¡Pura vida! El saludo del pueblo costarricense es deseo y una descripción fiel de su esencia. Los ticos, como se identifican porque les encanta hablar en “chiquitico”, aman la vida, la naturaleza y lo contagian con cada sonripalabra los 7 días que recorrimos Costa Rica, este país que representa el 0,03% del territorio mundial y concentra el 6 % de la biodiversidad del planeta: allí habitan más de 500.000 especies de animales y plantas.
El guía que nos acompaña esta semana de inmersión verde, Mayer Jiménez, contratado por el Instituto Costarricense de Turismo (ICT) para mostrar una versión menos conocida de este paraíso de aguas turquesas y arena finísima, dice que su gente es feliz. El Indice Mundial de la Felicidad 2026 (World Happiness Report), lo ubica en el cuarto lugar; el número uno en toda América. “No es que no tengamos problemas –dice el guía- pero somos agradecidos y cuidamos esta belleza”. Estamos navegando en un catamarán por el Pacífico, donde suelen verse ballenas, delfines, tortugas entre las 6700 especies marinas registradas en estas latitudes; justo antes de ingresar, por la tarde, al Parque Nacional Manuel Antonio, el más popular del país, una conjunción de selva tropical y playas vírgenes.
Pensar que me alarmé al ver que veníamos en temporada de lluvias. Y sí, todos los días llovió en algún momento –aterrizamos con tormenta, luego diluvio de una media hora y después sol, y así-. La felicidad también está en este ciclo vital: el paisaje no sería esta lámina verde intensa, este manto infinito sin la bendición del agua.
Día 1. En la cima de un volcán

Después de pasar por la capital, San José, nuestra primera parada fue Cartago, una provincia histórica, la capital originaria de Costa Rica, y que recién ahora empieza a ganarse un lugar en el mapa turístico del país. Hasta hace poco, su economía estaba muy ligada a la agricultura (cultivan papas, cebollas, remolachas, zanahorias, café, entre otros). Aunque sus tesoros naturales siempre estuvieron ahí, faltaba infraestructura para recibir visitantes: hoteles, restaurantes y senderos que permitieran recorrer y apreciar esa riqueza en su hondura. Las políticas de conservación, que comenzaron a desarrollarse en los años 60, hicieron su parte. Ahora Cartago empieza a mostrar todo lo que tiene para ofrecer.
Bien temprano nos dirigimos en la buseta (combi) asignada para este tour de periodistas de Argentina y Chile al Parque Nacional Volcán Irazú. Con sus 3432 metros sobre el nivel del mar, aloja el volcán más alto de Costa Rica. Hoy está inactivo, pero tiene una historia de erupciones que todavía se cuenta con respeto.
Mayer, nuestro guía, nos pone en contexto: Costa Rica tiene alrededor de 290 focos volcánicos y cinco volcanes activos. La última erupción del Irazú fue en 1994, aunque sus episodios más recordados ocurrieron entre 1963 y 1965. En marzo de 1963, incluso, coincidieron con la visita del entonces presidente estadounidense John F. Kennedy. Cuenta que en las grabaciones de aquel viaje se lo ve limpiándose la cara con un pañuelo una y otra vez. No era una cuestión de protocolo: las cenizas del volcán llegaban hasta San José y le caían encima.
“Cuando estos volcanes hacen erupción, el viento mueve las cenizas hacia el Valle Central”, explica Mayer. También nos cuenta que en aquellos años hubo aludes de barro y piedras que afectaron unas 200 casas y provocaron muertes.
“¿Cómo podemos saber si se está por entrar en actividad?, pregunta alguien. “Vamos a hacer todo lo posible. Es muy fácil, porque uno marca 1-800-volcán y entonces ahí usted programa lo que quiere”, bromea el guía. Y luego se explaya en las instituciones científicas a cargo de monitorear de modo permanente esos riesgos.

