Cómo redescubrir Buenos Aires a través de sus árboles y edificios históricos

En el libro Buenos Aires en flor, Karina Azaretzky y Jorge Bayá Casal proponen una nueva forma de recorrer la Capital. En esta entrevista hablan sobre esos rincones donde naturaleza y ciudad conviven de manera única.

Por Verónica Dema

1 de junio de 2026, 13:00

Cómo redescubrir Buenos Aires a través de sus árboles y edificios históricos

Cómo redescubrir Buenos Aires a través de sus árboles y edificios históricos - Prensa

Buenos Aires suele definirse por su arquitectura, sus avenidas y su ritmo urbano, pero hay otra ciudad que convive con esa imagen más conocida: la de los jacarandás que tiñen de violeta las calles, las tipas que regalan sombra y los lapachos que irrumpen con su color entre fachadas centenarias. Esa mirada, que pone en diálogo el patrimonio construido y la naturaleza, es la que proponen Karina Azaretzky y Jorge Bayá Casal en Buenos Aires en flor. Arquitectura y paisaje en la ciudad (India Ediciones), un libro que invita a redescubrir la capital desde una perspectiva diferente.

Ella, fotógrafa; él, arquitecto y paisajista, encontraron durante la pandemia una forma de narrar la ciudad que rápidamente conectó con el público. A través de imágenes y relatos, muestran cómo los árboles transforman el paisaje porteño, revelan historias poco conocidas detrás de especies emblemáticas y ponen en valor una identidad urbana donde naturaleza y arquitectura se potencian mutuamente. En esta entrevista, reflexionan sobre los árboles que mejor representan a Buenos Aires, los rincones donde esa convivencia se expresa con más fuerza y los desafíos que enfrenta el patrimonio paisajístico en el futuro.

La fotografía de la tapa del libro fue premiada en el 1° Concurso de Fotografía de la Unión Europea en Argentina, 2021.

La fotografía de la tapa del libro fue premiada en el 1° Concurso de Fotografía de la Unión Europea en Argentina, 2021. - Prensa

– El libro propone una nueva forma de mirar Buenos Aires, lejos de la idea de “jungla de cemento”. ¿En qué momento sintieron que esa lectura de la ciudad necesitaba convertirse en libro?

J: Inmediatamente, cuando descubrimos que teníamos la misma mirada: ver la arquitectura y los árboles al mismo tiempo. Y también cuando la gente, a través de los vivos de Instagram, nos lo pidió.

K: Hubo un momento crucial durante la pandemia, en el que hicimos un vivo juntos en Instagram. Yo mostraba las fotos y Jorge contaba las historias de lo que se veía en cada imagen. Y fue la misma gente la que empezó a decir: “Tienen que hacer un libro, con las fotos de Karina y los relatos de Jorge”. Eso nos hizo dar cuenta de que había un mensaje que resonaba en el público y que un libro era la mejor forma de plasmarlo.

– Karina, contás que al llegar desde Tucumán sentías a Buenos Aires como una ciudad oscura. ¿Qué descubrimiento cambió por completo tu percepción del paisaje porteño?

K: Sí, yo llegué a Buenos Aires en 2012 y tenía una rutina de “la casa al trabajo”, sin contacto con la naturaleza y siempre en el subte. Además, vivía en una zona con muchos edificios altos y poca luz.

Lo que cambió mi percepción del paisaje porteño fue, sobre todo, un cambio de actitud: ir a lugares nuevos, caminar más la ciudad, bajar el ritmo y empezar a prestar atención a lo que me rodeaba. A veces estamos tan absortos en la rutina que nos olvidamos de mirar. Cuando hice eso, cuando levanté la vista, empecé a encontrar esos mismos árboles de Tucumán que tanto extrañaba.

Los jacarandás en el mes de noviemnre florecidos en Recoleta.

