Cada cuatro años, el Mundial de fútbol logra algo poco frecuente: detener la rutina, reunir a millones de personas frente a una pantalla y despertar emociones que van mucho más allá de lo deportivo. La expectativa antes de cada partido, los rituales compartidos, la euforia de una victoria o la frustración de una derrota ponen en juego sentimientos intensos que muchas veces se traducen en nervios, estrés, insomnio o incluso malestares físicos. Pero ¿por qué un evento deportivo tiene semejante impacto en nuestro estado emocional?
Para entender qué ocurre en nuestra mente y en nuestro cuerpo cuando juega la Selección, consultamos a colegas psicólogos que analizan cómo la ansiedad mundialista se relaciona con el sentido de pertenencia, la identidad colectiva, las expectativas y los mecanismos psicológicos que se activan durante la competencia. Un recorrido por las emociones que atraviesan a millones de argentinos cada vez que llega el Mundial.
El Mundial y la angustia anticipatoria, por Kevin Ubillús Echeverría
Cada cuatro años, el mundo detiene su rotación habitual para orbitar alrededor de una esfera de múltiples pasiones. El Mundial de fútbol no es un simple evento deportivo; es un fenómeno de masas que suspende la cotidianidad y moviliza la psique de naciones enteras. De pronto, millones de sujetos se unen bajo la liturgia de un partido para sostener a su selección, atrapando incluso a quienes —como yo— somos habitualmente ajenos a este deporte. Sin embargo, más allá de los cánticos y las banderas, este acontecimiento desata repercusiones psíquicas que merecen ser observadas bajo la lupa del psicoanálisis.
El rey indiscutible de esta sintomatología es la ansiedad. No se trata de un simple nerviosismo, sino de una angustia anticipatoria frente a la amenaza de su equipo. Es la tensión insoportable del instante previo al gol, el terror a la supremacía del rival y el pánico a quedar eliminados. Y poniéndonos un poco más psicoanalíticos, podría compararse con lo que a nivel inconsciente se experimenta como la pérdida del Ideal. Cuando la derrota amenaza con hacerse real, el sujeto en masa experimenta una desregulación de su andamiaje psíquico, desencadenando una serie de síntomas:
- Somatización: aquello que el psiquismo no logra tramitar a través de la palabra o el pensamiento, lo descarga en el cuerpo. La tensión de observar un partido decisivo se traduce en un malestar físico palpable: alteraciones gastrointestinales, contracturas musculares, cefaleas y taquicardias. El cuerpo se convierte en el escenario del conflicto libidinal que ocurre en la pantalla.
- Labilidad emocional: la masa diluye los mecanismos de defensa individuales. Esto provoca que el sujeto pase, en cuestión de minutos, de la euforia maníaca a la decepción melancólica, o incluso a una ira desbordada. Es un fenómeno que excede cualquier estructura clínica preexistente; cualquier persona que se deje capturar por la dinámica de la masa mundialista queda a merced de esta volatilidad afectiva.
- Actos violentos: cuando la identificación con el equipo se vuelve fanatismo, la derrota o la provocación no se toleran. La labilidad emocional encuentra su punto de quiebre y el sujeto cruza la línea del pensamiento hacia la acción sin mediación simbólica. Golpear objetos inertes, iniciar discusiones o desatar peleas físicas son manifestaciones de una agresividad. Si a esta ecuación le sumamos el alcohol, el catalizador más común de los partidos, que anestesia al Superyó y elimina las inhibiciones, las probabilidades de que la pulsión agresiva se libere sin restricciones aumentan dramáticamente.
Como estos tres puntos, existen muchos más desbordes psíquicos. Hay que tener presente que el Mundial puede ser un motor de unión, una alegría desbordante y un motivo fundamental para la socialización. Pero a su vez, funciona como un espejo implacable de nuestras fragilidades, recordándonos lo poco que hace falta para que el individuo civilizado retroceda ante la fuerza arrasadora de la masa.

El Mundial también funciona como espejo implacable de nuestras fragilidades. - Getty
Simbolizar lo más primitivo de las pulsiones, por Martín Finzi
Mi primer recuerdo de los mundiales es el de Italia 1990. Yo iba a un colegio italiano y Argentina inauguraba la Copa del Mundo por ser el último campeón; nos reunieron a todos los alumnos en un aula de actos muy grande y transmitieron el partido por una pantalla gigante. Era derrota 1 a 0 contra Camerún, el arquero argentino salía lesionado. Yo no entendía por qué tanto alboroto por un partido… Pero a partir de ahí entendí que los mundiales tienen una connotación distinta a cualquier otra competencia deportiva.
