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 • HISTORICO

Aislados en el golfo

A 150 kilómetros de Cancún, la pequeña isla de Holbox no pierde su tradición pesquera




HOLBOX (México).- No es fácil llegar hasta la isla de Holbox, un rincón perdido en el norte de la península del Yucatán, justo en el lado opuesto de las famosas arenas de Cancún, Tulum y Playa del Carmen. Pero al alcanzar este pequeño pueblo de calles de arena, huérfanas de autos, uno tarda pocos segundos en darse cuenta de que el recorrido valió la pena.
Holbox tiene apenas 42 kilómetros de largo y unos 2 de ancho. Era, años atrás, un lugar donde sólo habitaban pescadores. Hoy, los botes se mezclan en una playa eterna con hoteles pintorescos escondidos entre palmeras, hamacas, pelícanos, gaviotas y palapas donde se puede disfrutar de los atardeceres entre micheladas (cerveza con jugo de limón y sal) en un espacio distendido, ideal para bajar un cambio.
Pero llegar hasta aquí es casi una aventura en sí misma. El punto de partida es Cancún. Holbox está a sólo 150 kilómetros de allí, una distancia que en los mapas es corta, pero que en el terreno puede llevar hasta cinco horas recorrerla.
Desde Cancún se puede tomar un autobús lechero o alquilar un auto para viajar hasta Chiquilá, pueblo costero que está frente a la isla. El viaje en autobús demora unas tres horas y media. Desde Chiquilá hay que tomar un ferry, que tarda unos 40 minutos en cruzar las aguas del golfo de México hasta el muelle de Holbox. Una vez en el muelle de la isla basta con tomar uno de los cochecitos de golf que hacen de taxi para llegar hasta la costa o la plaza principal, donde se encuentra la mayoría de los hoteles.
Bienvenido, en maya
Ya al llegar al muelle y al cruzar el pueblo uno tiene la certeza de que está lejos del mundo de los resorts y el bullicio de las grandes ciudades costeras. Las calles están cubiertas de arena, hay un cajero automático en toda la isla, los lugareños hablan maya, y la plaza central está dominada por locales que venden artesanías y algunos restaurantes que ofrecen cebiches, pescados, tacos, pizzas o la célebre parrillada de mar, entre otros manjares. Meses atrás se inauguró el primer cine, donde todos los días se anuncia en una cartulina escrita a mano, pegada en la pared, las dos películas que se emitirán esa noche.
El colorido reina en las paredes de todas las casas de la isla, donde viven alrededor de 2000 personas dedicadas a la pesca o al turismo. Hay una pequeña comunidad italiana, dedicada, cuándo no, a la gastronomía y la hotelería.
"A los gringos les venden Cancún, no esto", dice Miguel, mientras prepara una michelada en una de las palapas sobre la playa, donde cuelga un cartel que reza Slow food. Miguel es un mexicano nacido en Oaxaca que se mudó acá hace seis años. Además de atender el lugar ofrece excursiones para ver una de las atracciones de la isla: el tiburón ballena, el pez más grande del mundo.
El tiburón ballena llega a las aguas de Holbox en el verano boreal, de junio a septiembre. A pesar de su nombre y su tamaño atemorizantes, el tiburón ballena, dicen aquí, es un pez dócil y gentil, con el que se puede nadar tranquilamente. Esa es, justamente, la experiencia que brinda Miguel, al igual que muchos otros lugareños. "La piel es como de terciopelo", apunta, luego de sonreír y asentir con la cabeza cuando se le pregunta si tocó alguno.
Holbox, que en maya significa agujero negro, ofrece además de este tipo de vivencias mucha tranquilidad y una atmósfera muy relajada. Un día típico puede empezar con una caminata por la playa para tomar el desayuno en El Cafecito, pequeño café montado por italianos, a unas pocas cuadras de la plaza principal. Para el resto del día, la mayoría de los hoteles venden tragos o cerveza para matar las horas de playa, ya sea en una tumbona, una hamaca, un box con colchón y almohadones o nada más que una toalla sobre la arena.