Los jacarandás en el mes de noviemnre florecidos en Recoleta. - Prensa

– Jorge, hablás de mirar la ciudad “hacia arriba”. ¿Qué detalles arquitectónicos sienten que los porteños suelen pasar por alto en la rutina diaria?

J: Toda la riqueza expresiva de la arquitectura ecléctica que tiene Buenos Aires y que, por ser ya parte de nuestra identidad, damos por hecha y no valoramos. Es impresionante la cantidad de molduras, relieves, mansardas, ménsulas, mascarones, guirnaldas, cariátides, herrerías y cresterías que aún se conservan en Buenos Aires.

– En el libro aparece constantemente el diálogo entre naturaleza y arquitectura. ¿Cómo creen que cambia una fachada cuando florece el árbol que la acompaña?

J: Las fachadas se llenan de luz, de contraste y de vida. Es como si un velo de diferentes colores cubriera la fachada durante el tiempo en que el árbol florece.

K: Es como si el árbol vistiera de color esa fachada, y en cada estación va cambiando su ropaje. Eso permite que un mismo edificio o una misma calle se vean siempre diferentes a lo largo del año. Y, según las flores de que se trate, el paisaje se vuelve más alegre, más poético o más romántico.

– ¿Qué barrio de Buenos Aires, si lo hay, resume mejor esa convivencia entre patrimonio arquitectónico y paisaje urbano?

J: Creo que todos los barrios tienen lo suyo, a su escala y con su idiosincrasia. Valen tanto los palacios de la zona céntrica, Barrio Norte o Retiro como las casas de los barrios residenciales más alejados.

K: Hay zonas, como los alrededores de la Plaza San Martín, en Retiro; la avenida 9 de Julio o la Isla de la Recoleta, que concentran una gran cantidad de edificios atractivos junto a una gran variedad de árboles de diferentes especies. Por otro lado, barrios como Colegiales, Belgrano R, Chacarita o Villa Devoto tienen un enorme patrimonio arquitectónico residencial y un gran arbolado.

Karina Azaretzky, fotógrafa, y Jorge Bayá Casal, arquitecto y paisajista, ambos autores del libro.

Karina Azaretzky, fotógrafa, y Jorge Bayá Casal, arquitecto y paisajista, ambos autores del libro. - Prensa

– El jacarandá, el lapacho, las tipas o los ceibos tienen hoy un lugar muy fuerte en el imaginario porteño. ¿Cuál creen que es el árbol que mejor representa la identidad de Buenos Aires y por qué?

J: Sin duda es el jacarandá, por su llamativa floración y porque está muy presente en la ciudad. Fue declarado árbol distintivo por la Legislatura porteña. También destacaría a las tipas por su gran porte y sus copas gigantescas.

K: Creo que el jacarandá se ganó ese lugar. Por empezar, toda una generación creció escuchando a María Elena Walsh cantar “al este y al oeste…”. Es un árbol que está muy difundido en toda la ciudad, su floración es muy atractiva por su colorido y está asociado a la primavera. Creo que todo eso hizo que se instalara en el corazón de los porteños. En los últimos años, además, las redes sociales se llenan de fotos y videos cuando florece, y se genera un fervor colectivo.

– En el recorrido del libro aparecen especies nativas conviviendo con una ciudad profundamente europeizada. ¿Qué les interesa de ese contraste?

J: Decimos que es una broma sudamericana frente a las fachadas europeizantes. Es algo que se da solo acá, en Buenos Aires. Nunca olvidaré cuando me di cuenta de eso. Saqué una foto en la que se veía un palo borracho lleno de flores tropicales rosadas contra la mansarda de la casa de San Martín, en Palermo Chico, y pensé: “¿Esto en Francia no se da?”. Ahí lo vi como un juego, una broma sudamericana que después descubrí en miles de fachadas porteñas.