Antes de la existencia de los deportes, los enfrentamientos y las competencias también existían, pero eran de otra forma, los desafíos eran a muerte entre grandes luchadores y feroces animales se enfrentaban en coliseos que convocaban a grandes multitudes de aficionados, la vida o la muerte “legitimaban” la propuesta.
Con el tiempo y la aparición de disciplinas deportivas, se intentó ordenar algo de las pulsiones más primitivas del ser humano. El deporte viene de la mano de reglas y límites que habilitan allí la posibilidad de competir a través de un juego que permite simbolizar lo más primitivo de las pulsiones. De esta manera, el deporte cobra un carácter sublimatorio acaso de aquello más arcaico que trae consigo el ser humano. Pero en esencia queda un resto y las pasiones humanas tienen mucho para decir allí.
Un Mundial es una competencia de fútbol entre países, pero pasan cosas fuertes; por un lado, una competencia poco habitual -cada cuatro años-, por otra parte, la rivalidad “entre países” reúne a los propios y nos diferencia del otro -país-.
¿Quiénes somos nosotros? ¿Qué nos diferencia de los otros?
Cuando juega Argentina tenemos un común: la celeste y blanca, el himno nacional, el último mundial de Messi, la huella de Diego, la bandera, La Escaloneta. Símbolos que nos atraviesan, nos enlazan y nos tocan en las fibras más íntimas, aquellas que conforman parte de lo identitario. Dicen que somos locales acá o allá… “Juega Argentina, soy argentino.” En general, nadie quiere perderse los partidos, ¿Qué tengo habitualmente en el horario del partido de Argentina? Y en esa comunión, puede convivir aquel que pregunta algo obvio con aquel que quiere silencio total porque hay un sentimiento de que se está jugando una partecita de lo “propio”. Momento de todos y al mismo tiempo singular, cada uno lo vive a su manera, pero lo lindo está en la unión de personas, ese ratito que son sólo 90 minutos, aunque pasa algo íntimo y grupal en tiempos de pantallas, redes sociales e individualismos: estamos con otros y tenemos ese común en alentar por nuestros colores.
¿Cómo juega la ansiedad en todo esto?
La ansiedad tiene que ver con la expectativa que se pone en juego, la fantasía de llegar hasta la final, el sentimiento de estar entre los mejores del mundo. La ansiedad también por la ilusión de la cuarta copa, o por querer ver un partido más del mejor del mundo, que no se termine la ilusión.
Pocos son los episodios que nos reúnen de tal manera, en general sentimos más las divisiones y las diferencias, pero cada cuatro años esa ilusión nos reúne, diría “intra-pueblo”, atravesado por lo histórico, el presente y el porvenir, en una idea de masa que lucha en conjunto.
El Mundial y los distintos tipos de ansiedad, por Alejandro Viedma
La ansiedad es un mecanismo defensivo y una emoción que se manifiestan en reacciones psicofisiológicas, las cuales son respuestas que alertan sobre peligros posibles. Dicho esto, diferenciaría lo que sería una ansiedad específica, más “normal”, por ejemplo, ante un suceso inminente, de la que se transforma en trastornos cuando la ansiedad se prolonga en el tiempo y adquiere un modo desproporcionado, modificando así el mundo cotidiano de la persona afectada.
En cada mundial se juega cierta ilusión grupal de un “nosotros”, “ganamos”, un logro vivido como propio, una cohesión comunitaria que genera muchas cuestiones alrededor de la “pasión por la camiseta”. Pasión quizá sólo comparable con un enamoramiento desbordado, no casualmente se habla de “la argentinidad al palo”. En este lapso mundialista, veo a mis compatriotas apasionados y yo vuelvo a sentirme dentro de una minoría, cosa que no me molesta en absoluto, para ser totalmente sincero.
Ahora bien, lo que observo y escucho tanto en la clínica psicoanalítica como en lo social, es un remolino de sensaciones bien intensas, donde la inmensa mayoría se siente más viva que nunca, experimentando todo a flor de piel (y obnubilándose por la pelota).
