Alejandra Naughton y la mirada sobre los mandatos femeninos en Tantos ojos sobre ellas

La escritora Alejandra Naughton habla sobre Tantos ojos sobre ellas, una novela que explora la maternidad en sus distintas formas, los mandatos sociales sobre las mujeres y los vínculos familiares atravesados por decisiones, renuncias y la mirada ajena.

Por Verónica Dema

2 de junio de 2026, 14:33

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La escritora Alejandra Naughton habla sobre la novela Tantos ojos sobre ellas. - Alejandro Naughon publicó Todos los ojos sobre ellas.

Con una mirada sensible sobre los vínculos, los mandatos y las distintas formas de maternar, Tantos ojos sobre ellas (Metrópolis Narrativas) se instala como una novela coral que recorre vidas atravesadas por decisiones, renuncias y huellas difíciles de borrar. Su autora, Alejandra Naughton, construye una historia donde lo íntimo y lo social se entrelazan: la maternidad adolescente, los deseos postergados, las expectativas familiares y las tensiones de clase aparecen como capas de una trama que también es un retrato de época.

En esta entrevista, Naughton habla del origen del título, del proceso de escritura y del trabajo con ilustraciones que amplifican el universo narrativo de la novela. También reflexiona sobre los mandatos que atraviesan a las mujeres, el peso de la mirada social y cómo la ficción le permitió explorar preguntas personales y colectivas. Entre recuerdos, decisiones y escenas cotidianas, Tantos ojos sobre ellas invita a pensar qué sucede cuando las vidas se desvían de lo esperado.

- El título, Tantos ojos sobre ellas, tiene algo de observación, pero también de herencia y de mirada colectiva sobre las mujeres. ¿Cómo surgió y qué sentidos condensa para vos?

El título surgió durante la escritura del capítulo “Sabía que existía”. La clave me la regaló Ana, cuando decide ausentarse del colegio porque quiere liberarse del agobio de sentir tantos ojos sobre ella. Transitaba un embarazo adolescente y sufría la mirada ajena, el peso de las expectativas; algo que, de otro modo, también marcaba a su madre, Iris, que por su profesión se ausentaba mientras una Ana bebé quedaba al cuidado de Rafael, su padre. O algo que Lucía hubiera sufrido de haber interrumpido sus estudios por un embarazo no deseado. De distintas maneras, ellas nos representan a todas. Por eso les dediqué el libro: “A las Iris, Lucías y Anas de este mundo que inspiraron esta historia”.

Si bien las nuevas generaciones piensan distinto, creo que sigue resonando eso de que a “cierta” edad debemos estar en pareja, a “cierta” edad tener hijos. Y eso también se traslada a los hijos cuando son grandes: ¿estudia?, ¿trabaja?, ¿está en pareja? Como si, de alguna manera, nuestra responsabilidad se expandiera hasta el infinito. Estos temas venían rondando en mi cabeza. Imagino que por ser mujer y haber vivido los dilemas de qué hacer primero: ¿terminar la carrera o casarme?, ¿buscar un hijo o recibirme? Esta consciencia sobre el peso de esa mirada, que sostuve sin saberlo, con el tiempo y los nuevos espacios de conversación se hizo evidente, y de allí el interés por sumarme para acelerar el paso y también desmitificar.

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Alejandra Naughton y la mirada sobre los mandatos femeninos en Tantos ojos sobre ellas

- La novela incluye ilustraciones de Bianca Montelpare tanto en la tapa como en el interior. ¿Por qué sentiste que esta historia necesitaba una dimensión visual además de la narrativa?

La idea de ilustrar el libro apareció en la etapa de edición del manuscrito, pensando en un mapa de la ciudad de Buenos Aires, ya que los personajes van desplazándose entre varios barrios porteños. Lo hablé con mi editora, Leticia Rivas, y juntas concluimos que, en lugar de un mapa, podía ser más atractivo imaginar algún detalle ilustrado representativo de cada capítulo.

Tomada la decisión, fue una satisfacción hacer equipo con Bianca Montelpare. Joven, creativa, fue un proceso hermoso en el que mi desafío fue describir cómo imaginaba a los personajes y el de ella traducirlos en imagen.

- Las ilustraciones aparecen en momentos muy significativos del relato. ¿Cómo fue el trabajo conjunto con Bianca Montelpare y qué buscaban transmitir con esas intervenciones visuales?

Fue un ida y vuelta de bocetos que fueron creciendo en precisión, alcanzando la calidad que hoy se puede ver en el libro. Estamos muy contentas con el resultado, desde la tapa con esos retratos elegidos uno a uno, hasta las ilustraciones interiores.

