En épocas de Mundial y, en especial, cuando juega la Selección Argentina, cambian nuestros horarios, conversaciones, planes y, también, nuestra forma de comer. La sociedad argentina tiene una relación particular con el fútbol, y también con la forma de alimentarnos durante el mes de duración del evento deportivo mundial.
En un primer momento lo vemos en los grupos de WhatsApp, donde comienzan a organizarse dónde se verá el partido; en las reuniones familiares que se adelantan o se postergan; en los compañeros de trabajo que acuerdan almorzar antes para no perderse el inicio. También lo vemos en las madres que reorganizan actividades de los chicos, en los comercios que modifican horarios de atención, en las calles que parecen detenerse durante noventa minutos y, por supuesto, también lo vemos en la mesa.
Si el encuentro es por la mañana, el mate suele llegar acompañado de medialunas, facturas o tostados. Si coincide con el almuerzo o la cena, la mesa se llena de pizzas, empanadas, hamburguesas o picadas.
Y todo esto sucede porque cuando juega la Selección no solamente estamos mirando fútbol: compartimos, nos reunimos, esperamos, festejamos, nos ponemos nerviosos y, en cada instancia, siempre está presente la comida.
¿Será que existe un verdadero “efecto Mundial” sobre nuestra alimentación? Yo creo que sí. Y no se trata únicamente de comer más o peor. Lo que cambia es el contexto en el que comemos. Cambian las emociones, las rutinas y las situaciones sociales que rodean cada comida. Y cuando eso ocurre, también cambian nuestras elecciones.
Comer emociones
El contexto importa mucho y condiciona el menú según cambian los horarios de partidos. Según estudios recientes, sabemos que los grandes eventos deportivos modifican los hábitos de consumo. Durante el Mundial de Qatar 2022, de acuerdo a datos relevados por empresas del sector, mostraron que los pedidos realizados a través de aplicaciones de reparto llegaron a duplicarse durante los partidos de la Selección, mientras que las compras de entrega inmediata llegaron a triplicarse en algunos momentos de alta demanda. Además, una encuesta de consumo realizada en Argentina mostró que uno de cada cuatro argentinos planea pedir comida durante los partidos y que casi la mitad compra alimentos y bebidas pocas horas antes del comienzo del encuentro.
Lo interesante es que no solamente cambia qué comemos, sino también por qué lo hacemos. El fútbol moviliza emociones: hay ansiedad, expectativa, alegría, nervios y ganas de compartir. La comida aparece entonces como parte del ritual, igual que la camiseta, las cábalas o los mensajes en los grupos de WhatsApp.
Por eso, cuando pensamos en el menú mundialista argentino, aparecen patrones bastante reconocibles: picadas con fiambres y quesos, pizzas, empanadas, papas fritas, maní, snacks salados, gaseosas y bebidas alcohólicas de preferencia. De hecho, distintos análisis de consumo muestran que los Mundiales suelen impulsar especialmente las ventas de cerveza, productos para compartir y comidas listas para consumir.
Sin dudas, el fútbol reúne varios de estos elementos al mismo tiempo: La ansiedad previa a un partido importante; la tensión durante los minutos decisivos; la alegría después de un gol; la euforia de una clasificación.
Todas estas emociones pueden influir sobre nuestra conducta alimentaria. No porque exista una relación mágica entre fútbol y comida, sino porque los seres humanos solemos acompañar los momentos emocionalmente intensos con rituales compartidos. Y la comida es uno de los rituales más poderosos que tenemos.
La buena noticia es que el problema no es la picada del partido ni la pizza de una semifinal. La alimentación no se define por una comida aislada. Lo que tiene impacto es la frecuencia. Porque si al partido de la Selección se suman otros encuentros del campeonato, las reuniones del fin de semana y las excusas para seguir festejando, aquello que parecía excepcional puede empezar a formar parte de la rutina.
Podemos probar con hacer una pausa antes de preparar la mesa y recordar opciones con las que poder ampliar la ofertar sin ser estrictos ni ponernos a contar calorías (no es la idea): sumar frutas frescas como rodajas de mandarina, uvas o bananas, vegetales prácticos para sumar a una “picadita” como tiritas de zanahorias o tomatitos cherrys, aceitunas, frutos secos como nueces o almendras, preparaciones caseras como humus o albondiguitas. Sin olvidarnos de la hidratación, podemos agregar simplemente un vaso de agua entre tanta gaseosa o cerveza.
Después de todo, el Mundial dura unas semanas. Los hábitos que construimos, en cambio, nos acompañan mucho más tiempo.
Luciana Pozzer Es Licenciada en Nutrición, especializada en el abordaje integral de la relación con la comida, los hábitos alimentarios y el bienestar.
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