S ANTA MARTA,Colombia (El Tiempo, de Bogotá, Grupo de Diarios América).- Son las 10.30 y el sol cae pesadamente, produciendo un intenso sopor. Quienes juegan al billar -alrededor de 20 personas sentadas en torno de la mesa- esperan el Jeep que los llevará de regreso a Santa Marta, luego de internarse en la Sierra Nevada de Santa Marta, durante seis días.
Es un día de fiesta y la única calle del pueblo está prácticamente desolada. Aparte del billar, en el resto de Machete -antiguamente conocido como El Mamey- no hay mayor actividad, a pesar de que es allí donde se surten de víveres los habitantes de la parte norte de la sierra.
Indígenas del pueblo kogui y arsario, colonos y campesinos, convergen en este punto para intercambiar productos agrícolas por otros víveres de primera necesidad. Este, igualmente, es el principal punto de encuentro para quienes intervienen en las aventuras y caminatas a Ciudad Perdida.
Allí, con un sol esplendoroso y a la vez sofocante, se comienza el ascenso a pie hacia La Teyuna, así como se conoce la prehistórica ciudad.
Rumbo desconocido
Mientras se espera que se ultimen detalles del contrato de las mulas y los portadores que cargan la comida y el equipaje durante buena parte del trayecto, la mente empieza a volar por los parajes que serán descubiertos en los próximos días.
La imaginación se pasea por entre inciertos paisajes llenos de desafiante fauna y flora, pero lo cierto es que la imaginación se queda corta.
La meta es Ciudad Perdida, lugar de asiento de los indígenas taironas por más de siete siglos, al que se llega luego de tres días en jornadas de tres a seis horas de caminata, dependiendo del número de paradas o descansos que se hagan. En el recorrido se ascienden casi mil metros y se caminan 20 kilómetros, con escaladas y descensos por entre un terreno abrupto, inmerso en la selva húmeda tropical y con una temperatura promedio de 22 grados centígrados.
Durante la primera jornada, que comienza en Machete, se caminan de tres a cuatro horas. Luego de cruzar cinco o seis veces la quebrada Machete, haciendo malabares para pisar la piedra correcta y no resbalar, se empieza la primera subida que de entrada permite hacer el análisis del estado físico del caminante. Dependiendo de cómo le vaya en ese trayecto, se sabe el comportamiento que va a tener en los próximos seis días. Pero igual no hay afán. No importa cuánto se demore, lo importante es llegar.
De hecho, qué importancia pueda tener llegar media o una hora después que los demás si los minutos que quedaron atrás no fueron perdidos, sino invertidos en estar más consciente de lo exótico, inusual, misterioso y casi mágico que resulta el recorrido.
Aunque la idea de llegar primero es tentadora, perder la noción del tiempo resulta la mejor forma de integrarse con aquel compacto ecosistema que va desde la zona costera hasta las máximas alturas del país, los picos Colón y Bolívar, que coronan la sierra a 5775 metros sobre el nivel del mar.
Así, nada puede ser mejor que el deleite de sentir paso a paso la sensación de caminar por bosques tupidos con palmas, arbustos y árboles que alcanzan los 40 metros y de los cuales los más comunes son la tagua, el caracolí, el laurel de cera, el guayacán, el higuerón, el aguacate y una gran variedad de helechos.
En este primer trayecto se comienza a experimentar esa sensación de niño explorador que muchos llevan adentro, y luego de coronar el sitio más alto del trayecto denominado El Mirador -por la impactante vista que presenta el valle del río Guachaca desde los 550 metros de altura-, se emprende un corto descenso que da por finalizado el primer tramo de aproximadamente cuatro horas para pernoctar en uno de los campamentos dispuestos para ese fin.
Es una casa de madera en cuyos corredores -que rechinan con el paso de cada visitante- son colgadas las hamacas, artículos de primera necesidad que hacen las veces de cama durante todo el recorrido. No tiene otro servicio que el de un chorro de agua que cae parsimoniosamente en un lavadero.
Luego de hacer los ajustes del caso con el equipaje, no queda más que esperar que venga la noche y con ella un merecido sueño, después del cual llega el segundo día que comienza muy temprano, con un suculento desayuno de chocolate, arepa y huevos pericos, preparados por guías y sus portadores en la cocina de la casa.
Encuentro kogui
Con las energías repuestas se emprende el segundo trayecto. Se inicia con un leve descenso que permite encontrar a más de una hora la escuela Nueva Teyuna, donde se pueden comprar bebidas. A más de una hora de allí y luego de pasar por el segundo campamento, manejado por Adán Bedoya, el recorrido comienza a ser en medio del resguardo indígena.
Luego de una hora de camino se atraviesa El Playón, la zona donde está el pueblo de los arsarios, compuesto por 60 indígenas y no más de diez casas construidas con madera y hojas de tagua. Sólo una mujer, María, está sentada frente a su choza. Es más bien arisca cuando se le habla y prefiere que no le tomen fotos a menos que se le dé plata, pero, con todo eso, se muestra reacia.
