Flopi Peych empezó a hablar de placer femenino hace casi veinte años, cuando comprar un juguete sexual todavía generaba vergüenza y muchas mujeres ni siquiera se animaban a preguntarse qué les gustaba. En aquel momento vendía "vibradores" (tal como se los llamaba entonces). Pronto descubrió que detrás de cada consulta había mucho más que curiosidad por un objeto: aparecían historias de orgasmos fingidos, falta de deseo, culpa, miedo y dificultades para hablar de sexo. Entendió entonces que, más que vender juguetes, estaba escuchando a mujeres que buscaban conocerse.
Hoy es sex coach, forma a otras profesionales y acaba de publicar ACABAR, su primer libro, al que define como un manifiesto para cuestionar todo lo que aprendimos sobre el sexo, el amor, el cuerpo y los vínculos. Su propuesta es revisar esos mandatos que todavía condicionan nuestra manera de vivir la sexualidad y empezar a preguntarnos cuánto de lo que deseamos es realmente nuestro.
En esta entrevista con OHLALÁ!, Flopi habla de por qué tantas mujeres sienten que perdieron el deseo, qué relación tiene esa falta de ganas con el estrés y la carga mental, por qué el orgasmo femenino sigue siendo una conversación pendiente y cómo cambia la sexualidad con la llegada de la menopausia. También propone dar vuelta una pregunta que nos acompañó durante generaciones: dejar de pensar tanto en si somos deseables para empezar a preguntarnos qué deseamos nosotras.
Porque, como aprendió después de casi dos décadas de trabajo, el deseo no es una obligación ni una medida del éxito de una pareja. A veces, para descubrir qué queremos de verdad, primero necesitamos desaprender lo que nos dijeron que deberíamos querer.

- Para quienes nunca escucharon el término, ¿qué hace concretamente una sex coach? ¿Con qué llega una persona a una consulta y qué pueden trabajar juntas?
- Siempre digo que una sex coach no te dice cómo tenés que vivir tu sexualidad… Te acompaña a descubrir cómo querés vivirla vos. Y eso es clave en cualquier proceso de autodescubrimiento.
A consulta llegan personas y parejas con preguntas muy concretas: "No tengo deseo", "no llego al orgasmo", "me cuesta pedir lo que quiero", "no sé qué me gusta", "con mi pareja dejamos de tener sexo", "quiero explorar algo nuevo, pero me da vergüenza". ¡Y podría seguir!
Lo hermoso es que muchas veces empezamos hablando de sexo y terminamos hablando de autoestima, cuerpo, límites, comunicación, vínculos, mandatos, maternidad, cansancio, miedo y creencias limitantes, muchas de ellas vinculadas a la falta de una educación sexual integral.
El sex coaching trabaja mucho desde la pregunta y también desde el cuerpo. No se trata solamente de entender algo intelectualmente. Vos podés saber perfectamente que tenés derecho al placer y, sin embargo, tu cuerpo puede seguir sintiendo culpa cuando lo buscás. Y hay algo súper importante: el sex coaching no sustituye la sexología clínica, la psicología ni la medicina. Saber hasta dónde podemos acompañar y cuándo derivar también forma parte de nuestro trabajo.
En la primera Escuela de Sex Coaching de América Latina, que codirijo junto a mi socia Estela Bancalari, master coach y trainer, hacemos muchísimo énfasis en esto. Nuestra formación integra educación sexual, coaching, trabajo corporal y una amplia base de programación neurolingüística (PNL).
- Vos empezaste hace casi 20 años, cuando hablar de juguetes sexuales todavía generaba mucho pudor. ¿Qué te encontrabas en esas primeras consultas y qué cosas siguen apareciendo hoy?
- Empecé vendiendo juguetes sexuales cuando todavía había que explicarle a mucha gente que un vibrador no venía a sustituir a nadie. Bueno, todavía hay que explicárselo a algunas personas (se ríe)
Pero a mediados de los 2000 había muchísimo pudor. Sex and the City había mostrado a Charlotte con su famoso Rabbit y empezaba a abrirse una conversación que hasta entonces estaba escondida.
