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Violeta Gorodischer: de qué trata Cruces, una novela que desafía los límites de lo real

Una historia que se mueve entre lo real y lo simbólico: en Cruces, Violeta Gorodischer explora el duelo, la maternidad y los límites de la vida y la muerte a través de una narrativa que mezcla lo cotidiano con lo fantástico.


Violeta Gorodischer

Violeta Gorodischer, autora de Cruces, una novela que desafía los límites de lo real. - Créditos: Gentileza de Federico Pérez Losada



La reciente novela de Violeta Gorodischer, Cruces (Fondo de Cultura Económica), es una apuesta decidida por salir del registro realista y explorar una dimensión profundamente metafórica de la experiencia humana. A través de una narrativa que desdibuja fronteras, el libro se adentra en los cruces entre la vida y la muerte, el sueño y la vigilia, el deseo y la pérdida, la maternidad y el duelo. Son territorios cargados de tabú que la autora elige abordar en clave de ficción, donde encuentra más libertad para decir.

Cruces no solo construye un universo propio, mágico, sino que también dialoga con la obra previa de la autora, integrándose en lo que podría pensarse como un “universo Gorodischer”. Aparece el tema de Desmadres, así como resonancias de su anterior novela Los años que vive un gato y del libro de cuentos Sueños a 90 centavos. Hay una búsqueda de coherencia interna que atraviesa su escritura: una insistencia en ciertos núcleos temáticos como la familia, la ancestralidad, los rituales y una concepción circular de la vida y la muerte.

En palabras de la propia autora, en diálogo con OHLALÁ!, Cruces es “una novela que aborda las temáticas de la pérdida, del duelo, de la muerte rompiendo el registro realista, buscando nuevas luces y nuevas formas de contar para ver esos cruces entre vida y muerte, deseo y pérdida, duelo y maternidad, sueño y vigilia, donde todo se empieza a cruzar con todo y hay una especie de circularidad”.

Cruces, la nueva novela de Violeta Gorodischer

Cruces, la nueva novela de Violeta Gorodischer. - Créditos: Prensa

-¿Por qué decidiste escribir este libro?

-Este libro, para mí, fue un desafío literario porque es la primera vez que rompo un poco los límites del realismo tan explícitamente. Si bien no es ciencia ficción ni nada, juega mucho con lo fantástico. Creo que es un libro que se fue reescribiendo. Yo lo había empezado a escribir, lo pausé; en el medio me convertí en madre, escribí Desmadres, que es un libro de no ficción bien periodístico sobre la experiencia de ser madre en la Argentina, cruzando mi experiencia personal con testimonios. Y creo que este libro lo pude terminar después de sacar Desmadres porque encontró su camino, digamos, su camino definitivo. 

¿Por qué lo escribí? Porque, bueno, no puedo estar sin escribir. Pero no tengo una motivación concreta; era simplemente que sentí que ya estaba lista como para volver a sumergirme de lleno en la ficción.

-¿Qué sentís que te da escribir ficción?

-Escribir ficción me da la posibilidad de tocar ciertas temáticas, que es la magia de la literatura, que siento que no se pueden abordar de otra forma. Este libro se enfrenta a temas que pueden ser tabú, amenazantes, como la muerte, el duelo, los rituales, y la literatura te permite sumergirte en el plano de la fantasía, en el de las metáforas, en el de cruzar mundos, abrir puertas y llevarlo al extremo para decir cosas que, en un registro más llano, se quedan cortas para nombrar cuestiones del orden de la sensibilidad o de lo que psicoanalíticamente se llama lo real. Que es lo que no puede ser dicho en palabras, como el deseo, la pérdida, la sensación que se tiene al parir; cosas para las cuales el lenguaje más terrenal se queda corto.

Entonces, lo que quise hacer fue explorar cómo romper esos límites para hablar de esas otras cosas, yendo a fondo, sin miedo, sin pensar en cómo iba a ser leído o interpretado. Es como sumergirme y también dejarlo a la magia de la literatura, donde a veces surgen cosas que uno no espera.

