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Mamá monstruo: ¿vergüenza o aprendizaje?

En esta nueva columna, Josefina de Cabo invita a reconocer sin vergüenza los momentos en los que como mamás nos sentimos monstruos con nuestros hijos para procurar un cambio.


Mamá monstruo: ¿te sentís identificada?

Mamá monstruo: ¿te sentís identificada? - Créditos: Getty



-Saca lo mejor de mí, pero también lo peor, ¿eh?

-Pero si vos sos re buena madre.

-No te creas. Me da vergüenza contarte esto, pero ayer fui un monstruo con Tomi.

-Yo soy un monstruo con los chicos día por medio.

-No te imagino,

-Yo a vos tampoco.

Nos quedamos en silencio. Empinamos nuestros porrones. Les dimos un trago largo…

Vamos por partes. “Buena madre”, le dice una amiga a la otra. Buena madre. ¿Qué será ser buena madre, ¿no? Buena madre, ¿para quién? ¿en qué circunstancias? ¿comparada con quién? Tal vez este sea tema de una próxima columna, no me quiero desviar de lo que quiero decir hoy.

El fuego que sube por la garganta, las orejas que queman, las piernas que se endurecen y el aire que se te va del pecho como si te hubieran pegado una piña. Y atrás de eso, el grito. Y atrás, la vergüenza, el autocastigo. Qué cosa tremenda el horror que nos ataca cuando nos sentimos monstruos con nuestros hijos.

¿Por qué nos da tanta vergüenza confesar que desbordamos, que gritamos, que retamos por demás? Y hablo en plural porque estoy segura de que me pasa a mí, te pasa a vos y nos pasa a todas. ¿Por qué nos avergonzamos cuando nos pasa esto? ¿Será porque sentimos que somos las únicas, que no le pasa a nadie más? ¿O será que nos metieron un chip que dice que las mamás son suaves, buenas, visten rosa y hablan casi en susurros y que cualquier cosa que se salga de esa normativa nos pone en jaque?

Porque somos humanas, no superheroínas como nos hicieron creer. Tenemos emociones, sensaciones, sentimientos que se desregulan y entran en choque con los de nuestros hijos. Tenemos días mejores y días peores. Encuentros y desencuentros, desamores y fastidios. Y todo eso hace que, a veces (ojalá y en el mejor de los casos sean contadas con una mano) perdamos los estribos y nos convirtamos en monstruos.

No estamos diciendo que da igual ser un monstruo ni mucho menos que está bien. Lo que estamos diciendo (yo y cuántas más, ¿no?) es que va a suceder. Va a suceder porque nadie es perfecto (ni nosotras ni nuestros hijos) y es inevitable. Lo que estoy diciendo es que cuando suceda no deberíamos avergonzarnos, sino poder reflexionar para entender cómo la situación escaló hasta ese punto y poder hacer la reparación correspondiente. Lo que estoy diciendo es que aprendamos de cada vez que nos convirtamos en monstruo para poder, en ocasiones futuras, detectar cuando la sangre nos comienza a hervir y poder tal vez detenernos a tiempo. O tal vez no y sigamos aprendiendo en el camino, pero con menos vergüenza y más observación.

La vergüenza no nos va a conducir a nada. Claro que no está bueno, claro que sería mejor evitarlo y, desde acá, nos invito a todas a buscar las herramientas necesarias para hacerlo. Pero si nos escondemos detrás de la vergüenza, detrás del autocastigo, no aprendemos. No nos damos la oportunidad de mejorar y crecer.

Y nuestros hijos necesitan mamás que se hagan cargo, que se observen y reconstruyan. Que se estudien y mejoren. Porque así, amigas, es como un día vamos a poder ser buenas madres para ellos (mirá, al final me cerró en círculo la columna, ¿eh?)

En esta nota:

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