Hay una sensación que puede irrumpir de repente en tu vida: las ganas repentinas de besar a alguien. Puede suceder en una pareja, durante un encuentro, en una conversación o incluso en un instante de complicidad. En las redes sociales circula una palabra para describirlo: basorexia.
Este término, vale aclarar, no refiere a un diagnóstico reconocido por la comunidad científica ni figura como categoría en el DSM-5-TR. Es una denominación popular utilizada para describir el deseo espontáneo o intenso de besar a alguien. Tampoco constituye, por sí mismo, un síntoma de enfermedad.
Según la psicología, este impulso puede comprenderse como una conducta de aproximación: nuestro cerebro identifica a una persona como emocionalmente significativa o potencialmente gratificante y moviliza nuestra atención y motivación hacia ella. No siempre sabemos explicar por qué queremos acercarnos, pero nuestro sistema nervioso está procesando señales mucho antes de que podamos ponerlas en palabras.
¿Qué sucede en el cerebro?

Uno de los grandes protagonistas es el circuito de recompensa, en particular la vía mesolímbica, que involucra el área tegmental ventral y el núcleo accumbens. Allí participa la dopamina, un neurotransmisor fundamental para la motivación, la anticipación y la búsqueda de experiencias significativas. Es importante aclarar que la dopamina no es simplemente la sustancia del placer: también interviene en el deseo de obtener algo que nuestro cerebro considera valioso.
Cuando alguien nos atrae, el cerebro integra información visual, emocional, sensorial y contextual. La amígdala participa en la valoración emocional; la corteza prefrontal interviene en la interpretación de la situación, la regulación y la toma de decisiones. Por su parte, la ínsula contribuye a registrar las sensaciones corporales, como las famosas «mariposas en el estómago».
También participa la memoria, a través del hipocampo, que nos permite recuperar experiencias y contextos asociados a una determinada persona: una mirada, una conversación, un encuentro anterior o una sensación de intimidad.
El cerebro no responde solamente a lo que está ocurriendo en el presente, sino que también anticipa lo que podría suceder a partir de experiencias previas. Por eso, a veces, un gesto mínimo puede despertar un deseo enorme. Una sonrisa, una voz, un aroma o una mirada pueden activar asociaciones emocionales que favorecen el acercamiento.
En 2024, una investigación publicada en Cerebral Cortex, titulada Six types of loves differentially recruit reward and social cognition brain areas, utilizó resonancia magnética funcional para estudiar distintas experiencias de amor. Sus resultados mostraron que los vínculos afectivos cercanos reclutan con mayor intensidad y extensión regiones del sistema de recompensa y que las experiencias de amor también involucran áreas relacionadas con la cognición social. Esto permite comprender que el deseo de proximidad no depende de un único circuito, sino de una red cerebral que integra motivación, emoción y reconocimiento del otro.
El poder del contacto físico
Desde la sexología, es fundamental distinguir el deseo de besar del deseo sexual. Un beso puede expresar atracción erótica, pero también ternura, confianza, seguridad, complicidad o necesidad de conexión. El contacto físico no siempre busca una respuesta sexual; muchas veces, busca cercanía emocional.
Las neurociencias han identificado fibras nerviosas especializadas, denominadas aferencias C-táctiles, que responden especialmente a determinadas caricias suaves y lentas sobre la piel. Estas señales llegan a circuitos cerebrales relacionados con la interocepción y el procesamiento emocional, entre ellos la ínsula. También participan regiones como la corteza orbitofrontal y el estriado ventral, vinculadas con la valoración placentera y la recompensa.
Una investigación publicada en 2025 en Neuropsychopharmacology, realizada por Madeleine R. Jones y colaboradores, exploró cómo estos mecanismos se relacionan con la experiencia de placer ante el contacto social y su posible vínculo con la regulación del estrés. El contacto afectivo también se relaciona con la oxitocina, un neuropéptido involucrado en los procesos de vinculación y afiliación. Sin embargo, no existe una única hormona responsable del enamoramiento ni una respuesta idéntica para todas las personas.
¿Y por qué a veces necesitamos tanto un beso?
Desde una perspectiva sistémica, el significado de ese gesto también depende de nuestra historia vincular, nuestras experiencias de apego y la manera en que aprendimos a expresar afecto. Para algunas personas, acercarse significa seguridad; para otras, puede despertar temor, incertidumbre o vulnerabilidad.
El deseo tampoco aparece siempre de manera espontánea: en muchas relaciones se construye a partir de la intimidad, la comunicación, la confianza y las experiencias compartidas. Quizás por eso un beso puede significar tantas cosas diferentes. Puede ser el comienzo de una historia, una forma de reencontrarse, una manera de decir «te extraño» o simplemente la expresión corporal de un sentimiento que necesita manifestarse.
No hay nada patológico en tener ganas de besar a alguien. Lo importante es reconocer el propio deseo y comprender que el deseo de una persona nunca reemplaza el consentimiento de la otra. La intimidad se construye cuando el acercamiento es mutuo, libre y respetuoso.
Al final, detrás de ese impulso que las redes llaman basorexia hay algo profundamente humano: nuestro cerebro no está diseñado solamente para pensar, sino también para sentir, vincularse y buscar conexión.
Y a veces, antes de que encontremos las palabras, el cuerpo ya está expresando lo que sentimos.
Karina Carreño Doctora en Psicología PhD con mención en Sistémica, Cognitiva y Neurociencias. También es sexóloga y perito forense.



