Imposible no conmoverse con esta novela si viviste una inundación. Imposible no volver a los recuerdos propios. Al menos eso me pasó el leer La marca que deja el agua (Corregidor), de Laura Garaglia. Más allá de los escenarios, hay una sensación de vulnerabilidad que regresa en esas páginas.
En su libro, la autora reconstruye una infancia atravesada por una inundación, pero también por los recuerdos familiares, los vínculos del barrio y la presencia de su padre que fue clave en ese momento y permanece vivo en la memoria. Se lo dedica: "A papá, que se fue". Y también: "A mamá, que se quedó".
Con una narradora niña, la novela recupera un mundo de casas abiertas, vecinos que se acompañan en esos sitios donde no pudo entrar el agua, refugio en medio de la catástrofe. Es una historia íntima que, aunque parte de una experiencia situada en Lanús en 1985, puede resonar en cualquiera que haya vivido una inundación.
En esta entrevista, Garaglia cuenta cómo transformó sus recuerdos en literatura, por qué eligió narrar desde la mirada infantil y cómo construyó una memoria en la que conviven lo autobiográfico y la ficción. También habla de la casa como corazón de la historia, de las marcas que dejan las tragedias y de una pregunta que atraviesa toda la novela: cómo seguir viviendo después de que algo lo cambia todo.

- Leí tu novela y me gustó mucho. Me parece que está bueno porque es un tema que toca el corazón de todos los que alguna vez vivimos una inundación, ¿no? Y en Argentina somos muchos. ¿Cómo surge la novela? Porque me imagino que hay mucho de autobiográfico, pero me gustaría que me cuentes vos.
- Sí, en la novela hay mucho de autobiográfico y también hay ficcionalización. Es como una memoria autoficcionada porque hay cosas que, por supuesto, son imaginarias. Pero a mí lo que me interesaba registrar de mi memoria era el ambiente, el paisaje barrial. Ese sustrato de mi infancia en un barrio humilde, pero con ese nivel de acompañamiento a la vez, no sé cómo decirlo. Hay carencias, pero también hay presencias de otros. Esa composición de los vecinos, de la familia, del entorno protector, de alguna manera configura un paisaje que tiene que ver con la identidad, con el origen.
Yo soy de Lanús, de un barrio que se llama Villa Otamendi, que está entre Lanús y Gerli. Hay algunas referencias, como el colectivo 74, que pasa por ahí y termina en Correo Central, después de atravesar muchos barrios desde San Vicente. También hay alguna otra referencia, como cuando cruzamos el Riachuelo para ir a la ciudad. Esas son algunas referencias del conurbano y de la zona sur. Pero realmente no lo marqué, no porque quisiera retasear información, sino porque no se me dio poner ningún nombre. Ninguna marca geográfica.
Después de la escritura recibí esto que me decís: mucha gente que vivió esa circunstancia en La Matanza, en Entre Ríos, en La Plata, donde hubo inundaciones, se sintió identificada. Me pareció bien que no estuviera marcado en un lugar. Puede ser cualquier lugar.
- ¿Cómo llegaste a construir esta voz de la niña, de una niña que es tan memorable también? Me imagino que ahí hay un gran trabajo literario. ¿Cómo fue todo eso y por qué la idea de contarlo desde ese lugar?
—Sí, ese trabajo que vos decís, que no sé si está bien o mal, fue muy trabajoso, realmente. Es una tarea muy delicada: el equilibrio entre llegar a armar todo el universo a partir de una voz que tiene una percepción y un lenguaje limitados. Y ecualizar lo que podía entrar en ese registro y lo que no. Entender que había frases que no se podían producir desde esa perspectiva llevaba mucho trabajo. Entrar en ese ritmo y en esa forma.
También me interesaba que ella misma, como narradora, esa narradora niña, diera cuenta de esa limitación. Su interés por las palabras, por las definiciones, por cómo se dice esto o por las palabras que va aprendiendo mientras lee o alguien le habla. Las palabras para nombrar aquello que está pasando. Ese interés, de alguna manera, se lo asigné en relación con esta dificultad de nombrar o de explicar la complejidad del suceso.
Es algo que me gusta porque tiene que ver con que muchas veces la literatura nos enfrenta a esta pregunta: cómo decir las cosas. Uno puede tener, por eso muchas veces te dicen: "Ay, no, tengo una historia espectacular". Pero uno puede tener una historia espectacular en la cabeza o partir de un suceso muy fuerte o conmovedor, pero el problema de la literatura es cómo decirlo, cómo llegar al otro.