La previa, el durante y el post del partido y los distintos tipos de ansiedad
Algo interesante acontece antes de cada partido, diría una ansiedad “positiva”, estado en el cual la activación mental y física muda a una energía activa, es decir, un entusiasmo para alcanzar objetivos y la concentración necesaria para ello. Allí es donde se piensa y prepara la previa con expectativas bonitas: con quiénes me junto, dónde, qué compramos, cuál será el menú, que cábalas tendré, quién se ocupa del cotillón, etc. Modos acaso ritualistas y saltisfactorios de accionar análogos a cuando uno va pergeñando un viaje importante (averiguando por pasajes, destinos internos, alojamientos, movilidad, costos, clima, etc.) o una gran fiesta.

Prensa
Durante los 90 minutos de transmisión, suceden otras cosas. Lo que más predomina es el sufrimiento por la tensión, especialmente si todo viene muy parejo. Algunas personas viven el partido desencadenando una sintomatología molesta: sudoración excesiva, cambios en la respiración, dolor de cabeza, hipertensión, ansiedad creciente conforme a las dificultades presentadas; por ejemplo, varios individuos también mencionan el estrés y dicen: “En el momento de los penales prefiero no ver, me voy a otro ambiente de la casa”.
Y lo que venga después dependerá del resultado final. Si se gana, se desata la euforia, si se pierde, aparece el bajón, un desgano generalizado o una ansiedad más paralizante, para muchos sujetos, todo se torna oscuro, negativo, deprimente, incluso muchos lo vivencian como un duelo: se acabó lo que se daba.
Un fenómeno popular que trasciende lo futbolístico
Aunque a algunos el fútbol nos ha resultado indiferente toda la vida, lo innegable es el fenómeno masivo y sensible que implica un mundial, principalmente en mi amada Argentina.
En esta temporada pareciera que todo está permitido y todo rebasa (hasta el aparato psíquico). Donde por un lado se lucha por ser superiores, el equipo más fuerte, poderoso, masculino y, por otro lado, hay ciertas licencias para los varones dentro de los márgenes del mundial, del deporte que culturalmente -digámoslo sin filtros- siempre ha sido machista, racista y homofóbico.
Entonces, se experimenta una fiebre metafórica y a veces real, en esas ceremonias donde prima la esperanza. Además, lo lúdico ya ha desbordado los límites de la cancha: existe un furor por las figuritas, actividad lúdica que se lleva a cabo en las familias (o entre (des)conocidos) o, por ejemplo, se juega al Prode en los ámbitos laborales, o sea que el enganche hasta con las predicciones se convierte en diversión. Paralela y lamentablemente, también se volvieron corrientes las apuestas online, la ludopatía, mayoritariamente en adolescentes y jóvenes, que tanto precisan hoy de la satisfacción inmediata, de ese “shot “de adrenalina/dopamina.
Así, el mundial es atravesado por distintas aristas, es multifacétido y puede ser funcional: para una pausa del día a día rutinario, como catalizador de frustraciones, como transformador de lo negativo en placeres, como escape para “fingir demencia”, como puente para evadir el dolor (con esos “quitapenas” requeridos, al decir de Sigmund Freud en El Malestar en la Cultura, de 1930), como terreno apto para largar allí lo pasional que brota por competir con rivales, como contexto ideal para esa fiesta única, etc. etc.
Además, la alegría suele ser contagiosa y, por ende, potenciadora. Como suele decirse: un problema vivido a solas es un doble problema y una tristeza compartida muta a media tristeza; aquí podría ser pertinente decir que: la ansiedad compartida la hace más común y alzar una Copa del Mundo multiplicaría el bienestar.
En síntesis, las emociones y los sentimientos -sin reprimir- movilizados se exacerban porque lo que más necesita el pueblo es sentir una felicidad identitaria; un triunfo para festejar, celebrar y freezar los problemas, los cuales retornarán, como cuando llegan los gastos de la tarjeta post vacaciones. Por ahora, voy a seguir con mis otras pasiones -más, menos- ansiógenas.
Expertos consultados:
- Kevin Ubillús Echeverría, psicoanalista. Ig: @psic.kevinubillus
- Martín Finzi, Lic. en Psicología (UBA), Psicoanalista vincular AAPPG, Psicólogo Deportivo.IG: @martin_finzi
- Alejandro Viedma, Lic. en Psicología (UBA), Psicoanalista, Supervisor de terapeutas, Escritor. IG @aleviedmapsi
Alejandro Viedma Licenciado en Psicología (UBA), psicoanalista, coordinador de grupos LGBTQ+, supervisor de terapeutas y escritor.













