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Tratamientos de fertilidad: Cuando el sueño de ser padres tarda un poco más




Junio es el mes internacional dedicado a la fertilidad y me pareció que la mejor forma de darle un espacio en Crianza en Tribu es haciendo lo mismo que hicimos en la semana del Parto Respetado: a través de relatos en primera persona.
Esta semana también recibí una gacetilla del centro de fertilidad IVI con varios datos que me impactaron respecto a que cada vez más personas averiguan para realizar tratamientos. Según los datos de ese centro, en el último año aumentaron un 94 por ciento las consultas. Su director, Fernando Neuspiller, me contaba que para él esto responde a la sanción de la Ley de Reproducción Asistida, que además "hizo posible que parejas que por mucho tiempo habían estado en la búsqueda de ser padres, pudieran acceder a este tipo de tratamientos". Otro dato que me sorprendió fue el promedio de edad de las mujeres que consultan para iniciar tratamientos. Actualmente la media es de 38 años, mientras que en 2008 era de 36. Dos años no parece mucho, pero teniendo en cuenta que alrededor de los 30 años comienza a decaer la tasa de fecundidad femenina, dos años es un montón.
Pero vamos a lo importante: agarren un paquete de pañuelitos, prepárense un rico café y disfruten de estos dos relatos:
Latinstock

