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 • HISTORICO

Ajuda, para sentirse un rey

El palacio que asoma en una de las colinas que custodian Lisboa muestra el lujo y el confort que rodeaba la vida palaciega en Portugal




Cuando se visita el barrio de Belém, uno de los más hermosos y pintorescos de Lisboa, se ve en lo alto de una colina la silueta imponente del Palacio da Ajuda. Sus orígenes se remontan al siglo XVIII. El rey Juan V compró, en 1726, tres propiedades en esa zona. Tenía la intención de edificar allí un palacio de verano.
El emplazamiento era ideal porque desde los altos terrenos puede verse la orilla del Tajo; por otra parte, en verano siempre corre una brisa que permite sobrellevar el intenso calor.
Juan V no llegó a construir el pabellón que anhelaba. Pero después del terremoto de 1755, que devastó el centro de Lisboa, la corte se refugió en la zona de Ajuda y entonces se levantó una construcción precaria, en madera, llamada Real Barraca. Un incendio la destruyó en 1794. Desde entonces, varios arquitectos trazaron distintos proyectos. La realización de esos planes sufrió retardos por la invasión napoleónica. La familia real escapó a Brasil para no caer en manos de los invasores y permaneció allí hasta 1821. Cuando regresó, se encargó un nuevo proyecto a Antonio Francisco Rosa.
Entre tanto, el rey Juan VI y la reina Carlota Joaquina se instalaron en los palacios de Mafra y de Queluz. Con todo, como la construcción avanzaba, numerosas ceremonias oficiales empezaron a desarrollarse en Ajuda. Muchos años más tarde, un príncipe alemán sería el responsable de que los trabajos de Ajuda se retrasaran nuevamente.
En 1835, la reina María II se casó en segundas nupcias con Fernando de Saxe-Coburgo-Gotha. A éste le encantaba edificar magníficas moradas; su gusto romántico por el exotismo lo llevó a erigir en Sintra un delirio arquitectónico como el Palacio da Pena, que serviría, según Fernando, para pasar los meses de calor. Eso significó relegar la edificación de Ajuda. Una vez terminada la residencia de Sintra, se reanudó la de Ajuda. Sólo en la Semana Santa de 1862 la familia real portuguesa se instaló en el palacio cuya construcción había comenzado un siglo antes. El primer monarca que se instaló allí fue Luis, hijo de Fernando de Saxe-Coburgo-Gotha. Este se casó con María Pía de Saboya, una bella princesa italiana.
Ajuda se convirtió entonces por primera vez en el hogar permanente de los reyes de Portugal. María Pía se hizo cargo de la decoración de su nueva casa. Los proveedores más importantes de las dinastías europeas debieron trabajar intensamente para satisfacer los encargos de la soberana portuguesa. Ajuda fue el centro de una verdadera vida de corte: había fiestas oficiales, pero también comidas íntimas, veladas de conciertos o de teatro, animadas por actores, músicos, cantantes, ilusionistas.

También se jugaba al loto

En las numerosas salas del palacio se jugaba al billar, el whist, el loto. En Navidad y en Carnaval se organizaba una serie de festejos que daba trabajo a muchos habitantes de Lisboa. La fiesta de casamiento de Carlos, el príncipe heredero, con Amelia de Orléans se celebró en Ajuda.
Al morir el rey Luis, Carlos subió al trono. María Pía y el infante Don Alfonso continuaron viviendo en Ajuda, que era la residencia preferida de la reina madre. Cuando cayó la monarquía y se estableció la Primera República, en 1910, María Pía debió abandonar el palacio y exiliarse de Portugal.
En la actualidad, Ajuda es un museo que ofrece una visión muy completa de la vida palaciega. Algunos de los salones, más allá de la pompa oficial, reflejan los vaivenes de la moda; otros, el gusto de sus antiguos ocupantes, particularmente el de María Pía de Saboya. En la Sala de las Tapicerías Españolas se puede ver una serie de tapices, ofrecidos por la corona de España a Portugal en 1785, con ocasión del casamiento del futuro Juan VI con la princesa Carlota Joaquina de Borbón.
Los cartones fueron obra de Goya y de su discípulo Giner Andreias de Aguirre. En uno de los ambientes más privados, el destinado a la música, hay un piano de cola y un arpa, ambos de la marca Erard, además de un violoncelo y una viola. Al rey Luis le encantaba organizar conciertos íntimos: tocaba el violoncelo y cantaba con una aceptable voz de barítono.
Uno de los espacios más agradables e inesperados de Ajuda es el jardín de invierno, que rinde homenaje a Egipto: originariamente servía como un vestíbulo interior, donde descansaban las camareras que atendían a la reina. Al entrar en él, después de pasar por las habitaciones recargadas, solemnes, en que se desarrollaban las ceremonias oficiales, se tiene la sensación de haber sido mágicamente trasladado a otro palacio, a otro país. El techo y las paredes son de ágata.
En aquellos años, que correspondían al del Segundo Imperio, los muros de ágata se habían puesto de moda, pero por supuesto se trataba de una piedra carísima que ni siquiera muchos príncipes podían ofrecerse. En este caso, las placas del precioso material fueron regaladas al rey portugués por el virrey de Egipto. En el centro, hay una fuente de mármol de Carrara con esculturas de delfines y genios.
Los muebles invitan a distenderse. Los sofás y sillones imitan el bambú y son dorados. Además hay una chaise longue y sillas de cuero capitonné. Grandes jaulas de pájaros le dan al conjunto un toque de exotismo oriental.

Lo mejor, los detalles

Quizá la sala más kitsch sea la de las porcelanas de Saxe (también un tributo a la moda). ¡Qué palacio europeo no tiene un cuarto parecido, de mejor o de peor gusto! En el caso de Ajuda, hay figurillas de porcelana no sólo sobre las mesas, sino también en las paredes de ese recinto y en los muebles (la biblioteca, una cómoda, un espejo, sillas). Todo tiene un adorno de almibarada porcelana que recuerda los adornos de las tortas de confitería.
Cuando se pasa al comedor de la reina, el efecto es completamente distinto: todo es más que sobrio, sombrío. El techo y los muros están recubiertos de seda roja. La oscura boiserie hace más imponente el ambiente. Un detalle curioso: los platos proceden del servicio que se hallaba en el yate real Sirius. Después de comer, una puerta corrediza libraba el acceso al salón de billar en cuyas paredes de madera aparecen motivos florales y vegetales.
Adosadas a las paredes hay una serie de banquetas, colocadas sobre estrados para que los invitados pudieran seguir el juego con comodidad desde un nivel superior. El rey Luis jugaba muy bien al billar; María Pía también lo hacía, pero sólo jugaba con su profesora de piano, Carolina Cart, o con su esposo, el monarca, que la amaba intensamente, aunque era retribuido con mezquindad.
Después de circular por ese laberinto de salas más bien en penumbra, como se acostumbraba a fines del siglo XIX, el suave aire del jardín y la luz de las riberas del Tajo ofrecen un contraste bienhechor.
Hugo Beccacece

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