
Vuelta a la rutina: por qué volver al trabajo y a la escuela puede mejorar tu bienestar
Después de las vacaciones, retomar horarios y responsabilidades puede generar resistencia. Por qué la vuelta a la rutina no solo organiza el día, sino que también impacta en la salud mental y el bienestar emocional.
23 de febrero de 2026

Vuelta a la rutina: por qué volver al trabajo y a la escuela puede mejorar tu bienestar - Créditos: Getty
Cuando terminan las vacaciones, muchas veces aparecen resistencias internas —que también se sienten en el cuerpo— frente a la idea de retomar los hábitos de siempre. El despertador vuelve a sonar temprano, la agenda se llena otra vez y el día recupera su ritmo habitual. Extrañamos el tiempo libre y la sensación de disponibilidad absoluta, sin actividades agendadas. Sin embargo, ese orden del que a veces nos quejamos devuelve algo que durante el descanso se diluye: la estructura.
En el consultorio, es frecuente escuchar que el exceso de tiempo libre no siempre trae descanso y tranquilidad. Cuando una persona queda sin una actividad que la implique, los pensamientos pueden volverse más insistentes y rumiantes. Lo que antes encontraba un límite en la acción, sin esa referencia tiende a reiterarse e intensificarse.
Hace poco, una colega comentaba sorprendida que en enero muchos pacientes habían decidido continuar con sus sesiones. “Menos mal”, dijo casi aliviada, “necesito trabajar”. No hablaba solo de dinero, sino de qué hacer con tanto tiempo disponible: la inactividad la inquietaba.
Trabajar no elimina la angustia, pero introduce “un afuera”. Nos saca del encierro mental y nos compromete con el mundo: obliga a movernos, a responder, a producir. Sigmund Freud sostenía que la salud mental se relaciona con la capacidad de amar y trabajar. No se refería al rendimiento, sino a la implicación: amar y trabajar suponen sostener algo en el tiempo. No alcanza con desear; también hay que hacer. El trabajo es la dimensión activa del deseo, el punto donde una idea deja de ser solo pensamiento y empieza a tomar forma.
La rutina es el marco que vuelve posible esa concreción. Sostener horarios, responsabilidades y proyectos no implica solo responder a una exigencia externa; también supone aceptar un límite. Y el límite, lejos de empobrecer, organiza. Recuerda que no todo depende del ánimo de cada día y que el deseo necesita continuidad para no diluirse en un entusiasmo pasajero.
Muchas personas cuentan que siguieron trabajando incluso después de jubilarse y que fue esa decisión la que las mantuvo activas. Más que una defensa del empleo, aparece una verdad subjetiva: tener algo que hacer con el día organiza la identidad. Cuando no hay función ni proyectos, el tiempo no fluye; pesa.
En la infancia ocurre algo similar. La vuelta a clases, aunque genere resistencia, introduce un orden compartido. La escuela ofrece reglas, tiempos y vínculos que acompañan el crecimiento. Ese encuadre no aplasta la singularidad; la orienta y la hace posible.
Volver a la rutina no implica renunciar a la libertad. No son opuestas. Incluso quienes trabajan desde sus casas o eligen estilos de vida más flexibles suelen hablar de la importancia de crear sus propias rutinas semana a semana. La flexibilidad también necesita forma. Hasta el viaje más improvisado tiene horarios, traslados y decisiones.
Pensar sin accionar no alcanza. Desear tampoco. La vida se construye en aquello que hacemos una y otra vez. El deseo se pone en juego en el movimiento, no en la pasividad. Y es en esas pequeñas acciones cotidianas —que después llamamos rutina— donde se juega algo más profundo que un simple hábito: nuestra manera de habitar el tiempo.
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