Moria: qué enseña la serie sobre cómo criar hijos libres y autónomos

La serie Moria plantea una pregunta sobre maternidad y libertad: ¿cómo acompañar a los hijos para que sean autónomos sin dejarlos solos? Una mirada desde la psicología.

Por Karina Carreño

21 de agosto de 2026, 15:38

Moria habla con su hija en la serie
La escena en la que Moria le habla a su hija Sofía acerca de cómo pretende encarar la crianza. - Netflix

El estreno de “Moria”, la exitosa serie de Netflix que recorre la vida de uno de los grandes íconos del espectáculo argentino, irrumpe con interrogantes acerca del rol de la mujer en la sociedad, en la pareja y en la maternidad.

Cuando Moria le dice a su hija pequeña “quiero que seas libre y yo también quiero seguir siéndolo”, rompe con un modelo de época donde la madre “abnegada” no tiene lugar.

El diálogo continúa: “Si querés comer algo, vas y lo comés. Yo quiero vivir con vos. No para vos. Me voy a ocupar, pero no me voy a preocupar. Vas a tener que aprender muchas cosas sola; a veces, solo observándome. Por momentos estarás de acuerdo y, por momentos, no”.

Si bien el mandato de “la buena madre” es cuestionado desde hace tiempo —y con Moria, la ruptura es radical—, todavía sigue siendo un lugar de mucho cuestionamiento para las mujeres.

Sin necesidad de entregar la totalidad del tiempo y la energía a la crianza, considero que también es muy importante preguntarse qué necesita un niño o una niña para construir su libertad.

La respuesta desde la psicología es clara: la libertad infantil no se construye simplemente dando permiso para elegir. Se construye progresivamente a partir de un vínculo que combine autonomía, límites, acompañamiento y seguridad.

La intención del mensaje de Moria resulta interesante porque introduce algo que durante mucho tiempo quedó relegado en la maternidad: el derecho de una mujer a tener una vida propia y el derecho de los hijos a no cargar con la responsabilidad de hacer felices a sus padres. “Quiero vivir con vos, no para vos” puede leerse justamente como una ruptura con la idea de que ser madre significa desaparecer como persona. Pero una niña no nace sabiendo qué significa ser libre: eso se aprende.

Foto de Moria Casán y Mario Castiglione.
Moria en la vida real, con su marido, Mario Castiglione, y su hija Sofía. - Archivo La Nación

Durante la infancia, las áreas cerebrales vinculadas con la planificación, la anticipación de consecuencias, el control de impulsos, la toma de decisiones y la regulación emocional están en desarrollo. Por eso, un niño puede querer algo intensamente y, al mismo tiempo, no contar con los recursos necesarios para evaluar si eso que desea es seguro, conveniente o posible. Esta circunstancia cambia completamente la manera de entender la libertad.

Si yo le digo a una niña “hacé lo que quieras”, puedo tener la intención de otorgar autonomía, pero también puedo estar entregándole una responsabilidad para la cual todavía no está preparada. Por eso, la libertad infantil siempre necesita un adulto disponible que acompañe el proceso.

¿Cómo se construye la libertad en la infancia?

Se comienza por ofrecer elecciones posibles. No se trata de que un niño decida todo, sino de que pueda experimentar cuáles son sus preferencias y tener cierta autonomía para elegir. ¿Querés ponerte esta remera o la otra? ¿Preferís bañarte ahora o después de cenar? ¿Querés hacer primero la tarea de Matemática o la de Lengua? Son pequeñas decisiones con un enorme valor psicológico porque le enseñan que puede elegir, pero dentro de determinados límites de cuidado.

Luego se enseña que elegir también implica hacerse cargo de las consecuencias. Cuando se elige, también hay que pensar en qué puede pasar y cómo afecta a los demás. Ante la posibilidad de equivocarse, también tenemos la enorme posibilidad de enseñar que un error no es fracasar. La autonomía se fortalece cuando un niño puede probar, equivocarse, reparar y volver a intentar sin sentir que pierde el amor de sus padres.

Hay otro elemento indispensable: el límite. Muchas veces confundimos libertad con ausencia de límites. Sin embargo, desde la psicología del desarrollo sabemos que los límites claros y consistentes funcionan como una estructura de seguridad. Un niño necesita saber qué puede hacer, qué no puede hacer y por qué.

Cuando hablamos de libertad sexual, especialmente cuando se trata de niños, también necesitamos ser muy precisos. Una niña no necesita ser sexualmente autónoma; necesita aprender autonomía corporal, consentimiento, cuidado, intimidad y derecho a decir que no. La exploración de la sexualidad adulta pertenece a otra etapa del desarrollo y requiere madurez, información y capacidad para consentir.

Por eso, cuando hablamos de criar niños libres, hablamos de enseñarles desde pequeños que pueden expresar lo que sienten, preguntar, poner límites, reconocer situaciones incómodas, pedir ayuda y respetar los límites de los demás.

La libertad también se construye cuando un adulto puede decir: “No estoy de acuerdo con vos, pero puedo escucharte”. “Esta decisión no te corresponde todavía porque mi responsabilidad es cuidarte”. Porque acompañar no significa controlar; y tampoco significa desentenderse.

Entre el control absoluto y el abandono existe un territorio maravilloso: el acompañamiento. Una crianza saludable intenta que, poco a poco, el niño necesite menos al adulto para resolver aquello que ya puede resolver por sí mismo. Primero hacemos juntos. Después observamos. Más adelante dejamos que lo haga solo. Y cuando vuelve porque necesita ayuda, seguimos estando.

Cómo se modifica el cerebro en la infancia

Ese proceso también modifica el cerebro. Cada vez que un niño toma una decisión adecuada, resuelve un problema, regula una emoción o encuentra una estrategia para enfrentar una dificultad, está fortaleciendo circuitos relacionados con la autonomía y las funciones ejecutivas. La repetición de esas experiencias contribuye al aprendizaje y a la maduración cerebral.

Por eso, cuando pienso en la frase de Moria “vas a tener que aprender muchas cosas sola”, agregaría que “no demasiado pronto y no completamente sola”.

Necesitamos adultos que enseñen a pensar, no solamente a obedecer. Que permitan a sus hijos preguntar. Que toleren que los hijos no sean iguales a ellos. Que puedan aceptar un “no quiero” sin interpretarlo inmediatamente como un desafío. Que enseñen a reparar cuando una decisión tiene consecuencias. Y, fundamentalmente, que puedan transmitir algo que ningún discurso consigue enseñar por sí solo: el propio ejemplo.

Porque una niña también aprende la libertad observando a su madre. Aprende cuando ve que una mujer puede trabajar, descansar, amar, tener proyectos, poner límites, equivocarse, pedir ayuda, disfrutar y decir que no. Aprende que cuidar a otros no significa olvidarse de una misma.

Aprender que ser libre no significa hacer siempre lo que quiero. Que es necesario poder elegir con conciencia, reconociendo mis límites, respetando los límites de los demás y asumiendo progresivamente la responsabilidad de mis decisiones.

Tal vez por eso, si queremos criar hijos libres, la pregunta no debería ser solamente qué libertad les estamos dando, sino qué herramientas les estamos enseñando para poder ejercerla.

Karina Carreño

Karina Carreño Doctora en Psicología PhD con mención en Sistémica, Cognitiva y Neurociencias. También es sexóloga y perito forense.