“Estamos en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, no sólo por los volcanes, sino porque estamos sobre una placa tectónica pequeña que hace que la tierra se mueva bastante”, suma May, como le decimos a lo largo de esta travesía.
Cuando llegamos a la cima, el cielo está despejado y podemos contemplar el cráter, de un kilómetro de diámetro. Nunca había visto uno y me magnetiza ese suelo hundido hacia el fondo de la tierra, un hueco indecible. Alguien se lamenta de no haber traído un dron, aunque luego supimos que no están permitidos.
La postal dura poco. De pronto, una nube nos envuelve (nos había alertado May que Cartago es la ciudad de las brumas) y más en estas alturas, por eso hay que llegar temprano. La montaña cambia de aspecto en pocos minutos. Antes de irnos, tocamos una campana para avisarle al universo que llegamos hasta ahí. Nos tomamos fotos, claro, pero sabiendo que esta inmensidad no entra en un teléfono celular.

Día 2. El paraíso de los colibríes
De Cartago nos trasladamos hacia Cachí, donde nos espera el Hotel Quelitales. Apenas llegamos, la amable Yire nos recibe con una bebida fresca y enseguida aparece la sonrisa de José Álvarez, el anfitrión, con el entusiasmo de quien está orgulloso de su lugar y no ve la hora de compartirlo.
El sitio al que se accede por un camino estrecho de plantas y flores, parece diseñado para quedarse mirando. Hay una cabaña central donde nos reciben y, luego, otras metidas en el bosque, cada una con el nombre de un pájaro: la mía, Jilgueros. Frente a ella hay una laguna; alrededor, una vegetación espesa, húmeda, de distintos tonos de verdes y rojos. Los pájaros son huéspedes permanentes: de la espesura llega el misterio de sus cantos, aunque ellos no siempre se dejan ver.

Antes de recorrer parte de este bosque en la montaña, nos sentamos a tomar café con don José. Hay empanadas de maíz rellenas de frijoles y otras de papa. Una merienda diferente a la habitual en Argentina; deliciosa, contundente. En algún momento del viaje, Mayer nos va a recordar una costumbre local: “Nadie se va de la casa de un tico sin tomar una taza de café”. Me hace acordar a la costumbre de nuestro mate, sobre todo en los pueblos: pasás, tomás uno o dos y seguís.

José nos cuenta que el avistaje de aves, conocido internacionalmente como birding, le cambió la vida. Hace apenas siete años empezó con esta actividad y hoy recibe visitantes de distintas partes del mundo, muchos de ellos fotógrafos especializados. Hubo épocas en las que no tenían ni para pagar la electricidad. El hotel era apenas un lugar de paso y no lograban sostenerlo.
Costa Rica es un país pequeño, pero tiene registradas 957 especies de aves. En Quelitales, que está en una zona de transición entre el Caribe y el Pacífico, se registraron 477 en apenas siete años. Y hay otro dato que explica por qué este rincón es tan especial: de las 52 especies de colibríes que habitan Costa Rica, 36 fueron vistas en esta propiedad.
“Lo que ven acá no lo ven en ningún lugar del mundo”, dice José, mientras ya caminamos por el predio boscoso, que incluso contiene una cascada, a metros de donde nos alojamos. En una hora, telescopio en mano, pudimos deleitarnos, más que nada, con distintas variedades de colibríes. El turismo de observación de aves es un mercado que crece y que empieza a atraer también a gente joven. “Ahorita ayer salió un grupo de aquí, estadounidense; fueron 12 días y pagaron 12.800 dólares”, cuenta, y dice que cada vez son más los que practican el avistaje, muchos fotógrafos, también.

Esa noche, cada uno habita su cabaña con la expectativa de dormir en medio del bosque. Pero la naturaleza no siempre respeta los límites de las habitaciones. Una compañera descubre una araña en su cuarto; otra comparte la noche con un pájaro herido que eligió su cama como refugio. Una tercera encuentra una luciérnaga que le ilumina la habitación y recuerda cuando, de chica, las atrapaba en frascos en el campo.
Escucho monos aulladores a lo lejos, un rugido áspero, y me asombro de la aventura de dormir en la selva. Acá no se cuelan las bocinas de la ciudad; tampoco es exactamente el silencio que podríamos imaginar. Acá siempre hay algo que se mueve, canta o respira del otro lado de la ventana.