Hay momentos en que vira hacia algo más siniestro, pero también intenté contrarrestarlo para que no fuera un libro de terror, sino que jugara con evadir los romanticismos y los lugares comunes. Como meterse con cosas más arriesgadas que, creo, solo se pueden hacer desde la literatura. Nunca podría haber sido esto un libro autobiográfico ni absolutamente periodístico si quisiera tocar estas temáticas.

No es un libro de maternidad tampoco, pero aparece la temática. Y también quería que hiciera sistema, a nivel obra, con lo que ya tengo escrito. Al tener cuatro libros publicados, me gusta que haya rasgos que permitan identificarme como autora.

Violeta Gorodischer

Violeta Gorodischer, escritora y periodista - Créditos: Gentileza

-Con Desmadres está muy ligada la temática, pero también lo vinculás con tus relatos: rituales, otras formas de curar, ¿no?

-Sí, hay algo un poco mágico. Cuando lo empecé a escribir me fueron llegando libros muy interesantes de antropólogas y filósofas —todas mujeres— que investigan la muerte y los rituales en torno a ella. Uno es de Delphine Horvilleur, Vivir con nuestros muertos, donde cuenta su experiencia hablando en funerales y reflexiona sobre el lugar de la muerte en la religión y en la vida cotidiana.

También una antropóloga, Vinciane Despret, con A la salud de los muertos, que me resultó muy iluminador. Investiga distintas culturas y habla, por ejemplo, de los sueños con los muertos: hay personas que sueñan con ellos y registran esos sueños.

Eso me inspiró mucho. Yo quería ver cómo integrar eso a la vida cotidiana, sacándole el tabú. En el lenguaje cotidiano es como blanco o negro: vivo o muerto. Y acá justamente de ahí viene la poética del título: jugar con los cruces entre la vida y la muerte.

Los objetos, los relatos, siguen hablando de esas personas. Y aparece esta idea de cómo las sociedades procesan sus duelos. También me interesaba traer algo de Desmadres: de cómo opera el sistema médico y tratar de sacarlo de ese lugar tan frío.

-Me impresionó el inicio de la novela, con un niño hablando de la muerte: ¿por qué decidiste empezarlo así?

-Ahí no tengo una respuesta lógica. Era este desafío: ver qué límites me impone la literatura y cómo puedo contar ciertas cosas. La idea era que la muerte fuera una gran metáfora. No mostrarla de forma tradicional, sino como un cruce metafórico contado de manera realista.

-Me gusta la construcción del personaje de Laura: ¿cómo lo pensaste?

-Ahí con ella aparece la idea de cómo acompañar a otros sin perderse a uno mismo. Ella también atraviesa sus propios procesos. Me interesaba construir un personaje de una médica de cuidados paliativos que no fuera ni meloso ni frío, sino que pudiera acompañar desde otro lugar.

-¿Y el escenario en Brasil? ¿Cómo surge?

-Tiene que ver con recuerdos personales. Pasé muchos veranos allí y me quedó muy presente. Incluso recuerdo haber jugado en un cementerio muy colorido, sin esa carga solemne que tenemos acá. Eso influyó en cómo pensar la muerte desde otra perspectiva.

 

-¿Y el tío? ¿También ayuda a crear un escenario verosímil para los cruces?

-Sí, totalmente y ese tío representa también esa otra otredad, por eso también hay que llevarlo a otro territorio, porque tal vez en Argentina, en Buenos Aires, no podría haber adquirido todo eso. Brasil es un territorio místico. Ahí hay más sincretismo, más mezcla de creencias, y eso me interesaba explorar sin nombrarlo explícitamente.

-¿Laura logra un cambio como para poder acompañar a su amiga embarazada?

-Sí, yo creo que la estadía de ella adulta en Brasil es para terminar de hacer su duelo personal, de su separación, de su pérdida, rearmarse como persona y volver a encontrarse con todos esos saberes adquiridos en la infancia, esa sensibilidad que ella tiene para percibir el mundo de los muertos y para ayudarlos a cruzar, de un lado a otro, que es lo que hace como médica de cuidados paliativos.

