PCada época tiene mujeres que desafían las reglas. Algunas lo hacen desde la política, otras desde el arte, otras desde la palabra. Moria Casán lo hizo —y lo sigue haciendo— desde su cuerpo, su deseo y una manera de habitar la sexualidad que durante mucho tiempo resultó incómoda para una sociedad que no estaba preparada para ver a una mujer ponerse en el centro de su propio goce.
La serie Moria nos obliga a mirar el contexto en el que esa mujer construyó su identidad. Porque hubo una época, no tan lejana, en la que hablar del orgasmo femenino era prácticamente hablar de algo clandestino.
Durante buena parte del siglo XX, la sexualidad de las mujeres estuvo ligada principalmente a la reproducción, al matrimonio, al deber y, muchas veces, al placer masculino. El deseo femenino existía, por supuesto, pero socialmente tenía poco espacio para ser nombrado. Y lo que no se nombra se invisibiliza.
En ese contexto, una mujer como Moria, que hablaba de sexo, que elegía y expresaba su deseo, que cambiaba de pareja y que no parecía avergonzarse de su cuerpo ni pedir permiso para disfrutarlo, no era simplemente una figura extravagante. Era una ruptura en el sistema.
La historia de Moria está marcada por el orgasmo como símbolo de autonomía y energía creadora.
La energía sexual puede entenderse como una expresión de nuestra fuerza vital: esa pulsión que nos conecta con el deseo, con el movimiento, con las ganas de hacer, de elegir, de transformar y de crear.
Crear no significa solamente crear vida. Lo hacemos cuando damos nacimiento a un proyecto, a una carrera o a nuevos vínculos. Cuando creamos una identidad, tomamos decisiones y definimos la manera en la que queremos vivir.
Y cuando una persona logra conectarse con su propio deseo —no con aquello que debería desear, sino con aquello que realmente desea— puede aparecer una enorme capacidad de movimiento.
En la narrativa de la serie, sin necesidad de entrar en spoilers, hay algo que se repite de una manera muy interesante: cada vez que Moria aparece conectada con su sexualidad, con su autonomía y con su placer, también aparece una mujer capaz de imaginar qué viene después.
Como si el orgasmo la conectara con el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo.
Ese futuro no aparece porque un orgasmo tenga poderes sobrenaturales. Aparece porque una mujer que reconoce su deseo también empieza a reconocerse como autora de su propia historia.

Durante generaciones, muchas mujeres fueron educadas para preguntarse primero qué necesitaban los demás. Qué esperaba la pareja. Qué esperaba la familia. Qué esperaba la sociedad. Cómo debían comportarse. Cómo debían verse. Cuánto podían disfrutar sin ser juzgadas.
Pero pocas veces la pregunta se orientaba hacia aquello que les daba placer. ¿Qué deseo? Es una pregunta que puede parecer muy sencilla, pero contiene una revolución. Porque aprender a registrar el propio placer también implica aprender a registrar los propios límites, las preferencias, las elecciones y el derecho a decir que sí y a decir que no.
Por eso, cuando hablamos de orgasmo femenino, no se trata de una respuesta exclusivamente fisiológica. Hablamos también de educación sexual, de conocimiento del cuerpo, de autonomía y presencia. Y de una sociedad que durante muchas décadas tuvo enormes dificultades para aceptar que una mujer podía disfrutar de su sexualidad sin tener que poner ese goce al servicio de otra persona.
Tal vez por eso figuras como Moria generaron tanta fascinación y tanto rechazo al mismo tiempo. Porque una mujer que se apropia de su deseo siempre incomoda un poco a las estructuras que buscan decirnos qué deberíamos desear.
Desde mi trabajo en terapia sexual, en consulta suelo recordar que recuperar el placer no significa convertirlo en una obligación más. No tenemos que tener orgasmos para ser personas completas ni una sexualidad determinada para sentirnos libres. La verdadera libertad sexual también consiste en poder elegir. Pero cuando el placer fue históricamente negado, recuperar la posibilidad de explorarlo puede convertirse en una herramienta profundamente transformadora.
La figura de Moria siempre interpela. Porque detrás del brillo, del espectáculo, de la provocación y de una personalidad imposible de ignorar, aparece una pregunta que todavía nos atraviesa: ¿qué ocurre cuando una mujer deja de organizar su vida alrededor de la mirada de los demás y elige construirla desde su propio deseo?
Antonella Ance Anto Ance es cofundadora del Museo de la Vulva. Se dedica a concientizar sobre sexualidad femenina












