Me encanta que los últimos Premios Nobel apuesten a la palabra. Que los temas no rijan las entregas. No hay moda que garantice la premiación, ni género (en sus dos acepciones) que la determine. Todavía resuena El último lobo, del húngaro Krasznahorkai, bellísima historia recóndita, exploración de la naturaleza a través del lenguaje. Ahora llegaron los vientos helénicos de Anne Carson. Una búsqueda en los bordes, removiendo la historia, recomponiendo sus fragmentos, sin rellenar lo perdido, que se vean los huecos.
Había muchos candidatos, como todos los años, y las apuestas recaían en los más vendidos o abanderados. Carson también estaba en el ranking, pero subrepticia y en la suya. A tal punto que ni siquiera se sabía demasiado de su vida; las solapas de sus libros suelen incluir tan solo una línea: “Anne Carson nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo”, como aparece en “La belleza del marido” (Lumen, 2019). Llamó la atención verla en el recital de Rosalía (calificó su voz como “una flecha plateada”), y cuando recibió la noticia del Nobel, estaba en Islandia escuchando al viento.
Es así de imprevisible. Puede lavar los platos con total devoción o revisar fervorosamente una traducción de Antígona.
Le gusta combinar palabras, planos, juntar épocas, renovar mitos. Asombrarse, sentir las ráfagas. Como si viviera todo el tiempo en prosa poética. Otra de sus frases: “Si la prosa es una casa, la poesía es un hombre corriendo en llamas a través de ella”.
Cuando Susan Sontag dijo “leería cualquier cosa que Anne Carson escribiera”, es porque su escritura tiene vida propia, no se empeña en representarla. A la escritora canadiense le importan más las palabras que los argumentos. Si bien suele releer a los clásicos, en su obra resuenan las dos Emily (Brontë y Dickinson), y diría que también las dos Marguerite: Yourcenar, su Eros de fuego, la pasión por los clásicos; Duras y lo inclasificable, la narración poética, prosa-guion, los amantes.
Casi todo se juega en los bordes: de la cama, de la casa, de la época, de las palabras. “Las consonantes marcan los bordes del sonido. La relevancia erótica es clara, porque hemos visto que eros está vitalmente alerta a los bordes de las osas y hace que los amantes los sientan”.

Esta frase del capítulo “El borde alfabético” pertenece al ensayo poético Eros, el dulce-amargo, 1986. Con ese libro empezó a derribar límites, manifestando su deseo de escribir abriendo puertas entre libros y autores remotos. Aunque ingresó de jovencita en el griego antiguo, aferrada a Safo como talismán de iniciación, su obra traspapela los tiempos. Trae a nuestra época a Gerión —mencionado por primera vez en la Teogonía de Hesíodo, en el siglo VIII a. C., y después en el poema de Estesícoro Gerioneida—, devenido adolescente gay con alas, que se enamora del rebelde y forzudo Heracles, en su libro Autobiografía de Rojo (1998). Reescribe Antígona (Antigonick, 2012), relee a Proust (The Albertine Workout, 2014), traduce a Safo (Si no, invierno, 2002)… En una palabra: escribe lo que se le da la gana. Sin ninguna consigna comercial ni evaluación de los rumbos literarios del momento.
Es como si hubiesen premiado a una persona que se está dedicando a lo que sea, donde sea, de manera irrefrenable, solitaria, con la ironía y gusto suficientes para sobrevivir, sin imposición de las nuevas tendencias. Justamente “dedicarse” es una entrega poco habitual en estos tiempos. Lo pasajero, el cambio constante, la velocidad misma, impiden cualquier tipo de dedicación, inclusive a otra persona.
Además, Carson reniega de los grandes preceptos, de filosofías tajantes. Cuestiona el cogito cartesiano, rescatando la duda ante todo (que el propio Descartes incluyó en una obra menor). En algún lado declaró que es más fácil encontrar una remera que diga “Pienso, luego existo” que “Dudo, luego pienso, luego existo”.
Quizá su actualidad radique en elegir otro tiempo donde vivir este tiempo, como lo hace el personaje de Borges en su cuento fantástico “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”.
¿Vale darnos corte de los últimos premios Nobel? Tanto Han Kang como Krasznahorkai y Anne Carson fueron traducidos y prologados en Argentina mucho antes que en otros países, gracias a nuestras editoriales independientes, faros imprescindibles de lo que vendrá.
Me alegró que Anne Carson lo haya ganado.
En esta época de oscuridad globalizada, literal y grandilocuente, exhibicionista y acelerada, su obra funciona como antídoto. Carson cuestiona sin discursear, gozando de la historia escrita, en fecundo diálogo.
¡Sí! Eros le ganó a Tánatos.
Silvia Hopenhayn Escritora y periodista cultural. Dirigió el Suplemento Cultural del diario El Cronista, fue columnista en distintos medios, corresponsal de la Televisión Española para el programa Los Libros.