Más allá de aquella coyuntura, rápidamente entendí algo fundamental: yo no estaba vendiendo juguetes, estaba escuchando historias.
Una mujer venía preguntando por un vibrador y terminaba contándome que nunca había tenido un orgasmo. Otra no sabía dónde estaba su clítoris. Otra fingía desde hacía años. Otra sentía culpa por masturbarse. Otra quería recuperar el deseo después de ser madre. Y había personas que simplemente nunca se habían preguntado: "¿WTF me gusta a mí?".

Hoy, por suerte, cambió muchísimo la conversación social sobre sexualidad. Tenemos más información, hablamos más, hay palabras que hace veinte años ni siquiera circulaban. ¡Pero algunas preguntas siguen siendo sorprendentemente parecidas!
Por eso me resulta tan simbólico que aquella marca argentina con la que empecé, Sophie Jones, tuviera como eslogan "Despertá tu deseo".
Casi veinte años después sigo trabajando alrededor de la misma pregunta. Porque, evidentemente, ¡todavía tenemos bastante deseo por despertar!
- En el material de presentación de tu libro contás que detrás de una consulta por un juguete aparecían vergüenza, culpa, orgasmos fingidos, falta de deseo, miedo y problemas para hablar de sexo. ¿Qué aprendiste sobre las personas a partir de esas consultas?
Que sabemos muchísimo menos de nuestro propio placer de lo que creemos. Que vivimos nuestras vidas sumergidas en mandatos y falsas creencias sobre cómo debería ser nuestra sexualidad.
Nos enseñaron muchísimo sobre los peligros de la sexualidad: embarazo, infecciones, abuso, prevención. ¡Todo eso es indispensable, claro! Pero durante muchísimo tiempo faltó la otra mitad de la conversación: consentimiento, comunicación, autoconocimiento, deseo, ¡placerrrr, por favor!
También aprendí que muchas personas creen que tienen un "problema sexual" cuando en realidad están intentando encajar en un modelo de sexualidad que quizás nunca fue suyo.
Hay una pregunta que atraviesa todo mi trabajo y también mi libro ACABAR: ¿esto que creo sobre el sexo realmente lo elegí yo o lo aprendí?
Porque cuando empezás a separar deseo de mandato, aparece algo muy potente: la posibilidad de construir una sexualidad propia… ¡Y eso es poderoso! ¡Ahí está la verdadera revolución!

- En tu paso por TEDx apareció una pregunta muy potente: "¿Dónde está mi deseo que no lo puedo encontrar?". ¿Por qué tantas personas sienten que perdieron el deseo?
Porque buscamos el deseo como si fuera una cosa que un día dejamos en un cajón. "Antes tenía deseo. ¿Dónde está? ¿Cómo hago para volver a ser la de antes?"
Y quizás la pregunta no sea dónde está, sino qué condiciones tiene hoy mi vida para que el deseo aparezca. El deseo no vive aislado del resto de nosotros. Vive en un cuerpo que duerme o no duerme, que está estresado, que cambió, que tuvo hijos, que atraviesa una menopausia, una enfermedad o un duelo. Vive dentro de una pareja que se encuentra o que dejó de encontrarse. Vive en una persona que quizás pasa el día resolviendo la vida de todos los demás.
A veces queremos recuperar el deseo sin tocar absolutamente nada de la vida que lo está apagando. Entonces, ¿qué hacemos? Buscamos una pastillita que nos devuelva la magia. ¡Sorry! No hay soluciones mágicas. Existen tratamientos que pueden ayudar en determinadas situaciones, pero ninguna pastilla reemplaza la necesidad de mirar qué está pasando en nuestra vida.
Y además cometemos otro gran error: esperamos que el deseo aparezca espontáneamente para recién entonces hacer algo.
Muchas veces, las ganas no vienen antes; aparecen durante. El deseo también puede ser responsivo (de hecho, así se llama): despertarse a partir de estímulos, conexión, juego y experiencias placenteras, siempre que haya disposición y consentimiento.
Por eso, para mí, el deseo no siempre es un punto de partida. A veces es un punto de llegada. En mi charla TEDx comparto justamente una herramienta para aprender a activarlo, si así lo deseamos.