Pero también lo que hace metafóricamente al hacerlos pasar de un plano a otro, porque en Brasil termina trabajando espontáneamente como cuidadora y también es así como cruza al viejo, que también hace un cruce metafórico, cuando muere. Lo lleva al mar y cruza el mar con él. Entonces son todos cruces siempre muy acuáticos, el agua ligada a la muerte, los tres cruces que hace son con agua: uno es un río, otro es un mar, otro es una pileta.

Pero tiene como esa continuidad y siempre son viajes muy metafóricos y también con cierta pátina espiritual y como un poco inconsciente, pero esta idea del agua como purificadora. 

-¿Qué pasa con el cruce de la madre?

-La madre todavía no está lista para morir. Su estado es más intermedio. Y eso también funciona como metáfora del deterioro y del cuidado. Ella, cuando intenta hacer ese cruce, quiere cambiar a la madre y quedarse ella en el plano de la muerte para estar con su hijo. Eso es lo que no se puede dar, no funciona así.

Entonces, cuando todo eso se quiebra y vuelve al punto de partida, y nada de lo que quiso hacer funciona, ahí aparece su depresión, su tristeza y ese relato —que no sabemos si es verdad o no— del hermano intentando tranquilizarla. La idea es que uno se quede con la duda de si es verdad o no.

 

-¿Y la animalidad, cómo juega? Porque lo relacioné un poco con los therian, que ahora están medio de moda... Y ella tenía tanta empatía con esa perrita…

-Sí, pero lo escribí antes de los therians. Este es un libro que, en toda su lectura, amerita siempre un doble movimiento: podés decir “esta persona extremó tal patología” o verlo en una clave más metafórica, como un mundo con otras reglas. A mí es la que más me gusta, donde me siento más libre. Yo creo que la animalización de la madre —que tampoco tiene una lógica lineal, no te lo puedo explicar como una secuencia de hechos— simplemente fue yéndose hacia ese lugar, dejando el plano de la cordura.

Pero termina siendo una metáfora de lo que puede ser la vejez, el deterioro o el cuidado de una persona mayor. Al final, Laura y su hermano terminan cuidándola, como mucha gente cuida hoy a los adultos mayores: hay que encargarse 24/7, ayudarla, buscar cuidadores, limpiarla, contratar gente. Y a veces eso tampoco alcanza. Y se pierde también esa idea de que esa persona se transforma en otra cosa, que ya no es la que vos conociste.

Entonces, en vez de plantear una situación de deterioro cognitivo o Alzheimer de forma realista, elegí otra vía: una madre que se animaliza, que pierde noción de la realidad, que se hace pis encima, que no puede comer, que demanda constantemente y no responde. Y aparece esa angustia, y la pelea entre los hermanos por quién se hace cargo de la madre, cómo y cuánto.

-En relación con los cuidados aparece una dimensión feminista…

-Sí, aparece en cómo el cuidado recae más en las mujeres. Ese ‘no sé si el hermano va a poder hacerse cargo, cuando casi nunca pudo’. En la dinámica de estas pequeñas familias es así. Ella lo intenta igual, lo fuerza a atravesarlo, a hacerse cargo, a cuidarla. También es un poco ver a tus padres en un estado que es difícil. Entonces, en vez de, como te digo, elegir el camino de hacer una novela realista sobre una madre que envejece y demás, digo, bueno, voy a tomar este otro camino. En vez de hacer una novela realista sobre una médica paliativista que ayuda a la gente a morir, digo: “Bueno, vamos a ir por el lado de los cruces, lo siniestro, los juegos, la mística”. En vez de contar de una mujer que tiene una pérdida gestacional y entra en depresión, vamos a contar que sigue viendo a ese niño en los sueños, que ese niño empieza a crecer y que se crea una circularidad entre la vida y la muerte. Esta es la novela que quería hacer, no las quería contar en un registro realista, ni autorreferencial, ni nada.

Presentación del libro Cruces, de Violeta Gorodischer

Presentación del libro Cruces, de Violeta Gorodischer - Créditos: Prensa

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