K: Ese contraste fue lo que más me llamó la atención cuando comencé a caminar la ciudad y observarla con más detenimiento. Con el tiempo se volvió uno de los mensajes más potentes del libro. Para mí, ese contraste es una metáfora de nuestra identidad como nación. En Argentina somos una mezcla de culturas y el paisaje urbano se vuelve expresión de esa unión, en la que edificios construidos bajo influencia europea conviven con árboles nacidos en suelo sudamericano.

– Karina, muchas de las fotos transmiten una sensación muy emocional de la ciudad. ¿Qué buscás capturar además de la belleza estética?

K: En mis fotos, en general, tiendo a ir hacia el detalle, el recorte y el primer plano. Busco captar eso que está ahí pero suele pasar desapercibido. También trato, a través de los encuadres y los ángulos, de mostrar juntas realidades que suelen verse por separado. Por ejemplo, a veces entre una flor y una fachada hay una calle de por medio, pero la lente de la cámara me permite acercarlas.

Por otro lado, intento transmitir una idea de contemplación: que no es necesario irse lejos para conectar con la naturaleza y que hay una belleza en la ciudad que está disponible para nosotros. Solo tenemos que frenar en medio del caos de la rutina y tomarnos el tiempo para admirarla.

Monocromatismo bajo el sol de Buenos Aires: flores dejacaradá engamadas con el Palacio Sarmiento, en CABA.

Monocromatismo bajo el sol de Buenos Aires: flores dejacaradá engamadas con el Palacio Sarmiento, en CABA. - Prensa

– Jorge, como arquitecto y paisajista, ¿qué aprendizajes deja Buenos Aires sobre cómo integrar naturaleza y urbanismo en una gran ciudad?

J: Creo que todavía hay mucho por aprender. Al menos, el aprendizaje que me deja a mí es el de la belleza, que no es solo urbanística y arquitectónica, sino también paisajística. La combinación de urbanismo, arquitectura y vegetación es lo que hace de Buenos Aires una ciudad linda. Además, muchos de los árboles que disfrutamos hoy fueron plantados hace más de 100 años. Tenemos que seguir plantando para las generaciones futuras.

– En el libro también hay una reflexión sobre el color y cómo influye en el estado de ánimo. ¿Qué estación sienten que transforma más profundamente a Buenos Aires?

J: Para mí, el inicio de la primavera, con los lapachos y luego los jacarandás.

K: Noviembre es uno de los meses más lindos en Buenos Aires en términos de color, ya que florecen los jacarandás con sus tonos violetas y, hacia fines del mes, conviven con el amarillo de las tipas.

Pero el otoño, con sus amarillos, ocres y dorados, y su luz más tenue, tiene un encanto irresistible y expresa muy bien el alma porteña.

– El “lapacho de Ezcurra” o el ceibo histórico plantado por Torcuato de Alvear muestran que detrás de muchos árboles hay relatos poco conocidos. ¿Cuál fue la historia que más los sorprendió durante la investigación?

J: En realidad, en mi caso, las historias estaban antes de escribir el libro. Todas me apasionan por el costado historiador que tengo. La que más me conmueve es la de mi tatarabuelo, Adolfo E. Carranza, trayendo desde Catamarca el primer palo borracho blanco de Buenos Aires y plantándolo en la quinta de su prima, Trinidad Demaría de Alvear, una gran propiedad que estaba en Juncal y Libertad, cuando toda esa zona era de quintas, hacia 1860.

K: En mi caso, yo no conocía ninguna de las historias al momento de sacar las fotos y, cuando Jorge empezó a relatarlas, me fascinaron todas. Fue como redescubrir esos árboles, conocerlos desde otro lugar.

Buenos Aires es una mezcla de arquitectura y paisajismo cuyo estudio se publicó en un libro con un recorrido lúdico por la ciudad.

Buenos Aires es una mezcla de arquitectura y paisajismo cuyo estudio se publicó en un libro con un recorrido lúdico por la ciudad. - Prensa

– Hablan de Buenos Aires como una ciudad “en flor”. ¿Creen que hoy existe una mayor conciencia sobre el valor del arbolado urbano y el patrimonio paisajístico?