En el atardecer, luego del regreso de los pescadores, la playa se llena de gaviotas y pelícanos que revolotean sobre los botes de los pescadores. Esta es la mejor hora para acercarse hasta algunas de las palapas para disfrutar de una porción de guacamole o un plato de cebiche mientras el sol se pone en el horizonte dando paso a un cielo repleto de estrellas.
Tacos y langosta
La plaza principal del pueblo y sus calles aledañas cuentan con varias opciones para cenar por menos de 20 dólares, en lugares sencillos o sofisticados. El menú de la isla ofrece comederos con algunos íconos de la comida mexicana, como los típicos tacos y quesadillas, pero también langosta, mariscos, cebiches, pescados o, si se prefiere, todo junto en una parrillada de mar.
Pero como la magia del lugar ha sido un imán para muchos extranjeros que se instalaron allí, se encuentran también platos de todas las latitudes y para todos los paladares. Edelyn, sobre la plaza, tiene en su menú una curiosa pizza de langosta. Los nostálgicos pueden acercarse hasta La Parrilla de Juan, rincón argentino en una terraza a pasos de la plaza, donde se pueden degustar bifes. Sin ser el restaurante más atractivo de la isla, Los Pelícanos, con sus pastas con salsa de mariscos, goza de una excelente reputación.
Aunque el pueblo muere a las 22, cuando el silencio se hace aún más profundo, hay algo de espacio para la vida nocturna en las barras y la música de un puñado de bares, que levanta un poco durante el receso del Spring Break norteamericano, cuando jóvenes estudiantes huyen a las playas mexicanas.
Pies en la arena
Con todo, la extensa playa de la isla, donde la blancura de la arena se pierde en aguas que oscilan entre el celeste y el turquesa, es la joya del lugar. Para quienes busquen un poco de adrenalina en las aguas se pueden tomar lecciones de kite por 75 dólares o alquilar por 25 dólares la hora tablas para remar el océano de pie. Una larga caminata por la costa hacia el área de la reserva de Yum-Balam lleva a un paraíso tropical donde abundan las iguanas, los flamencos rosados y pelícanos. Es un lugar imperdible para los aficionados al avistamiento de aves.
Estar cerca de la playa es un poco más caro que quedarse en un hotel en la plaza del pueblo, pero vale la pena. Los precios de los hoteles oscilan entre los 75 y 200 dólares en la playa, por encima de los valores que se consiguen lejos de la arena. Pero muchos de estos hoteles tienen un espíritu de posada, ofrecen tumbonas y hamacas en la playa, mucha madera y velas que se mezclan con telas verdes, celestes, rojas y amarillas. La playa ofrece desde opciones rústicas hasta otras más sofisticadas, pero la mayoría envueltas en la misma filosofía: poca gente, mucha personalidad y detalles de una casa bien cuidada más que de un hotel. Mawimbi es uno de los hoteles recomendables, atendido por una pareja de viajeros italianos, Carmelo y Ornella (habitaciones de 75 a 195 dólares).
Holbox es una joya escondida detrás de horas de viaje, de esas que cuesta encontrar, y que le hacen dudar a uno si será buena idea contarlo. No sea cosa que por el temor a que, dentro de muchos años, a alguien se le ocurra crear un vuelo directo a su pequeño aeropuerto, o construir uno de esos hoteles que ofrecen todo libre a precios que asustan, una avalancha de foráneos termine por espantar la magia de un lugar donde el tiempo parece, por momentos, haberse detenido.
Por Rafael Mathus Ruiz
Para LA NACION
DATOS UTILES
Cómo llegar
La isla de Holbox queda a 150 kilómetros de Cancún. Hay que llegar hasta el pueblo de Chiquilá (en bus se tarda unas tres horas y media) y allí tomar el ferry, que en 40 minutos cruza hasta la isla.

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