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Naty Bohn
"¿¡Levante la mano quién tiene una beta positiva!?"
Algunos años después de habernos casado, con Diego decidimos que había llegado el momento de pasar a una nueva etapa: convertirnos en padres. No queríamos encarar una búsqueda desesperada y que nos llenara de nervios y ansiedades, así que simplemente nos dejamos de cuidar y tratamos de seguir "como si nada". Fueron pasando los meses y el "como si nada" se transformó finalmente y muy a nuestro pesar en esa búsqueda con nervios y ansiedades. Cada 28 días –antes o después- llegaba el período y con él nos entristecíamos un poquito. Al año de búsqueda infructuosa decidimos consultar con un médico especialista en fertilidad, quien nos mandó a comenzar con una serie de estudios y me realizó una cirugía laparoscópica porque sospechaban que tenía endometriosis. El diagnóstico no fue del todo claro, y a pesar de que luego de la cirugía dicen que aumentan las chances de embarazo, no pasó nada.
Nuestro médico nos sugirió intentar con una inseminación intrauterina. Esa sugerencia la recuerdo como nuestro primer shock en este camino recorrido. Nos resultaba difícil esto de llevar la etiqueta de "infértiles", sobre todo cuando la pareja no tenía un diagnóstico y este primer tratamiento nos sacudía muchas cosas. Pero nuestro deseo de ser familia era tan grande que nos hicimos fuertes y lo intentamos. Y así arrancamos lo que fue una seguidilla de tres inseminaciones, todas con su montaña rusa de emociones y acontecimientos: desembolsar una importante suma de dinero en medicación, aprender a pincharse una misma todas las noches a la misma hora para inyectarse las hormonas, aguantarse la vejiga llena de agua el día que te hacen la inseminación, y luego lo peor: aguantar cada uno de los 14 días de espera luego del procedimiento hasta poder hacer el análisis en sangre que confirmara si había embarazo o no. Todas con el mismo final: negativo.
La caída luego de cada tratamiento negativo es muy fuerte, muy brusca. Sentís que el mundo se te viene encima, y cuesta mucho rearmarse, juntar fuerzas, apuntalar también a tu pareja para animarlo, y volver a intentarlo. Por eso luego de la tercera inseminación negativa, pedí ayuda psicológica y di con una psicóloga especialista en fertilidad con la que trabajé en terapia muchísimo temas y me dio herramientas para "poder hacer fértil y productivo también este tiempo de espera hasta concretar la llegada del hijo". Me ayudó a entender que la infertilidad contamina todas las áreas de tu vida, y es por eso que comenzás a alejarte de todo y de todos. Porque tus amigas van quedando embarazadas y vos no, porque todo el mundo te pregunta para cuándo o por qué vos no tenés hijos, y la verdad es que no podés andar explicándole a cualquiera tu historia clínica… Porque podés ser brillante en tu trabajo y tener un año grandioso, pero seguramente cuando llegue navidad, año nuevo, tu cumpleaños o el día de la madre vas a sentir un agujero inmenso en tu corazón que es ese hijo que tanto deseás y que este año tampoco llegó.
También me enseñó a ver que el mundo no para y que sí, los años van pasando y el reloj biológico no se detiene y nos juega en contra a las mujeres, pero no se puede vivir postergando cosas por algo que todavía no pasó ("no me voy a anotar en el gimnasio, porque mirá si en el medio quedo embarazada y tengo que abandonar" fue reemplazado por "me anoto, y si quedo embarazada veo y dejo en ese momento"), no se puede andar anulando o postergando gastos importantes (pensamientos como "mejor espero para comprar el aire acondicionado para el dormitorio porque a ver si tengo que pagar otro tratamiento y no me alcanza" o " este año no sé si nos vamos de vacaciones porque tenemos que ahorrar para el próximo tratamiento" fueron eliminados de mi cabeza). Y también aprendí a hacer oídos sordos a los comentarios de aquellas personas que, si bien los hacen desde el corazón, porque nos quieren, porque desean vernos felices y porque además no saben bien qué decir… terminan tirando frases desafortunadas tales como "No gastes más en tratamientos, andate de vacaciones y vas a ver cómo volvés embarazada". Pero te vas y no volvés embarazada.
Luego de estas tres inseminaciones llegó la hora de afrontar una decisión mayor, que fue la de pasar a los tratamientos de alta complejidad. Y así con Diego volvimos a hacernos fuertes y encaramos dos ICSI, una variante de la fecundación in vitro. El final de ambas ya pueden imaginarlo: negativo. Y nosotros: rotos.
Nos llevamos nuestra historia clínica y caímos, por suerte, en Seremas, un lugar completamente distinto: más chiquito, amigable y tranquilo. Algunos ajustes en la medicación, otros retoques en el plan de laboratorio de embriología y arrancamos, con mucha paz y con mucha felicidad. Y con un equipo médico que nos fue alentando y conteniendo día a día. Paralelamente acompañé este tratamiento con sesiones de reiki, que lograron que me mantuviera tranquila, segura, y que la angustia y la desesperación no me ganara. Seguía con mi psicoterapia y estaba muy confiada. Y así fue: llegó el día de hacerme el análisis de sangre y volví a casa confiada de que iba a ser positivo. ¿Por qué no? Alguna vez me tenía que pasar… ¿Y si era negativo? Entonces pensaba hacer lo mismo de siempre: llorar, lamentarme, y luego del tiempo que fuera necesario, levantarnos y volver a intentarlo. Pero no ganaba nada poniéndome negativa desde antes, pensando para qué me ilusionaba a ver si después no se daba. Porque al final, se dio: a las 3 de la tarde llamó nuestro médico y cuando atendí me gritó "¿¡Levante la mano quién tiene una beta positiva!?"¡Lo habíamos logrado!
Tuvimos un embarazo perfecto, feliz, muy tranquilo, sin inconvenientes, y 4 días antes de la fecha probable, tras 18 horas de trabajo de parto, nació Lucas, que vino a traernos la mayor felicidad de la vida y a completar nuestra familia. Ya está, estamos todos. Ya no hay cumpleaños, navidades, años nuevos ni días de la madre con agujeros en el pecho, porque él ahora está acá y llena todo con su vida, con su alegría, con sus juegos, su voz y su sonrisa.
Lorena Sofia Mascia
Un único embrión y un único tratamiento nos dieron la mejor de las noticias.
Corría el año 2010, con Pablo (mi pareja) ya teníamos casa, trabajo, muchos años juntos y edad –él 33 y yo 35–. Así emprendimos la búsqueda, pero mi ginecóloga me advirtió que si en seis meses no quedaba embarazo volvamos así empezábamos a investigar qué pasaba. Y así fue: nunca llegó. En los exámenes de rutina el espermograma dio mal y nos derivaron a un andrólogo en el Hospital Durand. Empezó una etapa muy dura: análisis y más análisis tanto para él como para mi. Y para ese entonces ya era 2012. En ese momento a Pablo le recetaron un combo de vitaminas que no mejoraron nada su calidad espermática. Siempre estuvimos tranquilos y Pablo a pesar de su problema siempre estuvo dispuesto a todo lo que nos proponían. En nuestros corazones sabíamos que el camino era largo y duro y cada vez que superábamos un obstáculo era llorar y sentir más cerca nuestra ilusión. Después del Durand el camino a seguir era un tratamiento de alta complejidad y ahí empezó otra búsqueda: la de un centro de fertilidad asistida.
Mi obra social (IOMA) tenía convenio con uno muy conocido así que todo pintaba muy bien, pero cuando fuimos nos sentimos muy mal tratados; para ellos éramos un numero más y nosotros no queríamos eso. Volví a mi ginecóloga, le conté todo lo habíamos atravesado y la falta de calidad humana con la que nos habíamos encontrado. Me recomendó otro lugar (Procrearte) y ahí fuimos.
Por fin encontramos lo que queríamos y empezamos la tercera etapa que no solo consistía en el tratamiento sino en tratar que mi obra social nos avale el tratamiento. Presentamos todo y después de casi tres meses autorizaron el tratamiento. Lo iniciamos en octubre de 2012 y fue un ICSI. Obtuvimos un sólo óvulo viable para fertilizar y ese único ovulo dio un único embrión que fue lo que trasfirieron. Luego de esperar 15 días (betaespera) llegó el tan ansiado POSITIVO. Un único embrión y un único tratamiento nos dieron la mejor de las noticias: íbamos a ser papas.
Francisco llego en mayo de 2013, con 35 semanas de gestación y en perfecto estado. ¿Mi mensaje? SE PUEDE.
¿Qué les parecieron los relatos? ¿Alguna pasó o está pasando por una situación parecida?
Buena semana!
Debbie
(Chicassss proximamente se viene nota de bares para ir con chicos, mándenme sugerencias para ir a conocer e incluir)

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