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OHLALÁ! cumple 18 años: Julia Coria reflexiona sobre el paso del tiempo y los cumpleaños

OHLALÁ! cumple años y, para celebrarlo, la escritora Julia Coria comparte un texto íntimo sobre la infancia, los rituales familiares y la experiencia de envejecer, entre la celebración y la reflexión sobre el paso del tiempo.


Julia Coria reflexiona sobre el paso del tiempo y los cumpleaños

Julia Coria reflexiona sobre el paso del tiempo y los cumpleaños - Créditos: Getty



En el mes aniversarios de los 18 años de OHLALÁ!, invitamos a voces cercanas a la revista a detenerse en una pregunta inevitable: qué significa hoy el paso del tiempo.

En este texto, la escritora Julia Coria recorre recuerdos, mandatos y transformaciones personales para pensar el cumpleaños como ritual, como herencia y como forma de celebrar —aun con contradicciones— el simple y profundo hecho de seguir viviendo.

 

Tirar la casa por la ventana

Julia Coria reflexiona sobre el paso del tiempo y los cumpleaños

Julia Coria reflexiona sobre el paso del tiempo y los cumpleaños - Créditos: Ilustración de María José raffo

Cuenta la leyenda familiar que cuando nací era minúscula y peluda como un monito tití. La comparación la hizo alguna vez una de mis abuelas y quedó instalada. Para mí, cumplir años empezaba así, con mis abuelas, Blanca y Esther, evocando mi aspecto de monito muertas de risa como antesala de los saludos y las primeras velitas de una maratón de festejos. Porque al otro día, la mona, de seda, reinaba. En mi casa no había un centavo, pero un decreto familiar remoto había establecido que para los cumpleaños se estrenaba ropa, y como comprarla no era opción, mi abuela Esther cosía, cada vez, el traje nuevo de la emperatriz. Mis tías Isabel y Cristina recortaban formas de animales de cartulina para confeccionar primorosas invitaciones, que mi abuelo me llevaba a repartir, cual participaciones de boda, en su Citröen blanco. 

Nací un 15 de diciembre; nunca en toda mi infancia había clases a esa altura, hubiera asesinado por soplar las velitas en el colegio. Mis tías también trenzaban guirnaldas de papel crepe en cantidades para decorar el Luna Park y fabricaban vinchas; era la década del ochenta: con flores para las nenas y con plumas para los varones. Nada de lo que comíamos era comprado; se horneaban scones, se ensamblaban sanguchitos, se rellenaban con dulce de leche tapas de maicena, cubanitos y piononos. El único detalle disonante era la torta: mi abuela Esther las cubría con un glasé transparente y plebeyo, por mucho que las coronásemos con adornos de cotillón —será por eso que me volví una repostera prodigiosa, una artista del merengue y del fondant—.
Nací el 15 de diciembre de 1976. Si las gestiones familiares alentaban mis ínfulas de reina de Java, los astros hicieron lo suyo.

Soy dragona de fuego y sagitariana, el animal y el elemento más poderosos del horóscopo chino y el hidalgo arquero están ahí desde siempre para decir: Este es el evento del año. La navidad, ese otro nacimiento, nunca hizo sombra, un coletazo, una excusa para que siguiera la fiesta un poquito más y así empalmar con el año nuevo: mi año nuevo es el de todos, el mundo se resetea al ritmo de mis propios ciclos vitales.

 

Este diciembre cumplo 50. Hace algún tiempo le dije a mi dermatóloga: Siento que todo se cae. Respondió: No es una sensación. Instagram es un bombardeo nuclear de reels sobre tratamientos corporales, pilates asiáticos, dietas keto. A cualquier cosa que le preguntara, mi ginecóloga (mi exginecóloga) respondía sin levantar la vista: Es la edad. Mi hija mayor vive en otro país; cada vez que nos reencontramos se sorprende: ¡Mamá, te encogiste! Las conversaciones con mis amigas corren hacia el hialurónico, el suelo pélvico, el reemplazo hormonal. Las autoras de mi generación cada vez dedican más páginas al período de la vida en que nos embarcamos; proliferan cuentos, ensayos, novelas acerca de la menopausia.

Si el arquero y el dragón hacen lo suyo, si consigo colarme en el futuro tiempo suficiente, si soy longeva, como fue mi abuela Esther..., ¿pasaré los próximos cincuenta años aplicada a lamentarme por mis patas de gallo, el grosor de mi cintura, la acidez que pareciera querer interponerse entre el vino y yo, los olvidos, las palabras que salteo? ¿Nuestras hijas revolucionaron el mundo para que nosotras sostengamos las preocupaciones más conservadoras de la historia? 

Para mi cumpleaños número 49, mis amigas me regalaron una balanza innovadora que mide la masa corporal. Me peso todas las mañanas de mi vida. Cuando la hijita de la que la retiró le preguntó qué iban a regalarme, mi amiga le cambió de tema. ¿Qué idea se haría de nosotras si llegara a saber que nos regalamos balanzas en lugar de cajas de bombones?

Es la sombra de nuestras cinco décadas, Pequeña Saltamonta, haremos lo posible por legarte un mundo (un psiquismo) mejor. A veces es difícil, pero mi aporte personal (ínfimo: recordemos que me peso todas las mañanas), mi granito de arena, es interrumpir cada conversación sobre masajes reductores con la pregunta: “¿Vamos a pasar el resto de la vida hablando de esto?”. Porque lo cierto es que ya no rejuveneceremos. ¿Será que, pasado el shock inicial, volvemos a las conversaciones normales sobre libros, trabajos, viajes, política, hijos, películas, sexo? 

Vengo a revelarte lo que creo haber aprendido en cinco décadas acerca de estos asuntos: la única alternativa a cumplir años es no cumplirlos. Y habiendo llegado hasta acá, tengo una certeza profunda: quiero más. No me gusta la idea de envejecer (mi dermatóloga diría: No es una idea), pero mucho menos la de morirme. 

Voy a encender las 50 velas con el fuego de mi dragón para conjurar una vida prolongada. Pediría la juventud eterna, pero mi animal es mágico, no milagroso.  Agradeceré el don de la vida estrenando atuendo y con las copas en alto: Por el próximo brindis. Ahora lo sé, ese es el origen del protocolo festivo familiar, cuando la vida prevalece sobre la muerte hay que tirar la casa entera por la ventana.

Por Julia Coria. Escritora. @unajuliacoria.

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