A simple vista, San Isidro, en la provincia de Salta, emerge como un punto verde en un terreno árido e inmenso. Hay que observar con mucho detenimiento para lograr distinguir las casas camufladas en el paisaje. Es un valle a tan solo seis kilómetros de Iruya, un pueblo constantemente visitado por turistas; sin embargo, a San Isidro llega poca gente.
El oficio de sus habitantes es en realidad una tradición ancestral: elaboran artesanías y en especial usan la lana como materia prima.
“Vivimos en un pueblito chiquito donde venimos trabajando con nuestros tejidos de nuestros ancestros, nuestros abuelos y ahora, lo vengo trabajando yo con mi familia y otras personas más”, contó Erminio Mamani, uno de los principales tejedores del pueblo.
“Un día de trabajo para nosotros significa dedicación, paciencia y sobre todo reconocer el valor de cada prenda que realizamos día a día. Es un proceso lento donde cada integrante de la familia aporta lo suyo”, sumó la hija de Erminio, María Mamani.

Este es el corazón de la sustentabilidad de Manto, la marca argentina que trabaja junto a comunidades del norte del país. “Del cielo, de arriba”, como lo planteó Clara de la Torre al referirse a la altitud en la que se encuentran estos pueblos, entre ellos San Isidro, La Quiaca y Abra Pampa.
Clara es la fundadora del proyecto, que dirige junto a sus socias Diana Dai Chee Chaug y Verónica Olavide. Juntas combinan una mirada sobre la sustentabilidad basada en el respeto por los tiempos de la naturaleza con el diseño de autor y la confianza en estas comunidades, donde el tejido forma parte de su identidad y de un saber que se transmite de generación en generación.

“Una tela apurada no tiene la misma condición que una hecha a su ritmo”, sostuvo Clara. Manto no corre tras las tendencias, sino que es un proyecto que pone el foco en un objeto que tenga sentido y durabilidad. “En una escala pequeña, porque si hablamos de sustentabilidad, la escala es muy importante”, agregó.
La firma argentina apuesta por slow fashion –un término opuesto al “fast fashion” en el que la producción consciente prioriza la calidad antes que la cantidad– para elaborar abrigos a base de tejidos ecológicos y atemporales. En palabras de Clara: “Sos pobre si no te vinculás frente a la vida y no entendés que lo más preciado que tenemos es nuestro mundo. Tenés una tierra que te da todo para poder vivirla y honrarla. Cuando vos tenés conexión real no necesitas tener de más”.
Hubo algo de su segundo embarazo que la remitió a su infancia, donde encontró las raíces de su marca, una niñez marcada por los silvestres recuerdos del campo de su familia en Córdoba. Junto a sus hermanos y la gente que allí trabajaba jugaba entre las cosechas. “Yo tengo esos recuerdos de niña, de vivir una vida un poco más salvaje y más en comunión con ciclos vitales y reales. Era una vida privilegiada en ese sentido, en contacto con la naturaleza”, recordó.
Tras diez años trabajando en un banco, donde la prioridad era el rendimiento económico, Clara buscó un camino en el que pudiera darle un nuevo sentido creativo a su existencia.
Así que, por recomendación de un amigo, decidió internarse en las rutas que la llevaron al norte argentino.
“Logré ver una identidad muy propia, latina, aunque no sea la misma que en otras regiones. Estaba más desprovista de la belleza vegetal y del agua. Era la belleza de la tierra en un estado más originario. Fue como si me viera en otra perspectiva, como si fuera la primera vez que me encontraba con el planeta Tierra”, describió.