J: Sí, definitivamente Buenos Aires es otra ciudad hoy. La gente valora más los árboles del espacio público. Hay más conciencia y los árboles generan identidad. Se entiende mejor la ciudad leyéndola a través de sus árboles. Decía Benito Carrasco, un gran paisajista que fue director de Parques de Buenos Aires en 1914, que “para conocer el grado de adelanto de una ciudad basta conocer sus paseos públicos”. Puedo asegurar que los paseos públicos de hoy son muy diferentes a los de hace 30 o 40 años, cuando estaban abandonados y descuidados. Algo hemos avanzado.

K: Sí, creo que hay más visibilización de estos temas y, por ende, una mayor concientización por parte del público general. Lo que antes era un tema que se discutía en círculos especializados hoy pasó a ser de interés general.

– Muchas de las especies protagonistas provienen del norte argentino. ¿Qué importancia tiene recuperar y valorar la flora nativa dentro de las ciudades?

J: Tenemos el privilegio de que muchos árboles de las selvas del norte se adapten bien al clima de Buenos Aires y, a la vez, sean compatibles con el uso urbano, algo que no siempre ocurre. Si bien la región de Buenos Aires tenía muy pocos árboles, como el ombú y el espinillo, los árboles de floración —aunque no sean estrictamente de la región pampeana— presentan un menor riesgo de comportarse como especies invasoras, interactúan muy bien con los insectos y otros animales y favorecen un equilibrio ecológico regional más ajustado. Por otra parte, el aporte de identidad de un árbol nativo hace que el paisaje sea único e irrepetible.

K: Más allá del arbolado, creo que es muy importante que en los canteros de parques, plazas y bulevares se planten flores nativas para atraer mariposas, abejas, aves y otros insectos, y así ayudar a sostener el ecosistema de la ciudad.

– El libro invita a caminar Buenos Aires con otra sensibilidad. ¿Qué recorrido recomendarían hacer a alguien que quiere empezar a descubrir esta “ciudad en flor”?

J: En noviembre, empezaría por Plaza San Martín, seguiría por los parques de Recoleta hacia el norte hasta Palermo y Belgrano para ver los jacarandás. Otra opción es recorrer todo el Paseo del Bajo y Paseo Colón hasta el Parque Lezama. También hay muchas propuestas en los barrios, con sus parques, plazas y calles arboladas.

K: El recorrido varía de acuerdo con el barrio y la estación. Mi recomendación es que, en cualquier momento y lugar donde caminen la ciudad, comiencen a prestar atención a los árboles. Seguro se van a sorprender.

– ¿Cómo imaginan el futuro del paisaje porteño frente al avance de las nuevas construcciones y la transformación urbana?

J: Entendemos que hay una nueva conciencia sobre la identidad de Buenos Aires. Hoy no solo se valoran los palacios de fin de siglo, sino también las casas urbanas que construyen memoria en los barrios, tan importantes como los grandes edificios. Hace poco se evitó la demolición de un pequeño petit hotel de la avenida Alvear gracias al reclamo conjunto de vecinos y amantes de Buenos Aires, y al menos se logró conservar su fachada. Eso es un gran signo de esperanza.

La ciudad tiene que renovarse, eso sí, pero renovarse también significa conservar aquello que la hace única e irrepetible; aquello que los propios vecinos defienden porque forma parte de su identidad. Nada más y nada menos que la identidad porteña, tan diversa como la mezcla de razas e influencias que le dio origen.

K: Veo con tristeza cómo se demuelen cada vez más casonas y, con ellas, parte de la identidad de los barrios. Lamentablemente, la lucha por el patrimonio suele recaer sobre vecinos y ONG, y faltan más leyes que lo protejan y faciliten su conservación por parte de los propietarios. En ese sentido, el futuro hoy es un poco desalentador para mí, pero justamente por eso debemos contribuir a la defensa del patrimonio y comprometernos con acciones concretas para su cuidado.