- La leí también como una novela familiar. Y después, viendo a quiénes agradecés, también escuché la playlist de Spotify que hiciste con tus primos. ¿Cómo fue ese relevamiento, ese hacer el libro en función también de la memoria de esa familia?
-Sí, qué lindo que destaques esto, porque es lo que me resulta encantador del trabajo de mi familia misma. Retomando lo que me preguntabas antes, la voz infantil también surge de la esperanza o del deseo de construir una imagen de mi papá, que falleció cuando yo tenía 26 años. Quería, de alguna manera, contarlo a él. Entonces, contarlo a él era un poco contar el barrio, su amor por la familia, la relación familiar, lo servicial que era. De algún modo quería verlo desde esa perspectiva infantil.
Porque después, en la adolescencia, uno se distancia un poco de los padres, se pelea; después vuelve de algún modo. Pero esa perspectiva infantil de verlo cerca y lejos, presente y ausente porque trabajaba muchas horas, siempre disponible para el humor y para la familia, esa imagen del Gordo, como le decíamos, yo quería reconstruirla. Por eso empecé a indagar en esa mirada infantil. Y claro, al pensarlo a él en su ambiente, aparecía por extensión la familia y el barrio, una presencia necesaria.
Entonces, esta cuestión de la inundación me vino porque, como toda catástrofe, es algo que persiste en la memoria. Toda la gente de mi generación y los más grandes recuerdan esa inundación específicamente. Acá en Lanús fue devastadora. Fue en el 85.
Ese suceso, que fue muy fuerte, siempre lo tenía en mente. Y se me unieron, se me cruzaron, ese deseo de mostrar a mi papá y el de pensarlo en una situación más real con ese suceso de la inundación. Y ahí empezó a aparecer, porque eso sí sucedió. En mi casa, que estaba más elevada, pudieron quedarse vecinos y mi propia familia, que vivía adelante, porque el agua estaba dentro de las casas. Entonces, es un recuerdo familiar también.
Y cuando Norberto [Gugliotella], editor de Corregidor, me dice: "En la contratapa de los libros ponemos una playlist para acompañar la lectura, para continuar el diálogo con el lector que tenga interés, o para seguir la conversación de la literatura de manera transmedial", enseguida les dije a los primos con los que convivíamos, que estaban en la casa de adelante, y a mis hermanas: "Hablemos de la música de la época, ¿qué se escuchaba en casa?". Y ahí fueron apareciendo cosas que están en la novela y memorias compartidas.

-¿Para la novela también los entrevistaste? ¿O cómo eran esas conversaciones?
-No, para la novela no los entrevisté, pero ellos sí sabían que yo la estaba escribiendo. Después, cuando supieron que la novela se trataba de eso, ellos mismos me venían a contar cosas. Pero yo no les mostraba la novela ni les explicaba bien de qué se trataba ni cómo iba a hacer los saltos ficcionales. Porque, a la vez, te cuentan algo o vienen a decirme: "Ay, te olvidaste de poner tal cosa". Bueno, pero no es un anecdotario. Todo tiene que ser funcional a la historia.
-Eso que también dice ella, la niña, que ser escritor es también poder armar recuerdos falsos con los verdaderos, ¿no?
-Exactamente. Esa es la línea de explicación de la idea de la novela.
-Y vos sabés que me gustaba también pensar en la casa como una protagonista más. Me acordaba de Selva Almada, en su última novela, Una casa sola. ¿Lo viviste así, como algo más que un espacio?
-Sí, sí, total. Mi casa era bastante protagonista de la vida familiar porque era la casa abierta, donde venía toda la familia. Entonces, esto que sucedió en la inundación no fue extraño: tampoco era raro que estuviera la casa llena de gente.
Pero sí, me interesaba mucho que la casa fuera el corazón de la novela, así que está buenísimo lo que me decís y la comparación con la novela de Selva. Es tan fuerte también su propuesta de que narre la casa. Me pareció un recurso impresionante para narrar un espacio, un tipo de población, varias épocas, en el caso de la novela de Selva. Me parece que es eso: los espacios tienen memoria o nosotros proyectamos nuestra propia memoria en los espacios.
-Claro. Ahora que lo estoy pensando con vos, esa niña también trataba de encontrar sus propios espacios. No sé, como el cuarto propio de Virginia Woolf, algo para leer, para escribir. Esa niña que estaba en todo ese lío, pero también quería su lugar.
