El audio llegó un viernes de mayo, cerca de las tres de la tarde. "Me acordé de vos porque voy a ser jurada de una ball… la fantasía va a ser la primavera y me acordé de lo que estuvimos hablando de recrear el vestido de Alexander McQueen". Yo estaba por salir a una reunión, pero recuerdo con precisión la sensación que me atravesó: una felicidad parecida a la que sentía de chica esperando a Papá Noel.
Algo se abrió. Algo que se había estado amasando desde que pintaba cuadros con acrílicos, desde que dibujaba flores en los apuntes de la secundaria, desde que dejé el mundo corporativo para entrar al mundo de las flores, desde que vi ese vestido en el MET de Nueva York en 2016. La posibilidad —real, concreta— de que una obra mía fuera desfilada en un teatro de Buenos Aires. No en cualquier escenario, sino en uno emblemático para la comunidad LGBT+, que es parte de mi historia, siempre vi en la comunidad un admiración por ser ellos mismo que siempre me atrajo mucho.
Entonces, apareció Coral. "No hay antecedentes artísticos en mi familia; vengo de una casa humilde donde el arte no circula como herencia, y sin embargo tuve algo más decisivo: la libertad de intentarlo. Por eso siempre digo que lo verdaderamente difícil no fue ser travesti, sino atreverme a querer ser artista", me dijo. "Ser artista es una elección que se sostiene cuando el entusiasmo baja y quedan las cuentas, el cansancio y la duda", agregó Coral, y sentí que me robaba las palabras de la boca.
Una belleza autóctona

Ella es alta, tiene la cintura marcada y una forma de mover las manos que le da una elegancia señorial. Su cara de rasgos indígenas y ojos negros penetrantes la cargan de una belleza terrenal. "Que las travestis viejas amen mi trabajo, que me respeten y me miren con admiración es el premio más grande que puedo imaginar", dijo con una sonrisa perfecta. Sí, a pesar de haberse criado en la escasez de Mercedes, Corrientes, de soportar que le gritaran "caminá como un hombre" y de sufrir violencias en la adolescencia, Coral sonríe.
Nos conocimos en una producción fotográfica: ella interpretaba al Gauchito Gil y yo construí la cruz desbordada de rosas y claveles rojos. En el camino me contó de sus orígenes correntinos. Me cayó bien enseguida: cauta, amorosa, bañada por un halo de misterio. Cuando comenté que me gustaría recrear un vestido de McQueen, Coral supo exactamente de cuál hablaba. Ahí entendí que compartíamos un código. Para quienes no lo conocen, Alexander McQueen fue un miembro abiertamente homosexual de la comunidad LGBT+ que transformó la alta costura al desafiar las normas tradicionales de género y belleza.

"Con mi abuela vivíamos solas y fui feliz; creo que ella sabía quién era yo sin necesidad de explicaciones, y ese silencio fue una forma de respeto. Mi hermano, antes de morir, aprendió a llamarme Coral. Esa es, para mí, la magia travesti: convertir el adiós en afirmación", me contó esta mujer de 33 años. "Si fracaso, fracaso siendo Coral, y esa coherencia nadie puede arrebatármela."
El ballroom: refugio y celebración
El ballroom nació en los años 60 en Estados Unidos, gestado principalmente por comunidades negras y latinas, por travestis, mujeres trans y disidencias. "Una ball no es una simple fiesta ni exactamente un espectáculo. Es un territorio simbólico donde la cultura trans se reúne para honrar sus identidades, sus talentos, sus fantasías y su existencia misma", me explicó Coral.
Durante diez años, el único imán en mi heladera fue el que compré en el gift shop del MET con el vestido de McQueen. El camino del arte floral llegó justo antes de la pandemia, y ese parate mundial terminó de empujarme. Las flores dejaron de ser compañía y se volvieron lenguaje. Empecé a disfrazarme con tocados. "Yo puedo jugar a ser quien se me cante", pensé. Cuando le conté esto a Coral, me miró fijo: "Claro, vos sos drag."
Fue como un déjà vu. Algo que siempre había estado ahí encontraba nombre.
Sostener la propia verdad

Teníamos el modelo de McQueen como inspiración, pero queríamos ponerle nuestra historia. Encargué más de 400 hortensias naturales preservadas en tonos violeta, lila, azul y verde. Cuando llegaron las flores, entendí que esto iba en serio. Me compré a Lorraine —mi maniquí—, bautizada así en honor a la madre de Marty McFly: si íbamos a viajar en el tiempo hacia ese vestido soñado, necesitaba una aliada.
Los tiempos corrían y la incertidumbre crecía. La base del vestido llegó en una bolsa de la escuela de Harry Potter. "Magia", pensamos. Pero cuando la vimos, distaba de lo imaginado. La puse sobre Lorraine. La miré. Me quedé en silencio.
Al día siguiente entendí que había que alambrar la base, construir desde la estructura invisible. La solución apareció sola: cada hortensia sería atada con precintos, una por una. En ese gesto repetido apareció la certeza. Durante semanas fuimos el vestido y yo. La fascinación era el motor. Coral, mientras tanto, no soltó nunca el objetivo: cambió mangas, reformuló el cuello, afinó detalles. Era un diálogo constante entre estructura y flor, entre diseño y naturaleza.
A menos de una semana del evento hicimos la primera y única prueba. Coral llegó a casa un lunes por la mañana. Para nosotras el mundo se había reducido a ese vestido. Nos miramos. Sonreímos. Todo encajó. "Cuando me probé el vestido por primera vez estábamos relajadas. Era íntimo. Lo había visto en fotos, pero verlo en mi cuerpo fue otra cosa. Ese fue el verdadero momento", dijo ella.
Un look con glamour
Finalmente llegó la noche de la Ball en el Teatro Vorterix. El imán en la heladera ya no era un recuerdo: era destino cumplido. Coral terminó de prepararse ahí, con una concentración absoluta. Yo fui muy cautelosa: no hablar de más, respetar los silencios, no invadir con mi energía su proceso. Entendí que estaba cerrando un ritual.
Cuando salió a escena fue como si bajara por las escalinatas del MET. Su presencia, su glamour, el carnaval latiéndole en la sangre. Entró con su metro ochenta de altura, su silueta impecable. Coral sabe quién es. Y lo respira.
La ball transcurrió como un universo paralelo: códigos nuevos, lenguajes que no entendía del todo, pero observé, respiré y comprendí más de lo que creía. Una mezcla de furia, ternura, competencia, celebración, memoria. Lo que sí estaba claro es que ahí las dos éramos nosotras en carne viva.
"Somos eso que a veces escondemos por miedo a que nos rechacen. Somos lo que afuera incomoda. Y ahí, en ese espacio, eso mismo es celebrado, premiado, admirado. Al final, más allá del show y de cualquier aplauso, lo que permanece es haber elegido, haber sido fiel, haber encontrado otras manos en el camino. Estar acompañadas. Y seguir siendo", concluye Coral.
Así fue naciendo la obra
Belén Lozano Es artista floral y creadora de Blomster Flower su propio emprendimiento. Su impronta se refleja en cada espacio y en cada actividad que emprende.