En aquel primer encuentro con la cultura norteña, la diseñadora tenía en mente conseguir un poncho tradicional. La búsqueda, que en principio parecía sencilla, terminó por revelar una pérdida del trabajo artesanal.
“En las ferias yo no encontraba un poncho real sino imitaciones hechas de manera industrial, que en ese momento, porque convenía el cambio de moneda, venían de Bolivia”, relató. Y en la actualidad la situación es la misma. Durante los primeros seis meses de 2025, la importación de prendas de vestir creció un 88% y alcanzó los 308 millones de dólares. Estas cifras son las más altas para ese período desde 2018, lo que coincide con el crecimiento de plataformas como Temu, Mercado Libre Internacional y Shein. Este fenómeno ha afectado a las comunidades del país, como San Isidro, que viven del trabajo artesanal.
“Con nuestros tejidos hemos podido vivir, en aquellos tiempos, nuestros abuelos, y ahora también nosotros. Aunque ahora se ve que no es tan vendible, estamos manteniendo nuestros tejidos en San Isidro”, relató Erminio. Esta aventura acercó a la diseñadora a su deseo de crear y reivindicar una tradición al borde del olvido.
En aquellos viajes también empezó a tomar forma la identidad de la marca. Primero se lamó Anaqmanta, una palabra quechua que significa “de arriba” o “de los cielos”, en referencia a la altitud en la que se encuentran las comunidades. Con el tiempo, Clara simplificó el nombre a Manto, otorgándole una nueva simbología. “Pensé en ese primer manto que te acoge cuando nacés, cuando alguien te envuelve para darte calor. Lo relacioné con el poncho, con lo sagrado, pero también con esa primera sensación de calor humano”, explicó.

Clara emprendió una serie de excursiones en la búsqueda de una comunidad tejedora, de la que aprender para mantener su legado vivo. Así terminó a 3000 metros de altura en San Isidro, ese “pueblito metido muy adentro de Salta” al que tuvo que llegar en burro y después a pie, donde conoció a Erminio y a su familia.
Clara comprendió que no quería transitar aquel viaje como una turista, sino que necesitaba crear un vínculo más profundo con ellos.

En diálogo con OHLALÁ!, Erminio explicó que en su comunidad todos trabajan de forma cooperativa. A las orillas del río, las mujeres se agrupan para hacer los ovillos de lana de oveja y llama, mientras que los hombres luego trabajan los telares rústicos en sus hogares para confeccionar los textiles que después envían al showroom en Palermo.
Es esa riqueza cultural la que la marca busca preservar. Sus colecciones son una oda al linaje andino y dialogan con el pasado histórico. Con simbología quechua y tintes de los colores de los cerros, Clara explicó que parte de la importancia de mantener viva la historia de las comunidades implica respetar al momento de conocer las técnicas que utilizan y evitar el despojo de su esencia tradicional.

“Alguna vez tuve la oportunidad de ver el fruto de nuestro esfuerzo”, relató María. Su hermano Juan fue quien visitó personalmente el showroom. “Ahí él pudo ver los productos ya terminados y contó que fue una experiencia muy linda, emocionante. Y nosotros, el resto de la familia, le vemos, digamos, a través de fotos”, agregó.
La colección dedicada al Río de la Plata
La más reciente propuesta de la marca es “Orilla” y está dedicada a la cultura del Río de la Plata. Explora la fina línea del horizonte porteño en donde el cielo y la tierra se funden. Lo representa a través de hilados con tonalidades que generan “un mélange de grises y nogales naturales”. Quienes están detrás de los tintes característicos de la marca son también los mismos artesanos del norte que trabajan. Con hollín, cenizas, cebollas, cochinillas, restos de maderas y plantas como la jarilla y la tola tola, crean pigmentos y reutilizan el agua hasta que el tejido absorbe completamente el color.
“Cuando queremos un tono ellos [los tejedores] son expertos, tiñen de poquita cantidad y todo el agua se aprovecha”, describió Clara. A través de sus creaciones, María Mamani, la hija de Erminio, lleva consigo las enseñanzas de su padre, sus abuelos y todos sus antepasados, que transmiten con su obra la voz de su pueblo: “Nosotros tejemos con mucho entusiasmo sabiendo que en cada hilo va un pedazo de nuestra cultura y de nuestra historia ancestral”.








