
El mal querer, la novela que explora violencia psicológica y vínculos tóxicos
En El mal querer, la escritora Virginia Itatí Tognola construye una historia atravesada por la violencia machista, los vínculos tóxicos y la dificultad de escapar. En esta entrevista, reflexiona sobre escritura, género y personajes femeninos complejos y alejados de los estereotipos.
27 de mayo de 2026 • 15:37

La escritora Virginia Itatí Tognola publicó El mal querer. - Créditos: Prensa
La violencia machista, los vínculos atravesados por el control y la dificultad de escapar de ciertas relaciones son algunos de los ejes que atraviesan El mal querer, la primera novela de Virginia Itatí Tognola publicada por Caburé. Lejos de construir personajes femeninos idealizados, la autora apuesta por mujeres complejas, contradictorias y profundamente humanas, que intentan sobrevivir en contextos de violencia emocional, desigualdad y precariedad.
Con una estructura fragmentaria que combina el diario íntimo de Silvina y la investigación de un detective improvisado, la novela explora cómo operan las dinámicas de manipulación, la culpa y el aislamiento sobre los cuerpos y las subjetividades femeninas. Pero también pone en escena algo menos frecuente: mujeres que, aun rotas, enojadas o desbordadas, siguen mereciendo ser escuchadas, deseadas y protegidas.
Atravesada por el lenguaje popular, la identidad litoraleña y referencias a la cultura de masas, El mal querer cruza policial negro, intimidad y crítica social para hablar de violencias que muchas veces permanecen naturalizadas. En esta entrevista con Ximena Pascutti, que comparte con OHLALÁ!, Virginia Itatí Tognola reflexiona sobre misoginia, escritura como supervivencia y la necesidad de narrar personajes femeninos por fuera de los estereotipos.

El mal querer, la novela que explora violencia psicológica y vínculos tóxicos - Créditos: Prensa
-Tu novela se construye a través de dos diarios que parecen no tocarse: el de Silvina, cargado de angustia subjetiva, y el de Andrés, que busca una objetividad casi técnica. ¿Cómo fue el proceso de encontrar estas dos voces tan disímiles para narrar una misma ausencia?
-La voz de Silvina estuvo en todo el proceso. Al principio de manera muy caótica, como apuntes sobre pensamientos en torno al amor, al odio, a las relaciones humanas, pero esa especie de voracidad que la caracteriza fue el puntapié de la historia, por lo que su voz y la trama se fueron armando y puliendo juntas.
Con la voz de Andrés hubo una búsqueda ardua, mucho menos intuitiva, porque no encontraba la manera de armar un personaje que esté a la par de Silvina y que no quede como “menor”, como secundaria.
De hecho, antes de comenzar la bitácora de Andrés existieron borradores de registros de varios de los personajes de la historia, especialmente el de un diario de Gabriel, el ex novio de Silvina, del cual intenté mucho pero no logré encontrar su voz narrada en primera persona. Cuando me dí cuenta que el personaje de Gabriel era absorbente para los demás entendí que no debía contar propia su historia, sino que debía ser contado por los demás y ahí surgió la voz del detective, y su historia.
-En el diario de Silvina se percibe una relación tóxica y asimétrica con Gabriel, marcada por el control y la manipulación. ¿Buscaste en esta obra hacer una radiografía de la violencia psicológica en la juventud o surgió como una necesidad de la trama?
-Creo que un poco de ambas. El conflicto de la trama siempre fue la imposibilidad de escapar de una relación de -supuesto- amor que en realidad es dañina y muy violenta, y los personajes y situaciones son resultado de los artilugios narrativos de esa obra pero, también, quise conectar y respetar una búsqueda hacia algo más universal y realista.
Cada vez que aparece una víctima de misoginia extrema, lo primero que se hace es un examen público de su vida privada para definir si merecía o no que le pase algo atroz. En la novela quería hacer el camino inverso, mostrar mujeres sucias, que tienen muchas capas psicológicas y oscuridades y no por eso no dejan de merecer una vida digna.