-Sí, imposible en ese momento. Y, aparte, la casa es chiquita, entonces tampoco es que había algún recoveco. Y te das cuenta de que algo se fue de su medida cuando también reflexiona sobre eso: la inundación puede ser divertida si es un día en que no vamos al colegio, pero son días que cambian la rutina de la vida infantil de un modo brutal y cansó a todos. Que esté la casa llena ya es cansador.
Mi mamá me dijo cuando leyó la novela: "Ay, yo no sabía que habías sufrido tanto". Y yo digo: "Ma, no soy yo". Hay como ese vaivén, pero es verdad que yo fui una niña muy sociable y también buscaba espacios de soledad para leer, para escribir, ¿no? Que son actividades muy complicadas de hacer en la vorágine de la cantidad de gente.

-Vos pudiste venirte a Buenos Aires, estudiar Letras, emanciparte y vivir en tu lugar. No sé si ahora vivís en Lanús de nuevo, cómo fueron esos movimientos...
-Sí, volví. Pero sí, trabajo y estudio desde adolescente. Yo empecé a estudiar teatro allá y muy pronto fue Buenos Aires mi ciudad.
-Del teatro también me gustaba hablar, porque hay algo bastante teatral en muchas de las imágenes del libro. Yo pensaba: "Esto podría ser una obra de teatro".
-¡Ay, qué lindo! Me gusta eso de que los géneros, de alguna manera, se puedan transmitir de un lenguaje a otro. Víctor Hugo me dijo que él veía una película. Es muy lindo porque quiere decir que hay una imagen que traspasó la propia escritura y el lector la puede recrear o crear, mejor dicho, a su manera.
-¿La muerte de ese niño que menciona la novela es ficcional u ocurrió?
-Es ficcional. Los personajes del barrio están basados en personas que tal vez existieron, tal vez no. Hay algunas personas del barrio con las que, aunque ya no vivo más ahí, sigo en contacto. Me han buscado por las redes y me dicen: "¿Este quién es? ¿Y este quién es?". Lo tratan de traducir a personajes reales y yo les digo: "No, no, nadie". Capaz hay fusiones para buscar lo que en literatura llamamos los tipos...
-¿Un poco Puig también, no?
-Me diste el mejor halago, gracias. Lo amo.
-Respecto del padre, ella también tiene una imagen muy idealizada de él, que nos llega a través de su mirada. Me pareció también el personaje alguien que quedó muy afectado por esa muerte, ese padre que no todo lo puede. Me impactó cómo perdió de algún modo la sonrisa, hasta casi el habla. ¿Cómo lo trabajaste?
-Sí, es un mutismo. Eso es angustiante. Es también una observación de mi padre, digamos. Tal vez ese suceso específico, ficcional, no pasó, pero sí otros que me generaron esa memoria, esa visión de él. Entonces, es ver cómo afecta la tragedia. Para mí, el asombro, como dijo Gloria Peirano en la presentación, es que, en definitiva, es una novela sobre el duelo. Y el asombro de que, cuando pasa algo tan tremendo, la vida sigue. ¿Cómo continuar después de eso? Para mí fue una gran pregunta en la escritura. Después de poner algo duro, trágico, realmente, ¿cómo se continúa narrando? Y bueno, hablar de ese mutismo, de esa circunstancia de que hay que seguir viviendo.
-Pensaba en el título del libro también: La marca que deja el agua. Más allá del barro que va quedando cuando baja el agua, ¿cuál es la simbología de esa marca para vos?
-Lo pensé como algo polisémico. Está esa marca en la pared: en la pared exterior del barrio y en la pared interior de muchas casas quedó esa marca, esa línea. Queda cuando el agua entra porque, lamentablemente, sigue sucediendo. Estas lluvias y ahora todos los fenómenos climáticos hacen que siga sucediendo. Cuando el agua se va, queda la marca.
También están las marcas de la memoria: la memoria familiar, la memoria social, la memoria de un barrio. Cuando sucede algo muy tremendo, que cuesta comprender por qué pasó, eso deja una marca en la vida.
-Decís que siguen ocurriendo estas cosas. ¿Qué reflexión tenés sobre esto, sobre la desidia del Estado?
-La novela fue escrita un poquito antes de la pandemia, pero se ha reeditado en este momento, cuando se vuelve a bajar el dinero para las discapacidades, las jubilaciones. Esta desidia sobre el más débil me parece que hace que la novela dialogue fuertemente con el presente. La ausencia, el retiro del Estado, comprendido como ese lugar simbólico que produce la posibilidad de sobrevivir en comunidad, y retirar eso para decir que cada uno se arregle como pueda, me parece violencia directamente.
Verónica Dema Editora en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.