Otra cosa fantástica que está sucediendo ahora que el libro está haciendo su camino es que la lectura de la novela y el acompañamiento de las ilustraciones crecen en simbolismo gracias a los lectores y lectoras. Así, una mochila con una muñeca asomando —que buscaba ilustrar las peripecias de una madre que viaja por trabajo para traer un regalo a su pequeña— termina siendo visualizada como un símbolo del peso de los mandatos y las niñas que siempre llevamos dentro nuestro.

Y ni que hablar de la ilustración a página entera que ahora siento que representa a la novela toda: el Congreso como telón de fondo de una Argentina democrática, esa pareja abrazada que invoca vínculos amorosos y, en el medio, la reflexión, la duda, la decisión en la estatua de El Pensador. Es en la articulación de esas tres dimensiones donde la vida pasa, ¿no?

 

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Las ilustraciones acompañan la lectura del libro.

- A lo largo de la novela aparecen distintas formas de habitar la maternidad: deseada, inesperada, adolescente, interrumpida, agotadora. ¿Qué te interesaba explorar sobre las mujeres y los mandatos alrededor del cuidado?

Formo parte de una generación en la que no se hablaba de condicionantes por “ser mujer”; las cosas eran como eran y cada uno hacía lo que podía desde el lugar que el destino le había asignado. Pero con los años pude identificar esos matices que nos hacen diferentes y, fundamentalmente, hacen que nuestro desarrollo, nuestro crecimiento y nuestra posición en la sociedad no se destaque o llegue a hacerlo más tarde en nuestro ciclo de vida en comparación con los hombres. Y, paradójicamente, esos matices creo que tienen que ver con la capacidad de maternar. Queramos o no, esa posibilidad lo cambia todo.

Me parecía interesante poder explorar desde esta historia las distintas maneras de abordar la posibilidad de tener hijos y observar cómo cambia la vida de los personajes. Todas tomaron decisiones. Solo una entre otras posibles que podrían haber delineado otras vidas para ellas.

- En la historia también aparecen mujeres que sostienen a otras generaciones, que crían incluso cuando no les toca o no lo eligieron. ¿Cómo pensaste esa idea de la crianza intergeneracional y la monomarentalidad?

Creo que la novela aborda desafíos femeninos y, haciéndolo, los personajes fueron avanzando a veces antes de que yo lo escribiera. Es un aspecto muy apasionante del proceso creativo.

Así, Iris, que acepta su embarazo con muchas dudas pero apremiada por su ciclo reproductivo que cree podría estar cerca de concluir, también avanza con su carrera de bióloga contando con un hombre al lado que no dudó en asumir las tareas de cuidado. Y aun pudiendo lucir desapegada con relación a su hija, no duda un segundo en estar a su lado cuando esta, apenas iniciando su ciclo fértil, queda embarazada.

Otra vez, la idea de que las decisiones que vamos tomando son impulsadas por nuestro contexto, nuestro instinto y nuestra red. Iris tenía a Rafa, y Ana tuvo a su madre. Entre todos van tejiendo las condiciones de crianza. Y no querría terminar sin mencionar a Lucía: a ella no la sostuvo nadie y creo que ese vacío la lleva a la decisión drástica que toma.

- Los vínculos amorosos en la novela están atravesados por los celos, las renuncias y las vidas posibles que no fueron. ¿Qué te interesaba contar sobre el amor una vez que pasa el ideal romántico?

Los personajes toman decisiones, renuncian a vidas posibles, dudan atravesados por mandatos que temen traicionar o celos del pasado amoroso, pero una vez que deciden, abrazan esa vida con determinación y disfrute. Muchos lectores y lectoras me mencionan la cercanía que sienten cuando terminan el libro, y yo creo que es porque los vemos viviendo una vida simple, parecida a la de muchos de nosotros: toman mate, comen bizcochitos, se emocionan escuchando a Ennio Morricone o viendo Un lugar llamado Notting Hill, miran televisión (desde Bonanza hasta Sex and the City o This Is Us), reciben al milenio viendo cómo Julio Bocca baila en Ushuaia al ritmo de los Cadillacs. Sueñan con viajar a Europa, compran amatistas en Iguazú.

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- Los primeros amores tienen mucho peso en la historia y parecen dejar marcas difíciles de borrar. ¿Creés que hay vínculos que, incluso muchos años después, siguen moldeando quiénes somos?