Y también hay un cambio de hábitos que empieza a instalarse sin que nos demos cuenta: cenamos temprano porque a las 17.30 o 18 anochece; a las ocho de la noche ya estamos listos y con ganas de ir a dormir.
Día 3. Aguas termales para bajar un cambio
El tercer día empieza en el Parque Nacional Tapantí, considerado el más lluvioso de Costa Rica. La humedad se siente en la piel y en el aire. Estamos en un entorno de conservación extraordinario, donde el agua es protagonista.

Durante el recorrido, que hacemos observando atentos, tratando de hacerlo en silencio, entre unos arbustos aparece un oso hormiguero; más adelante, una mariposa azul, la más famosa de Costa Rica, y un río de aguas transparentes que corre entre piedras (me recuerda algún tramo del de Santa Rosa de Calamuchita, en Córdoba). Son esos encuentros inesperados los que hacen que una caminata se convierta en algo más que un paseo: vamos atentos porque ante cada hoja que se mueve de más puede haber un descubrimiento.

Después nos espera Hacienda Orosi, un lugar rodeado de plantaciones de café donde se traman historia y bienestar. El complejo conserva un antiguo barrio de recolectores de café, con pequeñas casas que hace más de cien años usaban quienes trabajaban en las plantaciones. Hoy están acondicionadas como cabañas para alojar a turistas y sumaron detalles de aquella vida pasada. La manija de la puerta principal es una cafetera; las canillas de la ducha son dos tazas, y así.
Adrián Masís, guía de la granja y el cafetal, nos muestra las casitas y nos cuenta cómo fue cambiando el lugar. Recorremos las plantaciones, ya casi entrando en tiempos de cosecha, conocemos las distintas etapas de producción y terminamos, como no podía ser de otra manera, tomando café. “Están tomando una taza de uno de los mejores cafés del mundo”, dice. Este café fue premiado internacionalmente y, para nosotros, lo prepara él mismo con el sistema de “café chorreado”.
Adrián también nos muestra una línea de productos orgánicos para el cuidado de la piel elaborados con las aguas minerales de la zona. Nos dice que incluso producen el café con agua termal, lo que aporta aromas y minerales como el magnesio.

Pero la gran invitación del lugar está en sus siete piscinas de aguas termales, con temperaturas que van de los 34 a los 39 grados. Acá el calor de las aguas termales se debe a un proceso geológico natural en el que el agua de lluvia se filtra por las fracturas en las placas tectónicas del subsuelo; no es por la actividad volcánica.
Mayer nos cuenta que Costa Rica es uno de los destinos más reconocidos del mundo por sus aguas termales. La zona de La Fortuna, por ejemplo, recibe más de un millón de turistas al año.
En lo que queda del día, y antes de que se nuble y llueva, aprovechamos para entregarnos al agua caliente, para descansar de la caminata y del peso de la mochila. También disfrutamos de un barro exfoliante natural. Nos tomamos fotos, hacemos videos para volver siempre a este lugar de pausa único en el mundo.
Día 4. Un tour cafetero con sabor a “vidota”
Dejamos Cartago y emprendemos camino hacia San Gerardo de Dota, en la Zona de los Santos. El paisaje vuelve a transformarse. Subimos por una ruta de montaña, con curvas y vegetación cada vez más densa. Al mediodía hacemos una parada en Al Mercat, un restaurante de cocina de autor rodeado de cabañas de madera que, por un momento, nos transporta al sur argentino; hay, incluso, un San Bernardo descansando en la entrada.
La experiencia de la tarde vuelve a tomar aroma de café. Visitamos la Cooperativa Pura Vidota, donde conocemos de cerca el trabajo de más de mil productores de la región, que entregan sus granos para este emprendimiento colectivo. Nos explican cómo se cosechan los granos, cuándo están listos para recolectar y cómo es el proceso que transforma esa pequeña semilla en una de las bebidas más consumidas del mundo.