- ¿Cuánto de lo que llamamos "falta de deseo" es realmente falta de deseo y cuánto tiene que ver con cansancio, estrés, sobreexigencia, problemas de pareja, maternidad, cambios corporales o simplemente falta de tiempo?
¡Exacto! ¡Ese es el punto! En muchísimas consultas, antes de hablar de hormonas o de una dificultad sexual específica, tenemos que mirar el contexto. Por eso me resisto a considerar la falta de deseo exclusivamente como un "problema sexual".
Imaginate una mujer que trabaja, materna, organiza la casa, sostiene vínculos, responde mensajes, vive con veinte pestañas abiertas en la cabeza y llega a las once de la noche destruida. Y encima piensa: "Además debería tener ganas de coger". El sexo se convirtió en el pendiente número 21 del día. No podemos separar sexualidad de contexto.
Eso no significa que toda falta de deseo se explique por estrés o cansancio. Claro que existen factores hormonales, medicamentos, dolor, cuestiones psicológicas y vinculares, y situaciones que requieren evaluación médica o sexológica. Pero antes de preguntarnos "¿qué me pasa que no tengo ganas?", me interesa muchísimo preguntar: "¿Cómo estoy viviendo?". A veces el cuerpo no está fallando… ¡Está dando información!
- ¿El deseo se puede "entrenar", recuperar o despertar? ¿O a veces necesitamos aceptar que nuestro deseo cambió?
Todo eso. Podemos generar condiciones que favorezcan el deseo: recuperar espacios propios, volver al cuerpo, introducir novedad, cultivar fantasías, masturbarnos, conversar, jugar, salir del piloto automático. El erotismo precisa y necesita atención.
Pero también me parece peligroso convertir la recuperación del deseo en otra exigencia de rendimiento. "Tengo que volver a tener las ganas que tenía a los 25". "Tengo que tener deseo todo el mes, no solamente los tres días alrededor de la ovulación". Esto último surgió ayer mismo en una consulta.
¿Y por qué tendría que ser así? Nuestro cuerpo cambia, nuestra vida cambia y nuestro deseo también tiene derecho a cambiar.
Tal vez no se trate de recuperar el deseo que tenías. O quizás sí, pero primero necesitamos reconocer cuál es el deseo que tenemos hoy. Respetarlo, escucharlo y, si queremos, explorar cómo despertarlo. Para mí, ahí radica la diferencia.
- En tu trabajo hablás mucho del placer femenino. ¿Cuál es el principal mandato sobre la sexualidad de las mujeres que todavía necesitamos desarmar?
- Que nuestro placer es secundario. Podemos envolverlo con palabras más modernas, pero ese mandato sigue apareciendo de mil maneras. En la preocupación por satisfacer al otro. En fingir un orgasmo para que el encuentro termine "bien". ¿Bien para quién?
En no pedir determinada práctica porque "qué va a pensar". En estar más pendientes de cómo se ve nuestro cuerpo que de lo que ese cuerpo está sintiendo.
Durante muchísimo tiempo aprendimos a ser deseables antes que deseantes. Y para mí ahí hay una revolución enorme pendiente: pasar de preguntarnos "¿le gusto?" a preguntarnos "¿me gusta?". Parece un cambio mínimo de palabras… ¡No lo es!
- ¿Por qué tantas mujeres aprendieron antes a ocuparse del placer de la otra persona que a preguntarse qué les gusta a ellas?
Porque fuimos socializadas, durante demasiado tiempo, para mirar hacia afuera. Para cuidar, agradar, anticipar necesidades, no incomodar. Y obviamente eso entra con nosotras a la cama y en nuestras relaciones sexuales.
Por eso una mujer puede conocer perfectamente qué necesita su pareja para excitarse y no saber responder una pregunta aparentemente sencillísima: "¿Qué te da placer a vos?". Cri, cri…
Y eso no se arregla solamente aprendiendo técnicas sexuales. ¡Requiere permiso!
Permiso para explorar, para cambiar de opinión, para decir "esto sí", "esto no", "más", "menos", "hoy no sé". Porque el placer también se aprende a escuchar. Y para eso, primero, ¡tenemos que darnos permiso!
