
Cuando era chica (todavía en el primario) y después de una visita al pediatra, temblaba cuando veía que el médico escribía las órdenes en su recetario. Sabía que indefectiblemente se venía el análisis de sangre y empezaba a sufrir de antemano, hasta semanas antes. Eso y alguna extracción dental o el ajuste de los aparatos fijos estaban en mi Top 5 de cosas más temidas.
Mi madre, que pacientemente me sostenía la mano mientras me ataban esa gomita marrón al brazo, en algún momento perdía la paciencia y se retiraba para no matarme. El escándalo era demasiado y prefería dejarme en manos del técnico que sabía manejarme mejor que ella.
La verdad era que no dolía (nada) y para cuando me preparaba para el pinchazo ya estaba sintiendo el algodoncito con alcohol (clara señal de que el proceso había terminado).
-Doblá el bracito y mantenelo apretado.
Listo. Me sorprendía cada vez. Mi madre regresaba al cubículo con ese con olor a hospital y me felicitaba. Seguía un desayuno en la confitería del Jockey frente a la estación de Martínez que podía incluir submarino y una llegada tarde al colegio. Pero más que nada el alivio de que no habría que volver por mucho tiempo.
Creo que mi gran pasaje a la madurez fue cuando fui sola a los laboratorios Hidalgo, habiendo pedido turno y todo y salí caminando sola hasta un bar cercano a pedir un café con leche. Sin dolor, sin desmayos, sin escándalo.
Años después doné sangre y después de leer esta nota hoy, me di cuenta que hace mucho que no lo hago. Alguien decía hoy que si un 5% de la población donara sangre uno o dos veces al año, las necesidades estarían cubiertas.
Me pienso sumar a ese 5%.
Más información en el Plan Nacional de sangre:
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