Hay un detalle que me sorprende: la flor de la planta de café tiene un perfume delicado, parecido al jazmín. Uno suele asociar el café con su aroma tostado, pero, claro, su historia empieza mucho antes: una flor, un fruto bien colorado y después lo conocido.
El guía que nos acompaña, nos cuenta que el café de esta zona es de altura y la apuesta está centrada en la calidad y la producción orgánica, más que en la cantidad.

Me quedo especialmente con una iniciativa de la cooperativa. Un grupo de veinte mujeres productoras, algunas viudas, otras herederas de plantaciones familiares, se hizo cargo de sus propios cafetales. Para el Día de la Mujer, la cooperativa decidió separar el café producido por ellas, procesarlo y comercializarlo con una identidad propia. Una manera de reconocer especialmente su trabajo y darle visibilidad.

Por la tarde seguimos subiendo hasta San Gerardo de Dota, donde nos alojamos en el Savegre Hotel, un ecolodge de montaña ubicado a 2200 metros sobre el nivel del mar, en la vertiente del Cerro de la Muerte y el Bosque Nuboso de Talamanca.
El acceso ya es toda una experiencia. Nuestro minibús avanza por un camino de montaña espiralado, angosto, de una sola mano. Cada tanto hay que detenerse en pequeños espacios para permitir que pase un vehículo que viene de frente. En esas curvas cerradas y con precipicios cerca, valoramos especialmente la pericia de Eduardo Moya, nuestro chofer durante toda la semana.
El hotel tiene más de 500 hectáreas de reserva privada y cerca de 20 kilómetros de senderos. Es un universo de bosque, montaña y aire fresco y húmedo.
Al atardecer conocemos a don Pablo Chacón, hijo de una de la familia pionera de la zona. Nos cuenta la historia de sus padres, Efraín Chacón y Caridad Zúñiga, y el trabajo que hicieron para desarrollar este lugar cuando todavía era un territorio totalmente aislado. Hay emoción en su relato y admiración por la visión de quienes apostaron por vivir y construir en medio de la montaña. Primero ganadería, luego truchas, cabañas, hasta el descubrimiento de los quetzales.
La cena nos encuentra compartiendo anécdotas. Afuera, la noche de montaña. A las nueve de la noche, a dormir, que mañana nos espera un encuentro muy especial.
Día 5. La emoción de avistar un quetzal, pájaro sagrado
Suena el despertador a las 4.30. Todavía es de noche y el bosque está completamente oscuro. Tomamos un café al paso y salimos, bien abrigados y con ropa impermeable, con una misión: encontrar al quetzal, una de las aves más hermosas y emblemáticas de Costa Rica.
Nos guía Raúl Fernández Chacón, sobrino de don Pablo, que conoce muy bien los hábitos de estas aves y los lugares donde suelen aparecer. La observación requiere paciencia y, sobre todo, anticipación. Sabemos dónde se los vio últimamente, así que vamos hacia ese punto antes de que lleguen los demás visitantes.

Cuando arribamos apenas hay dos personas, de habla inglesa. Pero en los minutos siguientes empiezan a llegar grupos con telescopios, cámaras enormes y objetivos que parecen de película. En poco tiempo somos alrededor de veinte personas reunidas en una loma, todas mirando hacia el mismo sector del bosque. El silencio tiene algo de ceremonia.
Y entonces sucede. Aparece primero uno, después otro. Vemos al macho y a la hembra. Sus plumas largas y tornasoladas cambian de color según cómo les llega la luz. Por momentos parecen verdes, por momentos azules, con destellos que se transforman a medida que se mueven. Los vemos volar a baja altura, posarse en una rama sobre nuestras cabezas, descansar y alimentarse con guacatitos a lo lejos.