- ¿Cuánto daño hizo la idea de que el orgasmo es la medida del éxito de un encuentro sexual?
Muchísimo. Porque convertimos el sexo en un examen. Si hubo orgasmo: ¡aprobado! Si no hubo, algo salió mal. Y paradójicamente, cuanto más perseguís el orgasmo como objetivo obligatorio, más fácil es desconectarte de lo que estás sintiendo en el camino.
Pero, a ver… ¡Escribí un libro que se llama ACABAR! Y si bien considero que el orgasmo NO es la única medida posible del placer, también digo en mi libro: "¿Quién no quiere la frutilla de la torta?".
Porque ojo con los discursos excesivamente complacientes del tipo "el orgasmo no es la meta". Está buenísimo quitarle presión al encuentro sexual, pero tampoco podemos seguir minimizando la importancia del orgasmo femenino. Que no sea obligatorio no significa que no importe.
Durante demasiado tiempo el placer de las mujeres quedó en segundo plano. No quiero que ahora, en nombre de sacarnos exigencias, terminemos resignándonos otra vez.
Por supuesto que un encuentro sexual puede tener excitación, juego, intimidad, conexión, curiosidad, ternura, risa, muchísimo placer y no terminar en orgasmo. Y también puede haber un orgasmo espectacular en un encuentro que emocionalmente no significó nada.
Hace poco acompañé a una mujer que afirmaba no haber tenido nunca un orgasmo, a pesar de haber explorado distintas alternativas terapéuticas y médicas. Sin embargo, se definía como una persona súper sexual. Eso me parece interesantísimo. Porque el orgasmo importa, pero no define por sí solo nuestra capacidad de disfrutar de la sexualidad.
- ¿Qué conversaciones sobre sexualidad hacen falta alrededor de la menopausia?
¡Muchísimas! Para empezar, dejar de hablar de la menopausia solamente desde la pérdida. Pérdida de hormonas, de juventud, de fertilidad, de deseo. ¿Cómo no vamos a vivirla con miedo si todo el relato está construido alrededor de lo que supuestamente se termina? ¡Hellooo!
Hay cambios reales y pueden aparecer sequedad, molestias, cambios en la excitación o en el deseo. Es fundamental tener información y acompañamiento profesional cuando hace falta. Pero también puede abrirse una etapa de enorme libertad sexual.
A mí me gusta llamarla una segunda adolescencia: el cuerpo cambia, las reglas cambian y tenemos que volver a conocernos.
Pero con una diferencia maravillosa: ¡llegamos con décadas de experiencia y madurez! ¡Y eso no te lo saca nadie!
Necesitamos hablar no solamente de síntomas. Necesitamos hablar de placer, masturbación, erotismo, pareja, nuevas formas de excitarnos y nuevas ganas. La menopausia no tiene por qué significar el final de nuestra vida sexual. Puede ser el comienzo de otra.
- ¿Hubo algún mito sobre sexualidad que vos misma hayas tenido que desaprender a lo largo de estos casi 20 años de trabajo?
¡Muchísimos! ¡Y espero seguir desaprendiendo! Quizás uno de los más importantes fue entender que saber de sexualidad no te vuelve inmune a tus propios mandatos. Podés estudiar, formarte, acompañar a miles de personas y aun así encontrarte atravesada por miedos, cambios corporales o momentos en los que tu deseo no responde como esperabas.
Durante años pensé que mi trabajo consistía en encontrar respuestas. Hoy creo que lo que me interesa mucho más son las buenas preguntas. Porque no existe una sexualidad perfecta a la que llegás y decís: "¡Listo, ya está, acabé de aprender!". Estamos cambiando todo el tiempo.
Y quizás esa haya sido una de mis mayores enseñanzas: ser experta en sexualidad no significa tener la sexualidad resuelta. Significa seguir teniendo la curiosidad de conocerla.
Dónde conseguir el libro en Argentina? ACABAR, de Flopi Peych (Editorial Planeta Uruguay), ya está disponible para comprar en Argentina a través de Buscalibre.com.ar
Verónica Dema Editora en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.



