Luciana De Luca nació en Buenos Aires en 1978 y creció en el litoral santafesino, un paisaje que atraviesa toda su escritura. Estudió Ciencias de la Comunicación, se dedicó durante años al periodismo y hoy es autora de más de una docena de libros infantiles, reconocidos por Alija, la Feria del Libro Infantil de Bolonia y la Biblioteca Pública de Nueva York, y de dos novelas para adultos: Otras cosas por las que llorar (2021) y El amor es un monstruo de Dios (2023), finalista del Premio Filba Medifé.
Ahora llega con Pez, piedra, pájaro, una novela breve ambientada en una tierra deshabitada adonde llegan los colonos y donde se cruzan Jocabed, la que nació con dientes, y sus hijas gemelas, Zeta y Primavera: una se volverá loca de amor, la otra será mujer y árbol. Conversamos con ella sobre mitología, genealogías femeninas, el costado oscuro de la literatura y la pregunta que dio origen a todo.

“Me interesa que las mujeres son testigos de todo lo que pasa, porque son las que permanecen”
¿Por qué elegiste ir hacia la fábula y el mito en esta novela, a diferencia de las anteriores?
En general trato de escribir sin una intención previa: no me ato a un género ni obedezco un mandato propio anterior a la escritura. En este caso empecé escribiendo la historia de Pez, sus transformaciones y lo que le pasa a esa familia. Después apareció Zeta, y fueron apareciendo los demás personajes. Se me fue armando un mundo mucho más complejo, el protagonismo se fue corriendo de esa transformación y todo se volvió transformación. Llegó un punto en que sentí que no podía contarlo de manera sencilla, que necesitaba otra estructura. Y no fue una decisión intelectual, sino intuitiva: fui acompañando la escritura con mitología y cuentos populares rusos, y ahí me di cuenta de que había algo de la fábula que quería contar. Me pareció la forma más amable que encontraba para hablar de cosas que no podía abordar de otra manera. Además, escribir un cuento como los que leía de chica era casi una cuenta pendiente conmigo misma.
Tenés una larga trayectoria en literatura infantil y el libro tiene mucha oralidad, como alguien que te cuenta un cuento. ¿Se coló algo de ese mundo?
Creo que sí, y fue involuntario, pero estoy muy agradecida a esa parte de mi oficio. Me gusta mucho la narración oral, aunque no la practico más que como madre que cuenta historias a sus hijos. Es un recurso antiquísimo y valioso: la manera en que conocimos el mundo fue oral. Al recuperar la mitología, los cuentos populares rusos y los cuentos clásicos encontré un vínculo directo con la escritura para infancias y crucé un puente que yo tenía más separado. Lo primero que me leyó mi papá, cuando era muy chiquita, incluso antes de que pueda recordarlo, fue mitología griega y cuentos populares rusos. Para mí hay una ligazón enorme entre eso, la oralidad y la constitución de mí misma como oyente y, después, como lectora. Y creo que si hubiera querido hacerlo a propósito, no me habría salido.
Es un relato fundacional, de un pueblo y de una familia, con una presencia muy fuerte de la genealogía femenina. ¿Por qué centrarte en las mujeres?
Me interesa que las mujeres son testigos, voluntaria o involuntariamente, de todo lo que pasa, porque son las que están, las que permanecen. Históricamente los hombres se iban a explorar y las mujeres se quedaban cuidando el ganado, la tierra, los hijos, haciendo que hubiera un lugar adonde volver. Dicho así suena muy bondadoso y no creo que haya sido necesariamente así, pero me interesa lo que sucede en el lugar que queda fijo, «el lugar de los quietos», como puse en la novela.
Me interesan mucho las historias familiares: parece que siempre hablamos de la misma, y sin embargo la cantidad de matices, de grises y de escalas que hay en los vínculos permite seguir contando historias infinitas. Vivimos una época muy sesgada por absolutos, y a mí la idea de los matices y las contradicciones me interesa mucho, en la narrativa y en la vida. Estamos todo el tiempo cambiando, influidos, empujados; me interesa la mutabilidad y la imperfección de los vínculos. Y entre mujeres hay una profundidad que me resulta irresistible. No tuve la suerte de ser hombre y supongo que no la voy a tener en lo que me resta de vida, así que me interesa escribir sobre esto, ni más ni menos.

“Me interesa mucho la relación entre hermanas, en la vida y en la literatura”
Las hijas gemelas, Zeta y Primavera, van hacia lados completamente distintos. ¿Qué te llevó a construir personajes tan diferentes entre sí?
Me encanta pensar cuánta gente tan distinta puede salir de una misma familia y cuán diferente nos pueden marcar los mismos paisajes y los mismos estímulos. La relación entre hermanas me interesa mucho en la vida real, porque tengo hermanas, y también en la literatura. Y hay algo medio entomológico: poner la lupa en un grupo mínimo, una madre y sus dos hijas, y mirarlas, mirarlas, mirarlas, hasta ver otra vez lo monstruoso, lo particular, lo extraño. Siempre termino haciendo foco en algo pequeño. Es como mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos: acá sería mirar una familia hasta pulverizar los ojos y a la familia, para que afloren sus cosas terribles y sus cosas hermosas.
