A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la literatura sigue encontrando nuevas formas de acercarse al período más violento de la historia argentina. En 1976. Crónica de un verano en sombras (Corregidor), Ana Silvia Galán elige correrse de los relatos más habituales para narrar aquellos meses previos a la dictadura desde la mirada de Laura, una joven de 19 años que estudia, trabaja y vive en una ciudad de provincia donde, aunque la vida cotidiana parece seguir su curso, las amenazas, las desapariciones y el miedo comienzan a instalarse de manera cada vez más evidente.
Lejos de los grandes centros urbanos que suelen concentrar los relatos sobre esos años, la novela reconstruye una atmósfera en la que todo ocurre a la vista de todos: docentes que se van sin previo aviso, rumores que circulan, órdenes que deben cumplirse y silencios que se vuelven parte de la rutina. Con una minuciosa investigación detrás y una escritura que combina sensibilidad y precisión histórica, Galán construye una ficción cuya tensión crece página tras página y que, al mismo tiempo, ofrece una puerta de entrada para comprender cómo se vivió aquel tiempo en comunidades en las que muchos aun hoy sostienen que allí no pasó nada.
En esta entrevista con OHLALÁ!, la escritora reflexiona sobre el proceso de escritura de la novela, la importancia de recuperar las historias del llamado interior del país, el vínculo entre memoria y literatura y los desafíos de narrar una época cuya huella sigue presente en la sociedad argentina.

Prensa
-¿Cómo nació la necesidad de contar esta historia situada en los meses previos al golpe de Estado de 1976? ¿Hubo algún hecho, recuerdo o pregunta que funcionó como disparador de la novela?
-Empecé a escribir esta crónica narrativa en 2016, cuando se cumplieron los 40 años del golpe. Por dos razones: se seguía discutiendo la participación de gran parte de la sociedad civil en la interrupción del gobierno democrático, y por ello la denominación dictadura cívico-militar, y porque mi memoria conservaba la sensación de agobio y de incertidumbre provocada por la inminencia de ese golpe, a pesar de que ya el poder militar estaba instalado en el gobierno de Isabel desde varios meses antes.
-La protagonista, Laura, tiene 19 años y observa cómo la violencia política irrumpe en una vida que parecía transcurrir con cierta normalidad. ¿Qué te interesaba explorar a través de esa mirada joven?
-Intenté acercarme a esa suerte de ingenuidad –que en el caso de la protagonista podría deberse a su edad, a su inexperiencia–, de incredulidad ante lo amenazante cuyos alcances, por otro lado, era imposible dimensionar y que también comprendía a varios adultos. Pero, fundamentalmente, porque ella confió en algunas personas cercanas y se sintió traicionada. Esa experiencia fue traumática y es, a mi modo de ver, el nudo del relato.
-La novela transcurre en una ciudad de provincia. ¿Qué aspectos de la experiencia de la dictadura en el interior argentino te parecía importante recuperar o visibilizar?
-Lo sucedido en las grandes ciudades –Buenos Aires y el conurbano, Rosario, Córdoba– no replicó de la misma manera en las provincias de menor población e importancia política. Las detenciones, desapariciones, las amenazas y los exilios internos o externos también existieron, pero en una escala significativamente inferior. Lo cual no las privó de los efectos ni de los daños causados, porque el país entero estaba convulsionado.
-Muchas veces el relato sobre aquellos años se concentra en los grandes centros urbanos. ¿Qué cambia cuando la historia se cuenta desde una comunidad más pequeña, donde todos parecen conocerse?
-La diferencia estriba en que fueron casos de ámbitos cercanos –la universidad, el trabajo–de los que se sabía casi todo directa o indirectamente; eran vecinos, familiares, o familiares de conocidos, compañeros de trabajo o estudio. Esos hechos carecían de la espectacularidad, de la violencia de lo ocurrido en las grandes ciudades, por lo que no tuvieron la misma difusión, quedaron reducidos a un ámbito más acotado.
-A medida que avanza la trama, el miedo se instala en la vida cotidiana. ¿Cómo trabajaste literariamente esa transformación de lo familiar en un territorio de incertidumbre?
-Los acontecimientos se fueron agravando y así la calma en la que se vivía empezó a mostrar indicios claros de un peligro cercano. La fiesta de casamiento que está al inicio del relato es anticipatoria de ese cambio paulatino, ya que comienza con buenas expectativas de alegría y diversión, pero lentamente comienza a decaer hasta que se corta la luz, los novios y los invitados salen como irradiados por un temporal de viento y lluvia después de un día de calor insoportable. La atmósfera pesada e inquietante se insinúa en ese comienzo que podría ser la alegoría del gobierno peronista del 73, que recuperó la democracia y las esperanzas, pero terminó muy mal y antes de tiempo.
-¿Hubo un proceso de investigación detrás de la novela? ¿Te apoyaste en testimonios, documentos, lecturas o experiencias cercanas para reconstruir el clima de época?
-En parte, sí. Las palabras de Isabel Perón, Balbín, Videla, y de otras figuras públicas son citas textuales que proceden de diarios y revistas de la época, que busqué para hacer coincidir la narración con lo que se reportaba entonces. Lo demás es experiencia propia o de personas cercanas.
-Sos licenciada en Letras y magíster en Sociología de la Cultura. ¿De qué manera dialogan esas formaciones con tu trabajo de ficción? ¿Sentís que esta novela reúne ambas miradas?
-No había pensado en esta confluencia, pero seguramente está. El aspecto social y político de las ficciones siempre me interesó, cómo y con qué mecanismos pasa el contexto del sujeto que escribe a la historia que cuenta. Estuvo, también, el interés por dilucidar una hipótesis: que el autoritarismo, antes de identificar a un grupo, una institución o una organización, es individual; hay individuos autoritarios que luego forman estructuras autoritarias. En el relato hay gente común que ejerce el poder sobre pares y los manipula, como pasa en la historia particular de Laura.
-Uno de los aspectos más conmovedores del libro es la relación entre los hijos jóvenes y sus padres en un contexto de amenaza. ¿Te interesaba pensar ese momento en el que, de algún modo, los hijos sienten que deben proteger a los adultos?
-Tengo la impresión de que esa forma de proteger a los adultos se trataba menos de pensar en ellos, en su seguridad, que en la intención de los más jóvenes de no perder sus libertades en un entorno lleno de riesgos. Privar a los adultos de lo visto, oído o vivido era autoprotegerse para que esos adultos no exageraran los recaudos.
-En un contexto en el que las nuevas generaciones tienen una relación cada vez más distante con los hechos de la dictadura, ¿qué lugar creés que puede ocupar la literatura en la construcción de la memoria?
-Un lugar fundamental, que es el que ha ocupado en otras décadas. Por caso, si Rodolfo Walsh no hubiese escrito Operación Masacre, es probable que no nos hubiésemos enterado de los asesinatos de José León Suárez en 1956. No me comparo con Walsh, desde luego, pero algunos docentes que han leído el libro creen que este relato podría contribuir a darle carnadura a la historia común y corriente de esos años, mostrar cómo actuaron y colaboraron algunas instituciones con la última dictadura.
Verónica Dema Editora de Actualidad en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.
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