Nadie quiere hacer ruido ni perderse un movimiento. Raúl nos cuenta que el quetzal era considerado un ave sagrada para los pueblos mayas y aztecas. Como sus plumas reflejan tonos amarillos, creían que estaba hecho de oro, dice. Y el oro, para aquellas culturas, eran pedacitos de sol que caían sobre la Tierra.
“Hay dos razones por las que las personas buscan el quetzal. La primera es que es una de las aves más hermosas del mundo. La segunda, y más importante, es su significado espiritual para los pueblos originarios”, cuenta.
También es consciente de que el turismo de observación de esta especie transformó la vida de las comunidades de la zona. “Tenemos un sentimiento muy espiritual porque nos ha dado mucho, ha cambiado totalmente la vida de las personas acá”.

Y hay una tradición: la primera vez que ves un quetzal tenés que pedir un deseo. Eso hacemos. En muchos de nosotros se advierte la emoción en el brillo de la mirada. Me acompaña un buen rato ese halo espiritual. Después de esta experiencia que nos dejó humedecidos y movilizados, nos espera un desayuno proteico en el hotel.
El día sigue con otro paisaje: las Cataratas Nauyaca. Hay sol, el agua cae entre paredes de vegetación y forma una piscina natural que invita a meterse. Eso hacemos. Nos bañamos sin pensarlo mucho. El agua en medio de la selva, la sensación de estar lejos de todo lo conocido...

Al mediodía almorzamos frente al mar, en Uvita. Venimos de la montaña y ahora volvemos a sentir el calor del Pacífico. Otra vez cambian el clima y el paisaje.
La noche nos encuentra en el Parador Nature Resort & Spa, en la región del Pacífico Sur y Central. El hotel tiene un estilo español, jardines exuberantes y un sendero que baja casi hasta el mar. En uno de los árboles del patio vive un perezoso (en realidad, descubrimos que es “perezosa” y lleva una cría abrazada a su panza).

Día 6. Cocina típica y kayak entre manglares
Estamos en la región del Pacífico Central y el día empieza con calor húmedo. Anoche llovió mucho. El Parador Resort está muy cerca del Parque Nacional Manuel Antonio, pero tiene su propio universo de naturaleza. Los árboles que rodean las habitaciones son el hogar de perezosos, monos aulladores, tucanes de garganta amarilla, iguanas y una enorme variedad de aves, de las cuales nos llegan sus cantos en la piscina, en la habitación, donde estemos.
Michael, uno de los empleados del hotel, nos cuenta que los perezosos pueden aparecer solos o en grupos de hasta cinco. Buscan alimento entre los mangos y las hojas tiernas. Son animales reservados y sólo bajan una vez a la semana a hacer sus necesidades.
El hotel nació del sueño de Jan Schans, un holandés que llegó a Costa Rica en 1993 y decidió crear un espacio que combinara hospitalidad y conservación. Abrió sus puertas en 1996 con 56 habitaciones. Hoy tiene 132 y es reconocido por su apuesta al turismo sostenible.

Para la primera actividad del día nos recoge Eduardo en su buseta: vamos a tomar una clase de cocina costarricense en una finca rodeada de bosque (entre los que se encuentran plantaciones de café, cacao y vainilla), huerta y animales (vimos por primera vez los monos Tití). El calor es intenso y, al principio, nos cuesta imaginar que vamos a tener mucho apetito. Pero la cocina termina ganándonos.
Con la ayuda del guía y de la cocinera ponemos manos a la obra. Aprendemos a preparar ceviche de plátano verde, tortillas y el tradicional casado, un plato que combina pollo, arroz y frijoles negros.