Está tejiendo una mochila en fique teñido de colores como el marrón, el vino tinto, el verde y el amarillo, extractados de plantas como el guamo de río y la tripa de pollo. Así lo hace la mayoría de los indígenas que se encuentran en el camino.
A sólo media hora, el poblado kogui aparece como un pueblo fantasma desolado. Sólo algunos niños barrigones, sucios y muy tímidos reciben desconcertados la visita de los intrusos turistas. Uno que aparenta tener alrededor de 8 años habla español, aunque no con muy buena dicción. Los otros se limitan a mirar con sus grandes ojos negros llenos de melancolía.
Ese día se llega aún más exhausto al campamento de Gabriel Sánchez, luego de cuatro o tal vez cinco horas.
Las condiciones del lugar resultan muy ventajosas: tiene servicios sanitarios y está bordeado por el río Buritaca, lo que permite emprender las labores higiénicas con mayor detenimiento.
Es un río con grandes piedras que ofrece un lacónico paisaje.
Es la primera vez que se lo topa en el camino, pero no la última. Durante el tercer día de recorrido se lo cruza de un lado a otro cinco veces, algunas de ellas llegando el agua más arriba de la cintura.
Este último trayecto es, sin duda, el más pesado. Se caminan entre cinco y seis horas, lo cual presupone sacar a relucir las mejores cualidades como escalador y montañista.
Objetivo en la mira
La última vez se cruza el río, cuando ya no es tan divertido como la primera.
Aparecen de frente, empinados y misteriosos, los 1225 escalones que hay que subir para pisar la primera de las 140 terrazas que conforman la arquitectura de Buritaca 200, como los arqueólogos bautizaron a Ciudad Perdida.
Construidos con lajas de granito y de pizarra y rocas de forma irregular, los escalones resultan no muy fáciles de subir no sólo por lo empinado del terreno, sino porque seguramente fueron diseñados para pies mucho más pequeños que los de talla 37 en adelante.
Sin embargo, esto es una minucia y la media hora de ascenso junto con el sofocón son lo de menos ante la sensación que produce llegar a esta primera muestra de la milenaria ciudad, construida presumiblemente antes del 1000 después de Cristo.
Y qué decir de lo que se siente al coronar la montaña a 1100 metros y estar instalado sobre la terraza principal de 620 metros cuadrados de área, desde donde se domina con la vista un contorno selvático inmerso en medio de una espesa neblina y que servía de sitio de reunión y culto a nuestros hermanos mayores (nosotros, para los indígenas de la región, somos los hermanos menores).
El encuentro
Luego de estar instalado en el campamento de Ciudad Perdida, construido por el Instituto Colombiano de Antropología hace tres años para albergar a los turistas, se emprende el reconocimiento del terreno.
Allí se puede pasar una o dos noches, dependiendo de lo que quiera cada grupo de turistas, pero lo importante es tener tiempo suficiente para hacer con detenimiento el recorrido que permite descubrir la grandeza de la infraestructura que se conserva desde tiempos de la Conquista, cuando desaparecieron los taironas.
Este recorrido dura más de dos horas y se emprende por la derecha del camino principal, hacia los sectores uno y dos, como fueron delimitados por los primeros arqueólogos que investigaron la zona a partir de 1976, año en que fue públicamente reconocida la localidad precolombina.
Poco a poco van apareciendo las terrazas en forma ovalada o semicircular, que son el punto intermedio de los intrincados caminos hechos de piedra que conducen a más terrazas y delatan el avanzado conocimiento de ingeniería de sus consultores. En ellas se encuentran las bases de una o dos construcciones circulares donde, en la mayoría de los casos, estaba levantada una casa de habitación.
Estas ruinas se hallan distribuidas en un terreno de aproximadamente 2 kilómetros cuadrados, asentado sobre la vertiente norte de la Sierra Nevada de Santa Marta, en una de las estribaciones del cerro Corea, entre los 800 y los 1100 metros de altura sobre el nivel del mar.
La arquitectura lítica, ideada por los indígenas para controlar el medio ambiente, está además plasmada en muros de contención construidos para sostener las terrazas y ayudar, junto con los canales, a encauzar las agua de lluvia, regular el curso de las corrientes y, así, prevenir la erosión de la tierra.
Un baño en el Pozo de la Juventud, que está dentro del terreno de Ciudad Perdida, sirve de preludio para la preparación del viaje de retorno. Aquel donde un armónico concierto, compuesto por los sonidos de monos aulladores, comadrejas, armadillos, ardillas, gavilanes, búhos, pájaros carpinteros, loros y guacamayos sirve de guía para recorrer un trayecto que de regreso resulta mucho más ligero.
Ximena Ospina
La cultura tairona
Miembros de la familia de los indígenas del Caribe, habitaron la Sierra Nevada desde el siglo V d. de C. y fue una de las civilizaciones más desarrolladas de la América precolombina.
Su elevada cultura, casi pareja a las andinas, les permitió imponerse a las tribus vecinas y dominar el norte de Colombia.
En el momento de la conquista española, su población era de 100.000 individuos divididos en Bonda y Pocigueica, dos Estados teocráticos rivales.









