
Educar en la empatía: por qué es importante poner la afectividad en el centro de la escuela, según una experta
En Educar en la empatía (Planeta), Carina V. Kaplan invita a repensar la escuela como un espacio que aloje las emociones, repare heridas y forme ciudadanos sensibles.
28 de febrero de 2026

Educar en la empatía: por qué es importante poner la afectividad en el centro de la escuela, según una experta - Créditos: Getty
Acaba de publicarse Educar en la empatía (Planeta), el nuevo libro de la escritora e investigadora Carina V. Kaplan, una obra que propone repensar la escuela como un espacio capaz de dejar huellas afectivas y convertirse en un verdadero antídoto frente a la crueldad.
En estas páginas, la autora invita a docentes y familias a preguntarse cómo construir una institución educativa que no solo transmita contenidos académicos, sino que también aloje, repare y acompañe las emociones de niñas, niños y jóvenes.
La pregunta que dio origen al libro fue tan simple como conmovedora. “Di una charla sobre las violencias en las escuelas y, al terminar, una maestra pidió la palabra y expresó muy conmovida: ‘es que los niños están rotos’”. Esa frase, cuenta Kaplan a OHLALÁ!, quedó resonando en ella y la impulsó a escribir para pensar “en una escuela que deje huellas afectivas”.
Una escuela que deje huella

Educar en la empatía (Planeta), el nuevo libro de la escritora e investigadora Carina V. Kaplan - Créditos: Prensa Planeta
Para muchos chicos, la escuela es refugio. Para otros, una experiencia dolorosa. El desafío, sostiene la autora, es lograr que todos la perciban como un espacio protector.
Siguiendo la metáfora del “niño roto”, Kaplan propone asumir que “todo lo que se rompe, duele” y recuerda las palabras de Elsa Bornemann en No somos irrompibles: “Así como las cosas se rompen, nosotros no somos irrompibles”.
Su interés, explica, es pensar cómo la escuela puede minimizar cicatrices sociales y promover una pedagogía del cuidado.
“No se nace empático ni existe un gen de la empatía”, afirma. Se trata de “un sentimiento cultural que se forma y constituye un aprendizaje social”, que se desarrolla a lo largo de toda la vida y especialmente en la escuela.
La afectividad en el centro de la escena educativa
Kaplan insiste en que no es posible separar los aprendizajes académicos de los procesos socioafectivos. “Necesitamos colocar a la afectividad en el centro de la escena educativa y respetar aquello que sienten los niños: miedo, angustia, tristeza”, escribe.
Aquello que no se tramita mediante la palabra, advierte, puede silenciarse o expresarse a través de violencias contra otros o contra sí mismos. “Tramitar lo emocional simboliza acompañar y acompasar. Reparar significa hacerse cargo del daño emocional causado”.
Para la autora, basta muchas veces “una palabra reparadora del maestro” para fortalecer a un estudiante. La mirada docente, sostiene, “toca: transforma o condena. Nunca es neutra y puede cambiar la existencia estudiantil”.
La escuela como antídoto frente a la crueldad
En un contexto atravesado por experiencias de odio y desamor, Kaplan plantea que la escuela puede promover vivencias protectoras basadas en el compromiso mutuo.
Se aprende a sentir odio —advierte— pero también se puede desaprender. Parte de la tarea docente consiste en ofrecer herramientas pedagógicas (lectura de cuentos, análisis de películas, escritura de relatos) que permitan desidentificarse de prácticas de crueldad.
Cuando en una comunidad prevalece el buen trato, “uno de los nombres de la ternura”, se fortalece el lazo social. Educar en la empatía implica desarrollar “una ética del dolor”, es decir, estar abiertos a conmovernos por lo que le sucede al otro.
Kaplan retoma aquí la definición de Martha Nussbaum, quien entiende la empatía como la capacidad de imaginar la situación del otro desde su perspectiva. No se trata de un mero contagio emocional, sino de un desplazamiento imaginativo que reconoce al otro como centro de experiencia.
Narrar para simbolizar
Entre las prácticas que la autora destaca como transformadoras aparece la escritura. Diarios escolares, portfolios, relatos o guiones teatrales funcionan como herramientas culturales que permiten simbolizar lo vivido.
Narrar, afirma, habilita la toma de conciencia sobre las afectividades colectivas y posibilita recorrer experiencias de dolor y de felicidad en comunidad. Porque la emoción —subraya— es un proceso, no un estado definitivo.
La felicidad escolar no implica una alegría constante, sino la construcción de escenas donde sentirse bien con otros.
Una promesa de felicidad colectiva
Con el inicio de un nuevo año escolar, Kaplan invita a docentes y familias a comprometerse para que la escuela sea “una promesa de felicidad colectiva”: un espacio donde ejercer solidaridad, establecer conexiones empáticas y cuidar tanto de uno mismo como de los demás.
“Estoy convencida de que no vamos a poder ser plenamente felices individualmente hasta que nuestros niños se sientan felices”, sostiene. La escuela, concluye, puede contrarrestar heridas sociales y proponer experiencias de felicidad compartida.
Educar en la empatía abre así una conversación urgente: cómo volver a poner lo humano en el centro de la convivencia escolar y cómo enseñar —también— a sentir.
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