El casado es uno de los clásicos de la gastronomía local. Cuando llega el momento de probar lo que cocinamos, el calor ya no importa: devoramos todo. De postre, chocolate elaborado con el cacao de la propia finca.
Por la tarde nos espera uno de los paseos más mágicos del viaje: un recorrido en kayak por los manglares de Isla Damas, a unos veinte minutos de Manuel Antonio. Los manglares son ecosistemas costeros donde se encuentran el agua dulce y la salada. Los guías nos cuentan que las raíces forman refugios para numerosas especies y funcionan como barreras naturales que protegen las costas. También tienen una enorme capacidad para almacenar carbono. Son bosques fundamentales para el equilibrio ambiental, aunque muchas veces pasen inadvertidos.
Nos subimos a los kayaks y empezamos a remar por el río Paquita, entre canales de agua calma. Las raíces de los mangles se entrelazan por encima nuestro y forman túneles naturales. Hay que agachar un poco la cabeza, acomodar el remo, acordar con la compañera de embarcación para avanzar sin sobresaltos y al ritmo de la apacible corriente.

Los guías van señalando lo que aparece a los costados. Vemos monos cara blanca, garzas y distintas aves que se acercan a la orilla. La posición baja del kayak permite observarlas casi a la altura del agua. En algunos tramos, el bosque se cierra tanto que parece que estamos en una página de un cuento.
Por acá suelen verse también perezosos, osos hormigueros, águilas pescadoras y hasta cocodrilos en las orillas. No hace falta demasiado para que nuestra imaginación se active y el cuerpo se disponga expectante.
Día 7. Snorkel, catamarán y una playa soñada
Último día de nuestra semana de inmersión en la naturaleza costarricense. El plan es navegar por el Pacífico en catamarán, hacer snorkel y terminar la jornada en el Parque Nacional Manuel Antonio.
Salimos al mar con la expectativa de cruzarnos con delfines, tortugas y, si tenemos suerte, alguna ballena. Son especies que suelen verse en estas aguas, aunque esta vez la temperatura inusualmente alta del océano, atribuida al fenómeno de El Niño, está modificando sus hábitos y hace que los avistajes sean menos frecuentes.

El mar está turquesa y el barco avanza con esa cadencia que invita a quedarse mirando el horizonte. Evitamos la música a bordo para escuchar el sonido del barco adentrándose en el mar. Bajamos a hacer snorkel, algunos se animan a deslizarse por el tobogán desde el segundo piso, al mar tibio; luego, almorzamos pescado a bordo.

Por la tarde llegamos al Parque Nacional Manuel Antonio, uno de los más populares de Costa Rica. Tiene 683 hectáreas de bosque tropical húmedo, playas, manglares, lagunas y una enorme variedad de especies. Volvimos a ver monos; también, cangrejos de colores vistosos.
Después de recorrer sus senderos nos hicimos un tiempo para dos de sus playas. El paisaje es de esos que cuesta creer que existan: arena clara, agua cálida, vegetación espesa que llega casi hasta la costa y olas amables. Hay familias con chicos, turistas de distintas partes del mundo y también muchos ticos que disfrutan de su paraíso cotidiano.