Por eso ni Silvina ni las demás mujeres que atraviesan violencia machista en la novela son damiselas en peligro, sin costados que reclamarles. Incluso por momentos, de alguna manera son funcionales a una violencia generalizada de las que no pueden escapar y no por eso dejan de ser las víctimas.

El mal querer, de Virginia Itati Tognola - Créditos: Prensa
-Hay pasajes muy crudos sobre la relación de Silvina con su propio cuerpo, el consumo de sustancias y el embarazo no deseado. ¿Qué importancia tiene para vos como escritora poner el cuerpo en primer plano, incluso desde su lado más vulnerable y doloroso?
-Por las características del personaje y su historia me pareció importante que la violencia venga desde todos los frentes, especialmente desde ella misma. De hecho, sufre tanto que el padecimiento corporal al que se somete es totalmente insignificante para ella. El único momento en el que es totalmente consciente del peligro que corre es cuando no solo la dañan a ella sino, como consecuencia, a alguien que quiere.
-La novela coquetea con el policial a través de la investigación de Andrés, pero también con una mística popular (la Difunta Correa, curanderas). ¿Cómo conviven en tu imaginario la racionalidad del detective con la fe de los personajes?
-Son las particularidades de las experiencias y geografías las que construyen el imaginario de los personajes. Cuando Silvina corre peligro y se anima a emprender un camino nuevo, se aferrara a una especie de espiritualidad popular porque es la única que conoce, la que le trae su bagaje litoraleño.
Andrés tiene que ser racional porque el contexto se lo demanda. Tanto por cuestiones materiales y económicas concretas que lo empujan a trabajar y concentrarse solo en su profesión, como por lo emocional concreto, la espiritualidad que le queda del catolicismo es herencia de un entorno y de una familia que para él ya no existen y que es refugio para sus seres cercanos pero no para él, para él es incluso ingenuo.
-La obra utiliza fechas, horas y "lecciones" de un curso de detective. ¿La novela nació ya fragmentada en tu mente o fue una decisión posterior para generar el suspenso de la desaparición?
-La construcción fragmentaria de la historia fue una de las decisiones constitutivas. Tal vez fueron cambiando las decisiones respecto a cuáles serían los fragmentos y cómo se vincularían entre sí, pero siempre estuvo la idea de que se cuente de a retazos porque de esa manera se dilata la historia principal y el suspenso crece. Además, lo fragmentario abre la posibilidad de arrancar muchas líneas narrativas simultáneas que no necesariamente tienen que cerrar, que están ahí para contar mejor ese mundo y sus habitantes.
-Aparecen modismos y términos muy específicos (guaina, angaú, caú, gurisada). ¿Qué rol juega la identidad territorial y el lenguaje local en la construcción de la atmósfera de la novela?
-Los modismos y términos locales ayudan a construir una identidad muy específica, tanto de los personajes como de su mundo. Silvina viene del litoral y carga con una forma de hablar, de recordar y de vincularse que no desaparece cuando cambia su geografía.
La novela mezcla lenguajes urbanos, expresiones del litoral y modismos latinoamericanos porque los personajes están constantemente desplazándose entre dicotomías: provincia y ciudad, intimidad y vida social, dinero y falta de dinero, ternura y crudeza.
Además, esa mixtura ayuda a construir la atmósfera del libro, le da aspereza, intimidad y también extrañeza.
-En los diarios de Andrés se mencionan lecturas de Truman Capote y la visión de películas como Bajos Instintos. ¿Cuánto de tu propia formación como lectora de género negro se filtró en la educación sentimental de tu protagonista?
-Más de lo que yo hubiera querido. En realidad, yo estaba escribiendo una novela realista pero, al encontrarme con el primer borrador final, entendí que estaban presentes casi todos los elementos del policial negro.
Aunque en su forma final no llega a ser una novela de género puro, si está bastante enmarcada y creo que eso tiene que ver con mis propios consumos literarios. Mis primeros acercamientos literarios y lecturas fueron con ese género porque, básicamente, era lo que había en mi casa. Hoy veo lo hondo que calaron esas estructuras narrativas en mi estilo, aún cuando intento escribir de otra manera.