La figura de la madre aparece en tus tres novelas, y casi nunca es una madre amable. ¿Qué te lleva a explorarla?
Debo ser una hija herida (risas). Acaba de pasar el Día de la Madre y circulaban todo tipo de chistes con fotos de Freud y la madre como culpable de todo. Es enorme la responsabilidad de poner hijos en el mundo, parirlos y después acompañarlos de buena manera, y la mayoría hacemos lo que podemos y como podemos. Lo mejor que nos puede pasar es tener tiempo de darnos cuenta de que nos equivocamos e intentar repararlo, aunque a veces ni siquiera se pueda. Es el corazón del daño: potencialmente, ahí empieza todo y todo puede destruirse.
Por supuesto que los padres también tienen una enorme responsabilidad, pero puedo hablar de las madres sin estar compensando todo el tiempo. Me gusta pensar en los modos repetidos y a la vez infinitos de ser madre, y en el interés narrativo y poético que tienen; no termino de descubrirlos ni me canso. Así va a ser hasta el fin del mundo: todos podemos sorprendernos una vez más por lo que hace una madre, para bien o para nada.
Las tres novelas comparten un lado oscuro de lo humano. ¿Por qué explorarlo?
Me parece necesaria la oscuridad: contrasta con la luz, necesitamos de ella para saber qué es la claridad. Hay mucha belleza en lo oscuro y, según cómo se use, se escriba y se componga, puede ser tan hermoso, nutritivo y hasta educativo como lo luminoso. A veces es una parte inmensa de la vida, más grande que lo cándido y lo sereno. Y si existe la posibilidad de que acecha, la pregunta es cómo vivir ahí y cómo sobrevivir: hay una búsqueda enorme de supervivencia y hasta de goce y de construcción en la oscuridad. Nunca la pienso como algo final, sino como una parte del camino: es oscuro y hay que atravesarlo.
Tu literatura infantil es más luminosa: humor, color, alegría. ¿Cómo conviven esas dos partes en tu trabajo?
No tengo una respuesta definitiva; me lo hicieron notar, yo no me lo había puesto a reflexionar. Creo que hay algo de disfrutar esa porción pequeñísima de la vida que es la infancia, la etapa más corta y a la vez fundacional. Me gusta preservar con risa, con gracia y con ternura lo que después, naturalmente, se va a ir desarmando. Mis libros preferidos son para chicos muy chiquitos; no suelo pasar de los ocho años. A medida que crecen aparecen los desafíos y gradualmente me voy involucrando más, como autora infantil, con esos temas: de hecho ahora estoy escribiendo algo mucho más oscuro, por pedido de la editora.
Los cuentos clásicos son oscurísimos. A mí me los leían con total deleite y yo me iba a dormir feliz. Con mis hijos, en cambio, me encontré editando en el momento un cuento en el que unos lobos se comían el caballo mientras cabalgaba: no podía soportarlo, estaban tratando de dormir. No creo que haya que privar a los niños de eso, pero como mamá pienso en cierta gradualidad amable. Cada generación prueba sus maneras de cuidar y de contar, y luego veremos cuánto daño hizo, en la terapia de la adultez.

“Siempre me interesó la desconfianza hacia el saber de las mujeres”
En El amor es un monstruo de Dios el escenario era un pueblo sofocado por el calor y las moscas; ahora es una tierra deshabitada. ¿Qué te aportan los paisajes?
Me gusta mucho el territorio como personaje. De chica vivía en un lugar que se imponía con su clima, su tierra, sus animales y sus insectos, a diferencia de la ciudad, que es mucho más domesticada. Era un lugar más chico, con mucha menos población y un clima rotundo, y estaba todo ahí, todo el tiempo. También eran otras infancias: más salvajes, en la calle, trepando árboles, escapando de insectos, cazando bichitos, persiguiendo gatos, probando frutos y plantas. Eso dejó una huella muy importante.
Por eso no puedo poner el paisaje al servicio de las personas. Incluso cuando pienso en algo que transcurre en un ámbito menos agreste, el paisaje termina apareciéndome como un personaje más. Me cuesta pensar el territorio como algo sobre lo que nos asentamos y hacemos nuestra vida: el territorio también quiere estar sobre nosotros y hacer su vida, y esa puja me encanta.
En la novela la naturaleza lo es todo y la frontera entre lo humano y lo vegetal se vuelve muy fluida, sin ser un libro fantástico explícito. ¿Cómo la trabajaste?
Lo pensé como una especie de premundo: imaginar una familia desde cero, dónde empieza la historia de una población, e ir hacia atrás hasta donde me dio la cabeza para arrancar a inventar desde ahí. Leí mucho sobre conquistas y colonizaciones, sobre el triunfo de una religión sobre algo pagano, y eso compone un poco mi propia mitología personal: vengo de una familia atea, así que hay algo del paganismo frente al catolicismo que me interpela.
