, mediante la dominación y el control. Es una forma de posesión, una demostración de poder e incluso una forma de tortura, donde la persona no importa en lo más mínimo: se la usa, se la abusa y se la descarta. Ocurre contra mujeres, niñas o personas de cualquier orientación sexual que no sea la propia del agresor: un hombre heterosexual cisgénero.

Claro que los femicidas no son todos los hombres, pero son siempre hombres; hombres que consideran que pueden apropiarse de todo, producto de un sistema patriarcal. El femicidio es la manifestación más brutal de la desigualdad, que humilla y cosifica a la víctima hasta terminar con su vida. Si bien el perfil psicológico de un femicida puede variar en cuanto a su estructura psíquica, la violencia no es una patología.

En los casos donde hay planificación, encubrimiento, mentiras y manipulación, hablamos de un perfil psicopático, que no es inimputable, ya que quienes lo presentan tienen plena conciencia de sus actos. La manipulación la ejercen sobre todo su entorno, en distintos grados y de acuerdo con sus intereses. Son sujetos carismáticos, egoístas y narcisistas, con una modalidad sexual compulsiva en la que no importa con quién, en una afirmación de un despotismo fálico.

Los datos preliminares de la autopsia de Agostina Vega confirmaron que la adolescente fue asesinada por asfixia por ahorcamiento y que, previamente a su muerte, fue víctima de abuso sexual. Para el Ministerio Público Fiscal, la totalidad de los indicios y elementos probatorios apuntan a Claudio Barrelier como autor material del crimen.

Del mismo modo, y prácticamente en los mismos días, fueron hallados en nuestro país los restos de la adolescente Dulce Candia, de 17 años, en El Dorado, Misiones. Había desaparecido cuando se dirigía a la iglesia. No le tomaron la denuncia a su madre, quien la buscó sola durante diez días. Veintitrés días después, tras la denuncia de un vecino, la encontraron dentro de una cámara séptica: había sido abusada sexualmente y estrangulada. No tomaron la denuncia, no investigaron y no activaron el Alerta Sofía.

El femicidio y la violencia sexual son demostraciones de poder, de un poder ejercido sobre las mujeres en particular. Cada 31 horas, un hombre —en la mayoría de los casos muy cercano a la víctima— asesina a una mujer en la Argentina, muchas veces precedido por situaciones de sometimiento y violencia sexual. A nuestra sociedad actual se le quiere imponer la inexistencia de la perspectiva de género, una duda sistemática sobre las denuncias de abuso sexual contra las infancias, una caracterización de la pedofilia asociada a la comunidad LGBTQ+ y la negación de los derechos humanos.

Tal vez quieran avanzar sobre todo aquello que consideran herético respecto de sus propios estereotipos: los derechos y sus garantías.

El cambio es con los hombres no violentos que asumen un rol activo frente a sus pares, rompiendo pactos de silencio que constituyen formas de complicidad. Es con la ESI para educar, con programas de acompañamiento para las víctimas de violencia, con el reconocimiento de las diversidades sexuales, con el cumplimiento efectivo del Alerta Sofía y con sistemas de seguridad que desmantelen las redes de trata. Es, en definitiva, otra sociedad posible.

Andrea Aghazarian

Andrea Aghazarian Lic. en Psicología de la UBA, psicoanalista. Especializada en terapias sobre abuso sexual.