-El mal querer es una apuesta fuerte para una autora que empieza. ¿Hubo algún "clic" o evento particular que te haya impulsado a escribir esta historia específica sobre la pérdida y la huida?
-Hace algunos años me contactó una chica para hablar conmigo sobre su ex novio -que casualmente también había sido mi ex-. Ambas fuimos víctimas de violencia en nuestras respectivas relaciones con esa persona y la charla fue muy sanadora, nos sentimos acompañadas.
Esa circunstancia me motivó a releer un diario mio en el que escribía pensamientos, más o menos durante la época en la que atravesaba esa relación violenta. Me encontré con registros caóticos, llenos de odios, de bronca, amor, de emociones y deseos contradictorios y me sentí extraña, como si esa persona que escribió fuera alguien desconocido para mí. Ahí entendí que, desde esa voz, tenía que armar un personaje que después creció, se complejizó y se convirtió en la historia de la novela.
-En la novela, Silvina escribe por recomendación de su ex pareja para "bajar" o "purgar" la energía. ¿Es la escritura para vos, como para tus personajes, una herramienta de supervivencia o la ves puramente como un oficio estético?
-No sé si escribir sirva para algo, yo escribo porque no puedo no hacerlo. Entonces, creo que sí, la literatura es para mi una herramienta de supervivencia.
En lo literario no tengo tanta conducta ni oficio, los textos me atacan y los tengo que bajar cuanto antes. Después, el trabajo de reescritura es arduo y suele llevarme mucho -muchísimo- tiempo hasta encontrar su versión final.
-En la obra resuenan voces como la de Sara Hebe en la música o referencias literarias diversas. ¿Qué autores o artistas considerás que fueron "padrinos" o "madrinas" espirituales de este libro?
-En lo literario sin dudas me nutrí de Manuel Puig, Camila Sosa Villada, Gabriela Cabezón Cámara y autores/as que trabajan con lo kitsch, con lo “feo” y con el universo discursivo del chisme y los rumores. También de los consumos populares, del mundo del espectáculo, de las formas de la televisión, las telenovelas, los programas de entretenimiento.
El sonoro-musical fue otro de los pilares en la construcción de los distintos universos. Qué se escucha en las bailantas del pueblo, qué escucha Silvina, qué se escucha en los ambientes más politizados como la universidad. Si bien no pienso en artistas en particular, casi todos los espacios y personajes tienen su musicalidad. Incluso, tengo distintas listas de reproducción personales para cada tono dramático del libro.
-El cierre de la novela, con las cartas de Silvina a su futuro hijo, cambia radicalmente el tono de desesperanza hacia uno de esperanza y libertad. ¿Crees que la literatura tiene la obligación de ofrecer una salida, o el final de Silvina es simplemente una consecuencia de su coraje?
-Cada lector/a tendrá su visión, pero yo no creo que el final sea feliz. Ella sigue escapando, se aferró a lo poco que tenía como seguro y huyó.
Para salir de toda esa violencia tuvo que dejar su vida entera atrás. No pudo resolver, su porvenir es un caos por ordenar. Sin embargo, aún en esas condiciones ella expresa ese cambio de tono que pareciera ser positivo.
Independientemente de la interpretación de un final, creo que la literatura no ofrece salidas porque su objetivo es mostrar conflictos humanos. A mi me gusta mucho la literatura que intenta despertar preguntas, no respuestas, y eso intento replicar en mis textos.
-Con un debut tan sólido y una voz tan definida, ¿estás trabajando ya en una nueva historia? ¿Tenés ganas de explorar otros géneros?
-Tengo varias historias en las que trabajo simultáneamente, pero me gustaría mucho publicar un libro de cuentos que vengo puliendo hace tiempo. En él se incluyen varios relatos que podrían enmarcarse en el género horror, aunque creo que mi estilo general se relaciona a un realismo crudo, muy característico de nuestro territorio.
El género de terror en Latinoamérica es algo que me fascina también, especialmente de autoras contemporáneas que están dejando una producción maravillosamente perturbadora. Es un género en lo que estoy incursionando con el armado -muy inicial- de una novela que cruza aquelarres urbanos con política territorial y que, deseo, sea una futura obra publicada.
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