Nos damos un tiempo para meternos al mar hasta que cierra el parque, a las cuatro de la tarde. Después de una semana de madrugar, caminar, avistar aves, cambiar a diario de paisajes, esta pausa empieza a tener aires de despedida. Esperábamos la playa, eso que, antes de conocer Costa Rica, creíamos que era su mayor atractivo. Tuvimos playa, pero con todo lo demás.
De vuelta en el hotel, aprovechamos como cada tardecita un rato en la pileta con vista al Pacífico. Ahí está Luis, que trabaja en la barra y nos cuenta que es de Guanacaste. Para llegar a su trabajo en Manuel Antonio toma un colectivo y un ferry. Habla maravillas de su lugar: dice que vale la pena conocerlo, que es la cuna de la música folclórica costarricense.
Lleva una camisa verde llena de palmeras y una sonrisa que no desaparece nunca. Toma una servilleta y dibuja un mapa para explicar dónde queda su pueblo. “Costa Rica es como un toro”, dice, y empieza a trazar flechas, curvas y referencias geográficas. Sabe de cocina, de coctelería y conversa lindo. Cuando le pregunto si le gusta su trabajo, dice: “Miren mi oficina”. Señala el mar que se extiende detrás de la pileta donde atiende la barra de este hotel de lujo.
La última cena vuelve a ser temprano. El sol se esconde cerca de las seis de la tarde y, para entonces, ya estamos listos para comer y descansar. En una semana, el cuerpo se acostumbró a levantarse con la primera luz y a entregarse al sueño poco después que cae la noche.
“¡Pura vida!”, dicen los ticos para saludar, agradecer, despedirse o simplemente celebrar que están ahí. No es solamente una expresión simpática. Es una forma de vivir. Me traigo un poquitico de esa filosofía en la valija.
Datos útiles y curiosos
- ¿Cómo llegar? Desde Buenos Aires hay vuelos a Costa Rica con una escala, principalmente en Bogotá o Lima. Las opciones disponibles son con Avianca y LATAM, con una duración aproximada de entre 10 y 12 horas. Los precios de referencia van desde los $652.751 hasta los $864.334 argentinos, según la aerolínea y el vuelo elegido.
- El cambio. La moneda oficial de Costa Rica es el colón. Como referencia, 440 colones equivalen a 1 dólar y aproximadamente a $1550 argentinos. La cotización puede variar, por lo que conviene chequearla al momento de viajar. En los destinos turísticos, muchos precios están expresados tanto en colones como en dólares.
- ¿Cuándo viajar a Costa Rica? Depende del plan. El país tiene dos temporadas: la seca, de diciembre a abril, ideal para disfrutar de las playas, y la lluviosa o “verde”, de mayo a noviembre, en la que fuimos con este grupo de periodistas. Esta última es perfecta para conectar con la naturaleza: la vegetación luce exuberante y es un gran momento para avistar aves.
- Un agua de pipa y monos cara blanca. Algo que me hizo feliz y recomiendo: después de la caminata y unas horas de playa en el Parque Nacional Manuel Antonio, comprate un agua de pipa (agua de coco). A la salida hay vendedores que la ofrecen por unos 2 dólares y hasta aceptan transferencia. Están justo en una esquina en la que siempre aparecen monos cara blanca que andan entre la gente, buscando restos de coco o trepando por los paredones de las casas. Cuidado con las pertenencias: dicen que son bastante curiosos y pueden llevarse alguna cosita.
- Qué comer en Costa Rica. La gastronomía costarricense tiene algunos clásicos que vale la pena probar. El gallo pinto, una mezcla de arroz y frijoles negros sofritos, es típico del desayuno, aunque también se sirve en otros momentos del día. El casado de pollo combina pollo, arroz y frijoles, y suele acompañarse con tortillas de maíz. También está el ceviche, de pescado o de plátano, que puede ser una entrada o un plato principal. Para tomar, los jugos naturales son protagonistas: el de piña (ananá) es especialmente delicioso, gracias a la fruta bien madura. Y en los hoteles, la piña colada suele aparecer en el happy hour o para acompañar almuerzos y cenas.
- Consejos para disfrutar de la naturaleza. Si vas a hacer excursiones, lo ideal es contratar un guía: su experiencia y entrenamiento te van a ayudar a descubrir animales y especies que probablemente pasarían inadvertidos. En la mochila no pueden faltar protector solar (factor 50 o más), repelente, agua y un impermeable. También conviene llevar algo de abrigo, ropa liviana y traje de baño. En Costa Rica el clima puede cambiar varias veces en un mismo día: puede llover, salir el sol y volver a refrescar. Una buena aliada es la capa de lluvia, que se consigue en los destinos turísticos por entre 4 y 6 dólares.
- Dos océanos en un mismo viaje. Costa Rica tiene un privilegio geográfico: permite disfrutar del Pacífico y el Caribe en un mismo viaje. Y desde el Cerro Chirripó, el punto más alto del país (3820 metros), en días despejados se pueden contemplar ambos océanos al mismo tiempo.
Verónica Dema Editora en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.