Las primeras experiencias siempre nos moldean. Son nuestros cimientos, crecemos a partir de ellas. No creo que haya que borrar marcas, sino resignificarlas, decodificarlas y, si nos hacen bien, atesorarlas. La novela cuenta historias marcadas por momentos iniciáticos que adquirieron dimensión con la perspectiva que dan los años. Hay una ilustración de una caja que se cae en una mudanza dejando ver cartas, fotos del pasado, rastros de vida misma. ¿Quién no tiene una caja en lo alto del placard que guarda secretos?

Y ahora que lo pienso me pregunto: ¿cómo atesorarán esas primeras expresiones de amor en la era digital? ¿Dónde irán a parar los chats?

- La novela se mueve constantemente entre tiempos y espacios: Caballito, Once, Nueva York, Villa Gesell. ¿Cómo trabajaste esa estructura de cruces y desplazamientos para construir una historia tan dinámica?

Esas estructuras fueron el emergente de proponer una historia que tiene mucho de reconstrucción de la memoria. La memoria no es lineal. El hallazgo de una foto en 2020 constituye un gesto aparentemente inocente, pero es a partir de él que la historia se despliega retrocediendo hasta 1982 y luego a 1978, para volver al presente narrativo y otra vez retroceder.

La idea fuerza fue retratar esa dinámica en la que el pasado se cuela en el presente. Y en ese ir y venir, imaginé personajes de clase media que veían en el estudio la posibilidad de vivir mejor, y los dilemas que de ese propósito se desprenden, especialmente para las mujeres.

Anclar en tiempo y espacio aportó a la novela una estructura que sostiene la historia y la hace muy visual, lo que se traduce en mucha identificación de los lectores y lectoras. Me dicen: “Yo iba a veranear a Villa Gesell y era tal cual”. Eso no tiene precio para mí.

La construcción no fue fácil y, ni bien encontré el formato —luego de más de un año de escribir—, me apoyé en esquemas con ejes cronológicos en los que iba registrando cada capítulo, aunque el orden de la narración fuera otro. Era una herramienta para asegurarme la consistencia de la trama

 - La pandemia aparece como un punto de inflexión para los personajes, casi como una pausa obligada donde emergen preguntas pendientes. ¿Qué te interesaba recuperar de ese momento tan bisagra?

Hay un capítulo: “Como esas burbujas que de pronto emergen”. Este título es exactamente la respuesta a la pregunta. Creo que la pandemia pausó todo y dejó que algo profundo que ni sabíamos que existía saliera a la luz. Para algunos fue hacer música o hacer pan; para otros, recuperar conversaciones. Para mí fue la escritura de ficción, que hasta ese momento no estaba en mi radar como posibilidad.

Ese silencio en la calle, esas casas o muy vacías o abarrotadas cambiaron la energía que estaba circulando, removiendo los cimientos, y en algunos casos —como le sucede al personaje de Mati en la novela— permitieron conocer un poco más de su pasado para transformar sus posibilidades futuras.

 

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Alejandra Naughton y la mirada sobre los mandatos femeninos en Tantos ojos sobre ellas

- Venís del mundo de la economía, una disciplina asociada a lo racional y lo estructurado. ¿Cómo apareció la escritura de ficción en tu vida y por qué sentiste que esta era la historia que necesitabas contar primero?

La escritura siempre ha sido el espacio donde mejor me expreso. Pero la ficción entró a mi vida sin anunciarse. Empecé con una simple consigna en el taller de Cecilia Maugeri: debía describir un ambiente. Y yo imaginé esa biblioteca que vemos en el primer capítulo. A partir de allí fui corriendo con mi teclado hacia los personajes porque ellos fueron creciendo solos.

Creo que mi condición de mujer, de mamá y de abuela, junto con mi aspiración de asumir responsabilidades profesionales, provocó un tironeo emocional que gravitó de manera muy especial, imponiéndose en mi proceso creativo. Dicho esto, me despierta mucha curiosidad que ahora que el libro está caminando, los lectores y lectoras me transmitan su identificación con el telón de fondo argentino que agrega otra capa de desafío a las decisiones vitales de los personajes.

Los personajes de la novela, como reflejo de nosotros, no escapan a esa realidad. Los mandatos sobre los cuales veníamos hablando (maternidad sí/no, profesión sí/no) vienen acompañados de vaivenes macroeconómicos. El tema es que la inestabilidad traba a generaciones enteras en esa aspiración y, en consecuencia, los personajes, en función del entorno, deciden: ¿estudio o trabajo?, ¿trabajo o materno?, ¿cuántas postergaciones en la vida disparan cada una de esas decisiones?, ¿puedo tener casa propia?, ¿cómo lo logro si no puedo soñar con un crédito hipotecario?

Rápidamente, la línea entre los números y las letras se borra para constituir un todo.

Verónica Dema

Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.