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 • HISTORICO

Aburrirse con ganas

¿Falta mucho para llegar? es la primera pregunta de los pasajeros más pequeños apenas comienza el viaje




El aburrimiento de los más chiquitos es nítido: comienza en el instante en que arranca el recorrido hasta el destino y termina en el segundo en el que, ya en el lugar elegido, empiezan las vacaciones.
Todavía se ve el Obelisco cuando empiezan los "¿falta mucho para llegar?", que gotearán, como un cuentakilómetros, hasta el final del camino. Luego todo será entusiasmo hasta el momento de regresar, donde repetirán el ritual apenas iniciada la travesía. .
Con los adolescentes, en cambio, la frontera entre el éxtasis y el sopor es imprecisa. Para empezar, cualquier sugerencia de un adulto es, ante la duda, aburrida. Pero incluso sus iniciativas pueden convertirse súbitamente en tediosas, aun en la mitad de su ejecución.

Lo de menos es el paisaje

"Ya me aburrí", sentencian después de dar algunos pasos en ese centro comercial que tanto deseaban conocer en una ciudad balnearia. Para llegar allí, debimos abandonar la playa, acicalarnos y resignarnos a volver a una versión de urbanidad de la que huíamos despavoridamente en busca del mar.
"Ya me aburrí", espetan frente a un paisaje imponente, rompiendo el trance en el que parecía que encontrábamos la respuesta a todas las preguntas de nuestra existencia. "Ya me aburrí", dicen somnolientos en Times Square, en Nueva York, como si no estuvieran parados en la aorta del espectáculo y el consumo del mundo. Pero no es una regla, porque puede ser que nada de esto ocurra.
También pueden estar en el mejor de los mundos mientras ven por enésima vez una película de Disney y engullen confites de chocolate, o absortos en la lectura de Chesterton, o escudriñando en las historias de los ocasionales compañeros de viaje en un aeropuerto. O no.
El aburrimiento de los adolescentes durante las vacaciones es, a mi modesto entender, un misterio. Y la diversión a esa edad, he descubierto, suele tener varias características, pero nada de sentido práctico; porque desvela a los adultos durante su temporada de descanso, desprecia los mejores momentos de luz natural o de noche estrellada, y se concentra en lugares que si no son lejanos, están atascados de autos y gente.
El aburrimiento adulto, al menos, cuenta con cierta predictibilidad. Están quienes en el campo terminan por odiar hasta el canto de los grillos; el que sueña con la llanura -o el asfalto- cuando está en la montaña; el que ve el mar sólo desde la rambla, porque no pisa la playa; el que no tolera museos; el que siente zozobra por perderse en otro idioma, otra moneda, otra cultura.
Para el aburrimiento están, además, las edades intermedias: los bebes con su administración de los husos horarios; los chicos, que ya no se contentan con la palita y el balde y quieren amiguitos contemporáneos o a sus padres como compañeros de juego; los preadolescentes, con altas aspiraciones en estaturas cortas, y los jóvenes con más independencia que presupuesto, entre otras etapas de la vida.
Conciliar un viaje familiar es un difícil rompecabezas en el que hay que compaginar entretenimiento para diferentes edades y administrar el hastío. Todo un desafío para el aburrimiento.
Encarnación Ezcurra

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