La naturaleza es ineludible y no se aplaca porque uno levante una choza, canalice un arroyo o plante maíz: el bosque sigue creciendo, el agua sigue subiendo, vienen el hambre y las sequías. Y la parte fantástica viene de la idea de suspender las reglas de la naturaleza. Es un territorio oscuro, no se hace de día, y necesitamos la luz solar para vivir. Alterar esas condiciones me permitió trabajar las personalidades, las maneras de relacionarse y la organización social de esta población. Me pregunté: si sustraigo el sol, ¿qué pasa?
Hay un vínculo profundo entre las mujeres y la naturaleza, hasta convertirse literalmente en ella. ¿De dónde viene?
Creo que es producto de todos esos relatos ancestrales: haber escuchado toda la vida que eran las mujeres las que cocinaban, las que hacían las pócimas, las que curaban, las que con los elementos que había tenían que encontrar respuesta a los problemas de la vida. Siempre me interesó esa desconfianza, generalmente conducida por hombres, hacia esos saberes, y la asociación inmediata entre paganismo y brujería, o con todo lo que no era encomendarse a Dios o al saber del cura. Ese conocimiento paralelo, el remedio casero, el empacho, siempre me fascinó. Siento que fui a beber de un agua que ya estaba ahí: no tuve que inventar nada.
También ha habido sociedades que funcionaron como matriarcados, sobre todo cuando los hombres se iban a la guerra y las mujeres quedaban a cargo. Me parece narrativa y sociológicamente muy poderoso para entender cómo circulan las creencias, cómo se administra el conocimiento, cómo se distribuye el poder, y qué lugar ocupan las mujeres en eso y en la espiritualidad de cada época. Es un tema que no se agota nunca.
En una entrevista sobre tu novela anterior dijiste que la muerte es el fin de todo lo que conocemos. Acá la muerte parece más una transformación. ¿Cambió tu mirada?
Lo único que entiendo que puede vencer a la muerte es la narrativa, la capacidad de contar. No podemos revertirla en la vida cotidiana, pero sí en la historia: la fantasía como acuerdo literario, como pacto con el lector, lo permite. Así como Bradbury nos llevó a Marte mucho antes de que nadie pudiera ir, para mí la literatura es la única manera de doblegar todo lo que existe. Aceptar eso, y no preocuparme porque la muerte sea el final de todo sin otras posibilidades, es algo que le tengo que agradecer a la literatura y a todo lo que leí y voy a leer. Es muy liberador, no solo para mí sino para los lectores y para los autores que tienen ganas de retorcer un poco más la realidad: la realidad te deja de acá hasta acá, y la literatura te deja mucho más. Al final uno termina siendo una niña fantasiosa o una vieja fantasiosa, y un poco se trata de eso: de hacer soportable la vida a través de la imaginación.
Contaste que la idea original fue la historia de Pez. ¿Qué la motivó?
Se me quedó pegado el acertijo de la Esfinge: cuál es el animal que a la mañana camina en cuatro patas, al mediodía en dos y a la noche en tres. Es el ser humano; mañana, tarde y noche son momentos de una vida. Y pensé Pez, piedra, pájarocomo distintos momentos de una criatura. Primero cuando nace, en un estado anfibio entre la danza de la madre y el mundo, en un lugar al que llega y en el que no sobrevive sin cuidados. Después eso se transforma en algo difícil de manejar o de entender, que se cierra sobre sí mismo, se repliega. Como una piedra. El otro día hablaba con una amiga de las piedras que están ahí, quietas y calladas, y yo siempre las miro y pienso: vos debés saber un montón de cosas. Me gustaba la figura de un niño que llega indefenso, se repliega y se convierte en otra cosa que por momentos nos deja afuera y es difícil de traducir. Y después el pájaro: un ser formado, distinto de lo que nació, que hace su vida, empieza otra vida, la perpetuación de la especie. Y los padres quedan.
Me interesaba muchísimo eso, y creo que tiene que ver con ver crecer a mis hijos, a mis sobrinos, a los hijos de mis amigas y amigos: observar con atención, con desconcierto y con emoción cómo se va conformando el mundo. Antes lo viví como hija, ahora lo vivo como madre, y espero vivirlo algún día como abuela. A veces pienso que quizás yo quería escribir sobre eso y tuve que escribir todo lo demás para poder tolerar pensarlo. En la novela es algo muy concentrado y muy pequeño, pero es todo lo que yo estaba pensando, y a lo mejor me resultaba insoportable pensarlo en soledad. Entonces tuve que inventarle un cuento.
Nathalie Jarast Es periodista, licenciada en Letras y magíster en Gestión de Contenidos. Desde hace más de diez años escribe en diversos medios como La Nación, Brando, Maleva. Actualmente, es editora en Revista Ohlalá y asesora en comunicación de sellos literarios.

