
El Turco me llama para pasarme a buscar por la agencia y hacer algo.
-¿Pedimos o cocinamos?
-Cocinamos, nena. Mañana es feriado, no hay apuro.
Mientras lo espero me meto en Epicurious.com, en lo de este Jamie Oliver (que además de cocinar es un bombón) y me decido por un risotto de hongos. El Turco me espera en el auto y nos abrazamos cuando me subo. Vamos de una corrida al super y de repente nos veo en el vidrio de una heladera con vinos y champagnes, empujando un carrito. Mirá que bien pegamos, hasta en la ropa, pienso y no sé a quién le hablo. El Turco viene con dos botellas en la mano y le pongo cara de pánico.
-Lleva vino, decía la receta…
-¿Pero dos botellas, nene?
Partimos con un carrito lleno de cosas (una fortuna en la tarjeta), las botellas de vino y dos películas del video de acá a la vuelta. El Turco cocina bien y le encanta como a mí. Nos fuimos tomando una copa mientras preparábamos todo. Nos chocamos cada dos minutos en mi cocina diminuta y hasta se hacía el gracioso y me abrazaba cuando a mí me lloraban los ojos por las cebollas.
-Ay, pobrecita Sofi. Quiere mimos.
Nadie sabe cómo nos tomamos las dos botellas y vimos una película y media hasta quedarnos desmayados en mi cama así vestidos y todo abajo del edredón, casi sin tocarnos en toda la noche. Hoy abrí los ojos y estaba el Turco ahí, al lado mío, mirándome con unos ojos rarísimos a centímetros de mi cara mientras yo dormía. Me asusté.
- Hola nene. ¿Café o te? ¿O mate?
Soy una imbécil.
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